El Elogio de la Locura

Erasmo escribió, al parecer, el Elogio de la Locura en el breve espacio de siete días y sin consultar ningún otro, cosa notable en él, muy amigo siempre de citar y de comprobar sus citas rigurosamente.

Lo escribió en Inglaterra, en el campo, en casa de su amigo Tomás Moro, en 1508, cuando tenía 41 años. No le dio demasiada importancia, pues tenía otros proyectos entre manos que juzgaba mucho más trascendentes. Pero se equivocaba, pues ninguno de ellos le daría tanta fama como éste que escribió tan deprisa y tan sin cuidados. Con el paso del tiempo sería precisamente la obra que quedaría vinculada a su nombre.

Era su tercer viaje a la isla. Sus amigos ingleses ocupaban posiciones aún más encumbradas en la Corte que en sus visitas anteriores. Su amigo más íntimo era Tomás Moro, en cuya casa se alojaba. Se habían conocido en la casa de lord Muntjoy, en el campo, y habían congeniado enseguida.

Moro era más joven, tenía diez años menos que Erasmo. Juntos habían traducido los Diálogos de Luciano. Erasmo ya se había hecho famoso con sus Adagios, había hecho su viaje a Italia. Moro, aunque sabía griego y latín y era un humanista, no era eclesiástico como Erasmo; era un jurista, como su padre, quien lo había incorporado al mundo del foro y de los “negocios”. Desde hacía cuatro años era diputado e impartía clases de derecho, pero no había abandonado sus actividades literarias. También escribía libros que lo harían famoso. Se había casado recientemente con la hija de un hacendado.

Erasmo había viajado a Inglaterra porque el príncipe Enrique, a quien había conocido y tratado en viajes anteriores, se había convertido en rey, un monarca ilustrado amigo de humanistas, protector de las artes, y lo había llamado a su lado. Tomás Moro, que se había enfrentado a Enrique VII por su oposición a los nuevos impuestos, había escrito una oda saludando la coronación del joven monarca, que acabaría enviándolo al patíbulo.

Pero las tragedias quedaban aún muy lejos. El talante que el Elogio revela es de pujanza y optimismo. El mismo que revela este fragmento de una carta que Erasmo escribió por entonces a un amigo: “Me preguntas si me gusta Inglaterra. Pues te diré si quieres creerme que nada me ha sido jamás tan benéfico. Hallo aquí un clima sano y agradable, cultura y doctrina, tanto en el latín como en el griego, hasta tal punto que si no fuera por las cosas que hay allí que son dignas de verse, no añoraría Italia. Cuando escucho al amigo Colet me parece que oigo al propio Platón: ¿Y dónde engendró la naturaleza nunca carácter más benigno, más dulce, más delicado y más feliz que el de Tomás Moro?”. A él le dedicó el libro[1]. Pero su estancia en Inglaterra no sería muy larga. Pese a lo que dice de ella en la carta, pronto se le haría insoportable.

El propio Erasmo explica y justifica en el prólogo de dónde le había venido la idea de escribir un libro como el Elogio. Se remite a los clásicos: “Hace siglos Homero cantó el combate de las ranas y de las ratas en la Batracomiomaquia[2], Virgilio a los Mosquitos y al Almodrote[3], Ovidio a las Nueces[4]. Polícrates alabó a Busiris e Isócrates lo fustigó, Glauco elogió la injusticia, Favorino a Tersites y a las fiebres cuartanas, Sinesio la calvicie, Luciano las moscas y los parásitos. Séneca ridiculizó la apoteosis de Claudio, Plutarco escribió el diálogo de Grillo y Ulises, Luciano y Apuleyo ensalzaron al asno, y no sé quién redactó el testamento de un cochinillo llamado Grunio Corocota[5], del cual se acuerda san Jerónimo”[6].

Pero la raíz no sólo es clásica; es medieval la personificación de la Locura, como la de la Muerte y la de las Virtudes y los Vicios. En el humor satírico se percibe a Luciano, pero también asoma a veces un preludio de lo rabelaisiano, aunque esté contenido en el marco de la mesura y la equidad y la elegancia del lenguaje clásico.

Erasmo va demostrando a lo largo del libro lo provechosa que es la locura y lo necesario que es que exista para que el mundo siga funcionando más o menos armónico. Todas las cosas dependen de ella. La locura es sumamente útil. Sin ella no seríamos felices. Por eso Júpiter, para que la vida de los mortales no fuese insufrible, “relegó la razón a un angosto rincón de la cabeza mientras dejaba el resto del cuerpo al imperio de los desórdenes y de dos violentísimos y contrarios tiranos: la ira, que domina en el castillo de las entrañas y hasta en el corazón, que es fuente de la vida, y la concupiscencia, que ejerce dilatado imperio hasta lo más bajo del pubis”.

De esta forma indirecta, desde el ángulo sesgado de lo irónico, entre una fronda de alusiones al mundo cultural y a los antiguos dioses, que es ocultación y es artificio, pero también arte, va describiendo y juzgando con agilidad y erudición y con el agudo bisturí de su sutil ingenio todas las múltiples locuras y necedades de este mundo. Y no perdona, claro, a la Iglesia y a los monjes y frailes y jerarcas y predicadores y teólogos, ni a las bulas ni a los falsos milagros ni a supuestas reliquias ni al culto de los santos que forman parte de la vida. Toda lo va sacando a colación, todo lo desenmascara sin piedad.

Era arriesgado lo que hacía pero el talante irónico y la astucia del género lo defendían. Hay en el libro siempre una lectura doble que constituye para el autor, para el buen soldado de Cristo un escudo seguro: Quien habla es a la postre la Locura, la Estulticia, por lo tanto ya se sabe que lo que diga puede ser necedad[7].

Erasmo no es ningún sedicioso, ningún rebelde, ninguna naturaleza radical: la queja, patética y agria, no concuerda con su mesurado y previsor temperamento. Erasmo carece por completo de la ingenua y bella ilusión de que con un solo golpe y empellón se podría echar abajo todo lo malo que existe sobre la tierra; ¿para qué, pues, ponerse a mal con el mundo, piensa tranquilamente, ya que uno solo no puede mudarlo, ya que, según parece, este engañar y engañarse pertenece a lo eterno e inmutable del hombre? El varón prudente no se queja, el sabio no se excita: mira con penetrante mirada y despreciativos labios el estúpido ajetreo, y, prosigue su propio y constante camino.

Pero a veces un ligero humorismo divierte, por una hora, hasta a la severa y resignada mirada del sabio: entonces se sonríe y con esta sonrisa ilumina irónicamente el mundo.

Erasmo había visto a la Iglesia en plena decadencia religiosa: al papa Julio, rodeado por la muchedumbre de sus hombres de guerra; a los obispos viviendo en el lujo y la licencia en vez de la apostólica pobreza; había presenciado el criminal furor bélico de los príncipes de aquel país destrozado, luchando unos con otros; había visto las arrogancias de los poderosos, el espantable empobrecimiento de los pueblos; de nuevo había lanzado una mirada a lo hondo del abismo del absurdo.

Comparándolo con las obras principales de Erasmo, serias, importantes, cargadas y recargadas de sabiduría, se toma al principio este pequeño y descarado satiricón por un escrito algo juvenil y petulante, algo casquiano y ligero. Pero no por su extensión y peso adquieren su consistencia íntima las obras de arte, y lo mismo que, en la esfera de la política, una sola palabra fundamental, una agudeza mortífera, producen a menudo un efecto más decisivo que un discurso como los de Demóstenes, así, en el recinto de la literatura, las obras de pequeño tamaño sobreviven en general a los libros voluminosos y pesados; de los ciento ochenta tomos de Voltaire, en realidad sólo la burlo y sucinta novela Cándido ha conservado vida; de los innumerables volúmenes en folio de Erasmo, tan amigo de escribir; sólo sobrevive este hijo del azar, este producto del animoso buen humor.

Pasar de contrabando una crítica de los tiempos, en el tiempo de la censura y de la Inquisición, por medio de ironías y de símbolos, había sido siempre la única salida de los espíritus libres en épocas de oscurantismo; pero rara vez había alguien hecho, de este sagrado derecho de los locos a hablar libremente, un uso más hábil que el que hace Erasmo en esta sátira, que al propio tiempo representa la obra primera y más osada de su generación y también la más artística. Seriedad y broma, saber y alegre burla, verdad y exageración, se entremezclan dando vueltas para formar un ovillo discoloro que siempre vuelve a escapársele alegremente a uno de las manos cada vez que se le quiere coger para devanarlo seriamente. Y al compararlo con las groseras polémicas y las injurias sin ingenio de sus contemporáneos, bien puede comprenderse cómo este deslumbrador fuego de artificio, en medio de la oscuridad espiritual de todo un siglo, encantaba y libertaba.

En medio de bromas comienza la sátira. Doña Estulticia, con toga de sabio, pero con la caperuza del bufón sobre la cabeza (así la dibujó Holbein), asciende a la cátedra y pronuncia un académico discurso de alabanza en honor de sí misma. Sólo ella, según dice en su autoelogio, es la que mantiene la marcha del mundo, ayudada por sus servidores la lisonja y el amor propio: “No obstante, muy poco supondría haber probado que yo soy el principio y la fuente de la vida, si no probara también que cuanto bueno existe en el mundo se me debe igualmente a mí. En efecto, ¿qué sería de la vida, y merecería recibir el nombre de vida, si faltara el placer?”[8].

Sólo por lo que sobreestima el dinero se molesta el comerciante; gracias al fuego fatuo de la inmortalidad, crea sus obras el poeta; sólo merced a esta misma ilusión se hace osado el guerrero. Un hombre sobrio y prudente huiría de toda lucha; no haría sino lo estrictamente necesario para sostenerse; nunca si no estuviera plantada en él esta hierba de locura que le da la sed de eternidad, movería su mano y pondría en tensión su espíritu.

Y ahora chisporrotean animosamente las paradojas. Sólo ella, la Estulticia, expendedora de ilusiones, proporciona la felicidad, y todo hombre será tanto más dichoso cuanto más ciegamente dependa de sus pasiones, cuanto más irrazonablemente viva. Pues toda reflexión y todo atormentarse a sí propio oscurece el alma; el placer no está nunca en la claridad y en la prudencia, sino siempre en la embriaguez, en la superabundancia, en estar fuera de sí mismo, en la ilusión; un brote de locura corresponde siempre a toda vida verdadera, y el justo, el clarividente, el que no está sometido a las pasiones no representa, en modo alguno, al hombre normal, sino una especie de monstruosidad. “Sólo aquel que en su vida es acometido por la locura puede en verdad ser llamado hombre”. Por ello, alábase con gran énfasis la Estulticia como verdadera promotora de todas las humanas obras; con seductora facundia expone cómo todas las muy celebradas virtudes del mundo, el ver claro y verdadero, la sinceridad y la honradez, en realidad sólo fueron hechas para amargar la vida del hombre que las ejercita; y como, aparte esto, es dama instruida, cita orgullosamente a favor suyo la sentencia de Sófocles: “Sólo en la irreflexión es grata la vida”.

Para fortificar su tesis, punto por punto, del modo académico más severo, trae diligentemente testigos, como cogidos por los cabezones. En ese gran desfile, cada categoría muestra su delirio especial. Todos comparecen: retóricos charlatanes, los sabios juristas que parten en dos un cabello, los filósofos cada uno de los cuales querría poner el Universo en su saco especial, los orgullosos de su hidalguía, los rapiñadores del dinero, los escolásticos y los escritores, los jugadores y los guerreros, y, por último, los eternos locos de su sentir, los enamorados, cada uno de los cuales cree que únicamente en su amada se reúne la suma de todo placer y hermosura.

Una magnífica galería de locuras humanas es la que reúne aquí Erasmo, con su incomparable conocimiento del mundo, y los grandes autores de comedias, un Molière y un Ben Jonson, sólo necesitaron echar mano de este teatro de títeres para formar verdaderas criaturas humanas con estas caricaturas ligeramente delineadas.

Ninguna especie de necedad humana es tratada con miramientos, ninguna olvidada, y precisamente con esta totalidad es con lo que se protege Erasmo. Pues ¿quién puede declararse especialmente burlado, ya que ninguna categoría social ha salido mejor librada que la suya?[9]

Pero, en su último fondo, este escrito era para Erasmo algo más que una broma y podía poner de manifiesto su verdadero ser, de modo más perfecto que en cualquier otra, porque era también una anímica liquidación de cuentas con su personalidad más íntima. Erasmo, que no se engañaba acerca de nada ni de nadie, conocía la hondura más remota de aquella debilidad secreta que le alejaba de lo poético y de lo verdaderamente creador; es, a saber, que siempre se sentía demasiado razonable y demasiado poco apasionado, que su no tomar partido y colocarse por encima de las cosas lo ponían fuera de lo viviente. La razón no es nunca más que una fuerza reguladora, jamás constituye por sí misma una capacidad de creación; mas lo verdaderamente fecundo siempre presupone de hecho una locura.

Por estar tan maravillosamente libre de ilusión, Erasmo, a lo largo de su vida entera, permaneció siempre privado de pasión; un justo, grande y frío, que jamás conoció la última dicha de la vida, el total rendimiento de sí mismo, la santa dilapidación de la propia persona. Por primera y única vez se sospecha, gracias a este libro, que Erasmo sufrió secretamente por su exceso de razón, su justicia, su cortesía, su equilibrio de humores. Y como siempre el artista produce del modo más seguro cuando convierte en materia artística algo que a él le falta, algo que anhela, también en este caso precisamente el hombre de la razón por excelencia era llamado a componer el alegre himno de la locura y hacerles mofa de la manera más sabia a los adoradores de la pura sabiduría.

Pero además no es lícito dejarse engañar por el soberano arte carnavalesco del libro en cuento a su verdadero propósito. Este Elogio de la locura, en apariencia una farsa, detrás de su careta de carnaval era uno de los libros más peligrosos de su tiempo, y lo que hoy a nosotros nos interesa puramente como fuego de artificio lleno de ingenio fue en realidad una explosión que dejó libre el camino a la Reforma alemana; el Elogio de la locura pertenece al número de los libelos de eficacia mayor que hayan sido escritos jamás e tiempo alguno.

Extrañados y amargados regresaban entonces de Roma los peregrinos alemanes, donde papas y cardenales llevaban la vida más dilapidadora e inmoral del Renacimiento italiano, de modo que, cada vez más impacientes, las naturalezas verdaderamente religiosas solicitaban una “reforma de la Iglesia en su cabeza y miembros”. Pero la Roma del esplendor papal rechaza cualquier protesta, hasta las mejor intencionadas; en la hoguera, con una mordaza en la boca, expiaban su culpa todos los que hablaban demasiado alto, con demasiada pasión; sólo en agrias coplas populares o en picantes anécdotas podía descargarse secretamente la irritación por el abuso del comercio de reliquias y de indulgencias; subterráneamente, iban de mano en mano ciertas hojas sueltas con la imagen del papa como una gran araña chupadora de sangre.

Erasmo clava públicamente entonces, en la pared del tiempo, la lista de los pecados de la Curia; maestro de ambigüedades, aprovecha su gran artificio para hacer que pronuncie la Estulticia todo lo necesariamente peligroso, en un ataque decisivo contra los defectos religiosos. Y aunque aparentemente sólo es una mano de loco la que empuña la tralla, al punto se comprende por todos la intención crítica de palabras como éstas: “Si los sumos sacerdotes, los papas, los representantes de Cristo, se esforzaran por ser semejantes a él en su vida, si sufrieran su pobreza, soportaran sus trabajos, participaran en su doctrina, tomaran consigo su cruz y su desprecio del mundo, ¿quién sobre la tierra sería más de compadecer que ellos? ¡Cuántos tesoros perderían los padres santos si la sabiduría, si un solo grano de la sal de que habla Cristo, se apoderase sólo una vez de su espíritu!

En lugar de aquellas inmensas riquezas, aquellos divinos honores, la distribución de tantos empleos y dignidades, de tan numerosas dispensas, de tan diversos impuestos y de goces y placeres tan diversos, se presentarían noches sin sueño, días de ayuno, oraciones y lágrimas, ejercicios de devoción y mil otras molestias”. Y de pronto sale la Estulticia de su papel de loca y habla clara e inequívocamente de la exigencia de la futura del mundo: “Como toda la doctrina de Cristo predica la dulzura, la paciencia y el desprecio de todo lo terreno, aparece claramente ante los ojos lo que esto significa. Cristo desarma de tal modo a sus embajadores, que les recomienda que se despojen no sólo de su calzado y de su blusa, sino también de su túnica, a fin de que entren desnudos y libres de todos los bienes en la carrera evangélica. No les deja llevar sino una espada, pero esta espada no es aquella llena de mal de que se arman los bandidos y los parricidas, sino la espada del espíritu, que penetra hasta el fondo más íntimo del alma y que de un solo golpe corta en ella todas las pasiones, para que en adelante sólo la piedad florezca en el corazón”.

Sin advertirlo, de la broma ha resultado una cortante seriedad. Bajo la caperuza del loco aparecen los ojos severos, que no se dejan engañar, del gran crítico del tiempo; la Locura ha pronunciado lo que les quema secretamente los labios a miles y cientos de miles de hombres. Con mayor fuerza, mayor penetración, de un modo más comprensible para todos que en cualquier otro escrito de la época, expónese a la conciencia del mundo la necesidad de una rigurosa reforma de la Iglesia. Siempre, antes de que pueda ser edificado algo nuevo, es preciso que sea atacado y removido primeramente, en su autoridad, lo existente. En todas las revoluciones espirituales, el crítico expositor precede a creador y transformador: sólo si primero ha sido laborado, está dispuesto el suelo para recibir la simiente[10].

Parece claro que del análisis de la obra resultan tres oleadas o bloques temáticos. La primera comprende desde el capítulo 1 hasta el 18. En esta primera parte es evidente el estilo y la sátira de Luciano, sobre todo, en los capítulos 7-9 en que la locura expone sus títulos y cualidades; y en los capítulos 16-18 en que aparecen al desnudo las vidas de los dioses. Además de la influencia notoria de Luciano, parece que inspira a Erasmo la tradición germánica y medieval, como el “carro de los locos”, o la Nave de los locos del humanista alemán S. Brant, escrita en 1492.

Los capítulos 30-37 representan un nuevo bloque en que se define el papel relevante que el instinto, la pasión y el humor tienen en la vida humana. Hay dos locuras; una es destrucción de conciencia y de costumbres civilizadas; y existe la locura que Erasmo y el humanismo proclaman y que lleva al juicio irónico y complaciente de sí mismo y del mundo. Es un tono nuevo de humor que lleva hasta la risa de uno mismo.

Los capítulos 38-61 constituyen la parte más dura y polémica de la obra. Nadie se ve libre de la locura; todos la siguen. Tanto el mundo antiguo como moderno forma un cortejo de adoradores de la stultitia. Es aquí donde la locura -Erasmo- presenta el desfile ridículo de poetas, filósofos, escritores, reyes, cortesanos, clérigos, frailes, obispos, cardenales y papas seguidores de la locura. Sólo por ella merecen la pena sus vidas.

Los capítulos 60 y 61 vendrán a ser como la conclusión de este bloque: “nadie pude vivir sin mí” -dice la Locura.

En los capítulos 62-68 se halla la conclusión. Contra lo que algunos pudieran creer, el Elogio de la locura no es un pasatiempo frívolo ni una burla a la mísera condición humana. Erasmo se pregunta: ¿Y si la locura de que he hablado fuese suprema sabiduría de que nos habla la Escritura, y sobre todo san Pablo? Echando mano de la Biblia trata de probar que el cristianismo – y la bienaventuranza – no son más que una locura sublime. Por fin, el capítulo 68 nos devuelve al tono relajante del libro: Se ha hecho el elogio de la estulticia: “Aplaudid, vivid, bebed, celebérrimos iniciados de la Locura”[11].

Si el estilo es el hombre, el Elogio de la locura es el mismo Erasmo con sus ideas, sus pasiones, sus odios, sus altos y bajos. Todo Erasmo está aquí con su lenguaje incisivo, erudito, preciso, burlón, tierno e ingenuo. Su expresión latina se pliega al pensamiento, buscando y creando palabras vulgares y nuevas que reflejan la realidad que quiere expresar[12].


[1] “Así pues, no sólo recibirás con agrado este discursillo, en recuerdo de tu amigo, sino que además lo tomarás bajo tu protección, pues desde el momento en que te lo dedico es tuyo y no mío”. ERASMUS, Desiderius. Elogio de la Locura. Madrid: Unidad Editorial S.A., 1999, 128 p., Colección Millenium, las 100 joyas del milenio; vol. 60. Pág. 10.

[2] La Batracomiomaquia, parodia de la Ilíada, es un texto erróneamente atribuido a Homero, que no se remonta más allá del s. IV a.C. Ibíd., pág. 107, nota 9.

[3] Tampoco se sabe si con certidumbre pertenece al autor citado. Ibíd., pág. 107, nota 10.

[4] Al parecer el poema nux se debe a un discípulo suyo. Ibíd., pág. 107, nota 11.

[5] Obra satírica del s. III, que servía para divertir a los escolares. Ibíd., pág. 108, nota 20.

[6] Ibíd., pág. 10.

[7] VV.AA. Clásicos de la literatura universal. Del Renacimiento al Romanticismo. Barcelona: Ediciones Orbis, 1994. pp. 15-16.

[8] ERASMUS, Desiderius, ob.cit., pág. 20.

[9] “Yo, por el contrario, no sólo me abstengo totalmente de los nombres propios, sino que además he puesto tanta moderación en el estilo, que el lector avisado comprenderá fácilmente que mi intención ha sido divertir, mucho más que morder”. Ibíd., prefacio, pág. 11.

[10] ZWEIG, Stefan. Triunfo y tragedia de Erasmo de Rotterdam. Barcelona: Editorial Juventud, 1971. 222 p., pp. 79-89.

[11] Erasmo, ob.cit., pág. 105.

[12] ERASMUS, Desiderius. Elogio de la Locura. Madrid: Alianza, 1984. 187 p. pp. 7-24., de la introducción de Pedro Rodríguez Santidrián, traductor de esta versión.

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