Si la vida es una metáfora, póngame dos

Si te ibas, ¿para qué has venido?

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Un día estás sentado en una terraza tomándote cualquier cosa viendo el ambiente de la calle: coches circulando, padres con sus hijos volviendo del colegio, ancianos viendo obras… no requieres la compañía de nadie, pero tampoco rechazarías que alguien se sentara contigo. De hecho, como quien dice la cosa, aparece alguien y te pregunta si se puede sentar. Tú accedes, ¿por qué no?

Empezáis a hablar, la conversación empieza a tomar un matiz cordial; pasáis de ser desconocidos a desconocidos que conocen pequeños datos. Pasan los minutos, las horas y la conversación se ha vuelto muy interesante; más bien, parece que pensáis mutuamente que sois interesantes. Continuáis un rato más hasta que se hace de noche; no es plan de llegar a casa tarde, por lo que os despedís, no sin antes daros los números. Podría valer la pena veros un rato más.

Varios días han pasado desde ese encuentro casual. Solo recuerdas lo que hiciste esa tarde si te lo preguntan y piensas que fue simplemente un rato en el que dos desconocidos intimaron sin más propósito que pasar un rato acompañados cuando podían haber estado en mesas separadas. Sin embargo, de repente, el móvil suena. Esa persona que apareció por la terraza te ha escrito un “Hola”; tú respondes lo mismo añadiendo un “¿qué tal?”, a lo que responde con la típica frase. Esta vez la charla tiene otro escenario, las palabras escritas vuelan a través de la red mientras el tiempo vuelve a pasar, y con él se agota la batería de tu móvil. Tras dos horas, le dices que en otro momento podríais hablar explicándole la razón, a lo que responde que no hay problema, que en vez de hablar por whatsapp podríais quedar, como el otro día.

Así fue, en días sucesivos quedáis, os conocéis más, y más, y más, dejáis entrever que hay un interés diferente a la amistad; el universo se cierra a vosotros, el mundo no existe a vuestros ojos mientras las horas siguen pasando. Así, se vuelve a repetir la historia del primer día.

Sin embargo, tras varias semanas de conversaciones de diferente tipo, el discurso empieza a hacerse menos interesante, las frases se hacen cortas y las horas se convierten en minutos que a veces ni llegan a cumplirse. Un día tú le mandas un mensaje con una frase que intenta quitarle frialdad a las conversaciones por mensajes. La persona no responde; ha leído el mensaje, pero no responde, a lo que piensas “bueno, ahora no podrá”. Dejas pasar el tiempo pero tu mensaje no obtiene respuesta, lo que te extraña. Es entonces cuando tomas la decisión de dejar pasar varios días y, entonces, le vuelves a escribir.

No entiendes nada de lo que ocurre; habéis pasado de ser nada a conoceros muy bien, sin embargo, parece que no la conocías tan bien cuando, después de este tiempo, ha pensado que es mejor dejar correr el asunto, que cada uno siga su camino sin depender de un contacto que ya se había vuelto más que habitual.
Duele, la verdad que duele; pensabas que tendrías un compañero de viaje y de repente lo que te has encontrado es una pérdida de tiempo. La persona solo quería divertimento y, una vez terminado, ¿para qué más?

Solo te queda preguntarle por última vez: Si te ibas a ir, ¿para qué has venido?

Nota: Esta entrada es ficción; os dejo a todos los que la leáis elegir los matices de la historia. Se trata de una situación que, metafóricamente, seguro todos hemos vivido.

Author: hhector

Estudiante de derecho en la UA.

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