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EFE - Londres – 13/03/2007

El economista y filósofo Adam Smith se ha convertido en el primer escocés que aparece en los billetes del Reino Unido. El retrato de Smith estará en la parte posterior de los billetes de 20 libras (unos 30 euros), los de mayor circulación del país con 1.000 millones de ejemplares. La efigie de la reina Isabel II seguirá en la parte delantera.

Según ha informado el Banco de Inglaterra en un comunicado, el nuevo billete, que circula desde hoy y sustituirá en pocos meses a los usados hasta ahora en los que aparece el compositor inglés Edward Elgar, incluye nuevos sistemas de seguridad para evitar su falsificación, como cintas halográficas más anchas y microimpresión.

El director ejecutivo del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, dijo que las nuevas características del billete, sobre todo, la mejoría de la seguridad, son el último paso en la “lucha para prevenir la falsificación”.

El gobernador del Banco de Inglaterra, Mervyng King, informó el pasado mes de octubre de 2006 de la elección de Smith. En ese momento, King declaró que la edición de la nueva serie de billetes “era una oportunidad para reconocer la contribución de Adam Smith al estudio de la sociedad y su desarrollo”.

El economista y filósofo escocés Adam Smith (1723-1790) fue uno de los máximos exponentes de la economía clásica y escribió “La riqueza de las naciones”, libro por el que muchos le consideran el padre de la economía política.

http://www.elpais.com/articulo/economia/Adam/Smith/primer/escoces/billetes/libras/elpepueco/20070313elpepueco_5/Tes

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"Un hombre bondadoso"

"Un hombre bondadoso"

“El verdadero precio de todas las cosas, lo que todas las cosas cuestan realmente al hombre que quiere adquirirlas es el esfuerzo y la molestia que supone adquirirlas.”

“El hombre necesita a cada paso de la ayuda de sus semejantes, y es inútil que la espere tan sólo de su benevolencia: le será más fácil obtenerla si puede interesar en su favor el amor propio de aquellos a quienes recurre y hacerles ver que es lo que les pide.”

“No puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados.”

“No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés.”

“La ciencia es el gran antídoto contra el veneno del entusiasmo y la superstición.”

“Muchas personas pasan por nuestra vida pero solo muy pocas llegan a ocupar un gran lugar en nuestro corazón.”

“Que la muerte nos depare hasta que el corazón perdure.”

“El lenguaje es el gran instrumento de la ambición humana.”

“Si abordas una situación como asunto de vida o muerte, morirás muchas veces”.

“En realidad, la atracción o el afecto no son más que simpatía de la costumbre”.

“El descubrimiento de América y el paso hacia las Indias Orientales por el Cabo de Buena Esperanza son los dos mayores acontecimientos registrados en la historia de la humanidad.”

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La Ilustración Escocesa fue un movimiento cultural que tuvo lugar en Escocia durante el siglo XVIII y que se caracterizó por la gran producción filosófica, científica y cultural de una serie de intelectuales oriundos de este reino, que se convirtió en uno de los principales focos culturales de la Europa de la segunda mitad del XVIII. Edimburgo, su capital, llegó incluso a ser apodada “la Atenas del Norte”.

Estos escoceses se vieron influenciados por el racionalismo francés de su época, el cual supieron conjugar con la tradición empírica inglesa (Adam Smith es quizás la mejor muestra de esta fusión intelectual), creando un pensamiento original y distinto que se caracterizó por la importancia dada a la razón y el rechazo a la autoridad de ciertos pensadores como argumento per se, así como por su optimismo respecto a la capacidad del hombre para mejorar la sociedad y la naturaleza. A diferencia de los demás ilustrados, los escoceses inciden en la necesidad de llevar a la práctica las nuevas ideas (no en vano son empiristas).

Aquéllos campos del conocimiento que los ilustrados escoceses afrontaron y desarrollaron fueron básicamente la filosofía, la economía, la geología, la ingeniería y la sociología, y sus figuras más importantes fueron el filósofo Francis Hutcheson, el filósofo David Hume, el economista Adam Smith, el filósofo Thomas Reid, el antropólogo Lord Kames, Adam Ferguson, John Playfair, el químico Joseph Black, el ingeniero James Watt y el lingüista Lord Monboddo.

La influencia de la Ilustración escocesa va más allá del país en que nace, no sólo por la difusión a través de sus obras escritas y por los contactos epistolares mantenidos con otros ilustrados, sino por la propia emigración de escoceses a América, que llevaron con ellos estas ideas, de las cuales beberían los padres fundadores de los Estados Unidos de América.

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La Teoría de los sentimientos morales es una obra de Filosofía moral o Ética  publicada por Adam Smith en 1759. Los principios que en ella expone suponen la base filosófica sobre la cual se asienta su obra económica.

Pretende explicar el funcionamiento de la vida moral del hombre con un principio simple de armonía y de finalidad: un Ser grande, benévolo y omnisciente se determina por sus propias perfecciones a mantener en el Universo y en todo tiempo “la mayor cantidad posible de felicidad”. Este Ser ha puesto en el hombre una guía infalible que lo dirige al bien y a la felicidad, y esta guía es la simpatía. La simpatía es el don de vernos a nosotros mismos como los demás nos ven: es la capacidad de convertirnos en espectadores imparciales de nosotros mismos y de aprobar o desaprobar nuestra conducta según sintamos que los demás simpatizan o no con ella. “Cuando examino mi conducta y quiero juzgarla, y procuro condenarla o aprobarla, es evidente que yo me divido en cierto modo en dos personas, y que el yo apreciador y juez tiene un objetivo diferente del otro yo, cuya conducta se aprecia y juzga. La primera de estas dos personas reunidas en mí mismo es el espectador, cuyos sentimientos intento aprehender, poniéndome en su lugar y considerando desde él mi conducta; la segunda es el ser mismo que ha obrado, al que llamo yo y cuya conducta intento juzgar desde el punto de vista del espectador”.

Evidentemente, si la simpatía ha de servir de criterio efectivo para la valoración moral, es necesario presuponer el acuerdo entre el espectador que cada uno lleva en sí y los demás espectadores, o sea, las demás personas que juzgan nuestra conducta. Este acuerdo es presupuesto por Smith, el cual ve en la simpatía la manifestación de un orden y armonía providencial que Dios ha establecido en los hombres. Con todo, Smith no niega que el acuerdo entre el espectador interno y los externos pueda faltar también en algunos casos, y que, por consiguiente, la conciencia interna del individuo, que es su tribunal interior, pueda estar en oposición con el juicio que sobre él formulen los demás. En este caso, el juicio de la conciencia queda oscurecido y desvirtuado por el juicio de los demás, y su testimonio interior duda en aprobarnos o absolvernos. Sin embargo, este testimonio puede permanecer firme y decidido, como puede ser también sacudido y confundido por el juicio ajeno. “En este último caso la única consolación eficaz que le queda al hombre abatido y desgraciado es apelar al tribunal supremo del juez clarividente e incorruptible de los mundos”. La apelación a este tribunal inaccesible envuelve la dificultad en que se halla la doctrina moral de Smith ante la hipótesis de un funcionamiento imperfecto del orden establecido por Dios entre el juicio moral del individuo y el de los espectadores. Pero, en realidad, a juicio de Smith, este imperfecto funcionamiento del orden preestablecido sólo es una hipótesis abstracta, ya que él está profundamente convencido de la infalibilidad del orden preestablecido.

Esta convicción, como se puede observar, domina también su doctrina económica. La riqueza de las naciones está fundada, en efecto, en el supuesto de un orden natural, de origen providencial, que garantiza la coincidencia del interés particular con el interés de la colectividad.

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Adam Smith considera el crecimiento económico como el fin básico de todo su sistema. La mejor política, entonces, será aquélla que logre el mayor crecimiento posible.

Para él, lo mejor que puede hacer el Estado por la economía nacional es dejar que ésta funcione según sus reglas naturales, que son las de la oferta y la demanda. Como vimos, piensa que un mercado no dirigido más que por sus agentes naturales individuales tiene como consecuencia la maximización de la riqueza, gracias a la acción de esa “mano invisible” ya referida. Que el Estado pretenda dirigir la economía del modo que los gobernantes crean más conveniente para la prosperidad general es, sencillamente, contraproducente: “El gobernante que intentase dirigir a los particulares respecto de la forma de emplear sus respectivos capitales, tomaría a su cargo una empresa imposible, y se arrogaría una autoridad que no puede confiarse prudentemente ni a una sola persona, ni a un senado o consejo, y nunca sería más peligroso ese empeño que en manos de una persona lo suficientemente presuntuosa e insensata como para considerarse capaz de tal cometido”. En definitiva, según Smith, ningún individuo posee los conocimientos necesarios para asignar los recursos económicos del país y garantizar que su asignación será beneficiosa para la prosperidad de la nación. Afirma incluso, en razón de sus estudios históricos, que “las grandes naciones nunca se empobrecen por la prodigalidad o la conducta errónea de algunos de sus individuos, pero sí caen en esa situación debido a la prodigalidad y disipación de los gobiernos”.

En este sentido, Smith es contrario, en general, a toda medida política que suponga el control y la regulación estatal de la economía: subvenciones, derechos de aduana, las prohibiciones respecto al comercio exterior, las leyes de aprendizaje y establecimiento, los monopolios legales, las leyes de sucesión (que obstaculizaban el libre comercio de la tierra), etc. El efecto final de todas ellas era impedir la ampliación del mercado, y con ella, la división del trabajo y el consiguiente enriquecimiento de todos.

De esta manera, la función del Estado debía limitarse básicamente a cuatro funciones: la defensa de la propiedad privada, la defensa contra cualquier agresión extranjera, la administración de justicia y el sostenimiento de algunas obras e instituciones públicas que, por su escasa rentabilidad directa, ningún individuo querría mantener. Éste último es el caso de la educación, necesaria tanto para contrarrestar las deficiencias en la vida moral que conlleva la división del trabajo como para contribuir a la mejora de la industria a través del conocimiento.

No obstante, a pesar de lo que muchos creen, Adam Smith no afirma que la acción de la “mano invisible” conlleve en todos los casos el bien común, que es su objetivo último. Es por ello que hablar también de la necesidad de legislar para “habilitar a sus individuos y ponerles en estado de poder surtirse por sí mismos de todo lo necesario”. Manifiesta incluso más temor por la ambición privada que por la tiranía pública (“puede decirse que la caprichosa ambición de algunos tiranos y ministros, que en algunas épocas ha tenido el mundo, no ha sido tan fatal al reposo universal de Europa como el impertinente celo y envidia de los comerciantes y fabricantes”) y advierte también de que la codicia de algunos individuos puedes juntarlos en conspiración contra el bien común (“Rara vez se verán juntarse los de la misma profesión u oficio, aunque sea con motivo de diversión o de otro accidente extraordinario, que no concluyan sus juntas y sus conversaciones en alguna combinación o concierto contra el beneficio común, conviniéndose en levantar los precios de sus artefactos o mercaderías”).

Adam Smith no fue, por tanto, ningún defensor del capitalismo salvaje, el cual ni siquiera llegó a conocer, ni el consciente defensor de los intereses de la burguesía como clase social en particular. Hizo importantes concesiones a la posibilidad de que el gobierno promoviera el bienestar general mediante obras e instituciones públicas, e incluso, en muchas ocasiones, apoyó las restricciones gubernativas sobre la iniciativa privada cuando ésta se mostraba perniciosa para el interés general. Por todo ello, hay que afirmar que el hecho de que Smith dedicara más esfuerzos a la exposición de su doctrina económica, que se basa en la libertad individual, que a explorar las posibilidades del gobierno no debe oscurecer su visión benefactora de la política.

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“Ninguno por lo general se propone originariamente promover el interés público (…). Cuando prefiere la industria doméstica a la extranjera, sólo medita su propia seguridad, y cuando dirige la primera de forma que su producto sea el mayor valor posible, sólo piensa en su ganancia propia; pero en éste y en muchos otros casos es conducido, como por una mano invisible, a promover un fin que nunca tuvo parte en su intención”

En este fragmento de la Riqueza de las naciones, Adam Smith afirma que el ser humano, en lo que respecta al ámbito económico, se mueve principalmente de forma egoísta, es decir, por su interés individual. Y que, aun actuando los hombres de esa forma, ese egoísmo actuará de motor del crecimiento económico. La riqueza creada, además, no se hallará concentrada en las manos de unos pocos sino que de ella se beneficiará la mayoría de la población.  Y todo ello en un marco económico que se caracteriza por un mercado regido únicamente por sus leyes naturales, las de la oferta y la demanda, sin la intervención reguladora del Estado. ¿Cómo es esto posible?

Adam Smith hace referencia, como hemos leído, a la acción de cierta “mano invisible” (quizás su más famosa expresión), la cual se encarga de conseguir que, en la mayoría de los casos, las ganancias que un individuo obtiene de sus negocios beneficien también, aunque de forma indirecta, al resto de la población. Con esta metáfora, afirma que el mercado libre es capaz de coordinar por sí mismo los distintos intereses particulares y armonizarlos, resultando de esto una asignación óptima de los recursos y, en definitiva, el máximo bienestar del la sociedad entera. A continuación, explica cuáles son los mecanismos internos del mercado mediante los cuales este fenómeno tiene lugar: al buscar cada persona su propio interés económico, ésta intenta obtener de cada intercambio que realice el máximo beneficio posible. Para ello tratará de producir los mejores bienes y de hacerlo lo más barato posible, pues ha de competir con muchos otros productores/vendedores. Como todos harán lo mismo, obtendremos que, por un lado, todos los recursos disponibles habrán sido empleados óptimamente y el conjunto de bienes existentes aumentarán hasta su máximo posible; y, por otro, esos bienes se habrán distribuido también de forma óptima. Por otro lado, es evidente la conexión entre el mercado y la división del trabajo, de modo que a medida que aumenta la división social del trabajo el mercado se hace más complejo y la labor de la “mano invisible” cobra mayor relevancia.

El mercado, por lo tanto, se regula a sí mismo en beneficio de la mayoría, y, en principio, cualquier intervención estatal, por muy bienintencionada que esta sea, desequilibrará el funcionamiento natural de aquél e impedirá el crecimiento y distribución de la riqueza. En este sentido, el entorno político y legal es un factor de primer orden para el crecimiento económico. Como ya hemos apuntado, es partidario de que el Estado sencillamente “deje hacer”, y los beneficios de esta política se apreciarán especialmente en el comercio internacional. Sólo si el mercado es lo suficientemente extenso podrá alcanzarse ese nivel óptimo de riqueza, ya que es necesario colocar los excedentes de la producción local; de lo contrario, el incremento de la producción no tendría ningún sentido. Así, por ejemplo, “cuando un país extranjero nos puede ofrecer una mercancía en condiciones más baratas que nosotros podemos hacerla, será mejor compararla que producirla, dando por ella parte del producto de nuestra propia actividad económica, y dejando a ésta emplearse en aquellos ramos en que saque ventaja al extranjero”.

Adam Smith comprende que, en razón del lugar que Gran Bretaña había alcanzado en la producción de manufacturas, la competencia de otros países no iba a perjudicar ni siquiera a corto plazo a la economía inglesa, sino todo lo contrario. Inglaterra había de ser el país más interesado en la eliminación de las barreras arancelarias. Sin embargo, era bastante pesimista en cuanto a que sus ideas fueran llevadas a la práctica: “esperar que en la Gran Bretaña se establezca enseguida la libertad de comercio es tanto como prometerse una Oceana o una Utopía. Se oponen a ello, de una manera irresistible, no sólo los prejuicios del público, sino los intereses privados de muchos individuos”. Hay que decir que el escocés estaba equivocado, puesto que, antes incluso de morir, el ministro de Economía William Pitt el Joven tomó una serie de medidas liberalizadoras comerciales y fiscales inspiradas con total seguridad en la obra de Smith.

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El esquema económico smithiano parte de la afirmación categórica de que la fuente de la riqueza se halla en el trabajo: “el trabajo anual de cada nación es el fondo del que se deriva todo el suministro de cosas necesarias y convenientes para la vida que la nación consume anualmente”. De esta afirmación se desprende que aumentando la productividad laboral, aumentaremos también la riqueza. Por otro lado, Adam Smith piensa que la división del trabajo es la causante del aumento de la productividad. Así pues, concluye que es la división del trabajo lo que hace crecer la economía de un país.

¿Cómo surge dicha división? “Esta división del trabajo, que tantas ventajas trae a la sociedad, no es en su origen efecto de una premeditación humana que prevea y se proponga, como fin intencional, aquella general opulencia que la división dicha ocasiona: es como una consecuencia necesaria, aunque lenta y gradual, de cierta propensión genial del hombre que tiene por objeto una utilidad menos extensiva. La propensión es de negociar, cambiar o permutar una cosa por otra. (…) Como la mayor parte de los buenos oficios que de otros recibimos, y de que necesitamos, los obtenemos por contrato o por compra, esta misma disposición permutativa es la causa original de la división del trabajo”.

El economista escocés pone un ejemplo muy ilustrativo de cómo la división del trabajo conlleva necesariamente el aumento de la productividad. Es el famoso ejemplo de la fábrica de alfileres: “En el estado en que hoy día se halla este oficio no sólo es un artefacto particular la obra entera o total de un alfiler, sino que incluye cierto número de ramos, de los cuales cada uno constituye un oficio distinto y peculiar. Uno tira el metal o alambre, otro lo endereza, otro lo corta, el cuarto lo afila, el quinto lo prepara para ponerle la cabeza; y el formar ésta requiere dos o tres distintas operaciones; el colocarla es otra operación particular; es distinto oficio el blanquear todo el alfiler; y muy diferente, también, el de colocarlos ordenadamente en los papeles. Con que el importante negocio de hacer un alfiler viene a dividirse en dieciocho o más operaciones distintas, las cuales en unas ocasiones se forjan por distintas manos y en otras una mano sola forma tres o cuatro diferentes. (…) Estas personas podrían hacer cada día más de cuarenta y ocho mil alfileres, (…) pero si éstos hubieran trabajado separada e independientemente, (…) ninguno ciertamente hubiera podido llegar a fabricar veinte alfileres al día, y acaso ni aún uno solo”.

A continuación, explica detalladamente por qué dicha división incrementa la productividad laboral. Tres son las razones que nos da: la primera es que, con la especialización laboral, el trabajador adquiere una mayor destreza en su labor particular gracias a la repetición continua de la misma cada día. En segundo lugar, se ahorra el tiempo empleado anteriormente en pasar de una actividad a otra, tiempo que, lógicamente, servirá para seguir produciendo. Y en tercer y último lugar, Smith piensa que la división y especialización laboral lleva a los trabajadores a inventar máquinas: “Una gran parte de las máquinas empleadas en aquellas manufacturas en que se halla muy subdividido el trabajo fueron en su origen inventos de algún artesano, que embebido siempre en una simple operación hizo conspirar todas sus ideas en busca del método y medio más fácil de hacerla y perfeccionarla.” Y el uso de máquinas, como es de todos sabido, permite reducir el tiempo de elaboración de un producto.

No obstante, la división del trabajo lleva implícito un grave perjuicio para las personas a las que afecta. A saber: el operario que realiza una misma tarea de forma monótona y continua durante toda la jornada y día tras día va a ver empobrecida su vida moral, pues deja de usar muchas de sus capacidades mentales. Aquí vemos la otra faceta de Smith, la de filósofo moralista. Para contrarrestar este daño, da una gran importancia a la educación, de la cual habrá de encargarse el Estado.

La división del trabajo tiene varias limitaciones, las cuales, en atención a lo ya dicho, restringirán también el crecimiento económico. Una de esas limitaciones es el grado de estandarización del producto a elaborar: a mayor estandarización, mayor será la posibilidad de división laboral. Otra es la estabilidad de la demanda del producto y la certidumbre de dicha estabilidad a medio y largo plazo. Sólo teniendo la garantía de que el producto fabricado va a ser vendido asume alguien razonable la inversión que conlleva la división y especialización del proceso productivo. La disposición de capital, por tanto, es un condicionante de primer orden en la división del trabajo. Ésta requiere de un importante capital previamente acumulado para hacer frente a los costes que la división del trabajo lleva parejos (adquisición de maquinaria y herramientas especializadas, básicamente).

El otro gran limitador, junto al capital, de la división del trabajo es el tamaño del mercado: “Así como la facultad de cambiar motiva la división del trabajo, la amplitud de esta división se halla limitada por la extensión del mercado. Cuando éste es muy pequeño, nadie se anima a dedicarse por entero a una ocupación, por falta de capacidad para cambiar el sobrante del producto de su trabajo, en exceso del consumo propio, por la parte que necesita de los resultados de la labor de otros”. El comercio libre y abierto (en oposición al restringido por barreras políticas, como las que suponen los aranceles altos) favorecerá, por tanto, la división del trabajo y, en definitiva, la riqueza del país.

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Adam Smith escribe La riqueza de las naciones (1776) en una época de profundos cambios económicos, los cuales se están manifestando en Inglaterra antes que en ningún otro lugar. Los artesanos han dejado de ser quienes ofrecen directamente al público sus propias mercancías y han pasado a ser meros productores. Ha surgido una nueva clase social cuyos miembros proporcionan a los trabajadores el material, el local y hasta la maquinaria necesaria para fabricar los productos que luego el patrón sacará al mercado. El artesano se convierte así en un mero asalariado, y el control absoluto de la industria pasa  a estos nuevos hombres de negocios. Nos hallamos, en efecto, en los albores de la Revolución Industrial, y esta nueva clase social en ascendencia es la burguesía.

Con esta obra, Smith crea una nueva doctrina económica que quiere dar respuesta a una nueva realidad socio-económica que acaba de nacer: el capitalismo. Y a su vez, la puesta en práctica por los políticos del programa por él propuesto dará el empuje definitivo a la nueva clase social dominante, la burguesía.

Smith observa el notable incremento en la producción de bienes y su comercialización (nacional e intrnacional) en la Inglaterra de mediados del XVIII y el consiguiente crecimiento económico del país, que lo ha colocado a la cabeza de Europa. Entonces se pregunta cómo Inglaterra ha conseguido incrementar de tal manera su riqueza, lo cual le lleva a preguntarse, como ya habían hecho muchos otros, cuál es la fuente de la riqueza de una nación.

La novedad del análisis de Smith reside en que, siendo él profesor de Filosofía Moral, no se limite como habían hecho hasta ahora todos los filósofos a construir un sistema abstracto e ideal fruto únicamente de sus especulaciones. Él va más allá y parte de la observación y análisis de la realidad que le rodea, así como de la realidad del pasado, para extraer de ella una teoría que pueda ser llevada a la práctica con el único objetivo hacer crecer la riqueza de una nación y la prosperidad de sus habitantes, puesto que, para él, la verdadera riqueza es aquélla de la que se benefician la mayoría de los hombres, no sólo unos pocos. Esta nueva teoría no es otra que el liberalismo económico.

Con él nace la Economía como disciplina metódica. Hasta entonces habían sido muchos quienes habían reflexionado y escrito sobre asuntos económicos, pero se trataba en la mayoría de los casos de comerciantes de profesión. Adam Smith, en cambio, aporta material político, histórico y hasta sociológico en este trabajo. Con todo ello y su gran capacidad de análisis y de síntesis explica qué factores son los que determinan el progreso económico basándose en dos conceptos que son la base de todo el sistema: la división del trabajo y el libre mercado. Hecho esto, propone las políticas más adecuadas para el crecimiento de la riqueza nacional, construyendo un programa político que aún hoy es defendido por muchos como el más idóneo.

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Portada de la obra

Portada de la obra

La obra Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, o, simplemente y como más comúnmente se conoce, La riqueza de las naciones (The wealth of nations), es considerada generalmente como la partida de nacimiento de una ciencia, la economía; de una escuela económica, la clásica; y de una corriente de pensamiento, el liberalismo económico.

Fue publicada originalmente en dos volúmenes en Londres en marzo de 1776, y en vida de su autor hubo cuatro ediciones más de la misma. La primera en español no aparece hasta 1794.

Adam Smith se ocupa de indagar en la historia de Gran Bretaña y de la civilización en general para hallar cuáles son las causas de la prosperidad económica de la que goza el país en la época en que vivió. A partir de esta investigación, elabora una sólida teoría económica que tiene como base una afirmación: la riqueza (económica) de una nación no está sino en “el producto anual del trabajo y la tierra del país”. Si los miembros de la corriente mercantilista decían que era el excedente de la balanza comercial el motivo de la riqueza de un país y los fisiócratas, con los cuales Smith se relacionó, hallaban esta riqueza en el excedente agrícola, el escocés afirma que es el trabajo la fuente de dicha riqueza. Y ésta aumenta conforme el trabajo se divide. Pero lo que realmente hace crecer exponencialmente la prosperidad de un país es la no injerencia del Estado en las actividades económicas, es decir, el libre mercado. He aquí la tesis fundamental del liberalismo económico.

La obra está dividida en cinco libros:

En el Libro Primero, Smith parte de la división del trabajo como consecuencia de la propensión innata del ser humano de intercambiar objetos de uso y consumo. Así es como surge el comercio y el dinero, y a partir de éste último se le plantea el problema del valor.

En el Libro Segundo, el escocés trata sobre la acumulación de dinero o capital y del trabajo, que puede ser productivo o improductivo.

En Libro Tercero, aborda una cuestión práctica: por qué unos países crecen más que otros. Hace una crítica a las políticas proteccionistas y alaba el laissez faire como la mejor política económica.

El Libro Cuarto es una historia de las doctrinas económicas. Centra su crítica en el mercantilismo, que propugnaba justamente lo que él criticaba, y se acerca a los fisiócratas franceses, con quienes compartía la teoría del libre mercado.

Por último, el Libro Quinto es un tratado de hacienda pública dividido en tres partes: gastos, impuestos y deuda pública.

Para el fundador de la ciencia económica era evidente que la economía no podía ser analizada en abstracto e insiste en explicar el funcionamiento de la economía real, con todas sus imperfecciones y limitaciones, mostrando una gran soltura a la hora de manejar los datos de la historia económica. En definitiva, eleva por primera vez la economía a la categoría de ciencia, y ahí radica la absoluta novedad y capital importancia de esta obra.

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Retrato de Adam Smith

Retrato de Adam Smith

Adam Smith nació en Kirkcaldy, un pueblo de la costa este de Escocia, cerca de Edimburgo, en enero de 1723. Nunca conoció a su padre, llamado también Adam Smith, juez e inspector de aduanas, que murió pocas semanas antes de que naciera su hijo. Esta circunstancia y la débil salud que tuvo de niño provocaron una estrechísima relación con su madre, con la que siempre vivió hasta la muerte de ella, pues nunca estuvo casado.

En 1737 ingresó en la Universidad de Glasgow, donde recibió la influencia de la escuela histórica escocesa de la mano de Francis Hutcheson y otros. Hutcheson era profesor de Filosofía Moral, asignatura en la cual había una parte dedicada a “moral práctica”, donde se abordaban temas como la justicia, la defensa o las finanzas públicas. Ahí está el germen de buena parte de su principal obra, La riqueza de las naciones.

En 1740 obtiene una beca para estudiar en el Balliol College de Oxford, una universidad entonces decadente, como él mismo afirmó. Seis años más tarde regresa a casa y se dedica durante dos años a escribir ensayos sobre retórica y literatura, astronomía, física y filosofía.

En 1748 es invitado por un grupo de amigos a dictar una serie de conferencias sobre literatura y otros temas en Edimburgo. Éstas resultan todo un éxito de público y en 1751 es nombrado catedrático en la Universidad de Glasgow, primero de Lógica y luego de Filosofía Moral. En estos años trabó una gran amistad con David Hume.

En 1769 aparece su primera gran libro, La teoría de los sentimientos morales, que volverá  Smith muy conocido dentro y fuera de su país; hubo seis ediciones en vida de su autor y tres traducciones francesas y dos alemanas antes de que acabara el siglo XVIII. El éxito de su obra cambiaría por completo su vida. En primer lugar, Charles Townshend, que llegaría ser ministro de Economía, ofreció a Smith el puesto de mentor de su hijastro, el Duque de Buccleugh, en 1763, aceptando aquél. Así, abandona la universidad y durante tres años se convierte en el mentor del joven Duque, con quien viaja a Francia. En París, donde su amigo David Hume trabajaba como secretario de la embajada inglesa, se relaciona con los principales intelectuales galos del momento, como el economista y político Turgot o François Quesnay, líder de la primera escuela económica propiamente dicha, la fisiocracia. También viaja a Ginebra, donde conoce a Voltaire.

De vuelta a Kirkcaldy en 1767, y gracias a una pensión vitalicia que le asignó el Duque, Smith dedica los diez años siguiente (los dos últimos ya en Londres) a escribir La riqueza de las naciones, que ve la luz en 1776. El economista escocés no pensó que su obra iba a tener mucho éxito, pero al cabo de poco tiempo lo tuvo: inspiró las reformas liberalizadoras comerciales y fiscales de William Pitt hijo, un admirador declarado de Smith, y es el libro por el cual la posteridad lo iba a reconocer hasta hoy.

En 1778 fue designado Comisario de Aduanas de Escocia en Edimburgo. Cumplió con sus tareas a conciencia hasta el final de su vida. Tres años antes de su muerte, en 1787, fue nombrado Rector de su antigua casa académcia, la Universidad de Glasgow.

Murió en Edimburgo en julio de 1790. Tenía 67 años.

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