Escrito por act5 el 26 de octubre, 2010

Índice de libros prohibidos.

Es evidente que al extender su atención a todas las cuestiones de religión, la Inquisición fue un tremendo aparato de poder sobre las ideas y las artes en España, porque disponía, aparte de procesos y prisiones, de otro instrumento de control: la censura de libros a través de los Índices de libros prohibidos y expurgados.

En los primeros años de la imprenta no se molestó a impresores y libreros, no se intervino  esta vía de comunicación tan importante para la difusión de las ideas. Los Reyes Católicos, en 1502, publicaron la primera legislación en este sentido, anticipando lo que será práctica común en adelante: el control de los libros por el poder. Con Felipe II quedaría completada esta legislación.

La Inquisición como representante del estamento culturalmente más alto, ayudaron promulgando índices de libros prohibidos y expurgados: los primeros condenaban por entero la obra; los segundos, se limitaban a tachar frases o pensamientos que no se consideraban dentro de la ortodoxia. Podría tomarse como lema de estos Índices una frase del jesuita Belarmino: “los libros de los judíos y de los turcos son de mejor condición que los de los herejes, pues éstos son enemigos abiertos de los cristianos”. En efecto, las normas y listas de índices se aprestaban a combatir precisamente a los herejes, a los luteranos y protestantes que representaban un claro peligro.

El primer índice impreso español del Santo Oficio –perdido- es de 1547, derivado de otro encargado por Carlos V a la Universidad de Lovaina en 1546. Sus preceptos, así como el levaniense de 1550, se recogen en varios que los distintos tribunales inquisitoriales. En 1554 hay un índice específico de Biblias en romance, debido al temor a la divulgación protestante. Tras estos documentos llega el gran índice de 1559, promulgado a instancias del inquisidor Valdés. A éste le siguieron otros en el siglo XVI (los Índices de Quiroga, 1583- 1584) y en las dos centurias siguientes, hasta el llamado Índice último, de 1790.

Desde 1564, el índice tridentino, publicado por el pontífice Pío IV, servirá en lo sucesivo de modelo para asegurar la pureza de la fe y de la doctrina. Quizá sea la reunión de éstos, así como el expurgatorio ordenado por Felipe II, lo que se recoge en los índices del inquisidor general Gaspar Quiroga.

Una pragmática de 1558, a petición de las Cortes de Valladolid de 1555, había ordenado que ningún librero ni mercader de libros, ni otra persona de cualquier estado y condición que sea, traiga, ni meta, ni venda ningún libro ni obra impresa o por imprimir de las que son vedadas por el Santo Oficio de la Inquisición, en cualquier lengua, de cualquier cualidad y materia que el tal libro y obra sea, so pena de muerte y perdimiento de todos sus bienes, y que los tales libros sean quemados públicamente… Como se puede apreciar, el poder civil afianzaba con fuertes penas el control clerical.

Detengámonos un momento en esta duplicidad de sistemas censores: por un lado los Índices de la Inquisición española y por el otro los Índices que venían del papado de Roma. El índice papal prohibía enteramente las obras que en él aparecían. En cambio, los índices inquisitoriales españoles prohibían algunas obras in totum, es decir, absolutamente, mientras otras sólo lo eran donec corrigatur, es decir, hasta que fueran corregidas o expurgadas suprimiéndose determinados pasajes juzgados como peligrosos. Existieron así índices expurgatorios, que permitían la lectura de esas obras leve o severamente mutiladas.

De otra parte, la coincidencia de autores y libros era sólo parcial. Y así, mientras en Roma fue proscrito Galileo, sus obras eran aquí toleradas por la Inquisición, que tampoco censuró a autores clave en la ciencia moderna como Descartes, Newton, Hobbes o Leibnitz. De todas formas, el nivel de tolerancia varió muchos de unos índices inquisitoriales a otros, pudiendo calificarse de especialmente riguroso el índice de libros prohibidos de 1583 (el también citado de 1584 era expurgatorio), donde se incluyen figuras tan eminentes y dispares como Bodino, Maquiavelo, Dante, Vives y el luego santo, Tomás Moro.