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Francisco J. Martínez Mojica: la paradoja científica y la música de cámara

f-martinez-mojica1Pocos han sido los medios de comunicación españoles que en los últimos meses no han llamado para entrevistar a un científico español candidato a los premios Nobel de 2016. Al premio Nobel de Medicina o Fisiología por la grandes repercusiones en el tratamiento de enfermedades mediante ingeniería genética utilizando un sistema que él descubrió. Y al premio Nobel de Química por descubrir el sistema por el que las bacterias adquieren inmunidad frente a virus y otros elementos externos.

En el día de ayer, 5 de octubre de 2016, se descubrió que la Real Academia de las Ciencias de Suecia había otorgado el premio de Química a otros investigadores. Un par de días antes, el de Medicina recayó en un investigador japonés. Pero eso no es en absoluto un fracaso. El premio Nobel puede tardar años en reconocer la labor de los candidatos que lo reciben, y el descubrimiento del Dr. Martínez Mojica es tan importante que estará en la lista de nominados años y años, hasta que finalmente se lo concedan.

Pero, ¿qué es lo que descubrió? Analizando la secuencia del ADN de las bacterias halófilas de la salinas de Santa Pola, identificó unas secuencias repetidas de aproximadamente 30 pares de bases, separadas por secuencias no repetidas de alrededor de 36 pares de bases. Este tipo de repeticiones eran bastante extrañas y no se habían descrito hasta el momento. Algunos años antes se habían encontrado en la conocida E. coli, pero no se habían estudiado en absoluto.

La historia que sigue es un ejemplo paradigmático de como funciona la ciencia en ausencia de fondos: altas dosis de sagacidad, esfuerzo personal y dedicación. Puesto que no había dinero para hacer experimentos, en una universidad que había sido fraccionada por motivos políticos y en el páramo científico de un país poco dado a la inversión en ciencia, la bioinformática es un recurso barato al que recurrir. Y el primer ejemplo importante necesario para la investigación moderna es el acceso libre a la información de secuencias de ADN aportadas por miles de científicos, disponibles en bases de datos de públicas. Estas disposiciones de repeticiones y secuencias espaciadoras estaban en multitud de bacterias y arqueas. Y Francis descubrió que esas secuencias espaciadoras entre las repeticiones correspondían a virus y otros elementos de ADN externos de las bacterias. Y propuso que las bacterias disponían de un sistema para cortar fragmentos de ADN de estos parásitos que la infectan, incorporarlos a su genoma para “recordarlos” y utilizarlos en futuros encuentros para luchar contra ellos. Es decir, algo parecido al sistema inmunitario de los animales.

Se trata de un descubrimiento sensacional de por sí. Llevamos trabajando con bacterias desde hace décadas, por lo que ya están digamos pasadas de moda, como si ya nada se pudiera descubrir en ellas, al menos nada importante. Pero la ciencia nos demuestra tercamente una y otra vez lo equivocados que estamos. Las enzimas de restricción y la reacción en cadena de la polimerasa son dos ejemplos de investigación en bacterias que han revolucionado los estudios genéticos y moleculares, con sendos premios Nobel. El mundo bacteriano es tan antiguo y rico que todavía no sabemos una mínima parte sobre ellas. Lo que pasa es que estamos tercamente empeñados en olvidarlo.

Otra lección que nos da este descubrimiento es la ceguera del sistema científico actual. Las mejores revistas científicas se niegan a publicar los resultados del Dr. Martínez Mojica, lo consideran poco novedoso, no interesante o poco importante (¿qué se puede descubrir en bacterias en el siglo XXI?). Tras el quinto intento, y tras 12 meses de revisión y espera, se logra publicar en el año 2005 en la revista Journal of Molecular Evolution. Otros investigadores estudiando el mismo fenómeno también sufren este desprecio de las grandes revistas científicas. La paradoja está servida: estamos tan obsesionados con los problemas científicos actuales de moda que no vemos los descubrimientos revolucionarios novedosos.

Pero lo mejor estaría por llegar. Resulta que el sistema que emplean las bacterias para cortar y pegar el ADN de los virus que las infectan, también se puede utilizar en otros organismos, incluso en humanos. Grandes centros de investigación, con recursos a montones, aplican la técnica para modificar genomas con una precisión y rapidez asombrosa, increíble hasta la fecha, agilizando las investigaciones en el campo de la edición genómica y abriendo una puerta inmensa la la modificación genética de múltiples maneras. El premio Princesa de Asturias de 2015 se concede a dos de estas investigadores extranjeras que han aplicado estas técnicas. Pero nadie se acuerda del Dr. Martínez Mojica. Los españoles no reconocemos a nuestros propios investigadores.

Hay veces en la vida, muy pocas veces, en las que uno es testigo de un acto de justicia plena, cuando se reconoce el esfuerzo de tantos investigadores, de horas de trabajo silencioso y humilde, del sentido de la investigación básica, la que se hace por el mero hecho de conocer, incitada solamente por la curiosidad humana. Una investigación que no goza de grandes presupuestos, ni de centros de investigación de múltiples plantas, ni de cientos de trabajadores en plantilla. Uno puede hacer ciencia en estos centros donde se busca la cura del cáncer o del alzhéimer. Estos sitios son como grandes orquestas sinfónicas, donde hacen falta no solo muchas docenas de músicos, sino también utilleros, gerentes, directores artísticos y archiveros. Estos centros son necesarios e importantes. Pero la ciencia también se puede hacer en grupitos pequeños, como se hace la música de cámara, donde dos o tres investigadores dotados de curiosidad y dedicación pueden realizar descubrimientos sensacionales de repercusiones ilimitadas. Al igual que las más bellas páginas de la música se han escrito para música de cámara.

Eric S. Lander, unos de los científicos más importantes en genómica y asesor científico del presidente Obama, decide contar una historia, la de los “héroes de CRISPR“, desde su descubrimiento en la Universidad de Alicante hasta la aplicación biotecnológica desarrollada en Harvard y Berkeley. El artículo que publica a principios de 2016 en la revista Cell (la más prestigiosa de la ciencia biológica actual) reconoce al fin el mérito de estos investigadores heroicos que descubrieron lo que será sin duda el más imporante aporte en medicina durante años.

No sabemos si el Dr. Martínez Mojica recibirá el premio Nobel, pues hay muchas personas implicadas en este descubrimiento y en su aplicación práctica. Pero no solo le ha llegado el merecido reconocimiento para su trabajo, sino que por unos meses todos los medios de comunicación han mostrado a un científico humilde y sincero, ejemplo de investigador de música de cámara, en una universidad pública secundaria y mal financiada como es la nuestra, en un país donde se “premia más con la fama, y no digamos con el dinero, al futbolista y a las estrellas fugaces que a quienes como este investigador trabajan tanto por el bienestar de la humanidad” (Fernando Ónega). Y eso sí que es para estar orgullosos.

Barbara McClintock, una historia de incomprensión

CSHL Archives

Muy a menudo una idea revolucionaria en la ciencia se ve rechazada por estar adelantada a su tiempo, por el carácter novedoso y dificultoso de su comprensión, por la cerrazón de obtusas mentes acomodadas en lo previamente conocido, rutinario y previsible.

La historia de Barbara McClintock (1902-1992) es un ejemplo de perseverancia y constancia ejemplar que superó al final todas las reticencias de sus compañeros. Fue probablemennte la investigadora más importante de la genética del maiz de todo el siglo XX, con amplias contribuciones como el primer mapa genético de este organismo. Especialista en citogenética, demostró que el entrecruzamiento  implicaba un intercambio físico entre cromosomas y se especializó en el estudio de la rotura de los cromosomas, previendo la función específica de los telómeros en la estabilización de los mismos. Pero el descubrimiento que le llevó a la fama fue el de los elementos transponibles o transposones, esos trozos de ADN que pueden cambiar de sitio en el genoma.

En 1951 expuso al público por primera vez sus hipótesis sobre la acción de estos elementos, a los que denominó “elementos de control“, y su papel en la expresión de los genes y en la rotura cromosómica. La complejidad de los resultados y su complicidad con Richard Goldschmidt, defensor del cromosoma como unidad de herencia y detractor de Beadle y de su teoría del gen, hizo que sus resultados no fueran recibidos como debieran. Se dice que Joshua Lederberg, después de una visita a su laboratorio, dijo: “Por Dios, esa mujer o está loca, o es un genio”. Era esto último.

El carácter de McClintock también tuvo mucho que ver con las relaciones con sus colegas. Fue acusada a sus espaldas de intolerante y de arrogante. Aunque ha sido puesta como ejemplo en muchos estudios de género, normalmente no se la cree víctima de discriminación por este motivo. Se sentía especialmente abandonada por sus compañeros, y ante su indiferencia, en 1953 dejó de publicar trabajos científicos sobre su más importante descubrimiento, los transposones. Empezó a trabajar entonces en la genética de la evolución del maíz, realizando estudios con numerosas variedades sudamericanas de la planta y revelando un importante patrimonio biológico sobre el cultivo ancestral de este cereal.

Sin embargo, no se tardó demasiado en comprender su trabajo. La función de los genes estaba efectivamente regulada según se demostró en Escherichia coli (Pardeee, Jacob y Monod, 1959), descubrimiento que aún hoy todavía no le ha sido ampliamente reconocido. En las décadas siguientes, las nuevas técnicas de biología molecular permitieron el descubrimiento en bacterias, bacteriófagos y levaduras, de elementos transponibles, justo como los que había descubierto años antes en un organismo más complejo, el maíz. Por este hallazgo le fue otorgado en 1983 el premio Nobel de Fisiología o Medicina en solitario, “por el descubrimiento de los elementos transponibles”. Sus últimos años permaneció unida al Cold Spring Harbor Laboratory, donde hay un edificio con su nombre en su honor.

Una historia de esfuerzo, perseverancia y dedicación a la ciencia que hace a McClintock merecedora de esta publicación en el día internacional de la mujer.