act5 on octubre 26th, 2010

Este año 2010 celebramos el bicentenario de las Cortes de Cádiz, donde La polémica sobre la Inquisición constituyó un tema central, cabe recordar aquí que en el artículo 12 de la Constitución de 1812 se recogía el carácter confesional, católico, de la misma.

Las Cortes nombraron una comisión que debía estudiar y resolver qué hacer con la Inquisición, a priori los miembros de dicha comisión no parecía que fueran proclives a favorecer el restablecimiento del Santo Oficio, por lo que la sorpresa fue mayúscula al resolver la discusión a favor del restablecimiento de la Inquisición, con un solo voto en contra. A propósito de todo ello Alcalá Galiano escribió en sus Memorias:

                Por aquel tiempo se supo que había en las Cortes conatos de dar vida al Tribunal de la Inquisición, que yacía muerto legalmente de hecho amortecido. Aquí yo, con los de mi corta pandilla, lo mismo que los liberales dimos rienda suelta a nuestra imaginación y determinados a combatir la idea de poner en fuerza un Tribunal no sólo odioso, sino de tal especie, que su nombre cubría de vergüenza la causa de quienes le sustentaban.

Los liberales no se darían por vencidos en su empeño de acabar con la Inquisición, además de por los procedimientos que empleaba, por lo que tenía de baluarte del Antiguo Régimen, ejemplo de ello sería Mejía Lequerica quien en uno de los primeros discursos a propósito de la Inquisición diría:

                Todos somos católicos, apostólicos, romanos, todos sabemos que la potestad espiritual reside esencialmente en la Iglesia y esta es una verdad sobre la que no cabe duda entre los españoles. Pero, Señor ¿El Tribunal de la Inquisición no ejerce también facultades temporales?… ¿La aplicación de ciertas penas físicas y corporales, el método de enjuiciar… todas estas cosas no son civiles?

Cortes de Cádiz.

Si bien es cierto que en algunos de los discursos de aquellos diputados decimonónicos se hacía alusión al Santo Oficio como organismo defensor del catolicismo y, por consiguiente, causante de la decadencia de España; allí no se puso en cuestión – y conviene tenerlo en cuenta- ni la religión católica ni la deseable unidad de la fe. Los detractores de la Inquisición proponían suprimirla por tres razones principales: a) no era una institución esencial en la vida de la Iglesia, sino algo accesorio surgido en fechas tardías; b) el juicio sobre las materias de fe y moral correspondía a los obispos; c) la Inquisición, tal como existía de hecho, era contraria a la Constitución. Quienes la defendían hicieron hincapié en que su establecimiento no había sido fruto de la potestad regia, sino de la pontificia, por lo que resultaba improcedente suprimirla de forma unilateral. Tras ásperas discusiones, 90 votos contra 60, decidieron que el Santo Oficio era incompatible con la Constitución, procediendo en consecuencia a su extinción que se llevó a cabo por un decreto de 22 de febrero de 1813.

act5 on octubre 26th, 2010

A la Inquisición pujante y activa de los siglos XVI y XVII siguió, en el XVIII, otra libresca y decadente, guardiana de las estructuras ideológicas y políticas del Antiguo Régimen, y antagonista, por tanto, de las minorías ilustradas y de las corrientes de pensamiento renovador que provenían de Europa y, sobre todo, de Francia. Una institución que hizo grandes esfuerzos a fines del XVIII por impedir la propaganda de los revolucionarios franceses, y que a mediados de la misma centuria había puesto en el Índice obras de Rousseau, Voltaire, Diderot, etc…, carecía, obviamente, de futuro tras el triunfo en España, al iniciarse el XIX, de la gran revolución liberal simbolizada por las Cortes de Cádiz. Los diputados en Cádiz votaron la supresión de la Inquisición y esta desapareció formalmente durante unos pocos meses.

Tras la restitución en el trono español de Fernando VII en marzo de 1814, se inicia un retorno del Antiguo Régimen en todas sus dimensiones. Así, el 21 de julio de 1814 era restaurado el Santo Oficio. Lo hacía con voluntad reformista: con la intención, en palabras del propio monarca, de reformarlo para ser de mayor utilidad al pueblo.

La ola revolucionaria que se produjo tras el Trienio liberal en marzo de 1820 supuso una nueva supresión de la Inquisición que se apoyaba en una decisión tomada por las Cortes en febrero de 1813. La mayoría de los obispos no se opusieron a dicha medida, sólo los más reaccionarios subrayaron los peligros del anticlericalismo.

Supresión definitiva del Tribunal de la Inquisición.

Pero el fin del Trienio abrió la puerta a la restauración, más reivindicada por la sociedad civil que por la propia Iglesia. De hecho, los obispos más reaccionarios lo que reivindicaron fue la capacidad de la jurisdicción eclesiástica para encarcelar y confiscar bienes a supuestos herejes a través de las llamadas Juntas de Fe que ya habían funcionado durante el Trienio liberal. El nuncio apoyó la creación de estas Juntas de Fe aceptando incluso que las apelaciones no fueran a Roma sino a una Junta Superior de Fe. El rey dejó hacer aunque, presionado por los países europeos, no restableció la Inquisición con tal nombre. Las Juntas de Fe estuvieron en manos de los obispos más reaccionarios.

Muerto Fernando VII, el 15 de julio de 1834 se publicaba el decreto de definitiva supresión del Santo Oficio.

act5 on octubre 26th, 2010

Algunos autores como Puigblanch resaltan la dureza que la Inquisición tuvo hacia las mujeres: “si no es disimulable en un tribunal la dureza con los reos generalemente hablando, es absolutamente imperdonable cuando la extiende a personas del bello sexo. Horroriza la multitud de víctimas de esta clase que sus autos presentan inmoladas no tanto por sus opiniones, cuanto por el antojo y crueldad de los inquisidores… Pasaron de treinta mil las supuestas Circes y Medeas que la Inquisición envió al brasero en el espacio de cinto cincuenta años. Aun cuando la tierna edad y la hermosura se unieran a la amabilidad del sexo no pudieron ablandar las duras entrañas del orgulloso inquisidor”.

Mujer ante la Inquisición.

Lo cierto es que el protagonismo de las mujeres en el conjunto de los procesos inquisitoriales fue muy alto entre los conversos (en Toledo osciló entre el 40 y el 47 por ciento), entre los moriscos (entre el 16 y 41 por ciento), en el iluminismo (entre el 52 y 64 por ciento), pero en cambio fue muy bajo entre los protestantes (del 3 al 5 por ciento), las ofensas contra el Santo Oficio (del 10 al 19 por ciento), las proposiciones heréticas (entre el 3 y el 8 por ciento) y la bigamia (del 15 al 25 por ciento). Pero la sanción penal tuvo criterios discriminatorios contra el sexo, contrariamente a lo que dice Puigblanch. En Barcelona, de 1561 a 1600 ninguna mujer fue condenada a muerte. Incluso el tormento se les aplicó menos: se han llegado a cuantificar las vueltas de cordel del tormento con un máximo de 10 en el caso de las mujeres frente a los 22 del caso de los hombres. La discriminación positiva, en este caso al menos, a favor de la mujer parece un hecho incontrovertible.

act5 on octubre 26th, 2010

Torturas.

La tortura, se practicaba al finalizar de la fase probatoria del proceso, el reo era merecedor de tortura cuando entraba en contradicciones o era incongruente con su declaración, cuando reconocía haber hecho algo inadecuado pero negaba su intención herética, y cuando realizaba sólo una confesión parcial. Los medios utilizados fueron los habituales en otros tribunales, básicamente consistentes en proporcionar al reo dolor físico. Los medios de los que se valió la Inquisición para infringir dolor fueron básicamente tres: la garrucha, la toca y el potro.

La garrucha consistía en sujetar a la víctima los brazos detrás de la espalda, alzándole desde el suelo con una soga atada a las muñecas, mientras colgaban de sus pies pesados lastres. En tal posición era mantenido durante un tiempo, agravándose a veces el tormento soltando bruscamente la soga -que colgaba de una polea- y dejándole caer, con el consiguiente peligro de descoyuntar las extremidades.

Más sofisticada era la tortura del agua, en la que el reo era subido a una especie de escalera, para luego doblarle sobre sí mismo con la cabeza más baja que los pies. Situado así, se le inmovilizaba la cabeza para introducirle por la boca una toca o venda de lino, a la que fluía agua de una jarra con capacidad para algo más de un litro. La víctima sufría la consiguiente sensación de ahogo, mientras de vez en cuando le era retirada la toca para conminarle a confesar. La severidad del castigo se medía por el número de jarras consumidas, a veces hasta seis u ocho.

Estas dos formas de tortura, las más primitivas, cayeron luego en desuso y fueron reemplazadas por el potro, instrumento al que era atada la víctima. Con la cuerda alrededor de su cuerpo y en las extremidades, el verdugo daba vueltas a una manivela que progresivamente la ceñía, mientras el reo era advertido de que, de no decir la verdad, proseguiría el tormento dando otra o varias vueltas más.

Parece irónico que mientras se llevaban a cabo estas atroces prácticas el tormento era controlado por un médico, que a veces lo impedía al reconocer previamente a la víctima; otras, aconsejaba posponerlo, y otras, en fin, lo limitaba -en el seno del potro- a una parte del cuerpo que él consideraba sana y no a la que diagnosticaba como enferma. La presencia y el control del médico parecería un proceder muy deseable, aunque el sutil distingo que acabamos de mencionar resultara a veces un sarcasmo cuando sucedía que la parte del cuerpo considerada sana, y a la que se aplicaba el tormento, quedaba tras él en iguales o peores condiciones que la que antes había sido protegida por enferma.

Instrumento de tortura: la Virgen de hierro.

El tormento se practicó sin distinciones, se aplicó sin excesivas concesiones a edad ni sexo. Según Llorente, las personas ancianas debían ser puestas a la vista del tormento (in conspectu tormentorum) sin ser sometidas a él, aunque se han encontrado algunos testimonios de septuagenarios que hubieron de afrontar ese trance. En el otro extremo, se sabe que los niños no se libraron del todo, y así se conoce el caso de Isabel Magdalena, adolescente de trece años, que en Valencia resistió la tortura y luego fue penitenciada con cien azotes.

 Las confesiones obtenidas durante el tormento no eran válidas por sí mismas y debían ser ratificadas, fuera de él, en las veinticuatro horas siguientes. El desarrollo de la tortura era registrado escrupulosamente por los secretarios, incluyendo los quejidos y exclamaciones proferidas por las víctimas. Al leer estos documentos, lo más impresionante no son los aparatosos relatos de las víctimas ni los tremendistas comentarios de los autores, sino la sobria e implacable descripción del escribano que recoge estas dolorosas escenas sin el menor comentario, con absoluta frialdad y asepsia. Y no perdamos de vista, pese a lo dicho, que en comparación con los excesos, la arbitrariedad, las mutilaciones y muertes que tanto abundaron en el tormento practicado por otros tribunales, el inquisitorial mantuvo unos límites de mayor ponderación y control. Dentro, naturalmente, de las detestables características inherentes al procedimiento mismo.

act5 on octubre 26th, 2010

Quema en la hoguera.

La pena de muerte era aplicada por la Inquisición a aquellos que mostraban una actitud pertinaz y no renegaban de su herejía. El hereje tenía la posibilidad de burlar la muerte siempre que confesara y manifestara su arrepentimiento de forma suficiente. Por el contrario, las sanciones penales en la jurisdicción ordinaria no daban esta oportunidad. Se sancionaba, con carácter general y expresamente, con pena de muerte a los judeoconversos, sortílegos y hechiceros. A los blasfemos, a través de la legislación secular, se les confiscaban los bienes y se les aplicaban duras penas corporales, incluso las galeras. Los bígamos eran desterrados por cinco años, perdían sus bienes y se les marcaba la frente con una Q y desde 1548, eran enviados a las galeras por un periodo de cinco a diez años.

Fue durante los primeros años cuando el número de condenados a muerte por la Inquisición fue mayor. Los datos fragmentarios con los que se cuenta en Valencia o Toledo hasta 1520 son terroríficos. Familias enteras y pueblos casi al completo fueron barridos. Los judeoconversos fueron la gran fijación de aquellos años: antes de 1530 hubo 754 relajados en persona en Valencia y 155 en efigie: un total de 909 relajados. En Toledo, antes de 1530 hubo 283 relajados en persona y 428 en estatua.

Suplicio de la polea.

Después de 1560, según los datos de que se disponen, se constata que la situación había cambiado radicalmente. De 1560 a 1700 se recogen 826 relajados en persona y 778 en estatua. Los tribunales de la Corona de Aragón tuvieron más condenados a muerte que los de la Corona de Castilla. El mayor número de condenados a muerte se dio en Valencia, seguido de Zaragoza y de Sicilia. Moriscos y delitos sexuales contra natura son los que engrosan la mayoría de las condenas a muerte.

La pena de galeras sancionaba más el bestialismo que la sodomía. Los condenados a muerte mayoritariamente eran jóvenes, la mitad en torno a treinta años y muchos tenían menos de veinticinco años que era la edad mínima legal establecida para la condena a muerte en caso de herejía.

act5 on octubre 26th, 2010

La persecución inquisitorial se dirigía hacia tres frentes principales: judaizantes y moriscos, protestantes y erasmistas y, en fin, contra brujería. Otros delitos, como la bigamia o la sodomía pertenecían al ámbito civil, mientras el tribunal atendía, sobre todo, los de herejía y blasfemia; pero con el pretexto de herejía entraba también a investigar aquellos. Principalmente se ocupó de conversos o personas que habían pasado de la religión judía a la cristiana; si judaizaban o mantenían ideas o prácticas de origen, eran condenados. Las conversiones ficticias o interesadas se perseguían, como posiblemente también sus riquezas …

Junto a ellos, otra minoría racial y religiosa proporcionaría víctimas a la fe; algunos autores han denominados a unos y otros como antimártires. Como el mundo judío, el mundo moro produce asombro y extrañeza al cristiano viejo, le excita su crueldad y deseos de persecución contra cuanto difiere. Los clérigos responsables de la cultura alta y baja del pueblo están en plena sintonía.

Alumbrados, erasmistas y protestantes forman diversos sectores de la espiritualidad española del siglo. Sus conexiones con los conversos son múltiples, pero ante la Inquisición, son otros los problemas y su destino. La Inquisición fue decisiva como instrumento capaz de agotarlos y extirparlos del suelo hispano.

Tiempos de exaltada religiosidad en los que Dios está presente en todo. El hombre del renacimiento español apenas sabe expresar sino a través de la religión. Siglo de iluminados y beatas, entre los que unos suben a las alturas como San Juan de la Cruz o Juan de Valdés y otros viven la pasión religiosa de forma distinta: junto a vivencias místicas, hay realidades más humanas; junto a ortodoxos, heterodoxos. Las delaciones y el tormento ayudan a configurar, en un plano de horrores y absurdos, la historia espiritual de aquellos años, al menos en cierta parte…

Dentro de las causas de fe englobadas bajo la acusación de protestantismo lo que verdaderamente había detrás era la persecución de la tentación más recurrente de los españoles del siglo XVI: la tentación de hablar, no de leer o escribir. Como ejemplo cabría citar el famoso proceso de 1595 al morisco Román Ramírez, un curandero de oficio al que se acusaba de servirse del demonio “para tener memoria y entretener a un público numeroso recitándole libros profanos” y de jactarse de que “por espacio de cuatro años se atrevería a recitar de memoria cada día durante cuatro horas sin repetirse la Biblia, libros de la Sagrada Escritura”. Dicho sea de paso, el tal Ramírez no sabía escribir y en cambio poseía en su casa un buen número de libros. Iba por las casas recitando libros de caballerías y asombrando a los oyentes con su excepcional memoria. Ciertamente se trataba de una persona excepcional. Pero lo que nos interesa extraer de este proceso es que los textos de caballerías memorizados se convierten, paradójicamente, en la referencia de los propios inquisidores para denunciarlo, porque “si alguien fuese mirando por el libro de donde éste recitaba, verá que aunque no faltaba en la insistencia de las aventuras y en los nombres, faltaba en muchas de las razones y añadía otras que no estaban allí escriptas; y que esto lo que puede hacer cualquiera que tenga buen entendimiento, habilidad y memoria”.

La pervivencia de la memoria constituyó una de las principales preocupaciones de la Inquisición por considerarla altamente peligrosa.  De la cultura impresa, sin duda, lo que más debió obsesionar a los inquisidores fue la que dejara memoria, lo que quedara en el acervo de la cultura oral y se repitiera reproduciéndose y perpetuándose, quedando fuera del control eclesial. En definitiva, fue la reproducción cultural a través de la continuidad de la memoria, mucho más que la producción libresca en sí, lo que debió espolear en su trabajo  a los inquisidores.

act5 on octubre 26th, 2010

La eficacia de la represión inquisitorial se plantea en la confrontación entre el discurso teórico o la normativa represiva y la aplicación práctica de la misma. Los Índices con sus listas de libros prohibidos no generaron una barrera del todo eficaz a la entrada de nuevas ideas ya que la práctica de la lectura rompió los estrechos cauces fijados por cánones prohibitorios. Parece que las medidas represivas tenían demasiados agujeros y la práctica lectora contaba con múltiples recursos para neutralizar la voluntad censora. Pero la beligerancia inquisitorial en este caso fue cada vez más intensa. A comienzos del s. XVII se aplicó el principio de caute lege que significaba depositar en los lectores la actividad censora, se trataba de un recordatorio de la intrínseca peligrosidad potencial de cada texto. Esto no hacía más que constatar el fracaso censor de la propia Inquisición que al menos con el recordatorio aseguraba su puritana conciencia. Se trataba sobre todo de un fracaso técnico ante la imposibilidad de llevar a cabo una tarea que superaba la capacidad de los calificadores.

Galileo ante la Inquisición.

Pero ante este panorama la sociedad desarrolló estrategias de supervivencia frente a la Inquisición. Incluso la propia prohibición en sí misma supuso una buena publicidad para algunos libros, pues fomentaba la curiosidad por ellos. Los autores ante la censura se curaban en salud mediante dedicatorias halagadoras al poder, reclamando un bienintencionado fin de las mismas. El mismo Quevedo decía “todos dedican sus libros con dos fines… el uno, de que tal persona ayude a la impresión con su bendita limosna; el otro de que ampare la obra de los murmuradores.”

La estrategia para reducir el riesgo de censura comenzaba por la entrega del manuscrito a la censura previa a través de la captación de discretas opiniones que permitieran medir el límite de la tolerancia imperante en cada momento. La mejor estrategia frente a la censura nos la proporciona el propio Cervantes: “Será forzoso valerme de mi pico que, aunque tartamudo, no lo será para decir verdades que dichas por señas suelen ser entendidas”. La misma frase, con pocas variantes la repetirá Blanco White dos siglos más tarde: “Los pueblos sometidos a gobiernos que no les permiten expresarse libremente tienen la viveza de los mudos para hacerse entender por señas.”

Los artificios verbales, el doble lenguaje, el guiño cómplice al lector atento, han sido las eternas fórmulas que ha utilizado el escritor frente al censor. Y naturalmente la ambigüedad del mensaje que ha lastrado buena parte del pensamiento español de toda la edad moderna. Toda la Ilustración española ha de ser leída desde el reconocimiento de la buscada ambigüedad. La supervivencia cultural, en muchos casos, ha sido casi “milagrosa”.

La censura no debe ser valorada por los Índices, que sólo reflejan una parte mínima del espectro cultural de lo prohibido, ni siquiera debe juzgarse sólo en función de las exclusiones, sino sobre todo, y en palabras de Bethencourt: “por los condicionamientos de la producción intelectual, impuesta gracias a la legitimación de los títulos autorizados. Hay que calcular la eficacia de los mecanismos de censura, no desde el punto de vista del control absoluto, siempre irrealizable, sino desde un punto de vista comparativo, atento a las continuidades y a las discontinuidades en el diálogo productivo con el movimiento de las ideas europeo.”

Convendría tener muy presente que si bien la lectura generó notables inquietudes entre los inquisidores, el peligro mayor siempre se vio en la cultura oral. Los niveles de alfabetización, por muy optimistas valoraciones que se hayan hecho al respecto, convertían el mundo lector en un mundo muy minoritario. Así el número de escritores procesados por la Inquisición en el s. XVI por sus afirmaciones intelectuales fue muy escaso.

act5 on octubre 26th, 2010

Índice de libros prohibidos.

Es evidente que al extender su atención a todas las cuestiones de religión, la Inquisición fue un tremendo aparato de poder sobre las ideas y las artes en España, porque disponía, aparte de procesos y prisiones, de otro instrumento de control: la censura de libros a través de los Índices de libros prohibidos y expurgados.

En los primeros años de la imprenta no se molestó a impresores y libreros, no se intervino  esta vía de comunicación tan importante para la difusión de las ideas. Los Reyes Católicos, en 1502, publicaron la primera legislación en este sentido, anticipando lo que será práctica común en adelante: el control de los libros por el poder. Con Felipe II quedaría completada esta legislación.

La Inquisición como representante del estamento culturalmente más alto, ayudaron promulgando índices de libros prohibidos y expurgados: los primeros condenaban por entero la obra; los segundos, se limitaban a tachar frases o pensamientos que no se consideraban dentro de la ortodoxia. Podría tomarse como lema de estos Índices una frase del jesuita Belarmino: “los libros de los judíos y de los turcos son de mejor condición que los de los herejes, pues éstos son enemigos abiertos de los cristianos”. En efecto, las normas y listas de índices se aprestaban a combatir precisamente a los herejes, a los luteranos y protestantes que representaban un claro peligro.

El primer índice impreso español del Santo Oficio –perdido- es de 1547, derivado de otro encargado por Carlos V a la Universidad de Lovaina en 1546. Sus preceptos, así como el levaniense de 1550, se recogen en varios que los distintos tribunales inquisitoriales. En 1554 hay un índice específico de Biblias en romance, debido al temor a la divulgación protestante. Tras estos documentos llega el gran índice de 1559, promulgado a instancias del inquisidor Valdés. A éste le siguieron otros en el siglo XVI (los Índices de Quiroga, 1583- 1584) y en las dos centurias siguientes, hasta el llamado Índice último, de 1790.

Desde 1564, el índice tridentino, publicado por el pontífice Pío IV, servirá en lo sucesivo de modelo para asegurar la pureza de la fe y de la doctrina. Quizá sea la reunión de éstos, así como el expurgatorio ordenado por Felipe II, lo que se recoge en los índices del inquisidor general Gaspar Quiroga.

Una pragmática de 1558, a petición de las Cortes de Valladolid de 1555, había ordenado que ningún librero ni mercader de libros, ni otra persona de cualquier estado y condición que sea, traiga, ni meta, ni venda ningún libro ni obra impresa o por imprimir de las que son vedadas por el Santo Oficio de la Inquisición, en cualquier lengua, de cualquier cualidad y materia que el tal libro y obra sea, so pena de muerte y perdimiento de todos sus bienes, y que los tales libros sean quemados públicamente… Como se puede apreciar, el poder civil afianzaba con fuertes penas el control clerical.

Detengámonos un momento en esta duplicidad de sistemas censores: por un lado los Índices de la Inquisición española y por el otro los Índices que venían del papado de Roma. El índice papal prohibía enteramente las obras que en él aparecían. En cambio, los índices inquisitoriales españoles prohibían algunas obras in totum, es decir, absolutamente, mientras otras sólo lo eran donec corrigatur, es decir, hasta que fueran corregidas o expurgadas suprimiéndose determinados pasajes juzgados como peligrosos. Existieron así índices expurgatorios, que permitían la lectura de esas obras leve o severamente mutiladas.

De otra parte, la coincidencia de autores y libros era sólo parcial. Y así, mientras en Roma fue proscrito Galileo, sus obras eran aquí toleradas por la Inquisición, que tampoco censuró a autores clave en la ciencia moderna como Descartes, Newton, Hobbes o Leibnitz. De todas formas, el nivel de tolerancia varió muchos de unos índices inquisitoriales a otros, pudiendo calificarse de especialmente riguroso el índice de libros prohibidos de 1583 (el también citado de 1584 era expurgatorio), donde se incluyen figuras tan eminentes y dispares como Bodino, Maquiavelo, Dante, Vives y el luego santo, Tomás Moro.

act5 on octubre 26th, 2010

La censura o control ideológico de la sociedad del s. XVI estaba encomendada a la Iglesia a través del Santo Oficio, que funcionaba como una auténtica policía de las ideas. Los niveles inferiores de la cultura religiosa venían dados por los sermones o los libros de piedad, mientras los superiores se mostraban en la teología de las universidades. Sobre ambos, la Inquisición ejercía una censura total, bien de forma directa o bien dejando en manos del brazo secular el castigo de los acusados. Los clérigos dominaban desde las cátedras y las parroquias y la Inquisición era capaz de bucear en las conciencias, de condenar o de absolver.

Imprenta

El nacimiento de la imprenta supuso una mayor difusión de textos llenos de ideas que cabía escrutar desde el punto de vista de la ortodoxia, gran parte de los libros que se escribían y publicaban. En el mundo literario, la Inquisición se aplicó a los aspectos que rozaban el dogma o la doctrina común. Se toleró la crudeza y el desenfado en muchas obras, pero no la menor alusión a algo dogmáticamente equívoco. Como ejemplo podemos citar el caso de La Celestina, que circuló libremente y sólo fue expurgada en 1632, por lo segundo y no por lo primero. Incluso en El Quijote, los inquisidores, desatendiendo las aventuras de Maritornes, prestaron atención a una frase suelta –“las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada”-, dirigida por don Quijote a Sancho para exhortarle a que se diera de buena gana los azotes que habrían de desencantar a Dulcinea, frase que fue considerada doctrinalmente peligrosa, y por lo mismos, expurgada. Tampoco escapaban al control los artistas y los artesanos que dependían, en buena parte, de los contratos y encargos de las iglesias y conventos, y por tanto debían –ellos y su obra- fidelidad al clero.

Al tratar de la Inquisición es fácil traspasar los aspectos estrictamente culturales. ¿Qué conexiones tenían con las incipientes ciencias del Renacimiento o con la literatura aquellas condenas a hechiceros y brujas, o aquellos procesos contra beatas e iluminados? Incuso cuando se condenaba a algún doctor o licenciado, ¿se estaba controlando el pensamiento o sólo ciertas desviaciones ajenas a los recintos universitarios? Por citar un par de ejemplos estudiados por Julio Caro Baroja, gran especialista en estos temas, cabría recordar la condena hacia 1531 del famoso médico conquense doctor Torralba, que se jactaba de un demonio particular y de un viaje a Roma por los aires. O el licenciado Velasco, que se inició en la astrología en Salamanca y se graduó en artes…

En el renacimiento hispano, lleno de connotaciones religiosas y de presencias divinas, el tribunal de la fe había de entrar en fricción con los saberes coetáneos. Sus condenas o prisiones debieron servir de advertencia a las mentes de los estudiosos. Fray Luis de León pasó años en la cárcel pese a su inocencia, el gran hebraísta Martín de Cantalapiedra perdió su cátedra tras un largo periodo en prisión, Gaspar de Grajal, murió antes del juicio… La Inquisición, al controlar el pensamiento y las conductas, sino destruía, sí obstruía la posibilidad de la ciencia moderna en tierras hispanas.

¿Fue la Inquisición una institución represora de la creatividad cultural? Es esta una gran pregunta que ha sido respondida de formas variadas cuando no radicalmente contrapuestas y que tiene relación con la llamada polémica de la ciencia española, en el sentido de que quienes negaron la existencia de esa ciencia en la España moderna hicieron a la Inquisición responsable de ello. En lo que atañe a la literatura, ya Menéndez Pelayo replicó a sus oponentes que nunca se escribió más ni mejor que bajo la Inquisición, afirmación que resulta sencillamente irrebatible. La Inquisición, en cambio, sí tuvo que ver con la actitud de rechazo de España a ciertos aspectos de la cultura europea, pero de ese hermetismo hispánico no fue el Santo oficio único responsable. En el fondo, el problema es que se ha generalizado incorrectamente, haciendo a la Inquisición responsable de todo lo bueno y de todo lo malo. Y no deja de tener sentido recordar el ocurrente sarcasmo del mismo Menéndez Pelayo -que, por otra parte, defendió hasta lo indefendible- al parodiar el desaforado juicio de los críticos: ¿Por qué no había industria en España? Por la Inquisición. ¿Por qué somos holgazanes los españoles? Por la Inquisición. ¿Por qué duermen los españoles la siesta? Por la Inquisición. ¿Por qué hay corridas de toros en España? Por la Inquisición.