No os preocupéis, no vamos a hablar aquí, a estas alturas del caluroso verano, de filosofía griega.

Aunque sí podríamos filosofar un poco sobre un tema candente en Grecia y otros países europeos, como es el sentimiento patriótico y la identidad nacional.  No voy a entrar a definir el término nación, ni a valorar las causas históricas, lingüísticas o culturales, que llevan a un pueblo o a un colectivo de individuos de un pueblo a reclamar la independencia del estado al que, a su pesar, pertenecen. Las generalidades en ocasiones son poco recomendables, porque nos privan de los interesantes matices. Aunque cada caso debiera ciertamente analizarse en su propio contexto, no es menos cierto también que sin educación y la amplitud de horizontes que proporciona el viaje, a menudo las diferencias, en lugar de acercarnos a los demás por la curiosidad  innata de aprender, sirven para distanciarnos y a veces, lamentablemente, con la violencia de por medio. En otra parte ya expresé mi sentir ante un triste suceso de estas características.

Pero no politicemos y hablemos de fútbol. Vaya por delante mi admiración a los jugadores de la selección española. Como profesionales, y también algunos por su humildad como personas, han demostrado realemente ser merecedores del título de campeones. Otra cosa es el negocio turbio que este deporte en ocasiones genera y las escandalosas primas que reciben  los futbolistas,  cuestiones éstas de índole económico y estético que a pocos aficionados preocupa. La roja ha conseguido lo que la política ha sido incapaz de hacer, ilusionar  a la masa, en sentido literal, homogeneizándola y enajenándola por instantes, aunque sin panes, ciertamente. Cuántas cosas seríamos capaces de cambiar, me pregunto, si sólo la mitad de gente que se renunió en Madrid a recibir al equipo  y celebrar su triunfo con algarabía se juntara con la bandera de la paz pintarrajeada en el rostro.

Aunque aquí tengamos, según nos dicen, la mejor liga del mundo, bien es cierto que el fenómeno social del fútbol y la pasión que despierta este deporte llega hasta el último rincón del planeta. También en Grecia se mueve con euforia la bandera, aunque aquí son los hinchas del baloncesto los más ruidosos. (Otro día hablamos de los fans de eurovisión!). Este motivo aparece en el excelente film de Filipos Tsitos de 2009, Academia de Platón, que tanto me ha recordado estos días el campeonato del mundo. El protagonista es un cuarentón fracasado, profesional y sentimentalmente, de un barrio proletario de Atenas, que pasa sus días entre frappés y cervezas, en compañía de sus poco lúcidos amigachos, contemplando con recelo los cambios que introducen en su entorno y en sus vidas los inmigrantes. Una noche, reunidos en medio de la placita entorno a una pantalla de televisión para presenciar un encuentro entre Grecia y Albania,  cantarán, alborozados y olvidados por un instante de sus miserias, la siguiente insignia: “No serás griego jamás, albanés, albanés!” Algo similar a nuestro grito de guerra repetido con orgullo hasta la saciedad en cada victoria colectiva: “Yo soy español, español!”

Aquí podéis ver el film en su versión original. No hay demasiado diálogo y las conversacines son bastante intuibles. Un ejercicio estupendo de práctica acústica para los iniciados en el griego moderno.


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