Si la vida es una metáfora, póngame dos

Relato para el concurso de Zendalibros.com #RelatosDeVerano

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Ecos en la madrugada

Todo ocurrió una noche de julio de calor sofocante. Pasaban las dos y cuarto de la madrugada cuando volvía a casa tras alargar la cena un buen rato en el pub Morgan’s con mis amigos de toda la vida. Las calles estaban vacías, tanto por la hora como por el bochorno atípico en un verano que estaba resultando, por lo general, fresco. La luz de las viejas farolas daba una tonalidad sepia a la escena que, junto a la quietud, me hacía pensar que estaba dentro de una fotografía. Solo unos gatos que aparecían a mi paso me recordaban que no estaba entre las páginas de un álbum.

De repente vi una silueta al fondo de la calle que me observaba inmóvil. A medida que me acercaba se hacía más familiar hasta que, justo enfrente de la carpintería, en una meridiana oscuridad, vi que mi abuelo Joaquín estaba esperándome.

-¡Abuelo! ¿qué haces por aquí? – Dije sonriente y sorprendido, ya que mi abuelo vivía a ciento veinte kilómetros del pueblo. Me intenté acercar para darle un abrazo, pero dio un paso atrás, gesto que ignoré cuando habló.

-Pues mira, quería verte y me han dicho que estabas por aquí.

-¿Quién?

Torció la cabeza a un lado mientras hacía una mueca que daba a entender que era difícil de explicar y continuó:

-Llega un momento en el que tienes información privilegiada. Quienes me lo han dicho no los conoces, pero seguro que has oído hablar de ellos. No me preguntes más porque no me vas a creer.

-Bueno, vale – Dije resignado. – ¿Qué querías, abuelo?

-Despedirme simplemente. – Dijo mientras sonreía con tristeza. – Me tengo que ir. Me ha pasado una cosa y no me queda otra que marcharme. Quería verte porque la última vez que estuvimos juntos nos enfadamos por una tontería tan grande como diferencias políticas. Yo me encerré en mi habitación y tú saliste de casa muy disgustado. Eres una de las mejores cosas que me han pasado y estoy muy orgulloso de haberte visto crecer y de haberte enseñado muchas de las cosas que aprendí cuando era un crío y que puse en práctica mientras me hacía mayor. Espero que me recuerdes como un buen abuelo y no te quedes con las últimas vivencias.

-Pero, abuelo, ¿qué estás diciendo? ¿Chocheas?

-No, Alfonso, antes de cruzar “al otro lado” tenía que decirte esto. Al menos despedirme como podría haberlo hecho en otro momento, más tarde, pero mi cuerpo ha decidido que no sea así.

-No entiendo nada. – Dije casi perdiendo los nervios. – ¿Quieres decirme lo que está pasando? – Acto seguido intenté acercarme otra vez, pero mi abuelo dio otro paso atrás.

-Te enterarás en su debido momento. Ahora vuelve a casa y descansa, que sé que lo has pasado muy bien con tus amigos. Os he visto desde la puerta del pub.

-Pero vente, ya mañana vas a donde tengas que irte.

-Me tengo que ir ahora, y me temo que ya me estoy retrasando. – Fingió mirar el reloj y puso cara de circunstancia como si fuera a llegar tarde a una cita. Levantó la cabeza y dijo:

-Alfonso, solo te pido que seas feliz y vayas con cuidado. La vida no es justa; hay que vivirla, pero, sobre todo, disfrutarla.

-Vale abuelo. Mañana te llamaré para preguntarte si has llegado bien.

El abuelo Joaquín entonces cambió su sonrisa triste por otra aparentemente más feliz en la que dejaba relucir su brillante dentadura postiza.

-Claro, mañana tendrás noticias mías. Tranquilo, no hará falta que me llames. Al sitio al que voy no hacen falta esos aparatejos demoníacos. – Volvió a poner la sonrisa triste -. Dale recuerdos a tus padres, en especial a tu madre, que es, junto a ti, tu tía y la abuela Marina, las personas a las que más he querido en mi vida.

Me dedicó la mejor de sus sonrisas, se dio la vuelta y giró hacia la calle Tomás Grau con su pequeña cojera. Yo me quedé bloqueado durante los cinco segundos en los que desapareció hasta que, una vez con los pies en la tierra, corrí hacia la bocacalle y vi que ya no estaba.

Continué el camino a casa y, cuando llegué, vi que todo estaba apagado salvo una luz parpadeante en el salón que suponía que era la tele. Entré y, efectivamente, mi padre estaba adormilado viendo la teletienda.

-¿Ya has vuelto? – Dijo con una voz ronca que hacía suponer que se acababa de despertar por el ruido de la puerta.

-Sí. Me he encontrado al abuelo Joaquín en la calle. Una cosa muy extraña.

-¿El viejo? ¿Aquí? ¿Y no te lo has traído? Ese hombre a veces chochea.

-Me ha dicho que no podía venir, que tenía que ir a no sé qué sitio.

-Acércate anda – Me acerqué y vi cómo me olfateaba como un perro siguiendo un rastro-. Apestas a cerveza. Vete a dormir y deja de ver abuelos por las esquinas.

Eso hice. Cogí el sueño rápido debido al cansancio y al día siguiente, mientras desayunaba, el teléfono sonó. Era mi tía llorando desconsolada mientras comunicaba la fatal noticia a su hermana mayor: El abuelo Joaquín había fallecido esa noche de un ataque al corazón mientras dormía.

Cogimos el coche rumbo al tanatorio de Hellín casi sin comer. Durante el trayecto mi padre me miraba esporádicamente a través del retrovisor como si me hubiera poseído el demonio, mientras que mi madre, ajena a la historia, intentaba frustrada no derramar más lágrimas de las que estimaba necesarias. Yo trataba de asimilar el encuentro que había tenido aquella noche, dudando entre si había sido real o simplemente una macabra broma de mi cabeza que se juntó por casualidad con el desenlace fatal de una de las personas que más había admirado y querido.

Fuera real o no, recordaré toda mi vida las palabras que me dijo: viviré la vida, pero, sobre todo, la disfrutaré hasta que, llegado el momento, nos encontremos de nuevo.

Author: hhector

Estudiante de derecho en la UA.

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