Estamos en crisis. Pero ¿de qué tipo? ¿Y desde cuándo?

No recuerdo cuándo fue la primera vez que oí decir que las clásicas estaban en crisis. No sé si saldremos alguna vez de ella y si alguna administración valiente se atreverá finalmente a apostar por las humanidades y la formación integral de los individuos , para aspirar  no a la productividad, sino a felicidad de las personas. Tal vez haya que esperar una verdadera revuelta social que sacuda los cimientos de este sistema y nos devuelva una porción de libertad.

Mientras llega o no ese día, yo espero poder jubilarme como lo hizo mi maestro, es decir, haciendo lo único que sé hacer ya a estas alturas, dando clases de griego.

Tengo razones para ser optimista. A través de la red, gracias a Chiron, y en jornadas de aquí, allá y acullá, uno va conociendo a más compañeros que creen en lo que hacen y se dedican a ello con pasión. Además me resulta grato comprobar que entre nuestros filólogos no hay sólo gente erudita, sino gran cantidad de verdaderos pedagogos que están contribuyendo enormemente a la difusión de nuestras especialidades, sobre todo en el ámbito de la educación secundaria.

Con ilusión sigo los esfuerzos que se vienen haciendo últimamente por reabrir el debate de fondo sobre la didáctica de las lenguas clásicas. Las otrora tímidas voces de quienes recordaban que el objetivo del aprendizaje del griego y del latín no es otro sino el disfrute de los textos clásicos en su lengua original se escuchan cada vez con mayor fuerza. Y cada vez son más los compañeros conscientes de que para alcanzar esta meta es imprescindible usar métodos activos que potencien la competencia lingüística. Ésta es nuestra gran esperanza de la filología clásica.

Con todo, el griego sigue siendo un escollo complicado. Si bien es cierto que cada vez son más los helenistas que se acercan a la cultura griega actual sin los prejuicios de antaño y que entienden que el griego moderno es indispensable para su formación, la gran mayoría continúa adherida al sistema  erasmiano, una pronunciación artificial que contribuyó a hacer del griego una lengua muerta.

Hace algún tiempo emprendí lo que algunos amigos calificaron de cruzada personal, en mi intento por rescatar de la historia de la filología los disparates que humanistas y filólogos fueron sucesivamente aportando para reconstruir la “corrupta” pronunciación del griego. He creído oportuno recordar que la falacia erasmista fue una consecuencia más de la decadencia que los estudios helénicos conocieron durante siglos en gran parte de Europa. Sin demasiados problemas los erasmistas empezaron a pronunciar el griego según las reglas fonéticas del latín o los hábitos lingüísticos propios. Esta libertad, junto con el interés didáctico por facilitar el aprendizaje del griego utilizando como lengua vehicular en la enseñanza las respectivas lenguas romances, acabaría convirtiendo el griego en una lengua irreconocible.

He tratado, en fin, de mostrar las verdaderas causas de la exitosa difusión del nuevo sistema, destapando la calumnia se fue tejiendo para deslegitimizar al pueblo griego. Los erasmianos no pudieron refutar ninguna de las pruebas científicas más contundentes a favor de la pronunciación milenaria del griego, pero su obstinación logró finalmente que la verdad quedara oculta.

Hoy algunas de aquellas originales ideas nos parecen ya ridículas, como la de la acentuación según la prosodia latina. Y sin embargo seguimos justificando la división de los diptongos o la pronunciación del espíritu áspero apelando a cuestiones de ortografía, aceptando de forma simplista una fórmula homeopática que ahorra esfuerzos en el aprendizaje de nuestros alumnos, y mantenemos un sistema convencional por simple rutina académica.

Decepcionante resulta comprobar cómo muchos de nuestros más insignes filólogos no acaban de ver las nefastas consecuencias que tuvo la adopción del sistema erasmiano. A menudo el peso de la tradición y el romanticismo clasicista les ha llevado a ignorar algo tan obvio como es la unidad de la lengua y la cultura griegas, aceptando la teoría de la muerte histórica de Grecia y dirigiendo, por consiguiente, la mirada hacia las autoridades educativas del momento, cada vez que se trataba de encontrar un responsable de la crítica situación de los estudios griegos en las escuelas y universidades españolas, eludiendo así la cuestión principal metodológica, en la cual la pronunciación juega un papel decisivo.[1]

Decía Nebrija que las letras son representación de las voces, lo mismo que éstas son representación de las ideas. Y cabría añadir que lo son también de los sentimientos. Por ello, porque no se trata de una simple cuestión estética o acústica, sino porque την γλώσσα μας έδωσαν ελληνική, creo que vale la pena seguir insistiendo.

Me quedan todavía algunas anécdotas que contar sobre la olvidada polémica en torno al tema de la pronunciación. Pero, para saber si caen o no en un saco roto, hoy os escribo todo esto, animando a que el personal se pronuncie, nunca mejor dicho.

Como hasta el momento sólo ha habido alguna respuesta aislada, he decidido crear un lugar de encuentro en la red.  Hay por ahí muchos foros dispersos en los que el personal se  suele lanzar a afirmaciones rotundas sin haber sido antes contrastadas. Desde aquí os lanzo la invitación a participar en una red social que he titulado ALPHABETUM GRAECUM, con la intención de que aunemos esfuerzos y ahondemos en la cuestión todos aquellos que tenemos el mismo sueño : volver a escuchar en más aulas y sentir más nuestra la lengua de Homero, la de Cornaros y la de Katzantzakis.



[1] Sobre el problema del método y la falta de autocrítica véase cuanto ya dije en  la 1ª Jornada de Cultura Clásica de Alicante de 2005 “Ahir i avuí en l’ensenyament del grec”.

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