La Iglesia y la “limpieza de sangre”

En la época moderna la presencia eclesiástica era un pilar fundamental dentro de la sociedad, ya fuera mediante el clero secular (el integrado dentro de la vida diaria de la población) o el clero regular (como las comunidades monásticas). En definitiva, desde la participación activa en la política del reino hasta el control moral de la sociedad.

La predicación era el arma de difusión ideológica, y más que la aportación de explicaciones lo que pretendia era el impacto emocional en los fieles. En esta línea estaban encaminados los autos de Fe de la Inquisición ya que, al contrario de la creencia popular, se trataba de una institución con un carácter de guía moral y espiritual.

No es de extrañar, por tanto, que un territorio donde confluyen tres religiones diferentes como son el cristianismo, el judaísmo y el islam, la Iglesia – y la Inquisición – vigilaran estrechamente a todos los aspirantes al sacerdocio. Al menos así se deduce de algunos documentos encontrados como los protocolos notariales sobre la “limpieza de sangre” en la villa de Jijona.

Básicamente dichos documentos trataban de demostrar la “pureza” de sangre de un individuo mediante las credenciales de “cristianos viejos” de sus antepasados. Es decir, que dentro de su familia no había habido mezcla de religiones. Y más que el contenido de los documentos, las actas de “limpieza de sangre” en realidad ponen de manifiesto un problema latente de la sociedad moderna como es la mezcla de razas.

En definitiva, de lo que se trata es que después de siglos de convivencia, y a pesar de la escasa integración de las comunidades, la mezcla entre ellos fue inevitable ya fuera de manera natural (por ejemplo, los matrimonios) o por las continuas conversiones de grupos de una religión a otra.

 


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