A continuación, mostramos una serie de fotografías de: el palacio de Dueñas, el castillo de los duques de Alba, el palacio de Liria y el palacio de Monterrey (por este orden):

Palacio de Dueñas

Castillo del duque de Alba

Palacio de liria

Palacio_de_Monterrey

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Para intentar explicar el patrimonio de la Casa de Alba, es necesario tener en cuenta que desde las posesiones del primer duque de Alba de la historia hasta la actual duquesa de Alba, este patrimonio ha ido aumentando de forma muy importante y por motivos de uniones con otras familias nobles que aportaban más posesiones en cada matrimonio.

Por ello, a continuación intentaremos resumir las propiedades que acumula la Casa de Alba actualmente:

La Casa de Alba posee una de las fortunas más grandes de España, conformada por palacios, terrenos agrícolas, propiedades inmobiliarias, sociedades y participaciones bursátiles, sin olvidar su extraordinaria colección de arte.

Entre sus posesiones inmobiliarias destacan algunos de los castillos y palacios más relevantes del patrimonio histórico español, en su mayoría hoy integrados en la Fundación Casa de Alba:

  • Sevilla: El Palacio de las Dueñas (aquí nació el Marqués de Griñón y de Castelmoncayo, Grande de España), las fincas La Pizana y Las Arroyuelas.
  • Salamanca: El Palacio de Monterrey.
  • San Sebastián: El Palacio de Arbaizenea.
  • Segovia: El Castillo de Coca, cedido al Ministerio de Agricultura a cambio de su restauración.
  • Madrid: El Palacio de Liria, con 3.500 metros cuadrados en el centro de la capital española.
  • Marbella: La finca Las Cañas.
  • Alba de Tormes: El Castillo de los Duques de Alba.
  • Loeches: El Panteón Familiar de la Casa de Alba (Inspirado en la cripta del monasterio del escorial), en el Monasterio de la Inmaculada Concepción.
  • Valdunquillo: El Palacio de los Osorio.

Considerada su titular una de las terratenientes más importantes de España, se calcula controla unas 34.000 hectáreas, equivalentes a más de 170 veces el Principado de Mónaco, muchas de ellas vestigio de los antiguos señoríos jurisdiccionales que, tras su supresión, la familia conservó bajo su propiedad. Casi cada título nobiliario que la Casa posee, está relacionado con alguna propiedad territorial.

La Casa ha sufrido la expropiación de algunas propiedades y cesiones a lo largo de su historia. En septiembre de 1991 la Junta de Extremadura expropio por interés social las fincas Cabra Alta y Cabra Baja en la provincia de Badajoz, las cuales eran explotadas desde 1940 por una asociación de arrendatarios de la localidad de Zahínos (Badajoz). La Duquesa de Alba recibió 400 millones de la antiguas pesetas por concepto de indemnización. Ante el deteriodo y ruina de su palacio de Épila y la obligación por parte de patrimonio de conservación de un edificio declarado patrimonio, con ocasión del Bicentenario de la muerte del X conde de Aranda en 1998, fue cedido al pueblo, por el precio simbólico de una peseta. Previo desalojo de su incalculable colección de trajes reales del rey Alfonso XIII que custodiaba el Palacio del conde de Aranda de esta localidad, sus cuadros, carruajes, muebles, vajillas y porcelanas. Y la cesión de sus archivos a la diputación provincial de Zaragoza.

En total, sus casas señoriales, la colección de arte, los documentos históricos, sus fincas, palacios y castillos, suman con creces los 600 millones de euros, un valor sólo estimado, ya que muchas de las posesiones de la familia tienen valor incalculable.

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Para hablar del patrimonio artístico, tenemos que referirnos a la casa de Alba en su conjunto, teniendo en cuenta que la época del duque de Alba sólo fue el principio de una gran acumulación de obras de arte que llega hasta nuestros días muchísimo más ampliada y en posesión de la actual duquesa de Alba: María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart.

La colección de arte de los Alba es una de las más grandes de España, aunque por diversos avatares no conserva todos los tesoros que pasaron por ella.

Fue iniciada por Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel. En esta época, la documentación menciona obras de Domenichino, Gentileschi, Ribera, Velázquez, Rafael o Correggio. Más tarde, en el siglo XVIII ingresan importantes lienzos encargados a Raphael Mengs y, gracias al mecenazgo de XIII Duquesa de Alba, amiga y modelo de Goya, se enriquece con varios lienzos de este artista, entre los que destaca el retrato de la Duquesa.

El fallecimiento de la Duquesa supuso el desmembramiento de casi toda la pinacoteca. Algunas obras pasaron a manos de Godoy, otras las legó la Duquesa a diversos allegados, y su sucesor el Duque Carlos Miguel apenas recibió una treintena de obras. De todas formas, el nuevo Duque adquirió en un largo viaje por Europa piezas de Fra Angélico y Rembrandt.

En el siglo XIX, la colección se completa por algunas obras inglesas a las que, ya entrado el siglo XX, se suman pinturas de Madrazo, Sorolla, Zuloaga y Sotomayor, así como algunas piezas del impresionismo francés adquiridos por la actual Duquesa.

El Palacio de Liria, en Madrid, contiene la mayor y más valiosa parte de la herencia cultural de los Alba. Más de 30.000 libros conforman la biblioteca, destacando la famosa Biblia de Alba de 1433, primera traducida al castellano o 21 documentos autógrafos de Cristóbal Colón.

En la pinacoteca lucen pinturas de Tiziano, Rubens, Goya, Velázquez, El Greco o Rembrandt, del que conserva uno de los 15 paisajes que pintó a lo largo de su vida. Además está todo el jardín del Palacio de Liria sembrado de estatuas y tumbas de animales.

En definitiva, una de las colecciones de arte más valiosas de nuestro país.

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Una parte curiosa de la vida del duque de Alba, y que no todo el mundo conoce, es su vida amorosa, desde su juventud hasta su matrimonio por conveniencia con María Enríquez.

Entre las diferentes investigaciones que se han hecho respecto a este aspecto de la vida del duque, cabe destacar la existencia de un hijo ilegítimo:

Se ha sabido que la única evidencia de las aventuras del duque Fernando en el terreno sexual data de 1527, año en que una breve relación con la hija de un molinero de sus tierras de Piedrahita concluyó con el nacimiento de un hijo, Hernando, a quien el futuro duque aceptó de buen grado e incorporó a su familia. El chico creció junto a los demás niños de los Alba y disfrutó de todos los privilegios  de ser un Toledo.

Pero, después de este episodio con la hija de un molinero, el paso más importante en la vida de cualquier noble era el matrimonio, un rito que establecía lazos de poder con otras familias y proporcionaba herederos de la hacienda propia.

La boda de Fernando, celebrada en Alba el 27 de abril de 1529, formaba parte de un acuerdo entre los Alba y una familia vecina de Alba de Liste.  La novia era su prima, María Enríquez, hija de Diego Enríquez de Guzmán, tercer conde de Alba de Liste y de su primera esposa, Leonor, hija a su vez del duque Fadrique. Este matrimonio violaba claramente los preceptos de la ley canónica, pero, en este aspecto, en aquel tiempo las normas se trasgredían con frecuencia, sobre todo la familia Toledo, que siempre que podía establecía vínculos que reafirmaban las alianzas existentes de sangre y propiedad.

De la unión de Fernando y María Enríquez nacieron sus cuatro hijos legítimos:

-  García, que murió en 1548 con tan sólo dieciocho años.

-  Beatriz, nacida en 1534.

-  Fadrique, que nació en 1537.

-  Diego, el pequeño, nacido en 1542.

De este modo, María Enríquez fue la mujer que más años compartió la vida con el duque de Alba, ya que cumplió a la perfección el papel de esposa tradicional y dirigió el hogar familiar en todos aquellos años que no pudo acompañar a su esposo mientras éste estaba lejos y ocupado en sus asuntos. Además, mantuvo vivos los vínculos políticos que su marido no podía conservar debido a sus ausencias, acudió a la Corte siempre que se la requirió y, en su casa, cuidó los intereses religiosos de los Toledo. Pasó toda una vida de paciente servicio a su marido y falleció en 1583, un año después que él.

Por todos estos motivos, podemos decir que ésta fue la mujer de su vida, independientemente de que el duque pudiera haber tenido otras aventuras, algo que nunca podremos saber con seguridad…..

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La expresión ¡Que viene el duque de Alba! es, además del subtítulo de este blog, la frase que los belgas y holandeses aún utilizan para asustar a los niños cuando no comen o tardan en irse a la cama. Ello explica el mal recuerdo dejado en los Países Bajos por los tercios españoles cuando Felipe II intentó mantener entero el imperio a toda costa.

Al contrario de lo que pasaba con los ejércitos de otros países, los reclutamientos obligatorios de los Tercios de Flandes tenían un carácter permanente y para poder reclutar esta carne de cañón se recurrió a todo lo posible: mendigos, traperos e incluso presidiarios, a los que se les indultaba por las fechorías cometidas. Los menos eran los voluntarios, entre quienes había algún noble que se financiaba el viaje.

Pero su apogeo se sitúa a partir de 1567, cuando fueron mandados por Fernando Álvarez de Toledo, el gran duque de Alba. Él fue quien introdujo allí leyes y sistemas recaudatorios castellanos, además de perseguir a rebeldes y protestantes, pero a la postre no consiguió atajar la revuelta.

A los soldados se les adiestraba con premura en una enseñanza práctica para entrar en combate y se les inculcaba una disciplina muy férrea. El arcabuz (antecesor del fusil), la pica y la espada eran las señas de este ejército, ya que fueron los primeros en combinar las tres armas del momento. También se dio gran importancia al aspecto moral de las tropas, que tenían un código de honor que hacía de la fidelidad y la camaradería un ritual del buen comportamiento.

La guerra de Flandes duró ochenta años y su coste desangró las arcas españolas y arruinó el orgullo nacional, además de extender como un reguero de pólvora las maldades atribuidas a los soldados españoles. Los recuerdos que dejaron allí hablan de saqueos, violaciones y excesos de los soldados que pasaban con su cortejo de meretrices engalanados en paños de oro.

Por otro lado, Flandes se había caracterizado, históricamente, por su ingobernabilidad. La corrupción y la dispersión del poder llevaron a Carlos V a acometer el primer intento de organización, totalmente fracasado. La posibilidad de configuración de un estado viable en los Países Bajos se debe al duque de Alba, y algunas de sus medidas más polémicas las imitó luego Guillermo de Orange sin encontrar resistencia.

El duque de Alba, al fin y al cabo, era un tirano extranjero. Fue precisamente su intento de limitar el poder de la nobleza y establecer una proporcionalidad impositiva lo que le costó su prestigio. Luego, no supo reaccionar como convenía, mientras el rey permanecía en la corte, entre la pereza y la indecisión.

Pese a la mezquindad del Rey, el duque de Alba le sirvió fielmente hasta el final. Quejándose, pero obedeciendo hasta, literalmente, el último aliento. Su labor permitió al Rey Católico conservar los dominios italianos, quizá los flamencos, y además le ganó un imperio en 52 días, Portugal. Fue, sin duda, uno de los grandes hombres de su época.

Lo que está claro es que las medidas de gobierno del duque de Alba contribuyeron a ganarle muchos enemigos y perjudicaron tanto su imagen como la de España.

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El invierno de 1572 fue duro y una helada tardía destruyó frutales y cultivos. Sin embargo, los azares del clima no eran nada comparados con los problemas creados por la extensión de la resistencia al diezmo. Si tenían que pagar un impuesto por sus artículos, decían los comerciantes, mejor era cerrar las tiendas. La gente se quedaba sin trabajo y el número de indigentes aumentaba.

El problema empeoró con la crisis que en aquellos meses sufrió la industria textil. Las autoridades recurrieron a la caridad para evitar los desórdenes. Los problemas tenían causas diversas, pero el resentimiento solía centrarse en el diezmo.

Enfrentado al equivalente de una huelga general en contra de sus propuestas, el duque de Alba estaba furioso. En febrero de 1572, informó al rey de que había procedido con moderación. Le dijo:

“De momento caminaré por este camino de blandura mientras me hallare bien, cuando no, tomaré el otro.”

En el mes de marzo, en plena crisis, los ciudadanos de Gante encontraron dispersos por las calles de la ciudad ejemplares del “Padrenuestro de Gante”, dirigido contra Alba:

Diablo nuestro que estás en Bruselas,

maldito sea tu nombre

así en el cielo como en el infierno.

Que este Diablo se marche muy pronto

y con él su Tribunal, falso y sanguinario,

que a diario practica el asesinato y la rapiña;

y a los perros rabiosos venidos de España

devuélvelos al Demonio, su padre. Amén.


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Garcilaso y el duque de Alba no solo fueron compañeros de viaje en batallas, sino amigos íntimos que se conocían perfectamente el uno al otro,  incluyendo el conocimiento que Garcilaso siempre tuvo de los amores y sentimientos del gran duque de Alba.

Una prueba de ello es ver cómo Garcilaso recordó en algunos de sus versos de qué modo el joven duque de Alba postergó su ardor por la guerra y cruzó la Península a toda prisa para reunirse con su dama, a la que no veía desde hacía dieciséis meses:

En amoroso fuego todo ardiendo

el duque iva corriendo y no parava;

Cataluña pasaba, atrás la dexa,

ya d’Aragon s’alexa, y en Castilla

sin baxar de la silla los pies pone.

El coraçon dispone al alegria

que vecina tenia, y reserena

su rostro y enagena de sus ojos

muerte, daños, enojos, sangre y guerra;

con solo amor s’encierra sin respeto,

y el amoroso affeto y zelo ardiente

figurado y presente está en la cara.

El poeta también estuvo presente para ver cómo los ojos de María se llenaban de lágrimas de alegría:

Y la consorte cara, pressurosa,

de un tal plazer dudosa aunque lo vía,

el cuello le deñía en nudo estrecho

de aquellos braços hecho delicados;

de lágrimas preñados, relumbravan

los ojos que sobravan al sol claro.

Con su Fernando caro y señor pío

la tierra, el campo, el río, el monte, el llano

alegres a una mano estavan todos.

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Fernando Álvarez de Toledo abandonó Piedrahita a finales de enero de 1532 acompañado de su amigo Garcilaso para luchar contra los musulmanes en Europa central.

Juntos cruzaron los Pirineos sorteando el frío y la nieve. Garcilaso dejó constancia de su perplejidad ante la majestuosidad del invierno en las montañas en los siguientes versos:

“Los montes Pyreneos que se’stima

de abaxo que la cima está en el cielo

y desde arriba el suelo en el infierno

en medio del invierno atravesava.

La nieve blanqueava, y las corrientes

por debaxo de puentes cristalinas

y por eladas minas van calladas…

Por aquí se trabaja el duque osado…”

La pareja de amigos viajó hacia el norte pasando por Toulouse y hacia Flandes con la intención de unirse a Carlos V y a sus nobles en Bruselas.  Por desgracia, Alba cayó enfermo en París, lo que retrasó el viaje. Cuando por fin llegó a Bruselas, el emperador y su grupo ya habían partido. Fernando y Garcilaso les siguieron, viajando a través de Colonia, se embarcaron en el Rin y luego acortaron hacia la ciudad imperial de Ratisbona, adonde llegaron en marzo de 1532. Una vez allí, los turcos se retiraron ante el inmenso ejército que el emperador había reunido para la defensa de Viena.

La corte imperial se trasladó desde Viena hasta Italia seguida del duque de Alba y otros nobles. Fue la primera vez que el joven duque experimentó las maravillas de la civilización renacentista del norte de Italia y disfrutó de los festejos de Mantua, Bolonia y otras ciudades.

A últimos de abril de 1533, llegaron a Barcelona, donde Carlos V fue recibido por la emperatriz Isabel. Desde Cataluña, el duque y Garcilaso hicieron juntos el viaje de regreso, primero hasta Toledo y luego hasta las riberas del Tormes.

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El duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, entabló amistad con el soldado-poeta Garcilaso de la Vega durante la campaña de Fuenterrabía; una amistad firme y estrecha que se prolongó hasta la muerte de Garcilaso en 1536. El duque Fernando, que tenía pocas veleidades literarias, escribió su único poema conocido, una pieza de seis versos sobre un tema relacionado con la danza, a consecuencia de su relación con el poeta.

Por su parte, Garcilaso nos ofrece en su obra “Églogas” información fascinante sobre distintos aspectos de la vida privada y política del duque Fernando. En particular, cabe destacar unos versos que hablan de los primeros años de la carrera de Fernando, ya que son unos de los primeros que Garcilaso escribió acerca de su amigo Fernando, que en concreto hablan de la formación cultural que Joan Boscà le dio al joven Fernando:

“El trato, la crianza y gentileza,

la dulzura y llaneza acomodada,

la virtud apartada y generosa.”

Pero para poder entender mejor los versos de Garcilaso, primero debemos conocer brevemente la vida de este “soldado-poeta”:

Garcilaso de la Vega, (Toledo, 1501? – Niza, 1536) Poeta renacentista español. Perteneciente a una noble familia castellana, Garcilaso de la Vega participó ya desde muy joven en las intrigas políticas de Castilla. En 1510 ingresó en la corte del emperador Carlos I y tomó parte en numerosas batallas militares y políticas. Participó en la expedición a Rodas (1522) junto con Boscán y en 1523 fue nombrado caballero de Santiago.

En 1530 Garcilaso se desplazó con Carlos I a Bolonia, donde éste fue coronado. Permaneció allí un año, hasta que, debido a una cuestión personal mantenida en secreto, fue desterrado a la isla de Schut, en el Danubio, y después a Nápoles, donde residió a partir de entonces. Herido de muerte en combate, durante el asalto de la fortaleza de Muy, en Provenza, Garcilaso fue trasladado a Niza, donde murió.

Su escasa obra conservada, escrita entre 1526 y 1535, fue publicada póstumamente junto con la de Boscán, en Barcelona, bajo el título de Las obras de Boscán con algunas de Garcilaso de la Vega (1543), libro que inauguró el Renacimiento literario en las letras hispánicas. Sin embargo, es probable que antes hubiera escrito poesía de corte tradicional, y que fuese ya un poeta conocido.

Garcilaso se sumó rápidamente a la propuesta de su amigo Juan Boscán de adaptar el endecasílabo italiano a la métrica castellana, tarea que llevó a cabo con mejores resultados, puesto que adoptó un castellano más apto para la acentuación italiana y la expresión de los nuevos contenidos poéticos, de tono neoplatónico, propios de la poética italiana renacentista.

Muchas de sus composiciones reflejan la pasión de Garcilaso por la dama portuguesa Isabel Freyre, a quien el poeta conoció en la corte en 1526 y cuya muerte, en 1533, le afectó profundamente. Los 40 sonetos y las 3 églogas que escribió se mueven dentro del dilema entre la pasión y la razón que caracteriza la poesía petrarquista y en ellos el autor recurre, como el mismo Petrarca, al paisaje natural como correlato de sus sentimientos, mientras que las imágenes de que se sirve y el tipo de léxico empleado dejan traslucir la influencia de Ausias March. Escribió también cinco canciones, dos elegías, una elegía a Boscán y tres odas latinas, inspiradas en la poesía horaciana y virgiliana.

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