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El de Prometeo es uno de los mitos antropogónicos griegos que mayor difusión y pervivencia ha tenido a lo largo de la historia en la literatura, la música y el arte.

En la carga de motivos simbólicos que se integran en el relato mítico tradicional, cada autor elige y reinterpreta aquellos que más le interesan. Es por ello que las versiones y adaptaciones  parciales suponen una cierta inversión o transformación de la lección mítica primitiva.[1]

Sin ir más lejos, en época reciente el mito ha dado pie a lecturas fundamentalmente de orden político. Un ejemplo claro lo tenemos en la representación teatral dirigida hace ya varias décadas por Jaime Jaimes para RTVE[2], de la que rescato aquí un fragmento. La escena corresponde al tercer episodio de la tragedia atribuida a Esquilo, Prometeo encadenado, magistralmente interpretada por Jaime Blanch, en el papel de Prometeo, y Nuria Torrai, en el de Io.

 

El texto clásico se reproduce fielmente con algunas abreviaciones. En la escena dialogan el sufriente titán Prometeo, encadenado en una roca del Cáucaso, y Io, el único personaje humano que aparece en la obra, aunque semimetamorfoseada en vaca. La muchacha sale  al escenario de forma precipitada, aterrorizada y aturdida. Para salir de la angustia en la que vive le ruega a Prometeo  que le adelante algo sobre su futuro. Pero a instancias del coro de oceánides la joven deberá contar primero toda su historia. Una vez narradas sus penalidades pasadas, el titán Prometeo, para calmarla y hacerle ver que sus desgracias no son nada comparadas con las suyas, le revela entonces lo que le espera: seguirá vagando por el mundo, acosada por el tábano de Hera, su nombre será recordado para la posteridad, al dar nombre a algunos de los lugares por los que pasará, como el mar Jónico o el Bósforo. Finalmente, a orillas del Nilo Zeus se unirá a ella y la convertirá en madre de una estirpe de la que nacerá Heracles, quien pondrá fin a los sufrimientos de Prometeo.

De este modo el autor pone en conexión la leyenda de Io con la de Prometeo, uniendo en un mismo escenario a dos personajes de mitos diferentes, tal vez con el propósito de ofrecer un ejemplo más del carácter despótico de Zeus y de sus caprichos. Io es otra víctima de este joven rey recién instalado en el trono olímpico, una víctima inocente de sus ansias amorosas.

La escena de Io expone además una concepción particular  acerca del temor divino. El tábano que hostiga a Io se ha visto frecuentemente como el símbolo de los remordimientos. El terror que tiene Io es tan grande que hace que llegue a plantearse si sus sufrimientos son en realidad merecidos, si está pagando la pena por alguna falta desconocida.

¿Está planteando por tanto el autor la cuestión acerca de la justificación o explicación ancestral del sufrimiento humano como resultado del castigo divino enviado en respuesta a nuestra irresponsabilidad? De ser válida esta interpretación la obra se estaría pues desmarcando de la concepción arcaica hesiódica, al liberar a la humanidad, representada por Io, de su supuesta culpabilidad.

El dramaturgo estaría pues renunciando a la nostalgia de la edad de oro, al pasado ideal en que los hombres saciaban sus necesidades sin esfuerzo, pero que carecían de vigor y capacidad de decisión, sometidos como estaban al capricho de los dioses.  Los hombres parecen querer salir del estado de inercia y de decadencia progresiva en que estaban sumidos según la visión tradicional y aspiran a cambiar el rumbo de sus propias vidas gracias al fuego, aunque sea fuerza de equivocaciones que pueden en ocasiones ser dolorosas. El dolor no sería ya un castigo enviado por Zeus para limitar el conocimiento y la inteligencia y recordarnos que somos criaturas efímeras y que no podemos evitar la desdicha, sino algo positivo, pues constituye una forma de poder llegar mediante los errores al perfeccionamiento humano. Es una constatación optimista del progreso humano, cuyo lema pedagógico es el del aprendizaje a través del dolor.

Este mensaje de tipo filosófico-didáctico sin duda pasaría a un segundo plano ante los espectadores españoles de la última etapa franquista. Para muchos Io debía encarnar al pueblo oprimido injustamente, Prometeo la oposición al régimen y el coro la voz temerosa de quienes ansiaban libertad.


[1] Una buena muestra de ello nos ha dado Miguel Ángel en su blog  Nihil novum sub sole. Cf. las sucesivas entradas El fuego de Prometeo da mucho juego.

[2] Editada por Alga Editores, en “Videoantología de la literatura universal”, DVD nº 18.

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