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El segundo día nos tuvimos que despertar temprano, para preparar el desayuno y recoger todo. La primera parada fue Remarkable Rocks. Es una formación rocosa, formada hace millones de años por un volcán. Forma un montículo redondeado (el magma solidificado) donde encima se creó una capa de granito. Millones de años de erosión han dado lugar a formaciones curiosas. Hicimos muchísimas fotos de esto y las vistas al mar y la costa eran geniales.

De ahí hicimos una pequeña ruta hasta un faro. El faro ha estado funcionando durante mucho tiempo y la vida en esa zona era bastante dura. Idearon un pequeño embarcadero, desde donde, cada tres meses, llegaban víveres desde Inglaterra. Como el faro está encima de un acantilado, tenían que subir a las personas y los víveres mediante poleas (más de 100 metros sobre el nivel del mar). Del faro, bajamos a una zona donde volvimos a ver multitud de focas y unas formaciones rocosas erosionadas por el mar. Este golpeaba muy fuerte contra la costa, produciendo una imágenes impresionantes.

Ya nos quedaba poco para regresar. Estuvimos en una playa con la arena más blanca que he visto nunca. Y el mar muy, muy azul. El contraste era increíble. De ahí fuimos a ver un río (que en realidad no es río, es una lengua de mar) con pelícanos. Y por último, a ver más canguros. La sorpresa final fue poder ver un águila, primero volando, después en el suelo (muy cerca de nosotros) y por último levantando el vuelo.

A las 7 de la tarde cogimos el ferri de vuelta a Adelaide, llegando al hotel a las 10 de la noche. Agotados del viaje y sin ganas de hacer otro, salvo el de regreso a España.

Kangaroo Island

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Los dos últimos días de este viaje los pasamos en Kangaroo Island. Partimos de Adelaide a las 7 de la mañana y fuimos, en autobús, hasta el ferri que nos llevaría a la isla. El viaje en ferri es de 45 minutos. Una vez en la isla (eran las 11 de la mañana), nos recogió el minibús con el conductor que nos iba a llevar por toda la isla durante esos dos días. Nos contó que era un tour “colaborativo”, es decir, que teníamos que hacer la comida, limpiar los platos, etc. Bueno, no nos habían dicho nada de esto, pero qué le vamos a hacer.

Primero visitamos una playa, que la verdad es que tampoco nos dijo gran cosa. Pasamos algo de tiempo ahí y después fuimos a comer. Nos acercaron a una granja donde hacían destilación de ecualiptus. Nos explicaron que el líquido que sacaban de la destilación servía como medicina, como crema para la piel, etc. Lo bueno de este sitio es que vimos emus (parecidos a las avestruces) y un pequeño possum (un marsupial, más parecido a una rata :-)).

Después de comer nos acercaron a Little Sahara. En medio de la isla se encuentra una acumulación de arena, traída por el viento, que forma una duna altísima. Lo que se hace aquí es, con tablas, lanzarte para abajo como si estuvieras en la nieve. Yo intenté hacerlo de pie (fui el único de todo el grupo que lo intentó), pero sólo pude recorrer unos metros antes de caerme. Luego bajé sentado en la tabla, aunque también me caí. Un poco torpe que es uno. Patri se tiró y cogió mucha velocidad. Se asustó y se lanzó, cayendo de cabeza :-). El resto de la gente apenas cogía velocidad. Estuvo muy bien, aunque subir hasta arriba de la duna cada vez era extenuante.

Hay una foto en la galería que es bastante peculiar. Resulta que había una estafeta postal y se quemó en un incendio. Pues, la gente, en vez de reponerla, pusieron buzones con lo primero que encontraban a mano: una caja, un bidón, hasta una lavadora!.

Después de esto fuimos a ver la reserva de focas. Pudimos estar a pocos metros de ellas. No se puede molestar a las focas, pues pasan tres días enteros (sin descansar) cazando en el mar y luego regresan a la playa para descansar por otros tres días. Había varios machos jóvenes que lo único que querían era juntarse con las hembras. Se acercaban poco a poco y se tumbaban al lado, hasta que el macho dominante se daba cuenta, levantaba el cuello y el macho joven salía corriendo, a buscar a otra hembra a la que arrimarse.

Hicimos varios recorridos andando, a la búsqueda de koalas. No vimos demasiados, pero pudimos ver muchos wallabies (canguros pequeños) y algún que otro canguro. Después de esto nos fuimos al sitio donde íbamos a dormir. Nos duchamos y a preparar la cena. Una barbacoa, mucha carne, algo de verdura y a comer. Hicimos un buen fuego (hacía mucho frío) y cuando anocheció el guía nos llevó a ver canguros. En el sitio donde estábamos (es una granja) dejan comida y agua y los canguros se han habituado a ir a comer allí. Estuvimos a poca distancia de los canguros, aunque las fotos no salen demasiado bien. Aquí sí que vimos muchos canguros, wallabies, incluso una araña grandísima que casi nos topamos con ella!.

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El fin de semana del 28 de febrero hicimos un viaje corto a Ayers Rock. Se encuentra en medio del desierto (la parte central de Australia es una zona semiárida) y está formado por un conjunto de montañas, la mayoría sagradas para los aborígenes. El viaje desde Sydney son unas 3 horas y media en avión. Cuando estábamos llegando, el avión empezó a sufrir muchas turbulencias, pero al final aterrizó bien.

Para visitar Ayers Rock hay dos opciones. La primera es ir directamente al aeropuerto de Ayers Rock y alojarse en el resort que está a unos pocos kilómetros del aeropuerto y de las zonas para visitar. Como es el único alojamiento que hay, es muy caro, más del doble que otros sitios turísticos (200$ mínimo la noche). El vuelo es tambié caro, porque sólo opera Qantas (400$ ida y vuelta desde Sydney). La segunda opción, que no tuvimos en cuenta, es volar hasta Alice Springs y luego coger excursiones para que te acerquen a Ayers Rock y hacer alguna noche allí. Alice Springs está a 500km de Ayers Rock, por lo que para llegar a Ayers Rock hay que coger alguna excursión hacia allí.

Nosotros nos alojamos en el Ayers Rock Resort. Al poco de llegar ya nos estaban esperando para nuestra primera actividad. Se trataba de la cena Sound of Silence. Te recogen un poco antes de que se oculte el sol y te llevan a mitad del desierto, en un montículo donde puedes ver el Uluru por un lado y por el otro las Olgas, por donde se ocultaba el sol. Nada más llegar nos dieron una compa de champañ de bienvenida y nos ofrecieron unos canapés de carne de canguro, cocodrilo y salmón. Estuvimos haciendo fotos hasta que el sol se ocultó. Nos pasaron a una zona con las mesas preparadas para cenar.

Compartimos mesa con una pareja de italianos, de unos 60 años. Hablaban un poco español y nada de inglés. También teníamos sentados en la mesa a 3 americanos, una pareja y su sobrino. Fue gracioso hacernos entender entre todos. La cena estuvo bien. Una sopa de calabaza con especias, un poco caliente y luego un bufet con carne y pescado, cocinado a la barbacoa. Volví a probar el canguro (no tenía ningún sabor especial para mí) y un cordero buenísimo. Todo servido con un vino que no estaba mal, pero que lo tenían a temperatura ambiente. Mientras cenábamos, alguien tocaba el dijeridoo.

Cuando terminamos de cenar nos explicaron las estrellas. Es mucho más fácil localizar el sur que el norte, y me sorprendió ver dos galaxias a simple vista. Nos contaron historias aborígenes y tomamos un oporto de postre.

Ayers Rock-Sound of silence

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Siempre me he quejado de la gente que grita por la calle o en un restaurante o en el tren. Cuando alguien alzaba mucho la voz en, por ejemplo, un tren, me sentía molesto porque no tenía porqué estar escuchando su conversación ni mucho menos aguantar sus gritos. Siempre he pensado que era un problema nuestro, de los españoles. Desde que estoy aquí, me he dado cuenta que en España no tenemos tanto problema. Los australianos gritan mucho. Sin motivo aparente, para llamar la atención. Y si llevan una copa encima, muchísimo más.

Cuando volvíamos de las Blue Mountains (dos horas en tren), el nivel de ruido en el vagón era muy elevado. La gente no sólo hablaba, chillaba. Oía la conversación de la gente de la otra punta del vagón, confundida con el resto de conversaciones cuyo tono era también elevado. Recordaba las veces que he viajado en tren en España y ni de lejos es similar a aquí.

Otras veces nos ha pasado que en un pub, con sólo dos mesas ocupadas, la nuestra y otra con australianos, los gritos de la otra mesa casi no nos dejaban entendernos entre nosotros. Y no habia música. Gritan por la calle. Gritan por todos los sitios. Y eso sin ir borrachos, cuando van borrachos ya es para irse a casa.

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He leído hace poco unas declaraciones del Ministro Sebastián donde pide que se consuman productos de marca nacional para aliviar un poco esta crisis económica que estamos sufriendo todos. No han faltado las críticas (que si el producto español es de menos calidad, que si es más caro, que si son medidas proteccionistas, etc.). No tengo una opinión formada sobre esto, siempre he comprado basándome en gustos y en calidad, sin fijarme en marcas (tampoco sigo campañas anti productos, como la anti-catalana).

Estando aquí en Australia he visto otro punto de vista. Promocionan mucho el producto autóctono. No sólo se promociona que se compre productos cuyo origen sea australiano, sino que se promociona que la empresa que los suministra sea australiana y que incluso que los dueños de la empresa sean australianos (made in Australia, Australia owned). Sydney tiene una población asiática numerosa y existen tiendas y supermercados especializados en productos para dicha población. También se puede notar que los productos asiáticos son de menor precio que los autóctonos (algunos), pero la calidad es inferior.

En definitiva, desde mi punto de vista no veo mal el consumo moderado de productos autóctonos, más teniendo en cuenta que muchas veces los productos de fuera se producen a un menor coste (por ejemplo, algunos productos textiles y alimenticios) y que la mayoría de los beneficios van a multinacionales exportadoras. Echad un vistazo a las normas de comercio justo y consumid lo que queráis.

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