Escrito por act5 el 26 de octubre, 2010

La eficacia de la represión inquisitorial se plantea en la confrontación entre el discurso teórico o la normativa represiva y la aplicación práctica de la misma. Los Índices con sus listas de libros prohibidos no generaron una barrera del todo eficaz a la entrada de nuevas ideas ya que la práctica de la lectura rompió los estrechos cauces fijados por cánones prohibitorios. Parece que las medidas represivas tenían demasiados agujeros y la práctica lectora contaba con múltiples recursos para neutralizar la voluntad censora. Pero la beligerancia inquisitorial en este caso fue cada vez más intensa. A comienzos del s. XVII se aplicó el principio de caute lege que significaba depositar en los lectores la actividad censora, se trataba de un recordatorio de la intrínseca peligrosidad potencial de cada texto. Esto no hacía más que constatar el fracaso censor de la propia Inquisición que al menos con el recordatorio aseguraba su puritana conciencia. Se trataba sobre todo de un fracaso técnico ante la imposibilidad de llevar a cabo una tarea que superaba la capacidad de los calificadores.

Galileo ante la Inquisición.

Pero ante este panorama la sociedad desarrolló estrategias de supervivencia frente a la Inquisición. Incluso la propia prohibición en sí misma supuso una buena publicidad para algunos libros, pues fomentaba la curiosidad por ellos. Los autores ante la censura se curaban en salud mediante dedicatorias halagadoras al poder, reclamando un bienintencionado fin de las mismas. El mismo Quevedo decía “todos dedican sus libros con dos fines… el uno, de que tal persona ayude a la impresión con su bendita limosna; el otro de que ampare la obra de los murmuradores.”

La estrategia para reducir el riesgo de censura comenzaba por la entrega del manuscrito a la censura previa a través de la captación de discretas opiniones que permitieran medir el límite de la tolerancia imperante en cada momento. La mejor estrategia frente a la censura nos la proporciona el propio Cervantes: “Será forzoso valerme de mi pico que, aunque tartamudo, no lo será para decir verdades que dichas por señas suelen ser entendidas”. La misma frase, con pocas variantes la repetirá Blanco White dos siglos más tarde: “Los pueblos sometidos a gobiernos que no les permiten expresarse libremente tienen la viveza de los mudos para hacerse entender por señas.”

Los artificios verbales, el doble lenguaje, el guiño cómplice al lector atento, han sido las eternas fórmulas que ha utilizado el escritor frente al censor. Y naturalmente la ambigüedad del mensaje que ha lastrado buena parte del pensamiento español de toda la edad moderna. Toda la Ilustración española ha de ser leída desde el reconocimiento de la buscada ambigüedad. La supervivencia cultural, en muchos casos, ha sido casi “milagrosa”.

La censura no debe ser valorada por los Índices, que sólo reflejan una parte mínima del espectro cultural de lo prohibido, ni siquiera debe juzgarse sólo en función de las exclusiones, sino sobre todo, y en palabras de Bethencourt: “por los condicionamientos de la producción intelectual, impuesta gracias a la legitimación de los títulos autorizados. Hay que calcular la eficacia de los mecanismos de censura, no desde el punto de vista del control absoluto, siempre irrealizable, sino desde un punto de vista comparativo, atento a las continuidades y a las discontinuidades en el diálogo productivo con el movimiento de las ideas europeo.”

Convendría tener muy presente que si bien la lectura generó notables inquietudes entre los inquisidores, el peligro mayor siempre se vio en la cultura oral. Los niveles de alfabetización, por muy optimistas valoraciones que se hayan hecho al respecto, convertían el mundo lector en un mundo muy minoritario. Así el número de escritores procesados por la Inquisición en el s. XVI por sus afirmaciones intelectuales fue muy escaso.