Salvados por humanistas y filólogos VI
Escrito por santi en Lengua griega, pronunciación erasmiana, tags: griego, pronunciaciónEl último ejemplo de la particular tendencia en materia de pronunciación en la España de finales del s. XVI es el que nos ofrece Juan de Villalobos, miembro del Colegio Trilingüe salmantino.
En su gramática griega, publicada en Salamanca en 1576, este jesuita se limita a reproducir los valores fonéticos de los signos gráficos griegos según el tradicional sistema bizantino. Curiosamente, Gil y López Rueda (1) lo incluyen en sendos capítulos sobre el periodo de apogeo de la pronunciación bizantina.
Sin embargo, a poco que uno lea sus escritos, es evidente que Villalobos asumía la pronunciación tradicional sin demasiado fervor. En el prólogo de su Gramática manifiesta que la reconstrucción completa de la verdadera pronunciación del griego es una quimera, aceptando por consiguiente que la bizantina no es la genuina, si bien reconoce que es preferible seguir utilizándola para poder entenderse con otros helenistas extranjeros. En su prudente actitud conservadora había una razón de peso suficiente para no introducir cambios: no se deducía ninguna utilidad práctica de la introducción del nuevo sistema.Por tanto Villalobos no fue un “decidido partidario de la pronunciación moderna”. (2) Y no lo fue porque, tal vez inocentemente, no vio el peligro que corría el helenismo, y porque las polémicas sobre el tema de la pronunciación le parecían “inutiles quaestinculae”. Su actitud es perfectamente comprensible. Villalobos no podía prever que la falacia erasmiana acabara triunfando, pensando seguramente que tarde o temprano la lógica se acabaría imponiendo y nadie más volvería a atreverse a decir a los griegos cómo debían pronunciar su propia lengua.
Muy al contrario los atrevimientos fueron en aumento, a la par que se tejía una campaña de descrédito contra los eruditos bizantinos y la calumnia hacia la Iglesia ortodoxa alimentaba intereses paralelos entre católicos y protestantes. La oprimida Grecia bajo el yugo otomano dejaría el terreno libre para quienes quisieran en Occidente erigirse en portadores y herederos de la milenaria cultura helena. Y no faltaron quienes se apresuraron a hacerlo. El inteligente sentido del humor de Erasmo dio así paso a las más absurdas elucubraciones y el mal para con la cultura griega se extendió por todas partes. En nuestro territorio a finales del s. XVI surgen las nuevas gramáticas de prestigiosos helenistas, entre ellos el Brocense (Salamanca 1581), Pedro Simón Abril (Zaragoza 1586) y Pedro Juan Núñez (Barcelona 1589), que propugnan abiertamente la pronunciación erasmiana y que acabarán substituyendo en las principales universidades españolas a las de Clenard, Vergara, Ledesma y Villalobos.
Así pues, aunque en un principio convivieron en España las tesis de erasmianos y reuchlinianos, paulatinamente la obstinación de los erasmianos fue dando resultados. En el siglo XVII todavía encontraremos algunos fieles seguidores de la nacional. Entre ellos Jacobo Ramírez, Juan Pablo Bonet y Vicente Mariner. Por desgracia, las voces de estos y otros helenistas españoles que se alzaron en contra de las barbaridades de los erasmistas se irían apagando poco a poco.
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1 Gil – López Rueda, op. cit. (1969), p. 168-9, López Rueda, op. cit. (1973), p. 172-3.
2 Gil – López Rueda, op. cit., p. 169


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