Escrito por act5 el 26 de octubre, 2010

Dentro de las causas de fe englobadas bajo la acusación de protestantismo lo que verdaderamente había detrás era la persecución de la tentación más recurrente de los españoles del siglo XVI: la tentación de hablar, no de leer o escribir. Como ejemplo cabría citar el famoso proceso de 1595 al morisco Román Ramírez, un curandero de oficio al que se acusaba de servirse del demonio “para tener memoria y entretener a un público numeroso recitándole libros profanos” y de jactarse de que “por espacio de cuatro años se atrevería a recitar de memoria cada día durante cuatro horas sin repetirse la Biblia, libros de la Sagrada Escritura”. Dicho sea de paso, el tal Ramírez no sabía escribir y en cambio poseía en su casa un buen número de libros. Iba por las casas recitando libros de caballerías y asombrando a los oyentes con su excepcional memoria. Ciertamente se trataba de una persona excepcional. Pero lo que nos interesa extraer de este proceso es que los textos de caballerías memorizados se convierten, paradójicamente, en la referencia de los propios inquisidores para denunciarlo, porque “si alguien fuese mirando por el libro de donde éste recitaba, verá que aunque no faltaba en la insistencia de las aventuras y en los nombres, faltaba en muchas de las razones y añadía otras que no estaban allí escriptas; y que esto lo que puede hacer cualquiera que tenga buen entendimiento, habilidad y memoria”.

La pervivencia de la memoria constituyó una de las principales preocupaciones de la Inquisición por considerarla altamente peligrosa.  De la cultura impresa, sin duda, lo que más debió obsesionar a los inquisidores fue la que dejara memoria, lo que quedara en el acervo de la cultura oral y se repitiera reproduciéndose y perpetuándose, quedando fuera del control eclesial. En definitiva, fue la reproducción cultural a través de la continuidad de la memoria, mucho más que la producción libresca en sí, lo que debió espolear en su trabajo  a los inquisidores.