Si la vida es una metáfora, póngame dos

Un espacio vacío

21 septiembre, 2013 by hhector | 0 comments

Nicolás era mi canario, un animal que nunca destacó por nada, pero que daba cierta alegría a esta casa. Vino como regalo después de que mi anterior canario se muriera por extrañas circunstancias en junio de 2006. Desde el principio el nuevo habitante era un pájaro inquieto que a menudo se estampaba contra las paredes de su jaula y que no paraba de aletear, significando ésto, además de sus reacciones, que era muy miedoso. De todos modos, apuntaba maneras; era un pájaro que a pesar de su poca práctica intentaba cantar a todas horas y que con el tiempo fue tomando desenvoltura hasta que consiguió entonar bonitas canciones, aunque, bueno, como todos los pájaros, era la misma canción entonada una y otra vez.  Hasta se marcó algún dueto con artistas y grupos como Mike & The Mechanics.

Sobre su comportamiento, Nicolás siempre fue un tanto bipolar, unas veces era un amor, otras se ponía de un capullo subido y se ponía a picar cualquier dedo que viera, de todos modos, si quería daba conversación y hasta parecía decir palabras como “guapo”, no de forma clara, a su manera (o por lo menos me lo parecía a mí).

Pasaron los años y Nicolás empezó a perder el brillo con el que apareció por primera vez. Era obvio que los años pasan más rápido en los animales que en las personas, pero el animal empezó a envejecer a sobremanera. Lo primero que hizo fue dejar de cantar, ¿por qué? no se sabe, pero no le dimos demasiada importancia, porque seguía con ese porte de canario alto y atlético que no paraba de moverse y de hacer ruido, tanto en el plástico de los palos como en el ambiente con sus píos sin razón. Sin embargo, su lustre lo empezó a perder con la última muda. El pobre pájaro se quedó sin alas, literalmente, ya que no tenía plumas en las misma y éso, sumado el descuido de no cortarle cuando convenía las uñas, hizo que entrara en una especie de depresión que le mantuvo en el fondo de la jaula durante varias semanas. Luego, ya dándome cuenta del error, pareció revivir y volvió a subir a los palos, desde junio hasta agosto, cuando en este último mes volvió a entrar en la depresión y a ponerse hecho una bola más de la cuenta.

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Me di cuenta de que Nicolás estaba en las últimas cuando lo ponía en los palos y se tambaleaba, aunque pudiera mantenerse durante un largo rato, pero cuando necesitaba comer se bajaba y ya no podía subir. Seguía siendo agradable, piaba como siempre lo había hecho y me miraba con el cariño y aprecio que siempre me había mostrado, como dueño que era. Sin embargo, ayer la continuidad que parecía tener su habitabilidad en el fondo de la jaula dio un vuelco. Nicolás no podía mantener la cabeza alta y poco a poco fue cayendo hasta que se quedó en el fondo de la jaula. No podía hacer nada, el canario ya cantaba su muerte inminente (valga el significado irónico) y finalmente nos dejó en la tarde de ayer, alrededor de las 17.45 a los 7 años y 5 meses.

Yo todavía no consigo hacerme a la idea de que ya no está, por lo menos mi subconsciente. Lo primero que he hecho al despertarme ha sido, sin querer, hacer lo que hacía todos los días: ir a la ventana en la que estaba Nicolás. Ahí le hablaba y según el estado de ánimo que tuviera el animal, me respondía de una forma u otra, aunque a veces no lo hiciera, pero bueno, no se lo tengo en cuenta. Hoy me ha dado cierta cosita darme cuenta de mi error y más ir a la cocina, donde encima de la lavadora está su jaula, aún sin limpiar. Sé que caeré en la misma trampa varias veces en los próximos días hasta que por fin me dé cuenta de que, donde antes había un animal, ahora lo único que hay es el banquito en el que se pasaba horas y horas mirando la calle.

Durmiendo

Es impresionante el cariño que se les coge a los animales. Forman parte de tu vida, de tu rutina y de tu familia, y una vez que se han ido dejan una gran ausencia, un espacio vacío, que obviamente se puede rellenar yendo al refugio y adoptando otro animalito y al tiempo dejar de lado la pena de que tu otra mascota ya no está. Sin embargo, muchos estaréis de acuerdo en que aquellos animales que han pasado mucho tiempo con nosotros son inolvidables, ya que esos ratos de diversión, esas anécdotas graciosas, esos momentos compartidos son demasiado para nosotros, forman parte de los momentos felices que hemos pasado, momentos que no volverán y cuyo recuerdo será vital para futuros acontecimientos, cuando sonriamos un poco menos o cuando nos preguntemos quiénes somos.

18 marzo, 2013
by hhector
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