La navegación moderna: El problema del cálculo de la Longitud

“Cualquier marino que se precie puede calcular la latitud mediante la duración del día o la altitud del Sol, o bien según estrellas indicadoras conocidas por encima del horizonte. Cristóbal Colón siguió un camino recto al atravesar el Atlántico cuando «navegó por el paralelo» en su travesía de 1492, y no cabe duda de que con este método habría llegado a las Indias si no se hubieran interpuesto las Américas.

Por el contrario, el tiempo influye en la medición de los meridianos de longitud. Para averiguar la longitud en el mar hay que saber qué hora es en el barco y, también, en el puerto base u otro lugar de longitud conocida en ese mismo momento. Los dos tiempos reales permiten que el navegante convierta la diferencia horaria en separación geográfica. Dado que la Tierra tarda veinticuatro horas en efectuar una revolución completa de trescientos sesenta grados, una hora supone la vigésimo cuarta parte de una rotación, o sea quince grados. Y, por consiguiente, cada hora de diferencia entre el barco y el punto de partida supone un avance de quince grados de longitud hacia el este o el oeste. Cada día, cuando el navegante vuelve a ajustar el reloj del barco según el mediodía local en el mar, en el momento en que el Sol llega al punto más alto del cielo, consultando después el reloj del puerto base, cada hora de diferencia entre ambos se traduce en otros quince grados de longitud.
Hasta la época de los relojes de péndulo, y también durante la misma, resultaba totalmente imposible saber la hora exacta en dos lugares distintos a la vez, prerrequisito para calcular la longitud que en la actualidad se determina fácilmente con un par de relojes de pulsera baratos.

En el puente de un barco bamboleante, los relojes se atrasaban, se adelantaban o se paraban. Con los cambios normales de temperatura que se producían al trasladarse de un país frío de origen a una zona comercial tropical, el aceite lubricante de los relojes se fluidificaba o se espesaba, por lo que los elementos metálicos se dilataban o se contraían, con consecuencias realmente desastrosas. Un ascenso o descenso de la presión barométrica, o las sutiles variaciones de la gravedad terrestre entre una latitud y otra, podían también contribuir a que un reloj se atrasara o se adelantara.

Puesto que no existía un método práctico para determinar la longitud, todo gran capitán de la época de las exploraciones podía perderse en el mar aunque contara con los mejores mapas y brújulas de que se disponía por entonces. Desde Vasco da Gama hasta Vasco Núñez de Balboa, desde Fernando de Magallanes hasta sir Francis Drake, todos llegaron, mal que bien, a donde se habían propuesto bajo el control de unas fuerzas que se atribuían a la suerte o a la gracia de Dios.
Alentados por una mezcla de valentía y codicia, los capitanes de navío de los siglos XV, XVI y XVII sólo contaban con el llamado «punto estimado» para calcular la distancia del puerto base en dirección este u oeste. El capitán lanzaba por la borda una corredera y observaba la rapidez con que el barco se alejaba de aquel indicador temporal. Anotaba la indicación que le ofrecía el tosco velocímetro en el diario de navegación, junto con el rumbo seguido, dato que tomaba de las estrellas o valiéndose de una brújula, y la extensión de tiempo de un recorrido concreto, medida con un reloj de arena o de bolsillo. Añadiendo los factores correspondientes a las consecuencias de las corrientes oceánicas, los vientos inestables y los errores de evaluación, procedía a continuación a determinar la longitud. Naturalmente, solía equivocarse, buscando en vano la isla en la que esperaba encontrar agua potable, o incluso el continente al que tenía que llegar. Con demasiada frecuencia, la técnica del punto estimado le conducía a la muerte. “  SOBEL, D., Longitud. Anagrama, 2006

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