Esperar a un hijo como se espera a un huracán

Qué daño más grande han hecho las revistas de bebés y los anuncios de pañales y potitos en la tele en la ardua e importante tarea de criar un hijo. En serio. A final de cuentas, al Vogue y al Cosmopolitan sólo podemos reprocharles el utilizar a mujeres que no existen -ahora menos que nunca gracias al Photoshop- y que por tanto, nunca podremos igualar. La que se lo crea, si ya es bastante mayorcita, se gastará un pastón en complementos y ahí se acabó el problema. Pero Mi bebé y yo y otras revistas por el estilo son como las sagradas escrituras para un buen puñado de embarazadas primerizas que se creen a pies juntillas todo lo que anuncian y que babean, ilusionadas, mirando innumerables fotos de bebés risueños, encantadores, montados en carritos de última generación y vestidos con ropa de marca.

Señoras -y señores interesados-, ya hemos hablado con anterioridad de las trampas de los publicistas de productos para bebés, o sea que más machaque sobre el tema sería redundante. Pero ahora mismo, con mi súper barriga de 37 semanas, echando de menos a mis pies -que sé que siguen ahí porque llevo zapatos, pero que hace rato que no veo- pidiéndole permiso a una pierna para mover la otra e intentando apurar la goma de los pantalones premamá al máximo para no verme obligada a pedírselos prestados a Falete me ha dado por pensar que el mayor pecado de estas revistas y anuncios no es intentar hacer pasar por indispensables toda clase de tonterías para los bebés (es su negocio), sino el haber logrado, exitosamente, convencernos de que esperar a un hijo es como esperar la llegada de la primavera…

¡Ah, la primavera! La primavera que llega, con sus flores, con sus pájaros, y su buen clima, que lo único que nos pide a cambio es que le hagamos un sitio en nuestros armarios para renovar el vestuario, que saquemos al mantel para el picnic y que disfrutemos de un paisaje bucólico en compañía de nuestra pareja… ¿A que suena bien? Pues sí, pero tener un hijo no es eso ni de lejos, aunque los publicistas intenten prepararnos con las mismas armas: comprar mucha ropa innecesaria, hacer muchos planes guays para disfrutar de paseos, fiestas y demás saraos con un bebé sano y feliz y creer, pobres de nosotros, que en cuestión de dos o tres semanas después del parto estaremos cogiditos de la mano de nuestro marido sin otra ocupación que hablar de nuestro amor mutuo (mientras el retoño duerme plácidamente en su cuna de 600 euros). ¡Qué ilusos somos!

bebes esperados

No tengo la verdad absoluta ni en éste ni en ningún otro tema, pero de lo que sí estoy convencida es de que estar embarazada se parece más a esperar un huracán que a esperar esa idílica primavera de papel cuché que tan felices nos prometemos… Y aunque parece que esto no tiene nada que ver con el dinero, en el fondo sí que está relacionado: si no sabemos a que es a lo que nos enfrentamos, gastaremos los escasos recursos (materiales y humanos) en cosas inútiles para llevar a cabo la tarea. Y la verdad, bastante achuchadilla está la cosa como para andar malgastando lo que tenemos.

¿Por qué deberíamos esperar a un hijo como se espera a un huracán?

1. Todos los huracanes tienen nombre y personalidad antes de tocar tierra. Nuestros hijos también. Y como ellos, no sabremos hasta el último momento si son de escala 5 o si se convertirán en una suave tormenta tropical. Por si las moscas hay que hacer previsiones para recibir un huracán intenso; tendremos muchas más posibilidades de sobrevivir a sus destrozos…

2. ¿Qué hay que acumular en nuestra despensa cuando se avecina un huracán? Agua, leche, arroz, lentejas y demás productos básicos. Además de eso, para el bebé, pañales y poco más. Pues lo mismo. Qué frustración para una madre con su bebé recién nacido en brazos abrir la despensa y ver que no tiene lo que necesita con urgencia. Y salir corriendo al súper y coger lo primero que ve, al precio que sea, para salir del paso (sobre todo si tiene otros hijos). Mejor hacer una lista exhaustiva de lo que necesitaremos el mes siguiente al parto, mandar a otro que no esté embarazado a comprarlo o, en su defecto, hacer la compra por internet. En algunos supermercados no cobran el envío si se pasa de cierta cantidad; en Mercadona cobran 7,21 gastes lo que gastes, así que no me he cortado en las cantidades ni en el peso de mi compra, aunque el repartidor me dijera, un tanto mosqueado, que nunca había llevado una compra “taaan grande”. Pues a ver si se iba a creer que el envío era gratis, que desde luego si fuera así pediría las cosas poco a poco. Es una inversión, pero vale la pena…

3. ¿Acumular ropa? Sólo si no hemos tenido que pagar por ella. Es momento de abrir los brazos a cuanta donación nos quieran hacer; los bebes regurgitan, se hacen caca, babean y orinan muchas prendas al día, así que no podemos pretender plantarles el trajecito de Prenatal y que les aguante más de una puesta. Además, cuando el huracán está en casa mejor ropa cómoda y gastadita, que no tiene sentido ponerlos de punta en blanco cuando todavía estamos soportando el vendaval del nacimiento…

4. No perdamos tiempo en acelerar los trámites para declararnos zona catastrófica. El gobierno ofrece una ayuda de 2500 euros que deberíamos aprovechar para paliar los efectos del huracán que se nos viene. A muchos les apetecería la tele de plasma, o incluso amortizar algo de hipoteca, pero quizás lo más sensato es invertir parte del dinero en hacernos más fácil la transición al universo materno-filial: pagar a una persona que venga a limpiar el desastre una vez por semana, estirar nuestras semanas de baja maternal gracias a una excedencia que podemos complementar con la ayuda gubernamental, comprar comida hecha o, mejor aún, convencer a nuestras madres/suegras/tías de que nos ayudan más trayéndonos un tupper con comida casera que intentando dormir/cambiar/hacer eructar a nuestro retoño (cosas que evidentemente podemos hacer nosotras si hay alguien más ocupándose de las pequeñas preocupaciones domésticas).

5. Es momento de rebajar nuestras expectativas, inclusive las de ahorrar hasta el último céntimo. De lo que se trata es de sobrevivir, ni más ni menos. Hacernos a la idea de que no vamos a dormir mucho, de que no pasa nada si la ropa tiene manchas o si los cupones del DIA nos caducan sin que hayamos aprovechado las ofertas. Da igual, ya volveremos a la normalidad… algún día. Mientras las necesidades básicas (techo, sustento, un mínimo nivel de higiene y un mínimo de horas de sueño) estén satisfechas, lo demás puede esperar. Y si alguna de nuestras visitas opina que hay demasiado polvo, o que nuestra casa está desordenada… utilicemos al bebé como excusa para retirarnos a nuestra habitación mientras le indicamos donde están los utensilios del limpieza.

Excuso decir que mi casa ya parece un búnker, y que tengo leche, agua y pañales para una hecatombe. Que este año a ver quién hace la cena de Navidad, porque no estoy como para pensar en recetas. Que tenemos ya decididos los Reyes de nuestras hijas. Que no estoy para nadie más que para mi familia. Que no quiero que nada me distraiga de lo más importante, la llegada de mi dulce y pequeño huracán, a la que, evidentemente, todas las previsiones que se tomen en torno a su llegada le dan igual, siempre y cuando tenga a su disposición su teta y unos brazos cálidos que quieran acunarla…

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