Seguimos sin conseguir una convocatoria plena, pero no desistimos.
Esta vez, decidimos no centrarnos en un plato típico sino en un concepto típico: embutidos, carnes a la brasa y variantes típicas de la zona.
Para ello, qué mejor sitio que una venta con solera en un pueblo perdido en la montaña al que, tengo que reconocerlo, siempre que he ido ha sido para comer.
No obstante, esta vez llegamos con suficiente antelación como para poder dar un paseo y aumentar así el hambre que ya traíamos.
A pesar de que habíamos reservado, para asegurarnos que contaban con nosotros para comer, entramos a dar señales de vida y de paso preguntar cómo llegar hasta el Castillo de Penella que se encuentra a la vista desde la venta.
Cuál fue mi sorpresa cuando el camarero me espetó: “Pero, ¿tenéis las llaves del castillo?”
Con la frase aún retumbando en mi cabeza, me quedé bloqueado durante unos segundos rememorando personajes como “El amo del calabozo” de Dragones y Mazmorras o “El creador de las llaves” de Matrix, a la vez que trataba de descubrir posibles cámaras ocultas…
Menos mal que Domingo entró conmigo y aceptó rápidamente el honor de custodiar dichas llaves.
Tras una ligera caminata con perro porculero incluído, llegamos a los restos de una casa señorial fortificada del siglo XIII (ascendida a categoría de castillo por aquello de que suena mejor), que se nota que cuídan y que está preparada para ser visitada sin peligro de que te despeñes o se te caiga algo encima.
Respecto a la comida, de nuevo espero a las opiniones dels llepaplats, porque la mía es la habitual: todo muy bueno. Mejor el cordero que el cabrito, y el embutido espectacular (puedes comprar para llevarte a casa).
De los postres caseros, que opinen las expertas.







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