U.R.S.S. (Internacional)

imagesComo bien sabemos, la historia de la Unión Soviética como tal,  comenzó en diciembre de 1922 al suscribirse el Tratado de la Unión entre las repúblicas socialistas soviéticas de Rusia, Bielorrusia, Ucrania y Transcaucasia (Georgia, Azerbaiján y Armenia) ya con los bolcheviques dirigiendo los soviets (consejos) de cada nación y habiendo resultado ganadores en la Guerra Civil Rusa posterior a la Revolución de Octubre.

La historia de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) va estrechamente ligada a la figura de Iósif Stalin , tras la muerte de Lenin y un periodo convulso de conspiraciones fue finalmente él quien obtuvo el timón para capitanear este reciente proyecto que suponía la URSS.   Stalin sostenía que el socialismo podía fortalecerse en un solo país, encaminando todos su esfuerzos a imponer un socialismo de estado, dejando de lado las ideas de su rival Trotsky y sus seguidores (tras el XV Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética efectuado en 1927) que abogaba por una revolución de carácter internacional.

En 1928, ante el evidente estancamiento de la NEP, la hostilidad de Polonia y el riesgo de guerra con Gran Bretaña (1), Stalin estableció el Gosplán (Comisión de Planificación General del Estado), un órgano estatal responsable de dirigir la economía socialista hacia la industrialización acelerada. En abril de 1929, el Gosplán lanzó dos proyectos conjuntos que comenzaron el proceso de industrialización del Estado. Basándose en planes previos de Trotsky, el Gosplán elaboró el primer Plan Quinquenal o Piatiletka (1928-32), el cual introdujo una rigurosa planificación que dio preferencia a la industria pesada sobre los bienes de consumo. El Estado nacionalizó la mayor parte de empresas, poniendo en marcha un extenso programa para lograr una rápida industrialización, mientras que en la agricultura se produjo la colectivización forzosa de la tierra.

El país pasó de ser una sociedad agraria a una industrializada en un tiempo relativamente corto, pero a la vez se produjeron penurias económicas. La colectivización fue altamente rechazada por los kuláks mientras el Estado se apropiaba de las cosechas. Este conflicto económico derivó en una represión estatal sistemática en la cual se estima que murieron varios millones de kuláks, tanto en enfrentamientos armados como en el GULAG.

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Pese de la fuerte oposición, para 1936  (el año de su gobierno que nos incumbe) cerca del 90% de la agricultura estaba colectivizada, lo cual condujo a una caída catastrófica en la productividad ganadera, que no recuperó el nivel del NEP hasta 1940.

La producción de hierro colado, necesario para el desarrollo de la infraestructura industrial no existente, subió de 3,3 a 10 millones de toneladas anuales. El carbón subió exitosamente de 35,4 a 75 millones de toneladas, y la producción del hierro aumentó de 5,7 a 19 millones de toneladas. Basado ampliamente en estas cifras, el Plan Quinquenal había sido cumplido en un 93,7%, mientras que las partes dedicadas a la industria pesada fueron cumplidas en un 108%. Stalin declaró el plan como un éxito para el Comité Central (diciembre de 1932).

La emulación socialista que acompañó los logros económicos no estuvo exenta del culto a la personalidad de Stalin y de una brutal violencia hacia toda oposición a los planes del régimen. La oposición en el interior del Partido se consideró relacionada con las clases indóciles y hostiles al socialismo. Las «purgas» contra la oposición culminaron,  con la eliminación de casi 30.000 oficiales del Ejército Rojo.

La aceleración del rearme, motivada por la creciente agresividad del régimen de Hitler, condicionó la programación del segundo Plan Quinquenal (1933-38). Simultáneamente, la prevención de un acuerdo entre Alemania y las potencias occidentales frente a la URSS obligó a Stalin a una política conciliadora hacia las democracias burguesas (manifestada en su inicial actitud durante la guerra de España y en la creación de los Frentes Populares) y hacia la Alemania nazi (Pacto germano-soviético de no-agresión de 1939).

***

Ahora bien, vamos a analizar por partes los sucesos de 1936 , el año que nos interesa especialmente recalcar del gobierno de Stalin. Año en el que aparte de su famosa Constitución soviética o Constitución de Stalin (En la imagen de abajo tenemos la portada de un ejemplar de la constitución de 1936), nos interesa manifestar el papel que tuvo la URSS en la intervención a la ayuda a la II República Española a comienzos de la Guerra Cívil Española.

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La ayuda soviética comenzó casi tres meses después de haber comenzado la guerra civil, mientras los “nacionales” llevaban recibiendo suministros regulares de Italia y de Alemania desde su inicio. “Las cosas cambiaron cuando Stalin decidió intervenir en la contienda (2).

La primera petición de ayuda soviética (armamento y municiones “de todo tipo y en grandes cantidades”) la hizo el gobierno de José Giral inmediatamente después de producirse el golpe de estado, a través del embajador soviético en París porque no había embajador en Madrid, a pesar de que la República española había establecido relaciones diplomáticas con la Unión Soviética en julio de 1933. Pero Stalin no respondió a la petición porque no quería enemistarse con Gran Bretaña y Francia (que defendían la “no intervención) con quienes quería cooperar para frenar a la Alemania nazi, y además Stalin pensaba que ayudar a la República española podría dar la impresión de que tenían razón los que decían que detrás del bando republicano estaba el “comunismo internacional”. Por eso la URSS suscribió el 22 de agosto el Pacto de No Intervención. Pero cuando Stalin tuvo pleno conocimiento de la ayuda que estaba recibiendo el bando sublevado por parte de la Alemania nazi y la Italia fascista llegó a la conclusión de que si la República española era derrotada aumentaría el poder de las potencias fascistas en Europa lo que supondría una amenaza para la Unión Soviética. Así fue como en septiembre de 1936 Stalin decidió enviar material bélico a la República española y ordenó además a la III Internacional o Komintern que organizará el envío de voluntarios, una decisión que fue adoptada por el Secretariado del Komintern el 18 de septiembre de 1936 y de la que surgieron las Brigadas Internacionales (3).

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Según algunas fuentes, el primer transporte soviético que llegó a la España republicana fue el Neva que procedente de Odesa en el Mar Negro descargó en Alicante 2.000 toneladas de alimentos el 25 de septiembre de 1936 después de una travesía de una semana. Poco después llegó el Kuban, del que se sospechó que llevaba fusiles y municiones, pero el primer transporte de armamento pesado (carros de combate con sus tanquistas) fue el del Komsomol que fondeó en Cartagena el 15 de octubre. Ocho días antes la URSS había anunciado que se consideraría liberada de las obligaciones contraídas con el Comité de No Intervención si no cesaban las violaciones del Pacto de No Intervención por parte de Alemania y de Italia en favor de los sublevados. A partir de aquella fecha los  envíos de la ayuda soviética no cesaron. En 1936 hubo 23 viajes con armas en barcos soviéticos y 10 en buques de otra nacionalidad (4). (En la imagen el carguero soviético Kursk desembarcando material militar para la República en el puerto de Alicante).

La URSS envió a la República unos 700 aviones y unos 400 tanques, acompañados de unos 2.000 técnicos, pilotos y asesores militares (y también agentes del NKVD, la policía secreta estalinista, bajo el mando de Alexander Orlov). Asimismo envió combustible, ropa y alimentos, parte de ellos sufragados con donaciones populares (5). Algunos autores precisan más las cifras y afirman que la URSS envió 680 aviones (Chato y Mosca, la mayoría de ellos conducidos por pilotos soviéticos), 331 carros de combate, 1.699 piezas de artillería, 60 coches blindados, 450.000 fusiles Mosin-Nagant, 20.486 ametralladoras y ametralladoras ligeras DPM y 30.000 toneladas de munición (6). El 29 de octubre de 1936, entraron en acción por primera vez tanques rusos T-26 tripulados por soviéticos que atacaron a la caballería franquista (7) (en la imagen  T-26B durante la batalla de Belchite, septiembre de 1937). 

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Para pagar la ayuda soviética el gobierno republicano de Largo Caballero ordenó transportar a Moscú una parte importante de las reservas de oro del Banco de España que estaban guardadas en el Arsenal de la base naval de Cartagena. Cuatro barcos soviéticos, escoltados por la flota republicana hasta las costas de Argelia, fueron los que transportaron las quinientas toneladas de oro desde Cartagena, de donde partieron el 25 de octubre de 1936, hasta el puerto de Odesa. La operación fue organizada por Kuznetsov (8).

La URSS carecía de flota en el Mediterráneo, por lo que la ayuda a la República en el campo naval se limitó a una treintena de oficiales de la Armada soviética (que actuaban con seudónimos españoles) encabezados por el capitán de navío Nikolai Kuznetsov, cuya máxima preocupación fue asegurar que los barcos mercantes que traían el material bélico soviético desde el Mar Negro fueran escoltados por la marina republicana para que llegaran a los puertos de destino. Estos asesores, según un informe “reservado y confidencial” elaborado hacia el final de la guerra para el presidente Negrín, eran “considerados -dentro de la Flota- como huéspedes molestos a los que hay soportar con amabilidad. Lo mismo ocurre en la base naval de Cartagena

La misión defensiva de la flota republicana casi impuesta por Kuznetsov, que era la propia de la marina soviética de entonces, fue una de las razones por las que en la marina republicana no se llegara a desarrollar “una mentalidad de combate agresiva como la que había sido característica de la Armada de los sublevados desde el principio del conflicto” (9)

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A diferencia de lo que ocurrió con el bando sublevado que fue apoyado por las armadas italiana y alemana, la República sólo recibió de la URSS cuatro lanchas torpederas de clase G-5 que llegaron en mayo de 1937 (una idea de Kuznetsov, se puede observar en la fotografía de la derecha). Eran de 18 toneladas, alcanzaban los 35 nudos y llevaban dos tubos lanzatorpedos y sus mandos eran soviéticos con dotaciones españolas adiestradas por ellos, pero su utilidad fue escasa ya que fueron estacionadas en Portman junto a la base de Cartagena a la que la flota “nacional” no se acercaba por temor a las baterías de costa (10). La única operación en las que iban a ser protagonistas fue la que después sería conocida como la batalla de Cabo de Palos que inicialmente iba a consistir en una rápida incursión de las cuatro lanchas en la base “nacional” de Palma de Mallorca pero que se frustró por el mal tiempo y las lanchas no se hicieron a la mar.

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Las Brigadas Internacionales (a la derecha vemos las representaciones de su bandera) no se formaron espontáneamente como sostuvo la Internacional Comunista, sino fue ella quien las organizó (a partir de la decisión tomada por su Secretariado el 18 de septiembre de 1936, a instancias de Stalin) y del reclutamiento y de los aspectos organizativos se encargaron dirigentes del Partido Comunista Francés, encabezados por André Marty (el centro de reclutamiento se estableció en París). Pero muchos de sus integrantes sí fueron verdaderamente “voluntarios de la libertad” (como decía la propaganda republicana) llegados desde los países dominados por dictaduras y por el fascismo, como Alemania, Italia o Polonia, pero también de los países democráticos como Francia (que aportó el mayor número de brigadistas, unos 9.000), Gran Bretaña y Estados interbrigades_flagUnidos (con el famoso batallón Lincoln que llegó más tarde, a finales de 1936, y cuya entrada en combate se produjo en la batalla del Jarama en febrero de 1937). Así pues, las Brigadas Internacionales no eran el “Ejército de la Komintern” como aseguraba la propaganda del bando sublevado, instrumento de la política de Stalin (11). Un trabajador inglés que se enroló en las brigadas internacionales le explicó así en una carta a su hija por qué había venido a combatir a España;

“De todos los países del mundo, gente obrera como yo han venido a España a parar al fascismo. Así, capturaaunque estoy a miles de millas de ti, estoy luchando para protegerte a ti y a todos los niños de Inglaterra, así como a la gente de todo el mundo”

Hugh Thomas en su obra clásica sobre la guerra civil española cifró el número de brigadistas que combatieron en España en unos 40.000, muy lejos de los 100.000 que daba la propaganda franquista para hinchar la influencia del “comunismo internacional”. Estudios más pormenorizados y recientes sitúan la cifra en algo menos de 35.000, no muy lejos por tanto de la cifra estimada por Thomas.

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*Resulta muy importante invitaros a que después de visualizar el blog echéis un vistazo al apartado de la Bibliografía  ya que con motivo del 80 aniversario de la Guerra Cívil Española, Rusia se ha volcado en cuanto a esta conmemoración (ya que recuerdan su implicación en este acontecimiento) y han aportado mucho material (libros, conferencias, artículos relacionados). Tanto que es así que el Archivo Estatal Ruso de Historia Político-Social digitaliza y publica miles de documentos anteriormente inéditos  relativos a las Brigadas Internacionales y a  Guerra Civil española. En la imagen de la derecha  podéis ver un ejemplo de ello ( Ilustración del diario ‘Asi si Maine’ de voluntarios rumanos).

Enlace a la noticia que revela el  hecho con fecha de (08/11/2016):

http://www.eldiario.es/sociedad/archivo-Moscu-Brigadas-Internacionales-descubierto_0_577442563.html

(Para acceder a toda la información recopilada véase apartado de  Bibliografía)

Referencias Bibliográficas:

(1)  Haslam, Jonathan: Stalin and the German Invasion of Russian 1941: A Failure of Reasons of State?, International Affairs, Vol. 76:1 ( 2000) 
(2)  Sofía Casanova, 2007, p. 271.
(3)  Sofia Casanova, 2007, pp. 271-274.
(4) Alpert, 1987, pp. 185-186.
(5) Sofía Casanova, 2007, p. 273.
(6) José Mª Manrique Lucas Molina Franco, Las armas de la Guerra Civil Española, La esfera de los libros, ISBN 84-9734-475-8.
(7) Thomas, 1976, p. 732.
(8) Alpert, 1987, pp. 186-187.
(9)Alpert, 1987, p. 187.
(10) Alpert, 1987, p. 320.
(11) Sofía Casanova, 2007, pp. 274-275
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