{"id":73,"date":"2009-03-14T11:38:07","date_gmt":"2009-03-14T10:38:07","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.ua.es\/maquiavelo\/?page_id=73"},"modified":"2009-04-02T14:34:53","modified_gmt":"2009-04-02T13:34:53","slug":"el-principe","status":"publish","type":"page","link":"https:\/\/blogs.ua.es\/maquiavelo\/el-principe\/","title":{"rendered":"El Pr\u00edncipe"},"content":{"rendered":"<p class=\"Titular1\"><strong><\/strong><\/p>\n<p class=\"Titular1\"><strong><\/strong><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: center\"><strong><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"size-full wp-image-172 aligncenter\" src=\"https:\/\/blogs.ua.es\/maquiavelo\/files\/2009\/03\/999.jpg\" alt=\"\" width=\"250\" height=\"250\" \/><\/strong><\/p>\n<p class=\"Titular1\"><strong>INDICE<\/strong><\/p>\n<table class=\"TablaIndice\" border=\"0\" cellspacing=\"0\" cellpadding=\"10\" width=\"70%\">\n<tbody>\n<tr>\n<td bgcolor=\"#fbe8cd\">\n<p class=\"IndiceTexto\">\n<div class=\"IndiceTexto\"><strong><span style=\"color: #ff6600\"><br \/>\n<a href=\"#Dedic\">Dedicatoria<\/a><\/span><\/strong><\/div>\n<div><strong><span style=\"color: #ff6600\"><a href=\"#cap1\">Cap\u00edtulo I \u2013<br \/>\nDe las varias clases de principados y del modo de adquirirlos<\/a><\/span><\/strong><\/div>\n<p><strong><span style=\"color: #ff6600\"><a href=\"#cap2\">Cap\u00edtulo II \u2013<br \/>\nDe los principados hereditarios<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap3\">Cap\u00edtulo III \u2013<br \/>\nDe los principados mixtos<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap4\">Cap\u00edtulo IV \u2013<br \/>\nPor qu\u00e9, ocupado el reino de Dar\u00edo por Alejandro, no se rebel\u00f3 contra sus sucesores despu\u00e9s de su muerte<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap5\">Cap\u00edtulo V \u2013<br \/>\nDe qu\u00e9 manera deben gobernarse los Estados que, antes de ocupados por un nuevo pr\u00edncipe, se reg\u00edan por leyes propias<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap6\">Cap\u00edtulo VI \u2013<br \/>\nDe los principados que se adquieren por el valor personal y con las armas propias<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap7\">Cap\u00edtulo VII \u2013<br \/>\nDe los principados nuevos que se adquieren por la fortuna y con las armas ajenas<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap8\">Cap\u00edtulo VIII \u2013<br \/>\nDe los que llegaron a pr\u00edncipes por medio de maldades<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap9\">Cap\u00edtulo IX \u2013<br \/>\nDel principado civil<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap10\">Cap\u00edtulo X \u2013<br \/>\nC\u00f3mo deben medirse las fuerzas de los principados<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap11\">Cap\u00edtulo XI \u2013<br \/>\nDe los principados eclesi\u00e1sticos<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap12\">Cap\u00edtulo XII \u2013<br \/>\nDe las diferentes clases de milicia y de los soldados mercenarios<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap13\">Cap\u00edtulo XIII \u2013<br \/>\nDe los soldados auxiliares, mixtos y mercenarios<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap14\">Cap\u00edtulo XIV \u2013<br \/>\nDe las obligaciones del pr\u00edncipe en lo concerniente al arte de la guerra<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap15\">Cap\u00edtulo XV \u2013<br \/>\nDe las cosas por las que los hombres, y especialmente los pr\u00edncipes, son alabados o censurados<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap16\">Cap\u00edtulo XVI \u2013<br \/>\nDe la liberalidad y de la miseria<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap17\">Cap\u00edtulo XVII \u2013<br \/>\nDe la clemencia y de la severidad, y si vale m\u00e1s ser amado que temido<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap18\">Cap\u00edtulo XVIII \u2013<br \/>\nDe qu\u00e9 modo deben guardar los pr\u00edncipes la fe prometida<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap19\">Cap\u00edtulo XIX \u2013<br \/>\nEl pr\u00edncipe debe evitar ser aborrecido y despreciado<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap20\">Cap\u00edtulo XX \u2013<br \/>\nSi las fortalezas y otras muchas cosas que los pr\u00edncipes hacen son \u00fatiles o perjudiciales<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap21\">Cap\u00edtulo XXI \u2013<br \/>\nC\u00f3mo debe conducirse un pr\u00edncipe para adquirir consideraci\u00f3n<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap22\">Cap\u00edtulo XXII \u2013<br \/>\nDe los ministros o secretarios de los pr\u00edncipes<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap23\">Cap\u00edtulo XXIII \u2013<br \/>\nCu\u00e1ndo debe huirse de los aduladores<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap24\">Cap\u00edtulo XXIV \u2013<br \/>\nPor qu\u00e9 muchos pr\u00edncipes de Italia perdieron sus Estados<\/a><\/p>\n<p><a href=\"#cap25\">Cap\u00edtulo XXV \u2013<br \/>\nDominio que ejerce la fortuna en las cosas humanas, y c\u00f3mo resistirla cuando es adversa.<\/a><\/p>\n<p><strong><span style=\"color: #ff6600\"><a href=\"#cap26\">Cap\u00edtulo XXVI \u2013<br \/>\nExhortaci\u00f3n para librar a Italia de los b\u00e1rbaros<\/a><\/span><\/strong><\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p><\/span><\/strong><\/td>\n<\/tr>\n<\/tbody>\n<\/table>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\"><em><a name=\"Dedic\"><\/a>DEDICATORIA A LORENZO EL MAGN\u00cdFICO, HIJO DE PEDRO DE M\u00c9DICIS<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><em>Los que desean alcanzar la gracia y favor de un pr\u00edncipe acostumbran a ofrendarle aquellas cosas que se reputan por m\u00e1s de su agrado, o en cuya posesi\u00f3n se sabe que \u00e9l encuentra su mayor gusto. As\u00ed, unos regalan caballos; otros, armas; qui\u00e9nes, telas de oro; cu\u00e1les, piedras preciosas u otros objetos dignos de su grandeza. Por mi parte, queriendo presentar a Vuestra Magnificencia alguna ofrenda o regalo que pudiera demostraros mi rendido acatamiento, no he hallado, entre las cosas que poseo, ninguna que me sea m\u00e1s cara, ni que tenga en m\u00e1s, que mi conocimiento de los mayores y mejores gobernantes que han existido. Tal conocimiento s\u00f3lo lo he adquirido gracias a una dilatada experiencia de las horrendas vicisitudes pol\u00edticas de nuestra edad, y merced a una continuada lectura de las antiguas historias. Y luego de haber examinado durante mucho tiempo las acciones de aquellos hombres, y medit\u00e1ndolas con seria atenci\u00f3n, encerr\u00e9 el resultado de tan profunda y penosa tarea en un reducido volumen, que os remito. <\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><em>Aunque estimo mi obra indigna de Vuestra Magnificencia, abrigo, no obstante, la confianza de que bondadosamente la honrar\u00e9is con una favorable acogida, si consider\u00e1is que no me era posible haceros un presente m\u00e1s precioso que el de un libro con el que os ser\u00e1 f\u00e1cil comprender en pocas horas lo que a mi no me ha sido dable comprender sino al cabo de muchos a\u00f1os, con suma fatiga y con grand\u00edsimos peligros. No por ello he llenado mi exposici\u00f3n razonada de aquellas prolijas glosas con que se hace ostentaci\u00f3n de ciencia, ni la he envuelto en hinchada prosa, ni he recurrido a los dem\u00e1s atractivos con que muchos autores gustan de engalanar lo que han de decir, porque he querido que no haya en ella otra pompa y otro adorno que la verdad de las cosas y la importancia de la materia. Desear\u00eda, sin embargo, que no se considerara como presunci\u00f3n reprensible en un hombre de condici\u00f3n inferior, y aun baja, si se quiere, la audacia de discurrir sobre la gobernaci\u00f3n de los pr\u00edncipes y aspirar a darles reglas. Los pintores que van a dibujar un paisaje deben estar en las monta\u00f1as, para que los valles se descubran a sus miradas de un modo claro, distinto, completo y perfecto. Pero tambi\u00e9n ocurre que \u00fanicamente desde el fondo de los valles pueden ver las monta\u00f1as bien y en toda su extensi\u00f3n. En la pol\u00edtica sucede algo semejante. Si, para conocer la naturaleza de las naciones, se requiere ser pr\u00edncipe, para conocer la de los principados conviene vivir entre el pueblo. Reciba, pues, Vuestra Magnificencia mi modesta d\u00e1diva con la misma intenci\u00f3n con que yo os la ofrezco. Si os dign\u00e1is leer esta producci\u00f3n y meditarla con cuidado reconocer\u00e9is en ella el prop\u00f3sito de veros llegar a aquella elevaci\u00f3n que vuestro destino y vuestras eminentes dotes os permiten. Y si despu\u00e9s os dign\u00e1is, desde la altura majestuosa en que os hall\u00e1is colocado, bajar vuestros ojos a la humillaci\u00f3n en que me encuentro, comprender\u00e9is toda la injusticia de los rigores extremados que la malignidad de la fortuna me hace experimentar sin interrupci\u00f3n<\/em>.<\/p>\n<hr noshade=\"noshade\" \/>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap1\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO I<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DE LAS VARIAS CLASES DE PRINCIPADOS Y DEL MODO DE ADQUIRIRLOS<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Cuantos Estados y cuantas dominaciones ejercieron y ejercen todav\u00eda una autoridad soberana sobre los hombres, fueron y son principados o rep\u00fablicas. Los principados se dividen en hereditarios y nuevos. Los hereditarios, en quien los disfruta, provienen de su familia, que por mucho tiempo los posey\u00f3. Los nuevos se adquieren de dos modos: o surgen como tales en un todo, como el de Mil\u00e1n para Francisco Sforcia, que, general\u00edsimo primero de los ej\u00e9rcitos de la rep\u00fablica milanesa, fue proclamado m\u00e1s tarde pr\u00edncipe y duque de los dominios milaneses; o aparecen como miembros a\u00f1adidos al Estado ya hereditario del pr\u00edncipe que los adquiere, y tal es el reino de N\u00e1poles para el monarca de Espa\u00f1a, el cual lo conserva desde el a\u00f1o 1442, en que Alfonso V, rey de Arag\u00f3n, se hizo proclamar rey de aquel pa\u00eds. Estos Estados nuevos ofrecen a su vez una subdivisi\u00f3n, porque: o est\u00e1n habituados a vivir bajo un pr\u00edncipe, o est\u00e1n habituados a ser libres; o el pr\u00edncipe que los adquiri\u00f3 lo hizo con armas ajenas, o lo hizo con las suyas propias; o se los proporcion\u00f3 la suerte, o se los proporcion\u00f3 su valor.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap2\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO II<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DE LOS PRINCIPADOS HEREDITARIOS<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Pasar\u00e9 aqu\u00ed en silencio las rep\u00fablicas, a causa de que he discurrido ya largamente sobre ellas en mis discursos acerca de la primera d\u00e9cada de Tito Livio, y no dirigir\u00e9 mi atenci\u00f3n m\u00e1s que sobre el principado. Y, refiri\u00e9ndome a las distinciones que acabo de establecer, y examinando la manera con que es posible gobernar y conservar los principados, empezar\u00e9 por decir que en los Estados hereditarios, que est\u00e1n acostumbrados a ver reinar la familia de su pr\u00edncipe, hay menos dificultad en conservarlos que cuando son nuevos. El pr\u00edncipe entonces no necesita m\u00e1s que no traspasar el orden seguido por sus mayores, y contemporizar con los acontecimientos, despu\u00e9s de lo cual le basta usar de la m\u00e1s socorrida industria, para conservarse siempre a menos que surja una fuerza extraordinaria y llevada al exceso, que venga a privarle de su Estado. Pero, aun perdi\u00e9ndolo, lo recuperar\u00e1, si se lo propone, por muy poderoso y h\u00e1bil que sea el usurpador que se haya apoderado de \u00e9l. Ejemplo de ello nos ofreci\u00f3, en Italia, el duque de Ferrara, a quien no pudieron arruinar los ataques de los venecianos, en 1484, ni los del papa Julio, en 1510, por motivo \u00fanico de que su familia se hallaba establecida en aquella soberan\u00eda, de padres a hijos, hac\u00eda ya mucho tiempo. Y es que el pr\u00edncipe, por no tener causas ni necesidades de ofender a sus gobernados, es amado natural y razonablemente por \u00e9stos, a menos de poseer vicios irritantes que le tornen aborrecible. La antig\u00fcedad y la continuidad del reinado de su dinast\u00eda hicieron olvidar los vestigios y las razones de las mudanzas que le instalaron, lo cual es tanto m\u00e1s \u00fatil cuanto que una mudanza deja siempre una piedra angular para provocar otras.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap3\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO III<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DE LOS PRINCIPADOS MIXTOS<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Se hallan grandes dificultades en esta clase de r\u00e9gimen pol\u00edtico, muy principalmente cuando el principado no es enteramente nuevo, sino miembro a\u00f1adido a un principado antiguo que se posee de antemano. Por tal reuni\u00f3n se le llama principado mixto, cuyas incertidumbres dimanan de una dificultad, que es conforme con la naturaleza de todos los principados nuevos, y que consiste en que los hombres, aficionados a mudar de se\u00f1or, con la loca y errada esperanza de mejorar su suerte, se arman contra el que les gobernaba y ponen en su puesto a otro, no tardando en convencerse, por la experiencia, de que su condici\u00f3n ha empeorado. Ello proviene de la necesidad natural en que el nuevo pr\u00edncipe se encuentra de ofender a sus nuevos s\u00fabditos, ya con tropas, ya con una infinidad de otros procedimientos molestos, que el acto de su nueva adquisici\u00f3n llevaba consigo. De aqu\u00ed que el nuevo pr\u00edncipe tenga por enemigos a cuantos ha ofendido al ocupar el principado, y que no pueda conservar por amigos a los que le colocaron en \u00e9l, a causa de no serle posible satisfacer su ambici\u00f3n en la medida en que ellos se hab\u00edan lisonjeado, ni emplear medios rigurosos para reprimirlos, en atenci\u00f3n a las obligaciones que le hicieron contraer con respecto a si mismo. Por muy fuertes que sean los ej\u00e9rcitos del pr\u00edncipe, \u00e9ste necesita siempre el favor de una parte, al menos, de los habitantes de la provincia, para entrar en ella. He aqu\u00ed por qu\u00e9 Luis XII, despu\u00e9s de haber ocupado a Mil\u00e1n con facilidad, lo perdi\u00f3 inmediatamente. Y, para quit\u00e1rselo aquella primera vez, bastaron las tropas de Ludovico, porque los milaneses, que hab\u00edan abierto sus puertas al rey, vieron defraudada la confianza que pusieran en los favores de su Gobierno, as\u00ed como las esperanzas que hab\u00edan concebido para lo futuro, y no pod\u00edan soportar ya la contrariedad de poseer un nuevo pr\u00edncipe. Cierto que, al recuperar por segunda vez Luis XII los pa\u00edses que se le hab\u00edan rebelado, no se los dejo arrebatar tan f\u00e1cilmente. Prevali\u00e9ndose de la sublevaci\u00f3n anterior, se mostr\u00f3 menos reservado y menos t\u00edmido en los medios de consolidarse, pues castig\u00f3 a los culpables, desenmascar\u00f3 a los sospechosos y fortaleci\u00f3 las partes mas d\u00e9biles de su anterior Gobierno. Si, para que la primera vez perdiese a Mil\u00e1n el rey de Francia, se requiri\u00f3 solamente la tremenda aparici\u00f3n del duque Ludovico en los confines del Milanesado, para que la perdiese por segunda vez se necesit\u00f3 que se armasen todos contra \u00e9l y que sus ej\u00e9rcitos fuesen destruidos o arrojados de Italia. Sin embargo, perdi\u00f3 a Mil\u00e1n ambas veces, y si conocemos las causas de la primera p\u00e9rdida, r\u00e9stanos conocer las de la segunda y considerar los medios de que dispon\u00eda y de que podr\u00eda disponer otro cualquiera en su mismo caso para mantenerse en su conquista mejor que lo hizo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Comenzar\u00e9 estableciendo una distinci\u00f3n. O dichos Estados nuevamente adquiridos se re\u00fanen con un Estado ocupado hace mucho tiempo por el que los ha logrado, siendo unos y otro de la misma provincia, y hablando la misma lengua, o no sucede as\u00ed. Cuando son de la primera especie, hay suma facilidad en conservarlos, especialmente si no est\u00e1n habituados a vivir libres en rep\u00fablica. Para poseerlos con seguridad basta haber extinguido la descendencia del pr\u00edncipe que reinaba en ellos, porque, en lo dem\u00e1s, respetando sus antiguos estatutos, y siendo all\u00ed las costumbres iguales a las del pueblo a que se juntan, permanecen sosegados, como lo estuvieron Normand\u00eda, Breta\u00f1a, Borgo\u00f1a y Gascu\u00f1a, que fueron anexadas a Francia hace mucho tiempo. Aunque existan algunas diferencias de lenguaje, las costumbres se asemejan, y esas diversas provincias viven en buena armon\u00eda. En cuanto al que hace tales adquisiciones, si ha de conservarlas, necesita dos cosas: la primera, que se extinga el linaje del pr\u00edncipe que pose\u00eda dichos Estados; y la segunda, que el pr\u00edncipe nuevo no altere sus leyes, ni aumente los impuestos. Con ello, en tiempo brev\u00edsimo, los nuevos Estados pasar\u00e1n a formar un solo cuerpo con el antiguo suyo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Pero cuando se adquieren algunos Estados que se diferencian del propio en lengua, costumbres y constituci\u00f3n, las dificultades se acumulan, y es menester mucha sagacidad y particular favor del cielo para conservarlos. Uno de los mejores y m\u00e1s eficaces medios a este prop\u00f3sito ser\u00e1 que el pr\u00edncipe vaya a residir en ellos, como lo hizo el sult\u00e1n de Turqu\u00eda con respecto a Grecia. A pesar de los otros medios de que se vali\u00f3 para conservarla, no habr\u00eda logrado su fin, si no hubiera ido a establecer all\u00ed su residencia. Y es que, residiendo en su nuevo Estado, aunque se produzcan en \u00e9l des\u00f3rdenes, puede muy prontamente reprimirlos, mientras que, si reside en otra parte, aun no siendo los des\u00f3rdenes de gravedad, tienen dif\u00edcil remedio. Adem\u00e1s, dada su permanencia, no es despojada la provincia por la codicia de sus empleados, y los s\u00fabditos se alegran m\u00e1s de recurrir a un pr\u00edncipe que est\u00e1 al lado suyo que no a uno que est\u00e1 distante, porque encuentran m\u00e1s ocasiones de tomarle amor, si quieren ser buenos, y temor, si quieren ser malos. Por otra parte, el extranjero que apeteciese atacar a dicho Estado tropezar\u00eda con m\u00e1s dificultades para atreverse a ello. Por donde, residiendo en \u00e9l el pr\u00edncipe, no lo perder\u00e1 sin que su rival experimente grandes obst\u00e1culos al pretender arrebat\u00e1rselo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Despu\u00e9s del precedente, el mejor medio consiste en enviar algunas colonias a uno o dos parajes, que sean como la llave del nuevo Estado, a falta de lo cual habr\u00eda que tener all\u00ed mucha caballer\u00eda e infanter\u00eda. Formando el pr\u00edncipe semejantes colonias, no se empe\u00f1a en dispendios exagerados, porque aun sin hacerlos o con dispendios exiguos, las mantiene en los cont\u00e9rminos del territorio. Con ello no ofende m\u00e1s que a aquellos de cuyos campos y de cuyas cosas se apodera, para d\u00e1rselo a los nuevos moradores, que no componen en fin de cuentas m\u00e1s que una cort\u00edsima parte del nuevo Estado, y quedando dispersos y pobres aquellos a quienes ha ofendido, no pueden perjudicarle nunca. Todos los dem\u00e1s que no han recibido ninguna ofensa en sus personas y en sus bienes, se apaciguan con facilidad, y quedan temerosamente atentos a no incurrir en faltas, a fin de no verse despojados como los otros. De lo que se infiere que esas colonias, que no cuestan nada o casi nada, son m\u00e1s fieles y perjudican menos, a causa de la dispersi\u00f3n y de la pobreza de los ofendidos. Porque debe notarse que los hombres quieren ser agraciados o reprimidos, y que no se vengan de las ofensas, cuando son ligeras; pero que se ven incapacitados para hacerlo, cuando son graves. As\u00ed pues, la ofensa que se les infiera ha de ser tal que les inhabilite para vengarse.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Si, en vez de colonias, se tienen tropas en los nuevos Estados, se expende mucho, ya que es menester consumir, para mantenerlas, cuantas rentas se sacan de dichos Estados. La adquisici\u00f3n suya que se ha hecho se convierte entonces en p\u00e9rdida, ya que se perjudica a todo el pa\u00eds con los ej\u00e9rcitos que hay que alojar en las casas particulares. Los habitantes experimentan la incomodidad consiguiente, y se convierten en perjudiciales enemigos, aun permaneciendo sojuzgados dentro de sus casas. De modo que ese medio de guardar un Estado es en todos respectos, tan in\u00fatil cuanto el de las colonias es \u00fatil.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">El pr\u00edncipe que adquiere una provincia, cuyo idioma y cuyas costumbres no son los de su Estado principal, debe hacerse all\u00ed tambi\u00e9n el jefe y el protector de los pr\u00edncipes vecinos que sean menos poderosos, e ingeniarse para debilitar a los de mayor poder\u00edo. Debe, adem\u00e1s, hacer de manera que no entre en su nueva provincia un extranjero tan poderoso como \u00e9l, para evitar que no llamen a ese extranjero los que se hallen descontentos de su mucha ambici\u00f3n. Por tal motivo introdujeron los etolios a los romanos en Grecia y dem\u00e1s provincias en que \u00e9stos entraron, llamados por los propios habitantes. El orden com\u00fan de las cosas es que, no bien un extranjero poderoso entra en un pa\u00eds, todos los pr\u00edncipes que all\u00ed son menos poderosos se le unen, por efecto de la envidia que concibieran contra el que les sobrepujaba en poder\u00edo, y a los que \u00e9ste ha despojado. En cuanto a esos pr\u00edncipes menos poderosos, no cuesta mucho trabajo ganarlos, puesto que todos juntos gustosamente formar\u00e1n cuerpo con el Estado que \u00e9l conquist\u00f3. La \u00fanica precauci\u00f3n que ha de tomar es la de impedir que adquieran fuerza y autoridad en demas\u00eda. El pr\u00edncipe nuevo, con el favor de ellos y con la ayuda de sus armas, podr\u00e1 abatir f\u00e1cilmente a los que son, poderosos, a fin de continuar siendo en todo el \u00e1rbitro. El que, por lo que a esto toca, no gobierne h\u00e1bilmente, muy pronto perder\u00e1 todo lo adquirido, y aun mientras conserve el poder tropezar\u00e1 con multitud de dificultades y de obst\u00e1culos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Los romanos adoptaron siempre todas esas prevenciones en las provincias de que se hicieron due\u00f1os. Enviaron all\u00e1 colonias; tuvieron a raya a los pr\u00edncipes de las inmediaciones menos poderosos que ellos, sin aumentar su fuerza; debilitaron a los que pose\u00edan tanta como ellos mismos; no permitieron en fin, que las potencias extranjeras adquirieran all\u00ed consideraci\u00f3n ninguna. Como ejemplo de ello me bastar\u00e1 citar a Grecia, donde conservaron a los etolios y a los acayos, humillaron el reino de Macedonia y expulsaron a Ant\u00edoco. El m\u00e9rito que los etolios y los acayos contrajeron en el concepto de los romanos no fue suficiente para que \u00e9stos les consintiesen engrandecer ninguno de sus Estados. Nunca los redujeron los discursos de Filipo hasta el grado de tratarle como amigo, sin abatirle, ni nunca el poder de Ant\u00edoco los llev\u00f3 a tolerar que tuviera, en aquel pa\u00eds, ning\u00fan Estado. Los romanos hicieron en aquellas circunstancias lo que todos los pr\u00edncipes cuerdos deben hacer cuando toman en consideraci\u00f3n, no s\u00f3lo los perjuicios presentes, sino m\u00e1s bien los futuros, y cuando quieren remediarlos con destreza. S\u00f3lo precavi\u00e9ndolos de antemano es posible conseguirlo. Si se espera a que sobrevengan, ya no es tiempo de remediarlo, porque la enfermedad se ha vuelto incurable. En este respecto, ocurre lo que los m\u00e9dicos dicen de la tisis, que en los comienzos es f\u00e1cil de curar y dif\u00edcil de conocer, pero que m\u00e1s tarde si no la discernieron en su principio, ni la aplicaron remedio alguno; es f\u00e1cil de conocer y dif\u00edcil de curar. Con las cosas del Estado sucede lo mismo. Si se conocen anticipadamente los males que pueden despu\u00e9s manifestarse, lo que no concede el cielo m\u00e1s que a un hombre sabio y bien prevenido, quedan curados muy pronto. Pero cuando, por no haberlos conocido, se les deja tomar un incremento tal que llega a noticia de todo el mundo, no hay ya arbitrio que los remedie. Por eso, previendo los romanos de lejos los inconvenientes, les aplicaron siempre el remedio en su origen, y el temor de una guerra jam\u00e1s les indujo a dejarles seguir su curso. Sab\u00edan que la guerra no se evita, y que el diferirla redunda en provecho ajeno. Al decidirse a hacerla contra Filipo y contra Ant\u00edoco en Grecia, fue para no tener que hac\u00e9rsela en Italia. F\u00e1cil les hubiera sido evitar a uno y a otro, pero no lo quisieron ni les agrad\u00f3 el torpe consejo de gozar de los beneficios del tiempo, que no se les cae nunca de la boca a los sabios de nuestra edad. Les acomod\u00f3 m\u00e1s el consejo que su prudencia y su valor les suger\u00eda, conviene a saber: que el tiempo, que echa abajo cuanto subsiste, puede acarrear tanto bien como mal, pero igualmente tanto mal como bien.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Volvamos a Francia y examinemos si hizo ninguna de esas cosas. Hablar\u00e9, no de Carlos VIII, sino de Luis XII como de aquel cuyas operaciones se conocieron mejor, puesto que conserv\u00f3 m\u00e1s tiempo sus posesiones de Italia, y veremos que hizo lo contrario de lo que debi\u00f3 hacer para retener un Estado de diferente idioma y de diferentes costumbres. Luis XII fue atra\u00eddo a Italia por la ambici\u00f3n de los venecianos que quer\u00edan, con su ayuda, ganar la mitad del Estado de Lombard\u00eda. No intento afear este paso del rey franc\u00e9s, ni su resoluci\u00f3n sobre el particular, puesto que apenas puso el pie en Italia, donde carec\u00eda de amigos, y donde encontr\u00f3 cerradas todas las puertas a causa de los estragos que all\u00ed hiciera Carlos VIII, se vio forzado a respetar a los \u00fanicos aliados que en el pa\u00eds ten\u00eda, y su plan habr\u00eda sido acertado si no hubiera cometido falta alguna en las dem\u00e1s operaciones. Tan pronto como conquist\u00f3 a Lombard\u00eda volvi\u00f3 a ganar en Italia la consideraci\u00f3n que Carlos VIII hab\u00eda hecho perder en ella a las armas francesas. G\u00e9nova cedi\u00f3, se hicieron amigos suyos los florentinos y el marqu\u00e9s de Mantua, el duque de Ferrara, el pr\u00edncipe de Bolonia, el se\u00f1or de Forli, los de P\u00e9saro, Rimini, Camerino, Piombino, los luqueses, los pisanos, los sieneses, todos, en suma, salieron a recibirle, para solicitar su amistad. Los venecianos hubieran debido reconocer entonces la imprudencia de la decisi\u00f3n que hab\u00edan tomado, \u00fanicamente para adquirir los territorios de Lombard\u00eda y para hacer al rey franc\u00e9s due\u00f1o de los dos tercios de Italia. Compr\u00e9ndase ahora la facilidad con que Luis XII, de haber seguido las reglas que acabo de formular, hubiese conservado su reputaci\u00f3n en nuestra pen\u00ednsula, y asegur\u00e1ndose cuantos amigos hab\u00eda hecho en su territorio. Siendo \u00e9stos numerosos, aunque d\u00e9biles, y temiendo unos al Papa y otros a los venecianos se hallaban en la precisi\u00f3n de permanecer adictos al rey franc\u00e9s a quien, por medio de ellos, le era posible contener sin dificultad a lo que quedaba de m\u00e1s poderoso en el resto de Italia. Pero no bien lleg\u00f3 Luis XII a Mil\u00e1n, obr\u00f3 de un modo contrario, supuesto que ayud\u00f3 al papa Alejandro VI a apoderarse de la Roma\u00f1a, sin echar de ver que con semejante determinaci\u00f3n se hac\u00eda d\u00e9bil, por una parte, desviando de s\u00ed a sus amigos, y a los que hab\u00edan ido a ponerse bajo su protecci\u00f3n, y que, por otra parte, extend\u00eda el poder de Roma, agregando tan vasta dominaci\u00f3n temporal a la dominaci\u00f3n espiritual, que le daba ya tanta autoridad. Esta primera falta le oblig\u00f3 a cometer otras pues, para poner t\u00e9rmino a la ambici\u00f3n de Alejandro VI e impedirle adue\u00f1arse de la Toscana, hubo de volver al Norte. No le bast\u00f3 haber dilatado los dominios del Papa, y desviado de s\u00ed a sus propios amigos, sino que el deseo de poseer el reino de N\u00e1poles le indujo a repart\u00edrselo con el rey de Espa\u00f1a. As\u00ed, en los momentos en que era el primer \u00e1rbitro de Italia, se busc\u00f3 en ella un asociado, al que cuantos se hallaban descontentos con \u00e9l deb\u00edan, naturalmente, recurrir, y cuando pod\u00eda haber dejado en aquel reino a un monarca que no era m\u00e1s que pensionado suyo, le ech\u00f3 a un lado para poner a otro, capaz de arrojarle a \u00e9l mismo. En verdad, el deseo de adquirir es cosa ordinaria y l\u00f3gica. Los hombres que adquieren cuando pueden hacerlo ser\u00e1n alabados y nadie los censurar\u00e1. Pero cuando no pueden, ni quieren hacerlo como conviene, ser\u00e1n tachados de error y todos les vituperar\u00e1n. Si Francia pod\u00eda atacar con sus fuerzas a N\u00e1poles, debi\u00f3 hacerlo. Si no pod\u00eda, no debi\u00f3 dividir aquel reino. Si el reparto que hizo de Lombard\u00eda con los venecianos es digno de disculpa a causa de que el rey franc\u00e9s hall\u00f3 en ello un medio de poner el pie en Italia, la empresa sobre N\u00e1poles merece condenarse, puesto que no hab\u00eda motivo alguno de necesidad, que pudiera excusarla. Luis XII, pues, cometi\u00f3 cinco faltas, dado que destruy\u00f3 las reducidas potencias de Italia; aument\u00f3 la dominaci\u00f3n de un pr\u00edncipe ya poderoso, introdujo a un extranjero que lo era mucho, no residi\u00f3 all\u00ed \u00e9l mismo, y no estableci\u00f3 colonias. Estas faltas, sin embargo, no le hubieran perjudicado en vida, si no hubiese cometido una sexta: la de ir a despojar a los venecianos. Era cosa muy razonable, y hasta necesaria, abatirlos, aunque \u00e9l no hubiera dilatado los dominios de la Iglesia, ni introducido a Espa\u00f1a en Italia. Pero no debi\u00f3 consentir su ruina, ya que siendo por s\u00ed mismo poderoso, hubiera tenido distantes siempre a los otros de toda empresa sobre Lombard\u00eda, ya porque los venecianos no le hubieran tolerado, sin ser ellos mismos los due\u00f1os, ya porque los otros no hubieran querido quit\u00e1rsela a Francia para d\u00e1rsela a ellos, o porque hubiera carecido de audacia para atacar a ambas potencias a la vez. Si alguien arguyera que Luis XII cedi\u00f3 la Roma\u00f1a al Papa y el reino de N\u00e1poles al monarca espa\u00f1ol, para evitar una guerra, le contestar\u00eda con las razones ya apuntadas, conviene a saber: que no debemos dejar nacer un desorden para evitar una guerra, pues acabamos no evit\u00e1ndola, y s\u00f3lo la diferimos, lo que redunda a la postre en perjuicio nuestro. Y si alg\u00fan otro alegara la promesa que el rey franc\u00e9s hab\u00eda hecho al Papa de ejecutar en favor suyo la empresa, para obtener la disoluci\u00f3n de su matrimonio con Juana, su esposa, y el capelo cardenalicio para el arzobispo de Ru\u00e1n, replicar\u00e9 a la objeci\u00f3n con las explicaciones que dar\u00e9 m\u00e1s tarde sobre la fe de los pr\u00edncipes y el modo como deben guardarla. Si Luis XII perdi\u00f3 la Lombard\u00eda, fue por no hacer lo que hicieron cuantos tomaron provincias y quisieron conservarlas. No hay en ello milagro, sino una cosa natural y com\u00fan. Habl\u00e9 en Nantes con el cardenal de Ru\u00e1n, cuando el duque de Valentinois, al que llamaban vulgarmente C\u00e9sar Borgia, hijo de Alejandro VI, ocupaba la Roma\u00f1a, y habi\u00e9ndome dicho el cardenal que los italianos no entend\u00edan nada de cosas de guerra, le respond\u00ed que los franceses no entend\u00edan nada de cosas de Estado, puesto que de otro modo no hubieran dejado tomar al Papa tama\u00f1o incremento de dominaci\u00f3n temporal. Se vio por experiencia que la que el Papa y Espa\u00f1a adquirieron en Italia les vino de Francia, y que la ruina de Francia en Italia diman\u00f3 del Papa y de Espa\u00f1a. De lo cual podemos deducir una regla general que no enga\u00f1a nunca, o que, al menos, no extrav\u00eda sino raras veces, y es que el que ayuda a otro a hacerse poderoso provoca su propia ruina. \u00c9l es quien le hace tal con su fuerza o con su industria y estos dos medios de que se ha manifestado provisto le resultan muy sospechosos al pr\u00edncipe que, por ministerio de ellos, se torn\u00f3 m\u00e1s poderoso.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap4\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO IV<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">POR QU\u00c9, OCUPADO EL REINO DE DAR\u00cdO POR ALEJANDRO, NO SE REBEL\u00d3 CONTRA SUS SUCESORES DESPU\u00c9S DE SU MUERTE<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Considerando las dificultades que se ofrecen para conservar un Estado recientemente adquirido, podr\u00eda preguntarse con asombro c\u00f3mo sucedi\u00f3 que hecho Alejandro Magno due\u00f1o de Egipto y del Asia Menor en un corto n\u00famero de a\u00f1os, y habiendo muerto a poco de haber conquistado esos territorios sus sucesores, en unas circunstancias en que parec\u00eda natural que todo aquel Estado se rebelase, lo conservaron, sin embargo, y no hallaron al respecto m\u00e1s obst\u00e1culo que el que su ambici\u00f3n individual ocasion\u00f3 entre ellos. He aqu\u00ed mi respuesta al prop\u00f3sito. De dos modos son gobernados los principados conocidos. El primero consiste en serlo por su pr\u00edncipe asistido de otros individuos que, permaneciendo siempre como s\u00fabditos humildes al lado suyo, son admitidos, por gracia o por concesi\u00f3n, en clase de servidores, solamente para ayudarle a gobernar. El segundo modo como se gobierna se compone de un pr\u00edncipe, asistido de barones, que encuentran su puesto en el Estado, no por la gracia o por la concesi\u00f3n del soberano, sino por la antig\u00fcedad de su familia. Estos mismos barones poseen Estados y s\u00fabditos que los reconocen por se\u00f1ores suyos, y les consagran espont\u00e1neamente su afecto. Y, en los primeros de estos Estados en que gobierna el mismo pr\u00edncipe con algunos ministros esclavos, tiene m\u00e1s autoridad, porque en su provincia no hay nadie que reconozca a otro m\u00e1s que a \u00e9l por superior y si se obedece a otro, no es por un particular afecto a su persona, sino solamente por ser ministro y empleado del monarca.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Los ejemplos de estas dos especies de Gobiernos son, en nuestros d\u00edas, el del sult\u00e1n de Turqu\u00eda y el del rey de Francia. Toda la monarqu\u00eda del sult\u00e1n de Turqu\u00eda est\u00e1 gobernada por un se\u00f1or \u00fanico, cuyos adjuntos no son m\u00e1s que criados suyos, y \u00e9l, dividiendo en provincias su reino env\u00eda a \u00e9l los diversos administradores, a los cuales coloca y muda en su nuevo puesto a su antojo. Pero el rey de Francia se halla en medio de un sinn\u00famero de personajes, ilustres por la antig\u00fcedad de su familia, se\u00f1ores ellos mismos de sus respectivos Estados, reconocidos como tales por sus particulares s\u00fabditos, quienes, por otra parte, les profesan afecto, y que est\u00e1n investidos de preeminencias personales que el monarca no puede quitarles sin peligrar \u00e9l mismo. As\u00ed, cualquiera que considere atentamente ambas clases de Estados, comprender\u00e1 que existe dificultad suma en conquistar el del sult\u00e1n de Turqu\u00eda, pero que, si uno le hubiere conquistado, lo conservar\u00e1 con suma facilidad. Las razones de las dificultades para ocuparlo son que el conquistador no puede ser llamado all\u00ed de las provincias de aquel Imperio, ni esperar ser ayudado en la empresa por la rebeli\u00f3n de los que el soberano conserva a su lado, lo cual dimana de las observaciones expuestas m\u00e1s arriba. Siendo todos esclavos suyos y est\u00e1ndole reconocidos por sus favores, no es posible corromperlos tan f\u00e1cilmente, y aunque esto se lograra, la utilidad no ser\u00eda mucha mientras el soberano contase con el apoyo del pueblo. Conviene, pues, que el que ataque al sult\u00e1n de Turqu\u00eda reflexione que va a hallarle unido al pueblo, y que habr\u00e1 de contar m\u00e1s con sus propias fuerzas que con los des\u00f3rdenes que se manifestasen en el Imperio en su favor. Pero despu\u00e9s de haberle vencido, derrotando en una campa\u00f1a sus ej\u00e9rcitos de modo que a \u00e9l no le sea dable rehacerlos, no habr\u00e1 que temer ya m\u00e1s que a la familia del pr\u00edncipe. Si el conquistador la destruye, el temor desaparecer\u00e1 por completo, pues los otros no gozan del mismo valimiento entre las masas populares. Si antes del triunfo, el conquistador no contaba con ninguno de ellos en cambio, no debe tenerles miedo alguno, despu\u00e9s de haber vencido.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Empero, suceder\u00e1 lo contrario con reinados gobernados como el de Francia. En \u00e9l se puede entrar con facilidad, ganando a alg\u00fan bar\u00f3n, porque nunca faltan nobles de genio descontento y amigos de mudanzas, que abran al conquistador camino para la posesi\u00f3n de aquel Estado y que le faciliten la victoria. Mas, cuando se trate de conservarse en \u00e9l, la victoria misma le dar\u00e1 a conocer infinitas dificultades, tanto de parte de los que le auxiliaron como de parte de los que oprimi\u00f3. No le bastar\u00e1 haber extinguido la familia del pr\u00edncipe, porque quedar\u00e1n siempre all\u00ed varios se\u00f1ores que se har\u00e1n cabezas de partido para nuevas mudanzas, y, como no podr\u00e1 contentarlos a satisfacci\u00f3n de ellos, ni destruirlos enteramente, perder\u00e1 el nuevo reino tan pronto se presente la ocasi\u00f3n oportuna.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Si consideramos ahora qu\u00e9 g\u00e9nero de gobierno era el de Dar\u00edo, le encontraremos semejante al del sult\u00e1n de Turqu\u00eda. Le fue necesario primeramente a Alejandro asaltarlo en su totalidad y ganar la campa\u00f1a en toda la l\u00ednea. Despu\u00e9s de este triunfo muri\u00f3 Dar\u00edo, quedando el Estado en poder del conquistador de una manera segura, por las causas que llevo apuntadas; y si los sucesores de Alejandro hubieran continuado unidos, habr\u00edan podido gozar de \u00e9l sin la menor dificultad, puesto que no sobrevino otra disensi\u00f3n que la que ellos mismos suscitaron. En cuanto a los Estados constituidos como el de Francia, es imposible poseerlos tan sosegadamente. Por esto hubo, tanto en Francia como en Espa\u00f1a, frecuentes rebeliones semejantes a las que los romanos experimentaron en Grecia a causa de los numerosos principados que hab\u00eda all\u00ed. Mientras subsisti\u00f3 en el pa\u00eds su memoria, su posesi\u00f3n fue, para los romanos, muy incierta. Pero tan pronto dej\u00f3 de pensarse en ello, se hicieron poseedores seguros, gracias a la estabilidad de su imperial dominio. Cuando los romanos pelearon en Grecia, unos contra otros, cada uno de ambos partidos pudo atraerse la posesi\u00f3n de aquellas provincias, seg\u00fan la autoridad que en ellas hab\u00eda tomado, porque, habi\u00e9ndose extinguido la familia de sus antiguos dominadores, dichas provincias reconoc\u00edan ya por \u00fanicos a los dominadores nuevos. Si, pues, se presta atenci\u00f3n a todas estas particularidades, no causar\u00e1 extra\u00f1eza la facilidad que Alejandro tuvo para conservar el Estado de Asia y las dificultades con que sus sucesores (Pirro y otros muchos) tropezaron en la retenci\u00f3n de lo que hab\u00edan adquirido. No provinieron ellas del poco o mucho talento de los vencedores, sino de la diversidad de los Estados que conquistaran.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap5\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO V<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DE QU\u00c9 MANERA DEBEN GOBERNARSE LOS ESTADOS QUE, ANTES DE OCUPADOS POR UN NUEVO PR\u00cdNCIPE, SE REG\u00cdAN POR LEYES PROPIAS<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Cuando el pr\u00edncipe quiere conservar aquellos Estados que estaban habituados a vivir con su legislaci\u00f3n propia y en r\u00e9gimen de rep\u00fablica, es preciso que abrace una de estas tres resoluciones: o arruinarlos, o ir a vivir en ellos, o dejar al pueblo con su c\u00f3digo tradicional, oblig\u00e1ndole a pagarle una contribuci\u00f3n anual y creando en el pa\u00eds un tribunal de corto n\u00famero de miembros, que cuide de consolidar all\u00ed su poder. Al establecer este consejo consultivo, el pr\u00edncipe, sabiendo que no puede subsistir sin su amistad y sin su dominaci\u00f3n, tiene el mayor inter\u00e9s de fomentar su autoridad. Una ciudad acostumbrada a vivir libremente y que el pr\u00edncipe quiere conservar, se contiene mucho m\u00e1s f\u00e1cilmente por medio del influjo directo de sus propios ciudadanos que de cualquier otro modo, como los espartanos y los romanos nos lo probaron con su ejemplo. Sin embargo, los espartanos, que poseyeron a Atenas y a Tebas mediante un consejo de un corto n\u00famero de ciudadanos, acabaron perdi\u00e9ndolas, y los romanos, que para poseer a Capua, a Cartago y a Numancia, las desorganizaron, no las perdieron. Cuando quisieron retener a Grecia, como la hab\u00edan retenido los espartanos dej\u00e1ndola libre con sus leyes, no les sali\u00f3 acertada esta operaci\u00f3n, y se vieron obligados a desorganizar muchas de sus ciudades para guardarla. Hablando con verdad, el arbitrio m\u00e1s seguro para conservar semejantes Estados es el de arruinarlos. El que se hace se\u00f1or de una ciudad acostumbrada a vivir libremente, y no descompone su r\u00e9gimen pol\u00edtico, debe contar con ser derrocado por ella, a la postre. Para justificar tal ciudad su rebeli\u00f3n invocar\u00e1 su libertad y sus antiguas leyes, cuyo h\u00e1bito no podr\u00e1n hacerle perder nunca el tiempo y los beneficios del conquistador. Por m\u00e1s que \u00e9ste se esfuerce, y aunque practique un expediente de previsi\u00f3n, si no se desunen y se dispersan sus habitantes, no olvidar\u00e1 nunca el nombre de aquella antigua libertad, ni sus particulares estatutos, y hasta recurrir\u00e1 a ellos en la primera ocasi\u00f3n, como lo hizo Pisa, a pesar de haber estado toda una centuria bajo la dominaci\u00f3n de los florentinos. Pero cuando las ciudades o provincias se hallan avezadas a vivir en la obediencia a un pr\u00edncipe, como, por una parte, conservan dicha obediencia y, por otra, carecen de su antiguo se\u00f1or, no concuerdan los ciudadanos entre si para elegir otro nuevo, y, no sabiendo vivir libres, son m\u00e1s tardos en tomar las armas, por lo cual cabe conquistarlos con m\u00e1s facilidad y asegurar su posesi\u00f3n. En las rep\u00fablicas, por el contrario, hay m\u00e1s valor, mayor disposici\u00f3n de \u00e1nimo contra el conquistador que luego se hace pr\u00edncipe, y m\u00e1s deseo de vengarse de \u00e9l. Como no se pierde, en su ambiente, la memoria de la antigua libertad, antes le sobrevive m\u00e1s activamente cada d\u00eda, el m\u00e1s cuerdo partido consiste en disolverlas, o en ir a habitar en ellas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap6\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAPITULO VI<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DE LOS PRINCIPADOS QUE SE ADQUIEREN POR EL VALOR PERSONAL Y CON LAS ARMAS PROPIAS<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">No cause extra\u00f1eza que al hablar de los Estados que son nuevos en todos los aspectos, o de los que s\u00f3lo lo son en el del pr\u00edncipe, o en el de ellos mismos, presente yo grandes ejemplos de la antig\u00fcedad. Los hombres caminan casi siempre por caminos trillados ya por otros, y apenas hacen m\u00e1s que imitar a sus predecesores en las empresas que llevan a cabo. Pero como no pueden seguir en todo la ruta abierta por los antiguos, ni se elevan a la perfecci\u00f3n de los que por modelos se proponen, deben con prudencia elegir tan s\u00f3lo los senderos trazados por algunos varones, especialmente por aquellos que sobrepujaron a los dem\u00e1s, a fin de que si no consiguen igualarlos, al menos ofrezcan sus acciones cierta semejanza con las de ellos. En esta parte les conviene seguir el ejemplo de los ballesteros advertidos, que, viendo su blanco muy distante para la fuerza de su arco, apuntan mucho m\u00e1s arriba que el objeto que tienen en mira, no para que su vigor y sus flechas alcancen a un punto dado en tal altura, sino a fin de, asestando as\u00ed, llegar en l\u00ednea parab\u00f3lica a su verdadera meta. Lo cual digo porque en los principados que son nuevos en todo y cuyo soberano es, por ende, completamente nuevo tambi\u00e9n, hay m\u00e1s o menos dificultad en conservarlos, seg\u00fan que el que lo adquiere es m\u00e1s o menos valeroso. Como el \u00e9xito por el que un hombre se ve elevado de la categor\u00eda de particular a la de pr\u00edncipe supone alg\u00fan valor o alguna fortuna, parece que una cosa u otra allanan en parte muchos obst\u00e1culos. Sin embargo, ocurre a veces que se mantenga m\u00e1s tiempo el que no hab\u00eda sido auxiliado por la fortuna. Y lo que suele procurar algunas facilidades es que, no poseyendo semejante pr\u00edncipe otros Estados, va a residir en aquel de que se ha hecho due\u00f1o.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Pero, volviendo a los hombres que por su propio valor, y no por ministerio de la fortuna, llegaron a ser pr\u00edncipes, como Mois\u00e9s, Ciro, Teseo, R\u00f3mulo y otros digo que son los m\u00e1s dignos de imitaci\u00f3n. Aunque sobre Mois\u00e9s no debamos discurrir, puesto que no fue m\u00e1s que mero ejecutor de las cosas que Dios le hab\u00eda ordenado hacer, merece, no obstante, ser admirado, siquiera fuese por aquella gracia que le encumbr\u00f3 a hablar faz a faz con el Eterno. Pero, considerando a Ciro y a los dem\u00e1s que adquirieron o fundaron reinos, les hallamos tambi\u00e9n merecedores de admiraci\u00f3n. Y si se consideran sus hechos e instituciones de un modo especial, no parecer\u00e1n diferentes de los hechos e instituciones de Mois\u00e9s, por m\u00e1s que \u00e9ste tuviese a Dios por se\u00f1or. Examinando sus actos y su conducta no se encuentra que debiesen a la fortuna sino una ocasi\u00f3n propicia, que les permiti\u00f3 introducir en sus nuevos Estados la forma que les conven\u00eda. Sin la ocasi\u00f3n se hubiera extinguido el valor de su \u00e1nimo; pero sin \u00e9ste se hubiera presentado en balde aqu\u00e9lla. Le era necesario a Mois\u00e9s hallar al pueblo de Israel oprimido en Egipto, para que se dispusiese a seguirle, movido por el af\u00e1n de salir de su esclavitud. Era menester que Ciro, para erigirse en soberano de los persas, les hallase descontentos con el dominio de los medos, y a \u00e9stos afeminados por una larga paz. Teseo no hubiera podido desplegar su valor si no hubiese encontrado dispersados a los atenienses. Conven\u00eda que R\u00f3mulo, despu\u00e9s de su nacimiento, se quedara en Alba, y que fuese expuesto, para que se hiciera rey de Roma y fundador de un Estado, de que form\u00f3 la patria suya. No hay duda sino que tales ocasiones constituyeron la fortuna de semejantes h\u00e9roes. Pero su excelente sabidur\u00eda les dio a conocer la importancia de dichas ocasiones, y de ello provinieron la prosperidad y la cultura de sus Estados ~<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Los que llegan a ser pr\u00edncipes por esos medios no adquieren su soberan\u00eda sin trabajo, pero la conservan f\u00e1cilmente, y las dificultades con que tropiezan al conseguirla provienen en gran parte de las nuevas leyes y de las nuevas instituciones que se ven obligados a introducir, para fundamentar su Estado y para proveer a su seguridad. N\u00f3tese bien que no hay cosa m\u00e1s ardua de manejar, ni que se lleve a cabo con m\u00e1s peligro, ni cuyo acierto sea m\u00e1s dudoso que el obrar como jefe, para dictar estatutos nuevos, pues tiene por enemigos activ\u00edsimos a cuantos sacaron provecho de los estatutos antiguos, y aun los que puedan sacarlo de los reci\u00e9n establecidos, suelen defenderlos con tibieza suma, tibieza que dimana en gran parte de la escasa confianza que los hombres ponen en las innovaciones, por buenas que parezcan, hasta que no hayan pasado por el tamiz de una experiencia s\u00f3lida. De donde resulta que los que son adversarios de tales innovaciones lo son por haberse aprovechado de las antiguas leyes, y hallan ocasi\u00f3n de rebelarse contra aquellas innovaciones por esp\u00edritu de partido, mientras que los otros s\u00f3lo las defienden con timidez cautelosa, lo que pone en peligro al pr\u00edncipe. Y es que cuando quiere uno discurrir adecuadamente sobre este asunto se ve forzado a examinar si los tibios tienen suficiente consistencia por s\u00ed mismos, o si dependen de los otros; es decir, si para dirigir su operaci\u00f3n, necesitan rogar o si pueden obligar. En el primer caso no aciertan nunca, ni conducen cosa alguna a buen fin, al paso que, si pueden obligar, rara vez dejan de conseguir su objeto. Por esto todos los profetas armados han sido vencedores, y los desarmados abatidos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Conviene notar, adem\u00e1s, que el natural de los pueblos es variable. F\u00e1cil es hacerles creer una cosa, pero dif\u00edcil hacerles persistir en su creencia. Por cuyo motivo es menester componerse de modo que, cuando hayan cesado de creer, sea posible constre\u00f1irlos a creer todav\u00eda. Mois\u00e9s, Ciro, Teseo, R\u00f3mulo, no hubieran conseguido que se observasen mucho tiempo sus respectivas constituciones, si hubiesen estado desarmados, como le sucedi\u00f3 al fraile Jer\u00f3nimo Savonarola, que vio malogradas las nuevas instituciones que propusiera a la multitud. Apenas \u00e9sta comenz\u00f3 a no creerle inspirado, se encontr\u00f3 sin medio alguno para mantener coercitivamente en su creencia a los que la perd\u00edan, ni para inducir voluntariamente a creer a los que no cre\u00edan ya. Y cuenta que los pr\u00edncipes de la especie a que vengo refiri\u00e9ndome experimentan sumas dificultades en su manera de conducirle, porque todos sus pasos van acompa\u00f1ados de peligros y necesitan gran valor para superarlos. Pero cuando han triunfado de ellos y empiezan a ser respetados, como han subyugado a los hombres que les envidiaban su calidad de pr\u00edncipes, quedan, al fin, asegurados, reverenciados, poderosos y dichosos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">A tan relevantes ejemplos quiero a\u00f1adirle otro de clase inferior, y que, sin embargo, no guarda demasiada desproporci\u00f3n con ellos: el de Hieron el Siracusano. De simple particular que era, ascendi\u00f3 a pr\u00edncipe de Siracusa, sin que la fortuna le procurase otro recurso que el de una favorable ocasi\u00f3n. Hall\u00e1ndose oprimidos los siracusanos, le proclamaron caudillo, en cuyo cargo hizo m\u00e9ritos suficientes para que despu\u00e9s le nombrasen soberano suyo. Hab\u00eda sido tan virtuoso en su condici\u00f3n privada que, en sentir de los historiadores, no le faltaba entonces para reinar m\u00e1s que poseer un trono. Y luego que hubo empu\u00f1ado el cetro, licenci\u00f3 las antiguas tropas, form\u00f3 otras nuevas, dej\u00f3 a un lado a sus pret\u00e9ritos amigos, busc\u00f3 a otros y, hall\u00e1ndose as\u00ed con soldados y con camaradas realmente suyos, pudo establecer sobre tales fundamentos cuanto quiso, y conserv\u00f3 sin trabajo lo que hab\u00eda adquirido tras afanes largos y penosos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap7\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAPITULO VII<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DE LOS PRINCIPADOS NUEVOS QUE SE ADQUIEREN POR LA FORTUNA Y CON LAS ARMAS AJENAS<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Los que de particulares que eran se vieron elevados al principado por la sola fortuna, llegan a \u00e9l sin mucho trabajo, pero lo encuentran m\u00e1ximo para conservarlo en su poder. Elevados a \u00e9l como en alas y sin dificultad alguna, no bien lo han adquirido los obst\u00e1culos les cercan por todas partes. Esos pr\u00edncipes no consiguieron su Estado m\u00e1s que de uno u otro de estos dos modos: o compr\u00e1ndolo o haci\u00e9ndoselo dar por favor. Ejemplos de ambos casos ofrecieron entre los griegos, muchos pr\u00edncipes nombrados para las ciudades de la Iona y del Helesponto, en que Dar\u00edo crey\u00f3 que su propia gloria tanto como su propia seguridad le induc\u00eda a crear ese g\u00e9nero de pr\u00edncipes, y entre los romanos aquellos generales que sub\u00edan al Imperio por el arbitrio de corromper las tropas. Semejantes pr\u00edncipes no se apoyan en m\u00e1s fundamento que en la voluntad o en la suerte de los hombres que los exaltaron, cosas ambas muy variables y desprovistas de estabilidad en absoluto. Fuera de esto, no saben ni pueden mantenerse en tales alturas. No saben, porque a menos de poseer un talento superior, no es veros\u00edmil que acierte a reinar bien quien ha vivido mucho tiempo en una condici\u00f3n privada, y no pueden, a causa de carecer de suficiente n\u00famero de soldados, con cuyo apego y con cuya fidelidad cuenten de una manera segura. Por otra parte, los Estados que se forman de repente, como todas aquellas producciones de la naturaleza que nacen con prontitud, no tienen las ra\u00edces y las adherencias que les son necesarias para consolidarse. El primer golpe de la adversidad los arruina, si, como ya insinu\u00e9, los pr\u00edncipes creados por improvisaci\u00f3n carecen de la energ\u00eda suficiente para conservar lo que puso en sus manos la fortuna, y si no se han proporcionado las mismas bases que los dem\u00e1s pr\u00edncipes se hab\u00edan formado, antes de serlo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Con relaci\u00f3n a estos dos modos de llegar al principado, el valor o la fortuna, quiero traer dos ejemplos que la historia de nuestra \u00e9poca nos suministra; son a saber: el de Francisco Sforcia y el de C\u00e9sar Borgia. Francisco, de simple particular que era, lleg\u00f3 a ser duque de Mil\u00e1n, tanto por su gran valor como por los recursos que su ingenio pod\u00eda suministrarle, y, por lo mismo, conserv\u00f3 sin excesivo esfuerzo lo que hab\u00eda adquirido con sumos afanes. C\u00e9sar, llamado vulgarmente el duque de Valentinois, no logr\u00f3 sus Estados m\u00e1s que por la fortuna de su padre, y los perdi\u00f3 apenas la fortuna le hubo faltado, no sin hacer uso entonces de todos los medios imaginables para retenerlos, y de practicar, para consolidarse en los principados que la fortuna y las armas ajenas le hab\u00edan procurado, cuanto puede practicar un hombre prudente y valeroso. Ahora bien: he dicho que el que no prepar\u00f3 los fundamentos de su soberan\u00eda antes de ser pr\u00edncipe podr\u00eda hacerlo despu\u00e9s, poseyendo un talento superior, aunque esos fundamentos no pueden formarse, en tal caso, m\u00e1s que con muchos disgustos para el arquitecto y con muchos peligros para el edificio. Si, pues, se consideran los progresos del duque de Valentinois, se ver\u00e1 que hab\u00eda preparado su dominaci\u00f3n futura y no juzgo in\u00fatil darlos a conocer, toda vez que no me es posible presentar lecciones m\u00e1s \u00fatiles a un pr\u00edncipe nuevo que las acciones del segundo Borgia. Si sus instituciones no le sirvieron de nada, no fue culpa suya, sino de una extremada y extraordinaria malignidad de la suerte ciega.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Alejandro VI quer\u00eda elevar a su hijo el duque a un gran dominio, y ve\u00eda, para ello, fuertes dificultades en lo presente y en lo futuro. Primeramente, no sab\u00eda c\u00f3mo hacerle se\u00f1or de un Estado que no perteneciera a la Iglesia, y cuando volv\u00eda sus miras hacia un Estado de la Iglesia preve\u00eda que el duque de Mil\u00e1n y los venecianos no consentir\u00edan en ello, pues Faenza y R\u00edmini, que \u00e9l quer\u00eda cederle ante todo, estaban ya bajo la protecci\u00f3n de los \u00faltimos. Ve\u00eda, adem\u00e1s, que los ej\u00e9rcitos de Italia, y especialmente aquellos de que le hubiera sido dable servirse, se hallaban en poder de los que deb\u00edan temer el engrandecimiento del Papa, y mal pod\u00eda fiarse de tales ej\u00e9rcitos, mandados todos por los Ursinos, por los Colonnas o por allegados suyos. Era menester, por tanto, que se turbase este orden de cosas y que se introdujera el desorden en los Estados de Italia, a fin de que le fuera posible apoderarse con seguridad de una parte de ellos. Y lo fue, a causa de encontrarse en una coyuntura en que, movidos de razones particulares, hab\u00edan decidido los venecianos conseguir que los franceses volvieran otra vez a Italia. No s\u00f3lo no se opuso a ello, sino que facilit\u00f3 semejante maniobra y se mostr\u00f3 favorable a Luis XII, al sentenciar la disoluci\u00f3n de su matrimonio con Juana de Francia, de suerte que aquel monarca lleg\u00f3 a Italia con la ayuda de los venecianos y con el consentimiento de Alejandro VI, y no bien hubo llegado a Mil\u00e1n, cuando el Papa obtuvo para \u00e9l algunas tropas para la empresa que hab\u00eda meditado sobre la Roma\u00f1a, la cual le fue cedida a causa de la reputaci\u00f3n cobrada por el rey. Habiendo por fin adquirido el duque aquella provincia, y aun derrotado a los Colonnas, quer\u00eda conservarla e ir adelante, pero se le presentaban dos obst\u00e1culos. El uno se hallaba en el ej\u00e9rcito de los Ursinos, de que se hab\u00eda servido, pero de cuya fidelidad desconfiaba, y el otro consist\u00eda en la oposici\u00f3n que Francia pod\u00eda hacer a ello. Por una parte, tem\u00eda que le faltasen las armas de los Ursinos, y que no s\u00f3lo le impidiesen seguir conquistando, sino que tambi\u00e9n le quitasen lo que ya hab\u00eda adquirido. Por otra parte, tem\u00eda que el rey de Francia siguiera a su respecto el mismo proceder que los Ursinos. Su recelo hacia los \u00faltimos se fundaba en que cuando, despu\u00e9s de haber tomado a Faenza asalt\u00f3 a Bolonia, los vio obrar con tibieza. En cuanto al monarca franc\u00e9s, comprendi\u00f3 lo que pod\u00eda esperar de \u00e9l cuando, despu\u00e9s de haberse apoderado del ducado de Urbino, atac\u00f3 a Toscana, pues aqu\u00e9l le hizo desistir de la empresa. En situaci\u00f3n semejante, resolvi\u00f3 el duque no depender m\u00e1s de la fortuna y de las armas ajenas, a cuyo efecto comenz\u00f3 debilitando hasta en Roma las facciones de los Ursinos y de los Colonnas, y ganando a cuantos nobles le eran adictos. Los hizo gentilhombres suyos, los honr\u00f3 con elevados empleos y les confi\u00f3, seg\u00fan sus prendas personales, varios mandos o gobiernos, con que extingui\u00f3 en ellos, a los pocos meses, el esp\u00edritu de facci\u00f3n a que se hallaban adheridos y su afecto se volvi\u00f3 por entero hacia el duque. Despu\u00e9s de esto, aceler\u00f3 la ocasi\u00f3n de arruinar a los Ursinos, no sin haber dispersado antes a los partidarios de los Colonnas, que se le tornaron favorables, y a quienes trat\u00f3 mejor. Habiendo advertido muy tarde los Ursinos que el poder del duque, y el del Papa como soberano, acarreaba su ruina, convocaron una Dieta en Magione, pa\u00eds de Perusa. De ello result\u00f3 contra el duque la rebeli\u00f3n de Ursino, como tambi\u00e9n los tumultos de la Roma\u00f1a en infinitos peligros para \u00e9l, dificultades todas que super\u00f3 con el auxilio de los franceses. Luego que hubo recuperado alguna consideraci\u00f3n, no fi\u00e1ndose ya de ellos, ni de las dem\u00e1s fuerzas que le eran extra\u00f1as, y no queriendo verse en la necesidad de probarlos de nuevo, recurri\u00f3 a la astucia y supo encubrir sus maniobras en grado tama\u00f1o que los Ursinos, por mediaci\u00f3n de Paulo, solicitaron una reconciliaci\u00f3n. No ahorr\u00f3 recursos serviciales para asegur\u00e1rselos, regal\u00e1ndoles caballos, dinero, trajes vistosos, y ello con tal suerte que, aprovech\u00e1ndose de la simplicidad de su confianza, acab\u00f3 por reducirlos a caer en su poder en Sinigaglia. Aprovech\u00f3 la coyuntura para destruir a sus jefes, convirti\u00f3 a los que les segu\u00edan en otros tantos amigos de su persona y proporcion\u00f3 as\u00ed una s\u00f3lida base a su dominaci\u00f3n sobre la Roma\u00f1a y sobre el ducado de Urbino, con lo cual se gan\u00f3 la voluntad de todos sus pueblos, que, bajo su gobierno, comenzaron a disfrutar de un bienestar por ellos hasta entonces desconocido. Y como esta parte de la vida del duque merece estudiarse, y aun imitarse por otros pr\u00edncipes, no quiero dejar de exponerla con alguna especificaci\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">No bien ocup\u00f3 la Roma\u00f1a, la hall\u00f3 mandada por se\u00f1ores inh\u00e1biles, que m\u00e1s hab\u00edan despojado que corregido a sus gobernados y que m\u00e1s hab\u00edan dado motivo a desuniones que a convergencias, por lo que en la provincia abundan los latrocinios, las contiendas y todo linaje de des\u00f3rdenes. Para remediar tama\u00f1os males estableci\u00f3 en ella la paz, la hizo obediente a su pr\u00edncipe, le impuso un Gobierno vigoroso, y envi\u00f3 all\u00ed por presidente a Ramiro d\u2019Orco, hombre severo y expeditivo, en quien deleg\u00f3 una autoridad casi ilimitada, y que en poco tiempo restableci\u00f3 el sosiego en la comarca, reconcili\u00f3 a los ciudadanos divididos y proporcion\u00f3 al duque una grande consideraci\u00f3n. M\u00e1s tarde, empero, juzg\u00f3 el duque que la desmesurada potestad de Ramiro no conven\u00eda all\u00ed ya, y temiendo que se tornara muy odiosa, erigi\u00f3 en el centro de la provincia un tribunal civil, presidido por un sujeto excelente, y en el que cada ciudad ten\u00eda su defensor. Le constaba, adem\u00e1s, que los rigores ejercidos por Orco hab\u00edan engendrado contra su propia persona sentimientos hostiles. Para desterrarlos del coraz\u00f3n de sus pueblos y ganarse la plena confianza de \u00e9stos, trat\u00f3 de persuadirles de que no deb\u00edan imput\u00e1rsele a \u00e9l aquellos rigores, sino al genio duro de su ministro. Y para acabar de convencerles de ello determin\u00f3 castigar al \u00faltimo, y una ma\u00f1ana mand\u00f3 dividirle en dos pedazos y mostrarle as\u00ed hendido en la plaza p\u00fablica de Cesena, con un cuchillo ensangrentado y un tajo de madera al lado. La ferocidad de espect\u00e1culo tan horrendo hizo que sus pueblos quedaran por alg\u00fan tiempo tan satisfechos como at\u00f3nitos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Pero volviendo al punto de que he partido, digo que al encontrarse el duque muy poderoso, asegurado de los peligros de entonces en gran parte, armado en la necesaria medida, libre de las armas, de los vecinos que pod\u00edan inferirle da\u00f1os, y ansioso de continuar sus conquistas, le restaba, con todo, el temor a Francia. Sabedor de que el rey de esta naci\u00f3n, que se hab\u00eda dado cuenta algo tard\u00edamente de sus propias torpezas, no permitir\u00eda que el duque se engrandeciese m\u00e1s, se ech\u00f3 a buscar nuevos amigos. Desde luego, tergivers\u00f3 con respecto a Francia cuando las tropas de esta naci\u00f3n marcharon hacia el reino de N\u00e1poles contra el ej\u00e9rcito espa\u00f1ol que sitiaba a Gaeta. Su intenci\u00f3n era asegurarse de ellas, y el acierto habr\u00eda sido r\u00e1pido si Alejandro VI hubiera vivido a\u00fan.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Tales fueron sus precauciones en las circunstancias del momento. En cuanto a las futuras tem\u00eda, ante todo, que el sucesor de Alejandro VI no le fuera favorable y que intentase arrebatarle lo que le hab\u00eda dado aqu\u00e9l. Para precaver este inconveniente ~ imagin\u00f3 cuatro recursos, conviene a saber: 1) extinguir las familias de los se\u00f1ores a quienes hab\u00eda despojado, a fin de quitar al Papa los socorros que ellos hubiesen podido suministrarle; 2) ganarse a todos los hidalgos de Roma, para oponerlos como freno al Pont\u00edfice, en la misma capital de sus Estados; 3) atraerse, hasta el l\u00edmite de lo posible, al sacro colegio de los cardenales; 4) adquirir, antes de la muerte de Alejandro VI, dominio tama\u00f1o, que se hallara en estado de resistir por s\u00ed mismo al primer asalto, cuando no existiera ya su padre. Practicados por el duque los tres primeros recursos, ten\u00eda conseguido su fin principal, al morir el Papa, y el cuarto estaba ejecut\u00e1ndolo. Hab\u00eda hecho perecer a cuantos pudo coger de aquellos se\u00f1ores a quienes despojara, y se le escaparon pocos. Hab\u00eda ganado a los hidalgos de Roma y adquirido grand\u00edsimo influjo en el sacro colegio. En cuanto a sus nuevas conquistas, despu\u00e9s de haber proyectado erigirse en se\u00f1or de la Toscana, ve\u00eda a Pisa bajo su protecci\u00f3n, y pose\u00eda a Perusa y a Biombino. Como tras ello no se cre\u00eda obligado a guardar m\u00e1s miramientos con los franceses, y de hecho no les guardaba ninguno, por haberles despojado los espa\u00f1oles del reino de N\u00e1poles, y porque unos y otros estaban forzados a solicitar su amistad, se echaba sobre Pisa, lo cual bastaba para que Luca y Siena le abriesen sus puertas, sea por celos contra los florentinos (que carec\u00edan de medios para evitarlo), sea por temor de la venganza suya. Si esta empresa le hubiera salido acertada, y si se hubiese puesto en ejecuci\u00f3n el a\u00f1o en que muri\u00f3 Alejandro VI, habr\u00eda adquirido tan grandes fuerzas y tanta consideraci\u00f3n que por s\u00ed mismo se hubiera sostenido, sin depender de la fortuna y del poder ajeno, pues todo ello depend\u00eda ya de su dominaci\u00f3n y de su talento. Pero Alejandro VI muri\u00f3 cinco a\u00f1os despu\u00e9s de haber comenzado el duque a desenvainar su espada y cuando s\u00f3lo el Estado de la Roma\u00f1a estaba consolidado. Los dem\u00e1s permanec\u00edan vacilantes e indecisos, hall\u00e1ndose, adem\u00e1s, el duque entre dos ej\u00e9rcitos enemigos muy poderosos y vi\u00e9ndose \u00faltimamente asaltado por una enfermedad mortal. Sin embargo, val\u00eda tanto, pose\u00eda tanta inteligencia, sab\u00eda tan bien c\u00f3mo puede ganarse o perderse la voluntad de los hombres, y se hab\u00eda creado en tan poco tiempo fundamentos tan s\u00f3lidos, que si no hubiera tenido por contrarios a aquellos ej\u00e9rcitos y le hubiesen ido mejor las cosas, habr\u00eda triunfado de todos los dem\u00e1s obst\u00e1culos. La prueba de que tales fundamentos eran buenos es perentoria, puesto que la Roma\u00f1a le aguard\u00f3 sosegadamente m\u00e1s de un mes, y, moribundo ya, no ten\u00eda nada que temer de Roma. Aunque los Ursinos, los Vitelis y los Vagniolis hab\u00edan ido all\u00ed, no emprendieron nada contra \u00e9l. Si no pudo hacer Papa a quien quer\u00eda, al menos impidi\u00f3 que lo fuese aquel a quien no quer\u00eda. Pero si al morir Alejandro VI hubiese gozado de robusta salud, habr\u00eda hallado facilidad para todo. El d\u00eda en que Julio II fue nombrado Papa me dijo que hab\u00eda calculado cuanto pod\u00eda acaecer una vez muerto su padre y hall\u00e1ndole anticipado remedio, pero que no hab\u00eda pensado en que pudiera morir \u00e9l mismo entonces.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Despu\u00e9s de haber resumido todas las acciones del duque y de haberlas comparado unas con otras, no me es posible condenarle, y aun me atrevo a proponerle por modelo a cuantos la fortuna o ajenas armas elevaron a la soberan\u00eda. Con las relevantes prendas que pose\u00eda y las profundas miras que abrigaba no pod\u00eda conducirse de diferente modo. No encontraron sus designios m\u00e1s impedimentos reales que la brevedad de la vida de su progenitor y su propia enfermedad. As\u00ed, el que en un principado nuevo necesite asegurarse de sus enemigos, ganarse amigos repetidamente, vencer por la fuerza o por el fraude, hacerse amar y temer de los pueblos, obtener el respeto y la fidelidad de los soldados, sustituir los antiguos estatutos por otros recientes, desembarazarse de los hombres que pueden perjudicarle, ser a la vez severo, agradable, magn\u00e1nimo y liberal, y conservar la amistad de los monarcas, de suerte que \u00e9stos le sirvan de buen grado, o no le ofendan m\u00e1s que con mucho miramiento: el que en tal caso se halle, no encontrar\u00e1 ejemplo m\u00e1s fehaciente que el proceder del duque, por lo menos hasta la muerte de su padre. Su pol\u00edtica cay\u00f3 luego en graves faltas, sobre todo cuando, al ser nombrado el sucesor de Alejandro VI, dej\u00f3 el duque hacer una elecci\u00f3n contraria a sus intereses en la persona de Julio II. No le era posible la creaci\u00f3n de un Papa de su gusto, pero teniendo como ten\u00eda la facultad de impedir que \u00e9ste o aqu\u00e9l fuesen Papas, no debi\u00f3 permitir nunca que se le confiriera el Pontificado a ninguno de los cardenales a quienes hab\u00eda ofendido, o que tuviesen motivo de temerle (los hombres ofenden por miedo o por odio), y que eran, entre otros, los de San Pedro, San Jorge, Colonna y Ascagne. Elevados una vez todos los dem\u00e1s al Pontificado, estaban en el caso de temerle, excepto el cardenal de Ru\u00e1n, a causa de su fuerza, puesto que contaba con el apoyo del reino de Francia, y con los cardenales espa\u00f1oles, con los que se hab\u00eda aliado, y a los que hab\u00eda hecho varios favores. Por ende, el duque debi\u00f3 ante todo, conseguir que el Papa hubiera sido un espa\u00f1ol, y, a no lograrlo, debi\u00f3 permitir que se eligiese al cardenal de Ru\u00e1n, y no al de San Pedro. Cualquiera que crea que los nuevos beneficios hacen olvidar a los eminentes personajes las antiguas injurias, camina errado. De donde se infiere que, en aquella elecci\u00f3n, el duque cometi\u00f3 una falta, y tan grave, que ocasion\u00f3 su ruina.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap8\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO VIII<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DE LOS QUE LLEGARON A PR\u00cdNCIPES POR MEDIO DE MALDADES<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Supuesto que aquel que de simple particular asciende a pr\u00edncipe, lo puede hacer todav\u00eda de otros dos modos, sin deberlo todo al valor o a la fortuna, no conviene omita yo tratar de uno y de otro de esos dos modos, aun reserv\u00e1ndome discurrir con m\u00e1s extensi\u00f3n sobre el segundo, al ocuparme de las rep\u00fablicas. El primero es cuando un hombre se eleva al principado por una v\u00eda malvada y detestable, el segundo cuando se eleva con el favor de sus conciudadanos. En cuanto al primer modo, la historia presenta dos ejemplos notables: uno antiguo y otro moderno. Me ce\u00f1ir\u00e9 a citarlos, sin profundizar demasiado la cuesti\u00f3n, porque soy de parecer que ense\u00f1an bastante por s\u00ed solos si cualquiera estuviese en el caso de imitarlos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">El primer ejemplo es el del siciliano Ag\u00e1tocles, quien, habiendo nacido en una condici\u00f3n, no s\u00f3lo com\u00fan y ordinaria, mas tambi\u00e9n baja y vil, lleg\u00f3 a empu\u00f1ar, sin embargo, el cetro de Siracusa. Hijo de un alfarero, hab\u00eda llevado en todas las circunstancias una conducta reprensible. Pero sus perversas acciones iban acompa\u00f1adas de tanto vigor de cuerpo y de tanta fortaleza de \u00e1nimo, que habi\u00e9ndose dedicado a la profesi\u00f3n de las armas, ascendi\u00f3, por los diversos grados de la milicia, hasta el de pretor de Siracusa. Luego que se vio elevado a este puesto resolvi\u00f3 hacerse pr\u00edncipe, y retener con violencia, sin deb\u00e9rselo a nadie, la dignidad que le hab\u00eda concedido el libre consentimiento de sus conciudadanos. Despu\u00e9s de haberse entendido sobre el asunto con el general cartagin\u00e9s Am\u00edlcar, que estaba en Sicilia con su ej\u00e9rcito, junt\u00f3 una ma\u00f1ana al Senado<em> <\/em>y al pueblo en Siracusa, como si tuviera que deliberar con ellos sobre cosas importantes para la rep\u00fablica y, dando en aquella asamblea a los soldados la se\u00f1al convenida, les mand\u00f3 matar a todos los senadores y a los ciudadanos m\u00e1s ricos que all\u00ed se hallaban. Librado de ambos estorbos de su ambici\u00f3n, ocup\u00f3 y conserv\u00f3 el principado de Siracusa, sin que se encendiera contra \u00e9l ninguna guerra civil. Aunque despu\u00e9s fue dos veces derrotado, y aun sitiado, por los cartagineses, no solamente pudo defender su ciudad, sino que, adem\u00e1s, dej\u00f3 una parte de sus tropas custodi\u00e1ndola, y march\u00f3 a actuar a \u00c1frica con otra. De esta suerte, en poco tiempo libr\u00f3 a la cercada Siracusa, y puso en tal aprieto a los cartagineses, que se vieron forzados a tratarle de potencia a potencia, se contentaron con la posesi\u00f3n de \u00c1frica, y le abandonaron enteramente a Sicilia. Donde se advierte, reflexionando sobre la decisi\u00f3n y las haza\u00f1as de Ag\u00e1tocles, que nada o casi nada puede atribuirse a la fortuna. No por el favor ajeno, como indiqu\u00e9 m\u00e1s arriba, sino por medio de los grados militares, adquiridos a costa de muchas fatigas y de muchos riesgos, consigui\u00f3 la soberan\u00eda, y, si se mantuvo en ella merced a multitud de acciones temerarias, pero llenas de resoluci\u00f3n, no cabe, ciertamente, aprobar lo que hizo para lograrla. La traici\u00f3n de sus amigos, la matanza de sus conciudadanos, su absoluta falta de religi\u00f3n, son, en verdad, recursos con los que se llega a adquirir el dominio, mas nunca gloria. No obstante, si consideramos el valor de Ag\u00e1tocles en la manera como arrostr\u00f3 los peligros y sali\u00f3 triunfante de ellos, y la sublimidad de su alma en soportar y en vencer los acontecimientos que le eran m\u00e1s adversos, no vemos por qu\u00e9 conceptuarle como inferior al mayor campe\u00f3n de diferente especie moral a la suya. Por desdicha, su inhumanidad despiadada y su crueldad feroz son maldades evidentes que no permiten alabarle, como si mereciera ocupar un lugar eminente entre los hombres insignes. Pero repito que no puede atribuirse a su valor o a su fortuna lo que adquiri\u00f3 sin el uno y sin la otra.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">El segundo ejemplo, m\u00e1s inmediato a nuestros tiempos, es el de Oliverot de Fermo. Educado en su ni\u00f1ez por su t\u00edo materno, Juan Fogliani, fue colocado por \u00e9ste m\u00e1s tarde en la tropa del capit\u00e1n Pablo Viteli, a fin de que all\u00ed llegase, bajo semejante maestro, a alguna alta graduaci\u00f3n en las armas. Habiendo muerto despu\u00e9s Pablo, y sucedi\u00e9ndole en el mando su hermano Viteloro, a sus \u00f3rdenes pele\u00f3 Oliverot, y como, am\u00e9n de robusto y valiente, era inteligent\u00edsimo, lleg\u00f3 a ser en breve plazo el primer hombre de su ej\u00e9rcito. Juzgando entonces cosa servil su permanencia en \u00e9l, confundido entre el vulgo de los capitanes, concibi\u00f3 el proyecto de apoderarse de Fermo, con ayuda de Viteloro y de algunos ciudadanos de aquella ciudad que amaban m\u00e1s la esclavitud que la libertad de su pa\u00eds. Para mejor llevar a cabo su plan escribi\u00f3, ante todo, a su t\u00edo Juan Fogliani. En la carta le dec\u00eda ser muy natural, al cabo de tan prolongada ausencia, que quisiera abrazarle, ver de nuevo su patria, volver a Fermo y reconocer en alg\u00fan modo su patrimonio. Le a\u00f1ad\u00eda que, en efecto, regresaba, pero que, no habi\u00e9ndose fatigado, durante tan larga separaci\u00f3n, m\u00e1s que para adquirir alg\u00fan honor y deseando mostrar a sus compatriotas que no hab\u00eda perdido el tiempo en tal respecto, cre\u00eda deber presentarse con cierto atuendo, acompa\u00f1ado de amigos suyos, de varios servidores y de cien soldados de a caballo. Por ende, le rogaba hiciera de modo que los ciudadanos de Fermo le acogiesen con distinci\u00f3n \u00ab<em>atendiendo a que semejante recibimiento no s\u00f3lo le honrar\u00eda a \u00e9l mismo, sino que redundar\u00eda tambi\u00e9n en gloria del t\u00edo, su segundo padre y su primer preceptor<\/em>\u00bb. Juan no dej\u00f3 de hacer los favores que solicitaba, y a los que le parec\u00eda ser acreedor su sobrino. Procur\u00f3 que los ciudadanos de Fermo le recibiesen con gran honra, y le aloj\u00f3 en su palacio. Oliverot, luego de haberlo dispuesto todo para la maldad que hab\u00eda premeditado, dio en el palacio un espl\u00e9ndido banquete, al que invit\u00f3 a Juan Fogliani y a las personas de m\u00e1s viso de la poblaci\u00f3n. Al final del convite, y cuando conforme al uso de entonces, se depart\u00eda sobre cosas de que se habla com\u00fanmente en la mesa, Oliverot hizo recaer diestramente la conversaci\u00f3n sobre la grandeza de Alejandro VI y de su hijo C\u00e9sar Borgia, como asimismo sobre sus empresas. Mientras \u00e9l respond\u00eda a los discursos de los otros, y los otros contestaban a los suyos, se levant\u00f3 de repente, manifestando ser aquella una materia de que no deb\u00eda hablarse m\u00e1s que en apartado sitio, y se retir\u00f3 a un cuarto particular, al que Fogliani y las dem\u00e1s personas de viso le siguieron. Apenas se hubieron sentado all\u00ed cuando, por salidas ignoradas de ellos, entraron diversos soldados, que los degollaron a todos, sin perdonar a Fogliani. Terminada la matanza, Oliverot mont\u00f3 a caballo, recorri\u00f3 la ciudad, fue a sitiar al primer magistrado en su propio alc\u00e1zar, y los habitantes de Fermo, pose\u00eddos de s\u00fabito e inaudito temor, se vieron obligados a obedecerle, y a formar un nuevo Gobierno, del que se constituy\u00f3 soberano. Desembarazado por tal arte de todos aquellos hombres cuyo descontento pod\u00eda serle fatal, fortific\u00f3 su autoridad con nuevos estatutos civiles y militares, de suerte que, por espacio del a\u00f1o que conserv\u00f3 su soberan\u00eda, no s\u00f3lo se mantuvo seguro en la ciudad de Fermo, sino que adem\u00e1s, se hizo respetar y temer de sus vecinos, y hubiera sido tan perdurable como Ag\u00e1tocles, si no se hubiese dejado enga\u00f1ar por C\u00e9sar Borgia, cuando, en Sinigaglia, sorprendi\u00f3 \u00e9ste, como indiqu\u00e9 ya, a los Ursinos y a los Vitelios. Aprehendido con \u00e9stos el propio Oliverot en aquella ocasi\u00f3n, un a\u00f1o despu\u00e9s de su parricidio, le ahorcaron en compa\u00f1\u00eda de Viterolo, que hab\u00eda sido su mentor de audacia y de maldad.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Podr\u00eda preguntarse por qu\u00e9 Ag\u00e1tocles, Oliverot y alg\u00fan otro de la misma especie lograron, a pesar de tantas traiciones y de tama\u00f1as crueldades, vivir largo tiempo seguros en su patria, y defenderse de los enemigos exteriores, sin seguir siendo traidores y crueles. Tambi\u00e9n podr\u00eda preguntarse por qu\u00e9 sus conciudadanos no se conjuraron nunca contra ellos, al paso que otros, empleando iguales recursos no consiguieron conservarse jam\u00e1s en sus Estados, ni en tiempo de paz, ni en tiempo de guerra. Creo que esto dimana del uso bueno o malo que se hace de la traici\u00f3n y de la crueldad. Perm\u00edtame llamar buen uso de los actos de rigor el que se ejerce con brusquedad, de una vez y \u00fanicamente por la necesidad de proveer a la seguridad propia, sin continuarlos luego, y tratando a la vez de encaminarlos cuanto sea posible a la mayor utilidad de los gobernados. Los actos de severidad mal usados son aquellos que, pocos al principio, van aument\u00e1ndose y se multiplican de d\u00eda en d\u00eda, en vez de disminuirse y de atenerse a su primitiva finalidad. Los que se atienen al primer m\u00e9todo, pueden, con los auxilios divinos y humanos, remediar, como Ag\u00e1tocles, su situaci\u00f3n, en tanto que los dem\u00e1s no es posible que se mantengan. Es menester, pues, que el que adquiera un Estado ponga atenci\u00f3n en los actos de rigor que le es preciso ejecutar, a ejercerlos todos de una sola vez e inmediatamente, a fin de no verse obligado a volver a ellos todos los d\u00edas, y poder, no renov\u00e1ndolos, tranquilizar a sus gobernados, a los que ganar\u00e1 despu\u00e9s f\u00e1cilmente, haci\u00e9ndoles bien. El que obra de otro modo, por timidez o guiado por malos consejos, se ve forzado de continuo a tener la cuchilla en la mano, y no puede contar nunca con sus s\u00fabditos, porque estos mismos, que le saben obligado a proseguir y a reanudar los actos de severidad, tampoco pueden estar jam\u00e1s seguros con \u00e9l. Precisamente porque semejantes actos han de ejecutarse todos juntos porque ofenden menos, si es menor el tiempo que se tarda en pensarlos; los beneficios, en cambio, han de hacerse poco a poco, a fin de que haya lugar para saborearlos mejor. As\u00ed, un pr\u00edncipe debe, ante todas las cosas, conducirse con sus s\u00fabditos de modo que ninguna contingencia, buena o mala, le haga variar, dado que, si sobrevinieran tiempos dif\u00edciles y penosos, no le quedar\u00eda ya ocasi\u00f3n para remediar el mal, y el bien que hace entonces no se convierte en provecho suyo, pues lo miran como forzoso, y no s\u00e9 lo agradecen.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap9\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO IX<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DEL PRINCIPADO CIVIL<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Vengamos al segundo modo con que un particular llega a hacerse pr\u00edncipe, sin valerse de nefandos cr\u00edmenes, ni de intolerables violencias. Es cuando, con el auxilio de sus conciudadanos, llega a reinar en su patria. A este principado lo llamo civil. Para adquirirlo, no hay necesidad alguna de cuanto el valor o la fortuna pueden hacer sino m\u00e1s bien de cuanto una acertada astucia puede combinar. Pero nadie se eleva a esta soberan\u00eda sin el favor del pueblo o de los grandes. En toda ciudad existen dos inclinaciones diversas, una de las cuales proviene de que el pueblo desea no ser dominado y oprimido por los grandes, y la otra de que los grandes desean dominar y oprimir al pueblo. Del choque de ambas inclinaciones dimana una de estas tres cosas: o el establecimiento del principado, o el de la rep\u00fablica, y el de la licencia y la anarqu\u00eda. En cuanto al principado, su establecimiento se promueve por el pueblo o por los grandes, seg\u00fan que uno u otro de estos dos partidos tengan ocasi\u00f3n para ello. Si los grandes ven que no les es posible resistir al pueblo, comienzan por formar una gran reputaci\u00f3n a uno de ellos y, dirigiendo todas las miradas hacia \u00e9l, acaban por hacerle pr\u00edncipe, a fin de poder dar a la sombra de su soberan\u00eda, rienda suelta a sus deseos. El pueblo procede de igual manera con respecto a uno solo, si ve que no les es posible resistir a los grandes, a fin de que le proteja con su autoridad.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">El que consigue la soberan\u00eda con el auxilio de los grandes se mantiene en ella con m\u00e1s dificultad que el que la consigue con el del pueblo, porque, desde que es pr\u00edncipe, se ve cercado de muchas personas que se tienen por iguales a \u00e9l, no puede mandarlas y manejarlas a su discreci\u00f3n. Pero el que consigue la soberan\u00eda con el auxilio del pueblo se halla solo en su exaltaci\u00f3n y, entre cuantos le rodean no encuentra ninguno, o encuentra poqu\u00edsimos que no est\u00e9n prontos a obedecerle. Por otra parte, es dif\u00edcil, con decoro y sin agraviar a los otros, contentar los deseos de los grandes. Pero se contentan f\u00e1cilmente los del pueblo, porque los deseos de \u00e9ste llevan un fin m\u00e1s honrado que el de los grandes en atenci\u00f3n a que los grandes quieren oprimir, el pueblo s\u00f3lo quiere no ser oprimido.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">A\u00f1\u00e1dase a lo dicho que si el pueblo es enemigo del pr\u00edncipe, \u00e9ste no se ver\u00e1 jam\u00e1s seguro, pues el pueblo se compone de un n\u00famero grand\u00edsimo de hombres, mientras que, siendo poco numerosos los grandes, es posible asegurarse de ellos m\u00e1s f\u00e1cilmente. Lo peor que el pr\u00edncipe puede temer de un pueblo que no le ama, es ser abandonado por \u00e9l. Pero, si le son contrarios los grandes, debe temer no s\u00f3lo verse abandonado sino tambi\u00e9n atacado y destruido por ellos, que teniendo m\u00e1s previsi\u00f3n y m\u00e1s astucia que el pueblo, emplean bien el tiempo para salir del apuro, y solicitan dignidades de aquel que esperan ver sustituir al pr\u00edncipe reinante. Adem\u00e1s, el pr\u00edncipe se ve obligado a vivir siempre con un mismo pueblo, al paso que le es factible obrar sin unos mismos grandes, puesto que est\u00e1 en su mano hacer otros nuevos y deshacerlos todos los d\u00edas, como tambi\u00e9n darles cr\u00e9dito, o quitarles el de que gozan, cuando le venga en gana.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Para aclarar m\u00e1s lo relativo a los grandes, digo que deben considerarse en dos aspectos principales: o se conducen de modo que se unan en un todo con la fortuna o proceden de modo que se pasen sin ella. Los primeros, si no son rapaces deben ser estimados y honrados. Los segundos, que no se ligan al pr\u00edncipe personalmente, pueden considerarse en otros dos aspectos. Unos obran as\u00ed por pusilanimidad o falta de \u00e1nimo, y entonces el pr\u00edncipe debe servirse de ellos como de los primeros, especialmente cuando le den buenos consejos, porque le son fieles en la prosperidad e inofensivos en la adversidad. Pero los que obran por c\u00e1lculo o por ambici\u00f3n, manifiestan que piensan m\u00e1s en \u00e9l que en su soberano,<em> <\/em>y \u00e9ste debe prevenirse contra ellos y mirarlos como a enemigos declarados, porque en la adversidad ayudar\u00e1n a hacerle caer.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Un ciudadano llegado a pr\u00edncipe por el favor del pueblo ha de tender a conservar su afecto, lo cual es f\u00e1cil, ya que el pueblo pide \u00fanicamente no ser oprimido. Pero el que lleg\u00f3 a ser pr\u00edncipe con el auxilio de los grandes y contra el voto del pueblo, ha de procurar concili\u00e1rselo, tom\u00e1ndolo bajo su protecci\u00f3n. Cuando los hombres reciben bien de quien no esperan m\u00e1s que mal, se apoyan m\u00e1s y m\u00e1s en \u00e9l. As\u00ed, el pueblo sometido por un pr\u00edncipe nuevo, que se erige en bienhechor suyo, le coge m\u00e1s afecto que si \u00e9l mismo, por benevolencia, le hubiera elevado a la soberan\u00eda. Luego el pr\u00edncipe puede captarse al pueblo de varios modos, pero tan numerosos y dependientes de tantas circunstancias variables, que me es imposible formular una regla fija y cierta sobre el asunto, y me limito a insistir en que es necesario que el pr\u00edncipe posea el afecto del pueblo, sin lo cual carecer\u00e1 de apoyo en la adversidad. Nabis, pr\u00edncipe nuevo entre los espartanos, resisti\u00f3 el sitio de todas las tropas griegas y de un ej\u00e9rcito romano curtido en las victorias y resisti\u00f3 f\u00e1cilmente contra ambas fuerzas su patria y su Estado, por bastarle, al acercarse el peligro, asegurarse de un corto n\u00famero de enemigos interiores. Pero no hubiera logrado tama\u00f1os triunfos, si hubiera tenido al pueblo por enemigo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Y no se crea impugnar la opini\u00f3n que estoy sentando aqu\u00ed con objetarme el tan repetido adagio de que quien f\u00eda en el pueblo edifica sobre arena. Confieso ser esto verdad para un ciudadano privado que, satisfecho con semejante fundamento, creyera que el pueblo le librar\u00eda, si le viera oprimido por sus enemigos o por los magistrados. En tal caso, podr\u00eda enga\u00f1arse a menudo en sus esperanzas, como ocurri\u00f3 a los Gracos en Roma, y a Jorge Scali en Florencia. Pero, si el que se funda en el pueblo, es pr\u00edncipe suyo, y puede mandarle, y es hombre de coraz\u00f3n, no se atemorizar\u00e1 en la adversidad. Como haya tomado las disposiciones oportunas y mantenido, con sus estatutos y con su valor, el de la generalidad de los ciudadanos, no ser\u00e1 enga\u00f1ado jam\u00e1s por el pueblo, y reconocer\u00e1 que los fundamentos que se ha formado con \u00e9ste, son buenos. Porque las soberan\u00edas de esta clase s\u00f3lo peligran cuando se las hace subir del orden civil al de una monarqu\u00eda absoluta, en que el pr\u00edncipe manda por s\u00ed mismo, o por intermedio de sus magistrados. En el \u00faltimo caso, su situaci\u00f3n es m\u00e1s d\u00e9bil y m\u00e1s temerosa, por depender enteramente de la voluntad de los que ejercen las magistraturas, y que pueden arrebatarle sin gran esfuerzo el Estado, ya sublev\u00e1ndose contra \u00e9l, ya no obedeci\u00e9ndole. En los peligros, semejante pr\u00edncipe no encuentra ya raz\u00f3n para recuperar su omn\u00edmoda autoridad por cuanto los s\u00fabditos, acostumbrados a recibir las \u00f3rdenes directamente de los magistrados, no est\u00e1n dispuestos, en tales circunstancias criticas, a obedecer a las suyas y, en tiempos tan dudosos, carece siempre de gentes en quienes pueda fiarse. No se halla en el caso de los momentos pac\u00edficos, en que los ciudadanos necesitan del Estado, porque entonces todos se mueven, prometen y quieren morir por \u00e9l, en atenci\u00f3n a que ven la muerte remota. Pero en \u00e9pocas revueltas, cuando el Estado m\u00e1s necesita de los ciudadanos, son poqu\u00edsimos los que le secundan. Y la experiencia es tanto m\u00e1s peligrosa, cuanto que no cabe hacerla m\u00e1s que una vez. Por ende, un soberano prudente debe imaginar un m\u00e9todo por el que sus gobernados tengan de continuo, en todo evento y en circunstancia de cualquier \u00edndole, una necesidad grand\u00edsima de su principado. Es el medio m\u00e1s seguro de hac\u00e9rselos fieles para siempre.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap10\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO X<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">C\u00d3MO DEBEN MEDIRSE LAS FUERZAS DE LOS PRINCIPADOS<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">O el principado es bastante grande para que en \u00e9l halle el soberano, en caso necesario, con qu\u00e9 sostenerse por s\u00ed mismo, o es tal que, en el mismo caso, se vea obligado a implorar el auxilio ajeno. Pueden los pr\u00edncipes sostenerse por s\u00ed mismos cuando tienen suficientes hombres y dinero para formar el correspondiente ej\u00e9rcito, con que presentar batalla a cualquiera que vaya a atacarlos, y necesitan de otros los que, no pudiendo salir a campa\u00f1a contra los enemigos, se encuentran obligados a encerrarse dentro de sus muros, y limitarse a defenderlos. Se habl\u00f3 ya del primer caso y a\u00fan se volver\u00e1 sobre \u00e9l, cuando se presente ocasi\u00f3n oportuna. En cuanto al segundo caso, no puedo menos de alentar a semejantes pr\u00edncipes a fortificar la ciudad de su residencia, sin inquietarse por las restantes del pa\u00eds. Cualquiera que haya artillado fuertemente el lugar de su mansi\u00f3n y se haya portado bien con sus s\u00fabditos, no ser\u00e1 atacado nunca sino con mucha circunspecci\u00f3n, porque los hombres miran siempre con cautela suma las empresas que les ofrecen dificultades, y no cabe esperar un f\u00e1cil triunfo cercando o asaltando la ciudad de un pr\u00edncipe que la ha fortalecido en buenas condiciones y que cuenta con el amor de su pueblo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Las ciudades de Alemania son muy libres; tienen en sus alrededores poco territorio que les pertenezca; obedecen al emperador a la medida de su gusto; no le temen a \u00e9l, ni a ning\u00fan otro potentado, a causa de la solidez de sus murallas, por lo que los agresores temen perder mucho tiempo, y hasta sufrir un descalabro, si toman la ofensiva contra ellas. Todas tienen fosos, muros muy fuertes, ca\u00f1ones en abundancia, y conservan en sus almacenes, bodegas y habitaciones, vituallas bastantes para comer, beber y encender fuego durante un a\u00f1o. Fuera de esto, y a fin de alimentar suficientemente al populacho, no les falta con qu\u00e9 darle trabajo, tambi\u00e9n por espacio de un a\u00f1o, en aquellas obras p\u00fablicas que son el nervio y el alma de toda ciudad, y se cuidan con esmero de que los servicios militares est\u00e9n continuamente en vigor. As\u00ed, un pr\u00edncipe que posee por punto de residencia una plaza fuerte y se hace amar dentro de ella, dif\u00edcilmente ser\u00e1 sitiado, y si lo fuera, el que lo intentase acabar\u00eda por levantar el cerco con oprobio. Son tan variables las cosas terrenas, que es casi imposible que el que ataca, si se ve llamado a su pa\u00eds por alguna inevitable vicisitud de sus Estados, permanezca un a\u00f1o rondando con su ej\u00e9rcito, ante unos muros muy fuertes, que no le es posible asaltar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Si alguien objetare que, en el caso de que, teniendo un pueblo sus posesiones afuera, las viera quemar, perder\u00eda la paciencia, y su inter\u00e9s le har\u00eda olvidar el de su pr\u00edncipe, responder\u00e9 que un monarca poderoso y valiente superar\u00e1 siempre esas dificultades, ya dando esperanzas a sus gobernados de que el mal no durar\u00e1 mucho, ya amenaz\u00e1ndoles con las represalias y crueldades que cometer\u00eda el enemigo, ya, en fin, poniendo a buen recaudo a aquellos s\u00fabditos que le pareciesen muy osados en sus quejas. Aparte lo cual, habiendo el enemigo, desde su llegada, incendiado y devastado el pa\u00eds, cuando estaban los sitiados en el ardor de la defensa, el pr\u00edncipe debe abrigar tanta menos desconfianza despu\u00e9s, cuanto que, pasados varios d\u00edas, los \u00e1nimos se habr\u00e1n enfriado, los males se habr\u00e1n sufrido, los da\u00f1os estar\u00e1n hechos, y no quedar\u00e1 ya remedio alguno. Los ciudadanos entonces se unir\u00e1n mejor a \u00e9l, precisamente porque ha contra\u00eddo con ellos una nueva obligaci\u00f3n, a consecuencia de haberse arruinado sus casas y sus posesiones en defensa suya. La naturaleza de los hombres es de obligarse unos a otros, lo mismo por los beneficios que conceden que por los que reciben. De donde es preciso concluir que, consider\u00e1ndolo todo bien, no le es dif\u00edcil a un pr\u00edncipe prudente, desde el comienzo hasta el final de un sitio, conservar inclinados a su persona los \u00e1nimos de sus conciudadanos, si no les falta con qu\u00e9 vivir, ni con qu\u00e9 defenderse.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap11\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO XI<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DE LOS PRINCIPADOS ECLESI\u00c1STICOS<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">R\u00e9stame hablar ahora de los principados eclesi\u00e1sticos, en cuya adquisici\u00f3n y posesi\u00f3n no existe ninguna dificultad, pues no se requiere al efecto, ni de valor, ni de buena fortuna. Tampoco su conservaci\u00f3n y mantenimiento necesita de una de ambas cosas, o de las dos reunidas, por cuanto el pr\u00edncipe se sostiene en ellos por ministerio de instituciones que, fundadas de inmemorial, son tan poderosas, y poseen tales propiedades, que la aferran a su Estado, de cualquier modo que proceda y se conduzca. \u00danicamente estos pr\u00edncipes tienen Estados sin verse obligados a defenderlos. y s\u00fabditos, sin experimentar la molestia de gobernarlos. Los Estados, aunque indefensos, no les son arrebatados, y los s\u00fabditos, aun careciendo de Gobierno, no se preocupan de ello lo m\u00e1s m\u00ednimo, ni piensan en mudar de soberano en modo alguno y ni siquiera podr\u00edan hacerlo, por lo cual semejantes principados son los \u00fanicos en que reinan la prosperidad y la seguridad. Pero, como son gobernados por causas superiores, a que la raz\u00f3n no alcanza, los pasar\u00e9 en silencio. \u00bfNo habr\u00eda temeridad presuntuosa en discurrir sobre unas soberan\u00edas establecidas y conservadas por Dios mismo? Sin embargo, alguien me preguntar\u00e1 la causa de que la Iglesia romana se haya elevado, aun en las cosas temporales, a tan superior grandeza como la que contemplamos hoy. Porque, antes del Papa Alejandro VI, la dominaci\u00f3n pontificia era tan limitada que no ya los potentados italianos, sino el m\u00e1s modesto bar\u00f3n y el m\u00e1s humilde se\u00f1or hac\u00edan escaso aprecio de ella en las cosas temporales, mientras que ahora arruina a Venecia y atemoriza a todo un rey de Francia, hasta el punto de echarle de la pen\u00ednsula. Y, por muy conocidos que estos hechos sean, no juzgo in\u00fatil representarlos con toda puntualidad.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Con anterioridad a la venida del monarca franc\u00e9s Carlos VIII a Italia, \u00e9sta se hallaba pol\u00edticamente distribuida en cinco nacionalidades: Estados Pontificios, Venecia, reino de N\u00e1poles, ducado de Mil\u00e1n y Florencia. Los soberanos de los tres \u00faltimos principados s\u00f3lo cuidaban de dos cosas: que ning\u00fan extranjero trajese ej\u00e9rcitos a Italia, y que ninguno de los grupos pol\u00edticos de \u00e9sta se engrandeciera a costa de los otros. Aquellos contra quienes m\u00e1s les importaba tomar tales precauciones, eran los venecianos y el Papa. Para contener a los venecianos se requer\u00eda la uni\u00f3n de los dem\u00e1s grupos, y, para contener al Papa, los soberanos en cuesti\u00f3n se val\u00edan de los barones de Roma, que, por hallarse divididos en dos facciones, la de los Ursinos y la de los Colonnas, hallaban incesantes motivos de disputa y desenvainaban la espada unos contra otros a la vista misma del Pont\u00edfice, a quien inquietaban continuamente, de donde resultaba que la potestad temporal de la Santa Sede permanec\u00eda siempre d\u00e9bil y vacilante. Y, por m\u00e1s que a veces sobreviniese un Papa de recio temple, como Sixto IV, ni la energ\u00eda ni el genio de alguno de estos excepcionales representantes suyos pod\u00edan desembarazarle del obst\u00e1culo de referencia, a causa de la breve duraci\u00f3n de su mandato. Sobre diez a\u00f1os, uno con otro, reinaba cada Papa y por muchas molestias que se tomaran, no les era posible abatir una de aquellas facciones. Si uno de ellos, por ejemplo, consegu\u00eda extinguir la de los Colonnas, otro la resucitaba, por ser enemigo de los Ursinos, no qued\u00e1ndole ya suficiente tiempo para aniquilarlos despu\u00e9s, con lo que suced\u00eda que hac\u00edan poco caso de las fuerzas temporales del Papa en Italia. Pero se present\u00f3 Alejandro VI, el cual, mejor que sus predecesores, demostr\u00f3 hasta qu\u00e9 punto le era dable a un Papa, con su dinero y con sus fuerzas, triunfar de los dem\u00e1s pr\u00edncipes. Tomando por instrumento a su hijo C\u00e9sar Borgia, duque de Valentinois, y aprovechando la ocasi\u00f3n del paso de los franceses, ejecut\u00f3 cuantas cosas llevo referidas al hablar de las acciones de dicho duque. Bien que su intenci\u00f3n no hubiese sido aumentar los dominios de la Iglesia, sino \u00fanicamente proporcionar otros grand\u00edsimos a su hijo, ocasion\u00f3 el engrandecimiento del Papa, que a la muerte del duque, hered\u00f3 el fruto de sus guerras. Cuando luego advino Julio II al Solio Pontificio, encontr\u00f3 a la Iglesia muy poderosa y en posesi\u00f3n de toda la Roma\u00f1a. Los barones de Roma carec\u00edan de fuerza, porque Alejandro VI, con los diferentes modos de lograr la derrota de sus facciones, los hab\u00eda destruido. Julio II hall\u00f3 tambi\u00e9n abierto el camino para atesorar, por algunos medios que Alejandro VI no hab\u00eda puesto en pr\u00e1ctica nunca. No s\u00f3lo sigui\u00f3 el curso trazado por \u00e9ste, sino que, adem\u00e1s, form\u00f3 el designio de conquistar a Bolonia, reducir a los venecianos y arrojar de Italia a los franceses, empresas todas que le salieron bien, y con tanta m\u00e1s gloria para \u00e9l mismo, cuanto que llevaban la mira de acrecentar el patrimonio de la Iglesia, y no el de ning\u00fan particular. Am\u00e9n de esto, mantuvo las facciones de los Ursinos y de los Colonnas en los mismos t\u00e9rminos en que las hall\u00f3, y, aunque hab\u00eda en ellas algunos jefes capaces de turbar el Estado, permanecieron sumisos, porque les ten\u00eda espantado el poder de la Iglesia, y no hab\u00eda, en el Sacro Colegio, cardenales que fuesen de sus familias, lo que era causa de sus disensiones. Tales facciones no se sosegar\u00e1n mientras cuenten con algunos cardenales, por ser \u00e9stos los que mantienen, en Roma y fuera de ella, unos partidos que sus deudos se ven obligados a defender, y as\u00ed es como las discordias y las guerras entre los barones dimanan de la ambici\u00f3n de dichos prelados. Por ende, al suceder Le\u00f3n X a Julio II, hall\u00f3 al Papado elevado a un alt\u00edsimo grado de dominaci\u00f3n, y hay motivos para esperar que, si sus predecesores lo engrandecieron con las armas, el nuevo Pont\u00edfice lo engrandecer\u00e1 m\u00e1s a\u00fan, y le har\u00e1 venerar, con su ingenio, con su cultura, con su bondad y con las infinitas virtudes que sobresalen en su persona.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap12\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO XII<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DE LAS DIFERENTES CLASES DE MILICIA Y DE LOS SOLDADOS MERCENARIOS<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Despu\u00e9s de haber hablado en particular de todas las especies de principados, sobre las cuales me hab\u00eda propuesto discurrir, considerando, en algunos aspectos, las causas de su buena o mala constituci\u00f3n y mostrando los medios con que muchos soberanos trataron de adquirirlos y de conservarlos, me resta ahora reflexionar acerca de los ataques y de las defensas que pueden ocurrir en cada uno de los Estados de que llevo hecha menci\u00f3n. Porque los principales fundamentos de todos los Estados, ya antiguos, ya nuevos, ya mixtos, est\u00e1n en las armas y en las leyes, y, como no se conciben leyes malas a base de armas buenas, dejar\u00e9 a un lado las leyes y me ocupar\u00e9 de las armas. Empero, las armas con que un pr\u00edncipe defiende su Estado pueden ser tropas propias, o mercenarias, o auxiliares, o mixtas, y me ocupar\u00e9 por separado de cada una de ellas. Las mercenarias y auxiliares son in\u00fatiles y peligrosas. Si un pr\u00edncipe apoya su Estado en tropas mercenarias, no se hallar\u00e1 seguro nunca, por cuanto esas tropas, carentes de uni\u00f3n, ambiciosas, indisciplinadas, infieles, fanfarronas en presencia de los amigos y cobardes frente a los enemigos, no tienen temor de Dios, ni buena fe con los hombres. Si un pr\u00edncipe, con semejantes tropas, no queda vencido, es \u00fanicamente cuando no hay todav\u00eda ataque. En tiempo de paz, despojan al pr\u00edncipe, y, en el de guerra, dejan que le despojen sus enemigos. Y la causa de esto es que no hay m\u00e1s amor, ni m\u00e1s motivo que las apegue al pr\u00edncipe, que su escaso sueldo, el cual no basta para que se resuelvan a morir por \u00e9l. Se acomodan a ser soldados suyos, mientras no hacen la guerra. Pero si \u00e9sta sobreviene, huyen y quieren retirarse.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">No me costar\u00eda mucho trabajo persuadir a nadie de lo que acabo de decir, puesto que la ruina de Italia en estos tiempos proviene de que, por espacio de muchos a\u00f1os, deleg\u00f3 confiadamente su defensa en tropas mercenarias, que lograron, en verdad, algunos triunfos en favor de tal o cual pr\u00edncipe peninsular, y que se mostraron valerosas contra varias tropas del pa\u00eds, pero que a la llegada del extranjero manifestaron lo que realmente eran, val\u00edan y significaban. Por eso Carlos VIII, rey de Francia, hall\u00f3 la facilidad de tomar a Italia con greda, y quien dijo que nuestros pecados fueron la causa de ello, dijo verdad, y tuvo raz\u00f3n, pero no fueron los pecados que \u00e9l cre\u00eda, sino los que llevo mencionados. Y como estos pecados ca\u00edan sobre la cabeza de los pr\u00edncipes, sobre ellos tambi\u00e9n recay\u00f3 el castigo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Quiero demostrar todav\u00eda mejor la desgracia que el uso de semejante especie de tropas acarrea. O los capitanes mercenarios son hombres excelentes, o no lo son. Si lo son, no puede el pr\u00edncipe fiarse de ellos, porque aspiran siempre a elevarse a la grandeza, sea oprimi\u00e9ndole a \u00e9l, que es due\u00f1o suyo, sea oprimiendo a los otros contra sus intenciones, y, si el capit\u00e1n no es un hombre de valor, causa com\u00fanmente su ruina. Y por si alguien replica que todo capit\u00e1n que mande tropas proceder\u00e1 del mismo modo, sea o no mercenario, mostrar\u00e9 c\u00f3mo las tropas mercenarias deben emplearse por un pr\u00edncipe o por una rep\u00fablica. El pr\u00edncipe debe ir en persona a su frente, y practicar por s\u00ed mismo el oficio de capit\u00e1n. La rep\u00fablica debe enviar a uno de sus ciudadanos para mandarlas, y, si desde las primeras acciones de guerra no manifiesta b\u00e9lica capacidad, debe reemplaz\u00e1rsele por otro. Si, por el contrario, se manifiesta apto marcialmente, conviene que la rep\u00fablica le contenga por medio de sabias leyes, para impedirle pasar del punto que se le haya fijado. La experiencia ense\u00f1a que \u00fanicamente los pr\u00edncipes que poseen ej\u00e9rcitos propios y las rep\u00fablicas que gozan del mismo beneficio, triunfan con facilidad, en tanto que los pr\u00edncipes y las rep\u00fablicas que se apoyan sobre ej\u00e9rcitos mercenarios, no experimentan m\u00e1s que reveses. Por otra parte, una rep\u00fablica cae menos f\u00e1cilmente bajo el yugo del ciudadano que manda, y que quisiera esclavizarla, cuando est\u00e1 armada con sus propias armas que cuando no dispone m\u00e1s que de ej\u00e9rcitos extranjeros. Roma y Esparta se conservaron libres con sus propias armas por espacio de muchos siglos, y los suizos, que est\u00e1n armados de la misma manera, se mantienen tambi\u00e9n libres en alto grado. Por lo que mira a los inconvenientes de los ej\u00e9rcitos mercenarios de la antig\u00fcedad, tenemos el ejemplo de los cartagineses, que, despu\u00e9s de la primera guerra con los romanos, acabaron siendo sojuzgados por sus soldados a sueldo, no obstante ser cartagineses los capitanes. Habiendo sido Filipo de Macedonia nombrado capit\u00e1n de los tebanos, a la muerte de Epaminondas, los llev\u00f3 al triunfo, es cierto, pero a continuaci\u00f3n del triunfo, los esclaviz\u00f3. Constituidos los milaneses en rep\u00fablica, tras el fallecimiento del duque Felipe Visconti, emplearon contra los venecianos a Francisco Sforcia y a sus tropas, pag\u00e1ndoles. Sforcia, luego que hubo vencido a los venecianos en Caravagio, se uni\u00f3 con ellos contra los milaneses, que, sin embargo, eran sus amos. Cuando el otro Sforcia, padre de Francisco, estaba a sueldo de la reina de N\u00e1poles, la abandon\u00f3 de repente, y ella qued\u00f3 tan desarmada, que, para no perder su trono, se vio precisada a echarse en los brazos del monarca de Arag\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Si los venecianos y los florentinos extendieron su dominaci\u00f3n con armas alquiladas, durante los a\u00f1os \u00faltimos, y si los capitanes de esas armas no se hicieron pr\u00edncipes de Venecia y con ellos se defendieron bien ambos pueblos, el de Florencia, que tuvo m\u00e1s particularmente esta. dicha, debe dar gracias a la suerte, que de manera singular\u00edsima le favoreci\u00f3. Entre aquellos valerosos capitanes, que pod\u00edan ser temibles, unos no tuvieron la dicha de haber ganado batallas, otros encontraron obst\u00e1culos insuperables en su ruta, y algunos orientaron hacia otra parte su ambici\u00f3n. En el n\u00famero de los primeros se cont\u00f3 Juan Acat, capit\u00e1n ingl\u00e9s, que, al frente de cuatro mil hombres de su naci\u00f3n, pele\u00f3 por cuenta de los gibelinos de Toscana, y sobre cuya fidelidad no cabe formar juicio, por no haber salido vencedor. Pero convendr\u00e1 todo el mundo en que, si hubiese salido, los florentinos habr\u00edan quedado a su discreci\u00f3n. Si Jacobo Sforcia no invadi\u00f3 los Estados que le ten\u00edan a sueldo, provino de que encontr\u00f3 siempre frente a si a los Braceschis, que le conten\u00edan a la vez que \u00e9l les conten\u00eda tambi\u00e9n a ellos. Por \u00faltimo, si Francisco Sforcia (que ya vimos destruy\u00f3 la rep\u00fablica de Mil\u00e1n y se hizo proclamar all\u00ed duque) orient\u00f3 eficazmente su ambici\u00f3n hacia la Lombard\u00eda, dependi\u00f3 de que Bracio dirig\u00eda la suya hacia los dominios de la Iglesia y hacia N\u00e1poles, contra cuya reina, Juana II, pele\u00f3, despu\u00e9s de haberse apoderado de Perusa y de Montona, en los Estados Pontificios. Pero volvamos a hechos m\u00e1s cercanos a nosotros, y tomemos la \u00e9poca en que los florentinos eligieron por capit\u00e1n suyo a Pablo Vitelli, var\u00f3n habil\u00edsimo y que hab\u00eda adquirido grande reputaci\u00f3n, a pesar de que naciera en condici\u00f3n vulgar. \u00bfQui\u00e9n negar\u00e1 que, si se hubiera apoderado de Pisa, sus soldados, por muy florentinos que fuesen, habr\u00edan tenido por conveniente continuar a su lado? Si hubiera pasado a sueldo del enemigo, no habr\u00eda sido posible remediar cosa alguna, puesto que, habi\u00e9ndole conservado por capit\u00e1n, era natural que le obedeciesen sus tropas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Si se consideran los progresos conseguidos por los venecianos se ver\u00e1 que obraron con seguridad y con gloria, mientras ellos mismos hicieron la guerra, no intentando nada contra la tierra firme y dejando a su nobleza el cuidado de pelear valerosamente con hombres del pueblo bajo armado. Pero, cuando se pusieron a luchar en tierra firme, siguieron los estilos del resto de Italia, se sirvieron de legiones pagadas, y perdieron todo su valor. Al comienzo de su adquisici\u00f3n, no desconfiaron mucho de aquellas tropas mercenarias, porque no pose\u00edan entonces, en tierra firme, un pa\u00eds considerable, y porque gozaban todav\u00eda de respetable reputaci\u00f3n. Mas luego que se hubieron engrandecido bajo el mando del capit\u00e1n Carmagnola, advirtieron muy pronto el error en que hab\u00edan incurrido. Viendo a aquel hombre, tan valiente como h\u00e1bil, dejarse derrotar, al defenderles contra el duque de Mil\u00e1n, su soberano natural, y sabiendo, adem\u00e1s que en tal guerra se conduc\u00eda con tibieza, comprendieron que ya no podr\u00edan triunfar con \u00e9l. Pero, como hubieran corrido el riesgo de perder lo adquirido, si hubiesen licenciado a dicho capit\u00e1n, que se habr\u00eda pasado al servicio del enemigo, y como, por otra parte, la prudencia no les permit\u00eda dejarle en su puesto, tomaron la resoluci\u00f3n de hacerle perecer, para conservar lo ganado. Tuvieron despu\u00e9s por capitanes a Bartolom\u00e9 Coleoni de B\u00e9rgamo, a Roberto de San Severino, al conde de Pitigliano y a otros semejantes, que les auguraban menos ganancias que p\u00e9rdidas, como sucedi\u00f3 en Vaila, donde, en una sola batalla, fueron despojados de adquisiciones que les hab\u00edan costado ochocientos a\u00f1os de enormes fatigas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Deduzco de todo ello que con tropas mercenarias las conquistas son lentas, tard\u00edas, limitadas, y los fracasos bruscos, repentinos e inmensos. Y ya que estos ejemplos me han conducido a hablar de Italia, en que hace muchos a\u00f1os que se utilizan semejantes tropas, quiero tomar de m\u00e1s arriba lo que le concierne, a fin de que, habiendo dado a conocer su origen y su desarrollo, pueda reformarse mejor su uso. Desde luego, hay que traer a la memoria c\u00f3mo, en los pasados siglos, Italia, despu\u00e9s de echar de su seno al emperador de Alemania, y ver al Papa adquirir una gran dominaci\u00f3n temporal dentro de ella, se encontr\u00f3 dividida en varios Estados. En las ciudades m\u00e1s importantes se arm\u00f3 el pueblo contra los nobles, quienes, favorecidos al comienzo por el emperador, oprim\u00edan a los restantes ciudadanos, mientras que el Papa auxiliaba aquellas rebeliones de la plebe, para adquirir valimiento en las cosas terrenas. En otras muchas ciudades se elevaron diversos individuos a la categor\u00eda de pr\u00edncipes suyos. Con ello cay\u00f3 casi toda Italia bajo el poder de los Papas, sin m\u00e1s excepci\u00f3n que algunas rep\u00fablicas, y no estando habituados, ni los Pont\u00edfices, ni los cardenales, a la profesi\u00f3n de las armas, hubieron de tomar a sueldo tropas extranjeras. El primer capit\u00e1n que puso en cr\u00e9dito a estas tropas fue el roma\u00f1ol Alberico de Como, en cuya escuela se formaron, entre otros varios, aquel Bracio y aquel Sforcia, que fueron despu\u00e9s los \u00e1rbitros de Italia. Tras ellos vinieron todos aquellos otros capitanes que hasta nuestros d\u00edas mandaron los ej\u00e9rcitos de nuestra vasta pen\u00ednsula, y el resultado de su valor fue que, a pesar de \u00e9l, nuestro hermoso pa\u00eds pudo ser recorrido libremente por Carlos VIII, tomado por Luis XII, sojuzgado por Fernando el Cat\u00f3lico e insultado por los suizos. El m\u00e9todo seguido por tales capitanes consist\u00eda principalmente en privar de toda consideraci\u00f3n a la infanter\u00eda. Y obraban as\u00ed porque, no poseyendo Estado alguno, no pod\u00edan alimentar y sostener a muchos hombres de a pie, y, por ende, la infanter\u00eda no les procuraba gran renombre. Prefer\u00edan la caballer\u00eda, cuya cantidad estaba en proporci\u00f3n con los recursos del pa\u00eds que hab\u00eda de mantenerla, y en el que era tanto m\u00e1s honrada cuanto m\u00e1s f\u00e1cil resultaba su satisfactoria sustentaci\u00f3n. Las cosas llegaron hasta el punto de que, en un ej\u00e9rcito de veinte mil hombres, no se contaban dos mil infantes. Adem\u00e1s, se hab\u00edan esforzado todo lo posible para desterrar de sus soldados y de s\u00ed mismos las penalidades y el miedo, introduciendo el uso de no matar en las refriegas, y limit\u00e1ndose a hacer prisioneros sin degollarlos. De noche, los de las tiendas no iban a acampar en las tierras, y los de las tierras no volv\u00edan a las tiendas. No hac\u00edan fosas, ni empalizadas alrededor de su campo, y no moraban all\u00ed durante el invierno. Todas estas cosas, permitidas por la disciplina militar de los referidos capitanes, las imaginaron \u00e9stos para ahorrarse fatigas y peligros. Pero, con semejantes precauciones, condujeron a Italia a la esclavitud y al envilecimiento.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap13\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO XIII<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DE LOS SOLDADOS AUXILIARES, MIXTOS Y MERCENARIOS<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Las armas de ayuda que he contado entre las in\u00fatiles, son las que un pr\u00edncipe presta a otro para socorrerle y para defenderle. As\u00ed, en estos \u00faltimos tiempos, habiendo hecho el papa Julio II una desacertada prueba de las tropas mercenarias en el ataque de Ferrara, convino con Fernando, rey de Espa\u00f1a, que \u00e9ste ir\u00eda a incorpor\u00e1rsele con su ej\u00e9rcito. Tales armas pueden ser \u00fatiles y buenas en si mismas, pero resultan infaustas siempre para el que las llama, porque, si pierde la batalla, queda derrotado, y, si la gana, se constituye en alg\u00fan modo en prisionero de quien le auxili\u00f3. Aunque las historias antiguas se hallan llenas de ejemplos que demuestran tan clara verdad quiero detenerme en el de Julio II que est\u00e1 todav\u00eda muy reciente. Si el partido que tom\u00f3 de ponerse por entero en manos de un extranjero para conquistar a Ferrara no le fue funesto es que su buena fortuna engendr\u00f3 una tercera causa que le preserv\u00f3 de los efectos de tan mala determinaci\u00f3n. Habiendo sido derrotados sus auxiliares en Ravena, los suizos que sobresalieron contra su esperanza y la de todos los dem\u00e1s desalojaron a los franceses que hab\u00edan obtenido la victoria. No qued\u00f3 hecho prisionero de sus enemigos por la sencilla raz\u00f3n de que \u00e9stos hab\u00edan emprendido la fuga, ni de sus auxiliares porque \u00e9l hab\u00eda vencido realmente, pero con armas distintas de las de ellos. Los florentinos que se encontraban sin ej\u00e9rcito en absoluto llamaron a diez mil franceses para acuciarlos a apoderarse de Pisa y esta resoluci\u00f3n les hizo correr m\u00e1s riesgos que jam\u00e1s se les hubieran presentado en empresa marcial alguna. Queriendo el emperador de Constantinopla oponerse a sus vecinos envi\u00f3 a Grecia diez mil turcos, los cuales, acabada la guerra, no quisieron ya salir de all\u00ed, y \u00e9ste fue el principio de la sujeci\u00f3n de los griegos al yugo de los infieles.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\u00danicamente el que no quiere habilitarse para vencer es capaz de valerse de semejantes armas, que miro como mucho m\u00e1s peligrosas que las mercenarias. Cuando son vencidas, no por ello quedan todas menos unidas y dispuestas a obedecer a otros que al pr\u00edncipe, mientras que las mercenarias, despu\u00e9s de la victoria, necesitan de una ocasi\u00f3n favorable para atacarle, por no formar todas un mismo cuerpo. De otra parte, hall\u00e1ndose reunidas y pagadas por el pr\u00edncipe, el tercero a quien \u00e9ste ha conferido el mando suyo no puede adquirir sobre ellas autoridad tan suficiente y tan s\u00fabita que le sea f\u00e1cil disponerlas inmediatamente para atacarle. Si la cobard\u00eda es lo que m\u00e1s debe temerse en las tropas mercenarias, lo m\u00e1s temible en las auxiliares es la valent\u00eda. Pero un pr\u00edncipe sabio evitar\u00e1 siempre valerse de unas y de otras y recurrir\u00e1 a sus propias armas, prefiriendo perder con ellas a ganar con las ajenas. No miro jam\u00e1s como un triunfo real el que se logra con las armas de otros. No titubear\u00e9 nunca en citar, sobre esta materia, a C\u00e9sar Borgia, y en traer a colaci\u00f3n su conducta en semejante caso. Entr\u00f3 con armas auxiliares en la Roma\u00f1a conduciendo a ella las tropas francesas con que tom\u00f3 a Imola y a Forli. Pero, no pareci\u00e9ndole seguras tales armas, y juzgando que hab\u00eda menos peligro en servirse de las mercenarias, tom\u00f3 a sueldo las de los Ursinos y de los Vitelis. Mas, como no tardase en notar que \u00e9stas obraban de un modo sospechoso e infiel, se deshizo de ellas y recurri\u00f3 a armas que fuesen suyas propias. Puede apreciarse f\u00e1cilmente la diferencia que hubo entre la reputaci\u00f3n de C\u00e9sar Borgia sostenido por los Ursinos y los Vitelis, y la que granje\u00f3 no bien se qued\u00f3 con sus propios soldados, y no se apoy\u00f3 m\u00e1s que en s\u00ed mismo. Esto result\u00f3 muy superior a lo precedente, y no se le estim\u00f3 en el respecto militar m\u00e1s que cuando se vio que era poseedor absoluto de las armas que empleaba.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Aunque no he querido desviarme de los ejemplos italianos tomados de una \u00e9poca inmediata a la nuestra, no olvidar\u00e9 por ello a Hieron de Siracusa, del que ya anteriormente hice menci\u00f3n. Desde que, como queda dicho, le eligieron los siracusanos por jefe de su ej\u00e9rcito, conoci\u00f3 al punto que no le era \u00fatil la tropa mercenaria, por ser sus capitanes los que fueron capitanes de Italia posteriormente; y, al comprender que no pod\u00eda conservarlos, ni licenciarlos, tom\u00f3 la resoluci\u00f3n de destruirlos, e hizo despu\u00e9s la guerra con propias armas, y nunca ya con las ajenas. Y todav\u00eda quiero traer a la memoria un episodio del Antiguo Testamento, que guarda relaci\u00f3n con mi asunto. Me refiero al ofrecimiento hecho a Sa\u00fal por David de ir a pelear contra el filisteo Goliat. Para darle alientos, Sa\u00fal revisti\u00f3 a David con su real armadura. Pero el arriesgado mancebo, despu\u00e9s de hab\u00e9rsela puesto, la desech\u00f3, diciendo que, cargado as\u00ed, no pod\u00eda servirse libremente de sus propias fuerzas, y que prefer\u00eda acometer al gigante fanfarr\u00f3n con su honda y con su palo. S\u00edmbolo hermoso es \u00e9ste del pr\u00edncipe que toma ajenas armaduras. O se le caen de los hombros, o le pesan mucho, o le aprietan y le embarazan.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Carlos VII, padre de Luis XI, apenas con su valor y con su fortuna hubo librado a Francia de la presencia de los ingleses, experiment\u00f3 la necesidad de disponer de armas que fuesen suyas, y quiso que hubiera caballer\u00eda e infanter\u00eda en su reino. Su hijo Luis XI suprimi\u00f3 la infanter\u00eda, y tom\u00f3 a sueldo suizos. Imitada esta falta por sus sucesores, ahora (en este a\u00f1o de 1615) es cuando vemos la causa de los peligros en que el reino se halla. Al dar cierta importancia a los suizos, desalent\u00f3 a su propio ej\u00e9rcito, y al prescindir por completo de la infanter\u00eda, puso bajo la dependencia de las armas ajenas su propia caballer\u00eda. Acostumbrada \u00e9sta a luchar con el socorro de los suizos, crey\u00f3 no poder ya vencer sin ellos. De donde resulta que los franceses no bastan para pelear contra los suizos, y que, sin el auxilio de \u00e9stos, no intentan nada contra nadie.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Los ej\u00e9rcitos de Francia se componen, pues, en parte, de sus armas propias y en parte de las mercenarias. Reunidas unas y otras valen m\u00e1s que si s\u00f3lo fueran mercenarias o auxiliares, Pero un ej\u00e9rcito as\u00ed formado es inferior con mucho a lo que ser\u00eda si se compusiese de armas francesas \u00fanicamente. Y este ejemplo basta, porque el reino de Francia se contar\u00eda entre los invencibles, si se hubiera acrecentado, o a lo menos conservado, la instituci\u00f3n militar de Carlos VII. Pero a menudo cualquier cosa que los hombres establecen, fundados en alg\u00fan bien que augura, esconde en s\u00ed misma un funest\u00edsimo veneno, como insinu\u00e9 antes, al comparar el caso con el del proceso patol\u00f3gico de la tisis. Por lo cual, el que, estando al frente de un principado, no descubre el mal en su ra\u00edz, ni lo advierte hasta que se manifiesta, no es verdaderamente sabio. Pero semejante perspectiva se ha concedido a pocos pr\u00edncipes y si, recurriendo a un nuevo ejemplo, queremos buscar el origen de la ruina del imperio romano, encontraremos que su fecha data del momento en que empez\u00f3 a tomar godos a sueldo, puesto que desde entonces comenzaron a enervarse sus fuerzas, y cuanto vigor se le hac\u00eda perder redundaba en beneficio de aquellos soldados mercenarios.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Infiero de lo dicho que ning\u00fan principado puede estar seguro, cuando no tiene armas que le pertenezcan en propiedad. Hay m\u00e1s, y es que depende enteramente de la suerte ciega, por carecer de la valent\u00eda patri\u00f3tica que se requiere para defenderse en la adversidad. Opini\u00f3n y m\u00e1xima de los pol\u00edticos sabios fue siempre que nada es tan d\u00e9bil ni tan vacilante como la reputaci\u00f3n de una potencia que no est\u00e9 fundada en las fuerzas propias. Son \u00e9stas las que se componen de soldados y de ciudadanos, hechuras del pr\u00edncipe, y todas las dem\u00e1s son mercenarias o auxiliares. En cuanto a la manera de crearse armas propias, es f\u00e1cil de hallar, con s\u00f3lo examinar las instituciones de que antes habl\u00e9, y considerar c\u00f3mo Filipo, padre de Alejandro, igualmente que otros pr\u00edncipes y muchas rep\u00fablicas, se formaron ej\u00e9rcitos, y los ordenaron. Sobre esta materia remito por entero a sus constituciones.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap14\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO XIV<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DE LAS OBLIGACIONES DEL PR\u00cdNCIPE EN LO CONCERNIENTE AL ARTE DE LA GUERRA<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">El pr\u00edncipe no ha de tener otro objeto, ni abrigar otro prop\u00f3sito, ni cultivar otro arte, que el que ense\u00f1a, el orden y la disciplina de los ej\u00e9rcitos, porque es el \u00fanico que se espera ver ejercido por el que manda. Este arte encierra utilidad tama\u00f1a, que no solamente mantiene en el trono a los que nacieron pr\u00edncipes, sino qu\u00e9 tambi\u00e9n hace subir con frecuencia a la clase de tales a hombres de condici\u00f3n. privada. Por una raz\u00f3n opuesta, sucedi\u00f3 que varios pr\u00edncipes, que se ocupaban m\u00e1s en las delicias de la vida que en las cosas militares, perdieron sus Estados. La primera causa que har\u00eda a un pr\u00edncipe perder el suyo, ser\u00eda abandonar el arte de la guerra, como la causa que hace adquirir un reino al que no lo ten\u00eda, es sobresalir en ese arte. Se mostr\u00f3 superior en ello Francisco Sforcia, por el solo hecho de que no siendo m\u00e1s que un simple particular, lleg\u00f3 a ser duque de Mil\u00e1n, mientras que sus hijos, por haber renunciado a las fatigas e incomodidades de la profesi\u00f3n de las armas, de duques que eran, pasaron a ser simples particulares.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Entre las dem\u00e1s ra\u00edces del mal que acaecer\u00e1 a un pr\u00edncipe si por s\u00ed mismo no ejercita el oficio de las armas, debe contarse el menosprecio que habr\u00e1n concebido contra su persona, lo cual es una de aquellas infamantes notas de que debe preservarse siempre, como se dir\u00e1 m\u00e1s adelante al hablar de aquellas otras que pueden serle \u00fatiles. Entre el que es guerrero y el que no lo es, no hay ninguna proporci\u00f3n. La raz\u00f3n y la experiencia nos ense\u00f1an que el hombre que se halla armado no obedece con gusto al que est\u00e1 desarmado, que el amo desarmado no se encuentra seguro entre sirvientes armados. Con el desd\u00e9n que late en el coraz\u00f3n del uno y la sospecha que el \u00e1nimo del otro abriga, no es posible que lleven a cabo juntos buenas operaciones.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Am\u00e9n de las dem\u00e1s calamidades que se atrae un pr\u00edncipe que no entiende nada de la guerra, existe la de no ser estimado de sus soldados, ni poder fiarse de ellos. El pr\u00edncipe no debe cesar de ocuparse en el ejercicio de las armas, d\u00e1ndose a ellas m\u00e1s en los tiempos de paz que en los de guerra, y pudiendo hacerlo de dos modos: el uno, con acciones, y el otro, con pensamientos. En cuanto a sus acciones, debe no solamente tener bien ordenadas y ejercitadas a sus tropas, sino tambi\u00e9n ir a menudo de caza, con la que, por una parte, acostumbra su cuerpo a la fatiga, y por otra aprende a conocer la calidad de los sitios, el declive de las monta\u00f1as, la entrada de los valles, la situaci\u00f3n de las llanuras, la naturaleza de los r\u00edos y de los lagos, y \u00e9ste es un estudio en que debe poner la mayor atenci\u00f3n. Porque conocimientos semejantes le son \u00fatiles por dos conceptos. En primer lugar, d\u00e1ndole a conocer el pa\u00eds, le sirven para defenderlo mejor, y, adem\u00e1s, cuando ha frecuentado mucho los lugares, comprende f\u00e1cilmente lo que debe ser otro pa\u00eds que no tenga a la vista, y en el que a\u00fan no haya combinado operaciones militares. Los sitios, las monta\u00f1as, los valles, las llanuras, los r\u00edos y los lagos de la Toscana ofrecen con los de otros pa\u00edses cierta semejanza, que hace que, por medio del conocimiento de una provincia, se puedan conocer f\u00e1cilmente las otras.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">El pr\u00edncipe que carece de esta ciencia pr\u00e1ctica, no posee el primero de los talentos necesarios a un capit\u00e1n, porque ella ense\u00f1a a hallar al enemigo, a tomar alojamiento, a conducir los ej\u00e9rcitos, a dirigir las batallas, a talar con acierto un territorio. Entre las alabanzas que los escritores antiguos prodigaron a Filopemenes rey de los acayos, la mayor fue la de no haber pensado nunca, aun en tiempo de paz, m\u00e1s que en los diversos modos de hacer la guerra. Cuando se paseaba con sus amigos por el campo, se paraba a menudo, y discurr\u00eda con ellos sobre cualquier supuesto t\u00e1ctico, diciendo: \u201c<em>Si los enemigos se hallasen en aquella colina y nosotros nos encontr\u00e1semos aqu\u00ed con nuestro ej\u00e9rcito, de parte de qui\u00e9n estar\u00eda la superioridad? C\u00f3mo se podr\u00eda ir seguramente contra ellos, observando las reglas de la t\u00e1ctica? C\u00f3mo convendr\u00eda darles alcance, si se retiraran?<\/em>\u201d Les propon\u00eda, andando, todos los casos en que puede hallarse un ej\u00e9rcito, o\u00eda sus pareceres, emit\u00eda el suyo, y lo corroboraba con buenas razones, de suerte que por tener continuamente ocupado su \u00e1nimo en lo que concierne al arte de la guerra, nunca, al conducir a sus tropas, hab\u00eda sido sorprendido por un accidente para el que no hubiese preparado de antemano el remedio oportuno.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">El pr\u00edncipe, para ejercitar su esp\u00edritu, debe leer las historias, y, al contemplar las acciones de los varones insignes, debe notar particularmente c\u00f3mo se condujeron en las guerras, examinando las causas de sus victorias, a fin de conseguirlas \u00e9l mismo, y las de las derrotas, a fin de no experimentarlas. Debe, sobre todo, como lo hicieron ellos, escoger entre los antiguos h\u00e9roes, cuya gloria se celebr\u00f3 m\u00e1s, un modelo cuyas proezas est\u00e9n siempre presentes en su \u00e1nimo: Alejandro Magno imitaba a Aquiles; C\u00e9sar segu\u00eda a Alejandro y Escipi\u00f3n caminaba tras las huellas de Ciro. Cualquiera que lea la vida de este \u00faltimo, escrita por Jenofonte, reconocer\u00e1 cu\u00e1ntos triunfos obtuvo Escipi\u00f3n por haber calcado su conducta con la de Ciro, no s\u00f3lo en cuanto a la valent\u00eda, la destreza, la disciplina y el arrojo, m\u00e1s tambi\u00e9n respecto de la continencia, la afabilidad, la humanidad y la liberalidad, que, seg\u00fan el autor griego, resplandecieron en el monarca persa. En s\u00edntesis: de acuerdo con las reglas que debe observar un pr\u00edncipe sabio, \u00e9ste, lejos de permanecer ocioso en tiempo de paz, ha de formarse entonces un copioso caudal de recursos b\u00e9licos, que puedan serle de provecho en la adversidad, a fin de que, si la fortuna se le torna contraria, se halle dispuesto a resist\u00edrsele.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap15\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO XV<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DE LAS COSAS POR LAS QUE LOS HOMBRES, Y ESPECIALMENTE LOS PR\u00cdNCIPES, SON ALABADOS O CENSURADOS<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Conviene ahora ver c\u00f3mo debe conducirse un pr\u00edncipe con sus amigos y con sus s\u00fabditos. Muchos escribieron ya sobre esto, y, al tratarlo yo con posterioridad, no incurrir\u00e9 en defecto de presunci\u00f3n, pues no hablar\u00e9 m\u00e1s que con arreglo a lo que sobre esto dijeron ellos. Siendo mi fin hacer indicaciones \u00fatiles para quienes las comprendan, he tenido por m\u00e1s conducente a este fin seguir en el asunto la verdad real, y no los desvar\u00edos de la imaginaci\u00f3n, porque muchos concibieron rep\u00fablicas y principados, que jam\u00e1s vieron, y que s\u00f3lo exist\u00edan en su fantas\u00eda acalorada. Hay tanta distancia entre saber c\u00f3mo viven los hombres, y c\u00f3mo debieran vivir, que el que para gobernarlos aprende el estudio de lo que se hace, para deducir lo que ser\u00eda m\u00e1s noble y m\u00e1s justo hacer, aprende m\u00e1s a crear su ruina que a reservarse de ella, puesto que un pr\u00edncipe que a toda costa quiere ser bueno, cuando de hecho est\u00e1 rodeado de gentes que no lo son no puede menos que caminar hacia un desastre. Por en e, es necesario que un pr\u00edncipe que desee mantenerse en su reino, aprenda a no ser bueno en ciertos casos, y a servirse o no servirse de su bondad, seg\u00fan que las circunstancias lo exijan.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Dejando, pues, a un lado las utop\u00edas en lo concerniente a los Estados, y no tratando m\u00e1s que de las cosas verdaderas y efectivas, digo que cuantos hombres atraen la atenci\u00f3n de sus pr\u00f3jimos, y muy especialmente los pr\u00edncipes, por hallarse colocados a mayor altura que los dem\u00e1s, se distinguen por determinadas prendas personales, que provocan la alabanza o la censura. Uno es mirado como liberal y otro como<em> miserable,<\/em> en lo que me sirvo de una expresi\u00f3n toscana, en vez de emplear la palabra avaro, dado que en nuestra lengua un avaro es tambi\u00e9n el que tira a enriquecerse con rapi\u00f1as, mientras que llamamos miserable \u00fanicamente a aquel que se abstiene de hacer uso de lo que posee. Y para continuar mi enumeraci\u00f3n a\u00f1ado: uno se reputa como generoso, y otro tiene fama de rapaz; uno pasa por cruel, y otro por compasivo; uno por carecer de lealtad, y otro por ser fiel a sus promesas; uno por afeminado y pusil\u00e1nime, y otro por valeroso y feroz; uno por humano, y otro por soberbio; uno por casto, y otro por lascivo; uno por dulce y flexible, y otro por duro e intolerable; uno por grave, y otro por ligero; uno por creyente y religioso, y otro por incr\u00e9dulo e imp\u00edo, etc.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">S\u00e9 (y cada cual convendr\u00e1 en ello) que no habr\u00eda cosa m\u00e1s deseable y m\u00e1s loable que el que un pr\u00edncipe estuviese dotado de cuantas cualidades buenas he entremezclado con las malas que le son opuestas. Pero como es casi imposible que las re\u00fana todas, y aun que las ponga perfectamente en pr\u00e1ctica, porque la condici\u00f3n humana no lo permite, es necesario que el pr\u00edncipe sea lo bastante prudente para evitar la infamia de los vicios que le har\u00edan perder su corona, y hasta para preservarse, si puede, de los que no se la har\u00edan perder. Si, no obstante, no se abstuviera de los \u00faltimos, quedar\u00eda obligado a menos reserva, abandon\u00e1ndose a ellos. Pero no tema incurrir en la infamia aneja a ciertos vicios si no le es dable sin ellos conservar su Estado, ya que, si pesa bien todo, hay cosas que parecen virtudes, como la benignidad y la clemencia, y, si las observa, crear\u00e1n su ruina, mientras que otras que parecen vicios, si las practica, acrecer\u00e1n su seguridad y su bienestar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap16\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO XVI<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DE LA LIBERALIDAD Y DE LA MISERIA<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Comenzando por la primera de estas prendas, reconozco cu\u00e1n \u00fatil resultar\u00eda al pr\u00edncipe ser liberal. Sin embargo, la liberalidad que impidiese le temieran, le ser\u00eda perjudicial en grado sumo. Si la ejerce con prudencia y de modo que no lo sepan no incurrir\u00e1 por ello en la infamia del vicio contrario. Pero, como el que quiere conservar su reputaci\u00f3n de liberal no puede abstenerse de parecer suntuoso, suceder\u00e1 siempre que un pr\u00edncipe que aspira a semejante gloria, consumir\u00e1 todas sus riquezas en prodigalidades, y al cabo, si pretende continuar pasando por liberal, se ver\u00e1 obligado a gravar extraordinariamente a sus s\u00fabditos, a ser extremadamente fiscal, y a hacer cuanto sea imaginable para obtener dinero, Ahora bien: esta conducta comenzar\u00e1 a tornarlo odioso a sus gobernados, y, empobreci\u00e9ndose as\u00ed m\u00e1s y m\u00e1s, perder\u00e1 la estimaci\u00f3n de cada uno de ellos, de tal suerte que despu\u00e9s de haber perjudicado a muchas personas para ejercitar una liberalidad que no ha favorecido m\u00e1s que a un cort\u00edsimo n\u00famero de ellas, sentir\u00e1 vivamente la primera necesidad y peligrar\u00e1 al menor riesgo. Y, si reconoce entonces su falta, y quiere mudar de conducta, se atraer\u00e1 repentinamente el oprobio anejo a la avaricia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">No pudiendo, pues, un pr\u00edncipe, sin que de ello le resulte perjuicio, ejercer la virtud de la liberalidad de un modo notorio, debe, si es prudente, no inquietarse de ser notado de avaricia, porque con el tiempo le tendr\u00e1n m\u00e1s y m\u00e1s por liberal, cuando observen que, gracias a su parsimonia, le bastan sus rentas para defenderse de cualquiera que le declare la guerra, y para acometer empresas, sin gravar a sus pueblos. Por tal arte, ejerce la liberalidad con todos aquellos a quienes no toma nada, y cuyo n\u00famero es inmenso, al paso que no es avaro m\u00e1s que con aquellos a quienes no da nada, y cuyo n\u00famero es poco crecido. \u00bfPor ventura no hemos visto, en estos tiempos, que solamente los que pasaban por avaros lograron grandes cosas, y que los pr\u00f3digos quedaron vencidos? El Papa Julio II, despu\u00e9s de haberse servido de la fama de liberal para llegar al Pontificado, no pens\u00f3 posteriormente (especialmente al habilitarse para pelear contra el rey de Francia) en conservar ese renombre. Sostuvo muchas guerras, sin imponer un solo tributo extraordinario, y su continua econom\u00eda le suministr\u00f3 cuanto era necesario para gastos superfluos. El actual monarca espa\u00f1ol (Fernando, rey de Arag\u00f3n y de Castilla) no habr\u00eda llevado a feliz t\u00e9rmino tan famosas empresas, ni triunfado en tantas ocasiones, si hubiera sido liberal. As\u00ed, un pr\u00edncipe que no quiera verse obligado a despojar a sus gobernados, ni que le falte nunca con qu\u00e9 defenderse, ni sufrir pobreza y miseria, ni necesitar ser rapaz, debe temer poco incurrir en la reputaci\u00f3n de avaro, puesto que su avaricia es uno de los vicios que aseguran su reinado. Si alguien me objetara que C\u00e9sar consigui\u00f3 el imperio con su liberalidad y que otros muchos llegaron a puestos elevad\u00edsimos porque pasaban por liberales, le responder\u00eda yo que, o estaban en camino de adquirir un principado o lo hab\u00edan adquirido ya. En el primer caso, hicieron bien en pasar por liberales, y, en el segundo, les hubiese sido perniciosa la liberalidad. C\u00e9sar era uno de los que quer\u00edan conseguir el principado de Roma. Pero, si hubiera vivido alg\u00fan tiempo despu\u00e9s de haberlo logrado, y no moderado sus dispendios costosos, habr\u00eda destruido el imperio.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\u00bfEsforzar\u00e1n que con sus ej\u00e9rcitos hicieron grandes cosas, y que ten\u00edan, sin embargo, nombrad\u00eda de muy liberales?. Replico que, o el pr\u00edncipe dispersa sus propios bienes y los de sus s\u00fabditos, o dispone de los bienes ajenos. En el primer caso, debe ser econ\u00f3mico, y, en el segundo, no debe omitir ninguna especie de liberalidad. El pr\u00edncipe que, con sus ej\u00e9rcitos, va a efectuar saqueos y a llenarse de bot\u00edn, y a apoderarse de los caudales de los vencidos, est\u00e1 obligado a ser pr\u00f3digo con sus soldados, que no le seguir\u00edan sin ese est\u00edmulo. Puede entonces mostrarse ampliamente generoso, puesto que da lo que no es suyo, ni de sus soldados, como lo hicieron Ciro, Alejandro, C\u00e9sar, y ese dispendio que en semejante ocasi\u00f3n hace con los bienes ajenos, lejos de da\u00f1ar a su reputaci\u00f3n, le agrega una m\u00e1s resaltante. Lo \u00fanico que puede perjudicarle es gastar sus propios bienes, porque nada hay que agote tanto como la liberalidad desmedida. Mientras la ejerce, pierde poco a poco la facultad misma de ejercerla, se torna pobre y despreciable, y, cuando quiere evitar su ruina total por la taca\u00f1er\u00eda, se hace rapaz y odioso. Ahora bien; uno de los inconvenientes mayores de que un pr\u00edncipe ha de precaverse es el de ser menospreciado aborrecido. Y, conduciendo a ello la liberalidad, concluyo que la mejor sabidur\u00eda es no temer la reputaci\u00f3n de avaro, que no produce m\u00e1s que infamia sin odio, antes que verse, por el gusto de gozar renombre de liberal, en el brete de incurrir en la nota de rapacidad, cuya infamia va acompa\u00f1ada siempre del odio p\u00fablico.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap17\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO XVII<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DE LA CLEMENCIA Y DE LA SEVERIDAD, Y SI VALE MAS SER AMADO QUE TEMIDO<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Descendiendo a las otras prendas de que he hecho menci\u00f3n, digo que todo pr\u00edncipe ha de desear que se le repute por clemente y no por cruel. Advertir\u00e9, sin embargo, que debe temer en todo instante hacer mal uso de su demencia. C\u00e9sar Borgia pasaba por cruel, y su crueldad, no obstante, repar\u00f3 los males de la Roma\u00f1a, extingui\u00f3 sus divisiones, restableci\u00f3 all\u00ed la paz, y consigui\u00f3 que el pa\u00eds le fuese fiel. Si profundizamos bien su conducta, veremos que fue mucho m\u00e1s clemente que lo fue el pueblo florentino cuando permiti\u00f3 la ruina de Pistoya, para evitar la reputaci\u00f3n de crueldad en orden a las familias Panciatici y Cancellieri, que ten\u00edan a la ciudad dividida en dos partidos y enteramente asolada con sus contiendas. Y es que al pr\u00edncipe no le conviene dejarse llevar por el temor de la infamia inherente a la crueldad, si necesita de ella para conservar unidos a sus gobernados e impedirles faltar a la fe que le deben, porque, con poqu\u00edsimos ejemplos de severidad, ser\u00e1 mucho m\u00e1s clemente que los que por lenidad excesiva toleran la producci\u00f3n de des\u00f3rdenes, acompa\u00f1ados de robos y de cr\u00edmenes, dado que estos horrores ofenden a todos los ciudadanos, mientras que los castigos que dimanan del jefe de la naci\u00f3n no ofenden m\u00e1s que a un particular. Por lo dem\u00e1s, a un pr\u00edncipe nuevo le es dificil\u00edsimo evitar la fama de cruel, a causa de que los Estados nuevos est\u00e1n llenos de peligros. Virgilio disculpa la inhumanidad del reinado de Dido, observando que su Estado era un Estado naciente, puesto que hace decir a aquella soberana:<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><em>Res dura et regni novitus me talia cognut<br \/>\n<\/em><em>Moliri, et late fines custode tueri.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Un tal pr\u00edncipe no debe, sin embargo, creer con ligereza en el mal de que se le avisa, sino que debe siempre obrar con gravedad suma y sin \u00e9l mismo atemorizarse. Su obligaci\u00f3n es proceder moderadamente, con prudencia y aun con humanidad, sin que mucha confianza le haga confiado, y mucha desconfianza le convierta en un hombre insufrible. Y aqu\u00ed se presenta la cuesti\u00f3n de saber si vale m\u00e1s ser temido que amado. Respondo que convendr\u00eda ser una y otra cosa juntamente, pero que, dada la dificultad de este juego simult\u00e1neo, y la necesidad de carecer de uno o de otro de ambos beneficios, el partido m\u00e1s seguro es ser temido antes que amado.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Hablando <em>in genere<\/em>, puede decirse que los hombres son ingratos, volubles, disimulados, huidores de peligros y ansiosos de ganancias. Mientras les hacemos bien y necesitan de nosotros, nos ofrecen sangre, caudal, vida e hijos, pero se rebelan cuando ya no les somos \u00fatiles. El pr\u00edncipe que ha confiado en ellos, se halla destituido de todos los apoyos preparatorios, y decae, pues las amistades que se adquieren, no con la nobleza y la grandeza de alma, sino con el dinero, no son de provecho alguno en los tiempos dif\u00edciles y penosos, por mucho que se las haya merecido. Los hombres se atreven m\u00e1s a ofender al que se hace amar, que al que se hace temer, porque el afecto no se retiene por el mero v\u00ednculo de la gratitud, que, en atenci\u00f3n a la perversidad ing\u00e9nita de nuestra condici\u00f3n, toda ocasi\u00f3n de inter\u00e9s personal llega a romper, al paso que el miedo a la autoridad pol\u00edtica se mantiene siempre con el miedo al castigo inmediato, que no abandona nunca a los hombres. No obstante, el pr\u00edncipe que se hace temer, sin al propio tiempo hacerse amar, debe evitar que le aborrezcan, ya que cabe inspirar un temor saludable y exento de odio, cosa que lograr\u00e1 con s\u00f3lo abstenerse de poner mano en la hacienda de sus soldados y de sus s\u00fabditos, as\u00ed como de despojarles de sus mujeres, o de atacar el honor de \u00e9stas. Si le es indispensable derramar la sangre de alguien, no debe determinarse a ello sin suficiente justificaci\u00f3n y patente delito. Pero, en tal caso, ha de procurar, ante todo, no incautarse de los bienes de la v\u00edctima porque los hombres olvidan m\u00e1s pronto la muerte de su padre que la p\u00e9rdida de su patrimonio. Si sus inclinaciones le llevasen a raptar la propiedad del pr\u00f3jimo, le sobrar\u00e1n ocasiones para ello, pues el que comienza viviendo de rapi\u00f1as, encontrar\u00e1 siempre pretextos para apoderarse de lo que no es suyo, al paso que las ocasiones de derramar la sangre de sus gobernados son m\u00e1s raras, y le faltan m\u00e1s a menudo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Cuando el pr\u00edncipe est\u00e9 con sus tropas y tenga que gobernar a miles de soldados, no debe preocuparle adquirir fama de cruel, ya que, sin esta fama no lograr\u00e1 conservar un ej\u00e9rcito unido, ni dispuesto para cosa alguna. Entre las acciones m\u00e1s admirables de An\u00edbal, resalta la que, mandando un ej\u00e9rcito integrado por hombres de los pa\u00edses m\u00e1s diversos, y que iba a pelear en tierra extra\u00f1a, su conducta fue tal que en el seno de aquel ej\u00e9rcito, tanto en la favorable como en la adversa fortuna, no hubo la menor disensi\u00f3n entre los soldados ni la m\u00e1s leve iniciativa de sublevaci\u00f3n contra su jefe. Ello no pudo provenir sino de su despiadada inhumanidad, que, juntada a las dem\u00e1s dotes suyas, que eran muchas y excelentes, le hizo respetable por el terror para sus hombres de armas, y, sin su crueldad, no hubieran bastado las dem\u00e1s partes de su persona para obtener tal efecto. Poco reflexivos se muestran los escritores que, a la vez que admiran sus proezas, vituperan la causa principal que las produjo. Para convencerse de que las dem\u00e1s virtudes suyas le hubieran resultado insuficientes en \u00faltima instancia, basta recordar el ejemplo de Escipi\u00f3n, hombre extraordinario si los hubo, no s\u00f3lo en su tiempo, mas tambi\u00e9n en cuantas \u00e9pocas sobresalientes conmemora la historia. En Espa\u00f1a, sus ej\u00e9rcitos se sublevaron contra \u00e9l \u00fanicamente a causa de su mucha clemencia, que dejaba a sus guerreros m\u00e1s libertad que la que la disciplina militar pod\u00eda permitir. De tan extremada clemencia le reconvino en pleno Senado, Favio, acus\u00e1ndolo de corruptor de la milicia romana, y alegando que destruidos los locrios por un lugarteniente de Escipi\u00f3n, \u00e9ste no los hab\u00eda vengado, ni castigado siquiera la insolencia de dicho lugarteniente. Todo esto derivaba de su natural blando y flexible, que \u00e9l llev\u00f3 hasta el punto de que, al disculparse de ello en el Senado, dijo que muchos hombres sab\u00edan mejor no cometer faltas que corregir las de los dem\u00e1s. Si con semejante temperamento, hubiera conservado el mando, habr\u00eda alterado a la larga su reputaci\u00f3n y su nombrad\u00eda. Pero, como labor\u00f3 despu\u00e9s bajo la fiscalizaci\u00f3n del Senado, desapareci\u00f3 de su car\u00e1cter cualidad tan perniciosa, y aun la memoria que de ella se hac\u00eda, fue causa de que se convirtiese en gloria suya. De donde infiero que amando los hombres a su voluntad y temiendo a la del pr\u00edncipe, debe el \u00faltimo, si es cuerdo, fundarse en lo que depende de \u00e9l, no en lo que depende de los otros, y \u00fanicamente ha de evitar que se le aborrezca, como llevo dicho.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap18\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO XVIII<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DE QUE MODO DEBEN GUARDAR LOS PR\u00cdNCIPES LA FE PROMETIDA<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\u00a1Cu\u00e1n digno de alabanza es un pr\u00edncipe cuando mantiene la fe que ha jurado, cuando vive de un modo \u00edntegro y cuando no usa de doblez en su conducta! No hay quien no comprenda esta verdad, y, sin embargo, la experiencia de nuestros d\u00edas muestra que varios pr\u00edncipes, desde\u00f1ando la buena fe y empleando la astucia para reducir a su voluntad el esp\u00edritu de los hombres, realizaron grandes empresas, y acabaron por triunfar de los que procedieron en todo con lealtad. Es necesario que el pr\u00edncipe sepa que dispone, para defenderse, de dos recursos: la ley y la fuerza. El primero es propio de hombres, y el segundo corresponde esencialmente a los animales. Pero como a menudo no basta el primero es preciso recurrir al segundo. Le es, por ende, indispensable a un pr\u00edncipe hacer buen uso de uno y de otro, ya simult\u00e1nea, ya sucesivamente. Tal es lo que con palabras encubiertas ense\u00f1aron los antiguos autores a los pr\u00edncipes, cuando escribieron que muchos de ellos, y particularmente Aquiles, fueron confiados en su ni\u00f1ez al centauro Quir\u00f3n, para que les criara y los educara bajo su disciplina. Esta alegor\u00eda no significa otra cosa sino que tuvieron por preceptor a un maestro que era mitad hombre y mitad bestia, o sea que un pr\u00edncipe necesita utilizar a la vez o intermitentemente de una naturaleza y de la otra, y que la una no durar\u00eda, si la otra no la acompa\u00f1ara.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Desde que un pr\u00edncipe se ve en la precisi\u00f3n de obrar competentemente conforme a la \u00edndole de los brutos, los que ha de imitar son el le\u00f3n y la zorra, seg\u00fan los casos en que se encuentre. El ejemplo del le\u00f3n no basta, porque este animal no se preserva de los lazos, y la zorra sola no es suficiente, porque no puede librarse de los lobos. Es necesario, por consiguiente, ser zorra, para conocer los lazos, y le\u00f3n, para espantar a los lobos; pero los que toman por modelo al \u00faltimo animal no entienden sus intereses. Cuando un pr\u00edncipe dotado de prudencia advierte que su fidelidad a las promesas redunda en su perjuicio, y que los motivos que le determinaron a hacerlas no existen ya, ni puede, ni siquiera debe guardarlas, a no ser que consienta en perderse. Y obs\u00e9rvese que, si todos los hombres fuesen buenos, este precepto ser\u00eda detestable. Pero, como son malos, y no observar\u00edan su fe respecto del pr\u00edncipe, si de incumplirla se presentara la ocasi\u00f3n, tampoco el pr\u00edncipe est\u00e1 obligado a cumplir la suya, si a ello se viese forzado. Nunca faltan razones leg\u00edtimas a un pr\u00edncipe para cohonestar la inobservancia de sus promesas, inobservancia autorizada en alg\u00fan modo por infinidad de ejemplos demostrativos de que se han concluido muchos felices tratados de paz, y se han anulado muchos empe\u00f1os funestos, por la sola infidelidad de los pr\u00edncipes a su palabra. El que mejor supo obrar como zorra, tuvo mejor acierto.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Pero es menester saber encubrir ese proceder artificioso y ser h\u00e1bil en disimular y en fingir. Los hombres son tan simples, y se sujetan a la necesidad en tanto grado, que el que enga\u00f1a con arte halla siempre gente que se deje enga\u00f1ar. No quiero pasar en silencio un ejemplo fehacient\u00edsimo. El papa Alejandro VI no hizo jam\u00e1s otra cosa que enga\u00f1ar a sus pr\u00f3jimos, pensando incesantemente en los medios de inducirles a error y encontr\u00f3 siempre ocasiones de poderlo hacer. No hubo nunca nadie que conociera mejor el arte de las protestas persuasivas ni que afirmara una cosa con juramentos m\u00e1s respetables, ni que a la vez cumpliera menos lo que hab\u00eda prometido. A pesar de que todos le consideraban como un trapacero, sus enga\u00f1os le sal\u00edan siempre al tenor de sus designios, porque, con sus estratagemas, sabia dirigir a los hombres.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">No hace falta que un pr\u00edncipe posea todas las virtudes de que antes hice menci\u00f3n, pero conviene que aparente poseerlas. Hasta me atrevo a decir que, si las posee realmente, y las practica de continuo, le ser\u00e1n perniciosas a veces, mientras que, aun no posey\u00e9ndolas de hecho, pero aparentando poseerlas, le ser\u00e1n siempre provechosas. Puede aparecer manso, humano, fiel, leal, y aun serlo. Pero le es menester conservar su coraz\u00f3n en tan exacto acuerdo con su inteligencia que, en caso preciso, sepa variar en sentido contrario. Un pr\u00edncipe, y especialmente uno nuevo, que quiera mantenerse en su trono, ha de comprender que no le es posible observar con perfecta integridad lo que hace mirar a los hombres como virtuosos, puesto que con frecuencia, para mantener el orden en su Estado, se ve forzado a obrar contra su palabra, contra las virtudes humanitarias o caritativas y hasta contra su religi\u00f3n. Su esp\u00edritu ha de estar dispuesto a tomar el giro que los vientos y las variaciones de la fortuna exijan de \u00e9l, y, como expuse m\u00e1s arriba, a no apartarse del bien, mientras pueda, pero tambi\u00e9n a saber obrar en el mal, cuando no queda otro recurso. Debe cuidar mucho de ser circunspecto, para que cuantas palabras salgan de su boca, lleven impreso el sello de las virtudes mencionadas, y para que, tanto vi\u00e9ndole, como oy\u00e9ndole, le crean enteramente lleno de buena fe, entereza, humanidad, caridad y religi\u00f3n. Entre estas prendas, ninguna hay m\u00e1s necesaria que la \u00faltima. En general, los hombres juzgan m\u00e1s por los ojos que por las manos, y, si es propio a todos ver, tocar s\u00f3lo est\u00e1 al alcance de un corto n\u00famero de privilegiados. Cada cual ve lo que el pr\u00edncipe parece ser, pero pocos comprenden lo que es realmente y estos pocos no se atreven a contradecir la opini\u00f3n del vulgo, que tiene por apoyo de sus ilusiones la majestad del Estado que le protege. En las acciones de todos los hombres, pero particularmente en las de los pr\u00edncipes, contra los que no cabe recurso de apelaci\u00f3n, se considera simplemente el fin que llevan. Ded\u00edquese, pues, el pr\u00edncipe a superar siempre las dificultades y a conservar su Estado. Si logra con acierto su fin se tendr\u00e1n por honrosos los medios conducentes a mismo, pues el vulgo se paga \u00fanicamente de exterioridades y se deja seducir por el \u00e9xito. <a name=\"ref1\"><\/a>[<a href=\"https:\/\/blogs.ua.es\/maquiavelo\/wp-admin\/#nota1\">[1]<\/a>] Y como el vulgo es lo que m\u00e1s abunda en las sociedades, los escasos esp\u00edritus clarividentes que existen no exteriorizan lo que vislumbran hasta que la inmensa legi\u00f3n de los torpes no sabe ya a qu\u00e9 atenerse. En nuestra edad vive un pr\u00edncipe que nunca predica m\u00e1s que paz, ni habla m\u00e1s que de buena fe, y que, de haber observado una y otra, hubiera perdido la estimaci\u00f3n que se le profesa, y habr\u00eda visto arrebatados m\u00e1s de una vez sus dominios. Pero creo que no conviene nombrarle. <a name=\"ref2\"><\/a>[<a href=\"https:\/\/blogs.ua.es\/maquiavelo\/wp-admin\/#nota2\">[2]<\/a>]<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap19\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAPITULO XIX<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">EL PR\u00cdNCIPE DEBE EVITAR SER ABORRECIDO Y DESPRECIADO<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Habiendo considerado todas las dotes que deben adornar a un pr\u00edncipe, quiero, despu\u00e9s de haber hablado de las m\u00e1s importantes, discurrir tambi\u00e9n sobre las otras, al menos de un modo general y brevemente, estatuyendo que el pr\u00edncipe debe evitar lo que pueda hacerle odioso y menospreciable. Cuantas veces lo evite, habr\u00e1 cumplido con su obligaci\u00f3n, y no hallar\u00e1 peligro alguno en cualquiera otra falta en que llegue a incurrir. Lo que m\u00e1s que nada le har\u00eda odioso ser\u00eda mostrarse rapaz, usurpando las propiedades de sus s\u00fabditos, o apoder\u00e1ndose de sus mujeres, de lo cual ha de abstenerse en absoluto. Mientras no se guite a la generalidad de los hombres sus bienes o su honra, vivir\u00e1n como si estuvieran contentos, y no hay ya m\u00e1s que preservarse de la ambici\u00f3n de un corto n\u00famero de individuos, ambici\u00f3n reprimible f\u00e1cilmente de muchos modos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Un pr\u00edncipe cae en el menosprecio cuando pasa por variable, ligero, afeminado, pusil\u00e1nime e irresoluto. Ponga, pues, sumo cuidado en preservarse de semejante reputaci\u00f3n como de un escollo, e ing\u00e9niese para que en sus actos se advierta constancia, gravedad, virilidad, valent\u00eda y decisi\u00f3n. Cuando pronuncie juicio sobre las tramas de sus s\u00fabditos, determ\u00ednese a que sea irrevocable su sentencia. Finalmente, es preciso que los mantenga en una tal opini\u00f3n de su perspicacia, que ninguno de ellos abrigue el pensamiento de enga\u00f1arle o de envolverle en intrigas. El pr\u00edncipe lograr\u00e1 esto, si es muy estimado, pues dif\u00edcilmente se conspira contra el que goza de mucha estimaci\u00f3n. Los extranjeros, por otra parte, no le atacan con gusto, con tal, empero, que sea un excelente pr\u00edncipe, y que le veneren sus gobernados.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Dos cosas ha de temer el pr\u00edncipe son a saber: 1) en el interior de su Estado, alguna rebeli\u00f3n de sus s\u00fabditos; 2) en el exterior, un ataque de alguna potencia vecina. Se preservar\u00e1 del segundo temor con buenas armas, y, sobre todo, con buenas alianzas, que lograr\u00e1 siempre con buenas armas. Ahora bien: cuando los conflictos exteriores est\u00e1n obstruidos, lo est\u00e1n tambi\u00e9n los interiores, a menos que los haya provocado ya una conjura. Pero, aunque se manifestara exteriormente cualquier tempestad contra el pr\u00edncipe que interiormente tiene bien arreglados sus asuntos, si ha vivido seg\u00fan le he aconsejado, y si no le abandonan sus s\u00fabditos, resistir\u00e1 todos los ataques for\u00e1neos, como hemos visto que hizo Nabis, el rey lacedemonio.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Sin embargo, con respecto a sus gobernados, aun en el caso de que nada se maquine contra \u00e9l desde afuera, podr\u00e1 temer que se conspire ocultamente dentro. Pero est\u00e9 seguro de que ello no acaecer\u00e1, si evita ser aborrecido y despreciado, y si, como antes expuse por extenso, logra la ventaja esencial de que el pueblo se muestre contento de su gobernaci\u00f3n. Por consiguiente, uno de los m\u00e1s poderosos preservativos de que contra las conspiraciones puede disponer el soberano, es no ser aborrecido y despreciado de sus s\u00fabditos, porque al conspirador no le alienta m\u00e1s que la esperanza de contentar al pueblo, haciendo perecer al pr\u00edncipe. Pero cuando tiene motivos para creer que ofender\u00eda con ello al pueblo, le falta la necesaria amplitud de valor para consumar su atentado, pues avizora las innumerables dificultades que ofrece su realizaci\u00f3n. La experiencia ense\u00f1a que hubo muchas conspiraciones, y que pocas obtuvieron \u00e9xito, porque, no pudiendo obrar solo y por cuenta propia el que conspira, ha de asociarse \u00fanicamente a los que juzga descontentos. Mas, por lo mismo que ha descubierto a uno de ellos, le ha dado pie para contentarse por s\u00ed mismo, ya que al revelar al pr\u00edncipe la trama que se le ha confiado, b\u00e1stale para esperar de \u00e9l un buen premio. Y como de una parte encuentra una ganancia segura, y de otra parte una empresa dudosa y llena de peligros, para que mantenga la palabra que dio a quien le inici\u00f3 en la conspiraci\u00f3n ser\u00e1 menester, o que sea un amigo suyo como hay pocos, o un enemigo irreconciliable del pr\u00edncipe.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Para reducir la cuesti\u00f3n a breves t\u00e9rminos, har\u00e9 notar que del lado del conjurado todo es recelo, sospecha y temor a la pena que le impondr\u00e1n, si fracasa, mientras que del lado del pr\u00edncipe est\u00e1n las leyes, la defensa del Estado, la majestad de su soberan\u00eda y la protecci\u00f3n de sus amigos, de suerte que, si a todos estos preservativos se a\u00f1ade la benevolencia del pueblo, es casi imposible que nadie sea lo bastante temerario para conspirar. Si todo conjurado, antes de la ejecuci\u00f3n de su plan, siente com\u00fanmente miedo de que se malogre, lo sentir\u00e1 mucho m\u00e1s en tal caso, pues, aun triunfando, tendr\u00e1 por enemigo al pueblo, y no le quedar\u00e1 entonces ning\u00fan refugio. Sobre esto podr\u00eda citar infinidad de ejemplos, pero me ci\u00f1o a uno solo, cuya memoria nos trasmitieron nuestros padres. Siendo An\u00edbal Bentivoglio (abuelo del An\u00edbal de hoy d\u00eda) pr\u00edncipe de Bolonia, le asesinaron los Cannuchis (1445), familia rival suya, a continuaci\u00f3n de una conjura, y cuando estaba todav\u00eda en mantillas su hijo \u00fanico Juan. Naturalmente, \u00e9ste no pod\u00eda vengarle, pero el pueblo se sublev\u00f3 acto seguido contra los asesinos y les mat\u00f3 atrozmente. Fue un efecto l\u00f3gico de la simpat\u00eda popular que los Bentivoglio se hab\u00edan ganado en Bolonia por aquellos tiempos, simpat\u00eda tan grande, que, no disponiendo ya la ciudad de persona alguna de dicha casa que, muerto An\u00edbal, pudiera regir el Estado, y habiendo sabido los ciudadanos que exist\u00eda en Florencia un descendiente de la misma familia, hijo de un modesto artesano, fueron en busca suya, y le confirieron el mando de su comunidad, que rigi\u00f3 de hecho hasta que Juan lleg\u00f3 a edad de gobernar de derecho por s\u00ed mismo. De donde se deduce que un pr\u00edncipe debe inquietarse poco de las conspiraciones, cuando le manifiesta buena voluntad el pueblo, al paso que si \u00e9ste le es contrario, y le odia, le sobran motivos para temerlas en cualquier ocasi\u00f3n y de parte de cualquier individuo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Los pr\u00edncipes sabios y los Estados bien ordenados cuidaron siempre tanto de contentar al pueblo como de no descontentar a los nobles hasta el punto de reducirlos a la desesperaci\u00f3n. Es esta una de las cosas m\u00e1s importantes a que debe atender el pr\u00edncipe. Uno de los reinos mejor concertados y gobernados de nuestra \u00e9poca es Francia. Se halla all\u00ed una infinidad de excelentes estatutos, el primero de los cuales es el Parlamento y la amplitud de su autoridad, estatutos a que van unidas la libertad del pueblo y la seguridad del rey. Conociendo el fundador del actual orden pol\u00edtico la ambici\u00f3n e insolencia de los nobles, juzgando ser preciso ponerles un freno que los contuviese, sabiendo, por otra parte, cu\u00e1nto les aborrec\u00eda el pueblo, a causa del miedo que les ten\u00eda y deseando sin embargo sosegarlos no quiso que quedase a cargo particular del monarca esa doble tarea. A fin de quitarle esta preocupaci\u00f3n, que pod\u00eda repartir con la aristocracia, y de favorecer a la vez a los nobles y al pueblo, estableci\u00f3 por juez a un tercero, que, sin participaci\u00f3n directa del monarca, reprimiera a los primeros y beneficiase al segundo. No cabe imaginar disposici\u00f3n alguna m\u00e1s prudente, ni mejor medio de seguridad para el pr\u00edncipe y para la naci\u00f3n. Y de aqu\u00ed infiero la notable consecuencia de que los pr\u00edncipes deben dejar a otros la disposici\u00f3n de las cosas odiosas, y reservarse a si mismos las de gracia, estimando siempre a los nobles, pero sin hacerse nunca odiar del pueblo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Al considerar la vida y la muerte de diversos emperadores romanos, quiz\u00e1 crean muchos que existen ejemplos contrarios a mi opini\u00f3n. Tal C\u00e9sar, en efecto, perdi\u00f3 el imperio, y tal otro fue asesinado por los suyos, conjurados contra \u00e9l, a pesar de haber procedido con rectitud y mostrado magnanimidad. Proponi\u00e9ndome responder a semejante objeci\u00f3n, examinar\u00e9 las dotes personales de aquellos emperadores, y probar\u00e9 que la causa de su ruina no se diferencia de la misma contra la que he querido preservar a mi pr\u00edncipe, y har\u00e9 cuenta de ciertas cosas que no han de omitir los que leen las historias de tales \u00e9pocas. Para ello me bastar\u00e1 limitarme a los C\u00e9sares que se sucedieron en el imperio desde Marco Aurelio hasta Maximino, es decir, Marco Aurelio, su hijo C\u00f3modo, Pertinax, Juliano, Septimio Severo, su hijo Caracalla, M\u00e1ximo, Heliog\u00e1balo, Alejandro Severo y Maximino.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Notemos, ante todo, que en principados de otra especie que el suyo, apenas hay que luchar m\u00e1s que contra la ambici\u00f3n de los grandes y contra la violencia de los pueblos, mientras que los emperadores romanos tropezaban, adem\u00e1s, con un tercer obst\u00e1culo, la avaricia y la crueldad de los soldados, obst\u00e1culo de tan dif\u00edcil remoci\u00f3n, que muchos se desgraciaron en ello. No es, en efecto, f\u00e1cil contentar a la vez a los soldados y al pueblo porque el pueblo es amigo del descanso y lo es asimismo el pr\u00edncipe de moderada condici\u00f3n, al paso que los soldados quieren un pr\u00edncipe que tenga esp\u00edritu marcial, y que sea rapaz, cruel e insolente. La voluntad de los soldados del imperio era que su pr\u00edncipe ejerciera sobre la plebe tan funestas disposiciones, para obtener una paga doble, y para dar rienda suelta a su codicia, de lo cual resultaba que los emperadores a quienes no se consideraba capaces de imponer respeto al ej\u00e9rcito y al pueblo, quedaban siempre vencidos. Los m\u00e1s de ellos, especialmente los que hab\u00edan ascendido a la soberan\u00eda en calidad de pr\u00edncipes nuevos, conocieron cu\u00e1n arduo resultaba conciliar ambas cosas, y abrazaron el partido de contentar a los soldados, sin temer mucho ofender al pueblo, por casi no serles posible obrar de otro modo. No pudiendo los pr\u00edncipes evitar que les aborrezcan unos cuantos, han de esforzarse, ante todo, en que no les aborrezca el mayor n\u00famero. Pero, cuando tampoco les es dable conseguir este fin, deben precaverse, mediante todo linaje de expedientes del odio de la clase m\u00e1s poderosa.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">As\u00ed, aquellos emperadores que, en raz\u00f3n de ser nuevos, necesitaban de extraordinarios favores, se apegaron con m\u00e1s gusto al ej\u00e9rcito que al pueblo, lo cual se convert\u00eda en su beneficio o en su da\u00f1o, seg\u00fan la mayor o menor reputaci\u00f3n que sab\u00edan conservar en el concepto de sus tropas. Tales fueron las causas de que Pertinax y Alejandro Severo, a pesar de ser tan moderados en su conducta, tan amantes de la justicia, tan enemigos de la crueldad, tan buenos y tan humanos como Marco Aurelio, cuyo fin fue feliz, tuviesen, sin embargo, uno muy desdichado. \u00danicamente Marco Aurelio vivi\u00f3 y muri\u00f3 venerado de todos, por haber sucedido al emperador por derecho hereditario, y por no hallarse en la necesidad de portarse como si debiera su trono al ej\u00e9rcito o al pueblo. Dotado, por otra parte, de muchas virtudes que le hac\u00edan respetable, contuvo siempre al ej\u00e9rcito y al pueblo dentro de justos l\u00edmites, y no fue aborrecido ni despreciado nunca. Por el contrario, Pertinax, nombrado emperador contra la voluntad de los soldados, que, bajo el imperio de C\u00f3modo, se hab\u00edan habituado a la vida licenciosa, quiso reducirlos a una vida decente, que se les hac\u00eda insoportable, lo que engendr\u00f3 en ellos odio contra su persona, odio a que se uni\u00f3 el desprecio, a causa de ser viejo, y, en los comienzos de su reinado, le asesinaron sus tropas. Este ejemplo nos pone en el caso de observar que el pr\u00edncipe se hace aborrecer tanto con nobles como con perversas acciones, y por eso indiqu\u00e9 que, si quiere conservar sus dominios, se halla con frecuencia obligado a no ser bueno. Si la mayor\u00eda de hombres (grandes, soldados o pueblo) de que necesita para sostenerse, est\u00e1 corrompida, debe seguirle el humor, y contentarla, pues las nobles acciones que entonces realizara, se volver\u00edan contra \u00e9l mismo. Alejandro Severo era un hombre de bondad tama\u00f1a, que, entre las dem\u00e1s alabanzas que se le prodigaron, se encuentran las de que, en los catorce a\u00f1os que rein\u00f3, no hizo morir a nadie sin juicio. Empero, habi\u00e9ndose conjurado en contra suyo el ej\u00e9rcito, pereci\u00f3 a sus golpes, por haberle tornado despreciable su fama de hombre de genio d\u00e9bil, y que se dejaba gobernar por su madre.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Comparando las buenas prendas de aquellos pr\u00edncipes con el car\u00e1cter y con la conducta de C\u00f3modo, Septimio Severo, Caracalla y Maximino, hallamos a los \u00faltimos sumamente rapaces y crueles. Para contentar a los soldados, no perdonaron al pueblo injuria alguna, y todos, menos Septimio Severo, murieron desgraciadamente. Pero \u00e9ste pose\u00eda tanto valor, que, conservando en favor suyo el afecto de los soldados, pudo, aun oprimiendo al pueblo, reinar con toda felicidad. Sus dotes le hac\u00edan tan admirable en el concepto de unos y del otro, que los primeros le admiraban hasta el paroxismo, y el segundo le respetaba y permanec\u00eda contento. Pero, como las acciones de Septimio Severo tuvieron tanta grandeza cuanta pod\u00edan tener en un pr\u00edncipe nuevo, quiero mostrar brevemente c\u00f3mo supo diestramente ejercer de le\u00f3n y de zorra, lo cual es indispensable a un soberano, como ya llevo dicho. Habiendo conocido Septimio Severo la cobard\u00eda de Desiderio Juliano, que acababa de hacerse proclamar emperador, persuadi\u00f3 al ej\u00e9rcito, que estaba bajo su mando en Esclavonia, a que har\u00eda bien en marchar a Roma, para vengar la muerte de Pertinax, asesinado por la guardia pretoriana. Queriendo con tal pretexto mostrar que no aspiraba al imperio, arrastr\u00f3 a su ej\u00e9rcito contra Roma, y lleg\u00f3 a Italia, antes que nadie se hubiese enterado siquiera de su partida. Entrado que hubo en Roma, forz\u00f3 al Senado, atemorizado, a nombrarle emperador, y fue muerto Desiderio Juliano, al que se hab\u00eda conferido aquella dignidad. Despu\u00e9s de este primer principio le quedaban a Septimio Severo dos dificultades que vencer, para constituirse en se\u00f1or de todo el Imperio. La primera estaba en Oriente, donde N\u00edger, jefe de los ej\u00e9rcitos asi\u00e1ticos, se hab\u00eda hecho proclamar emperador. La segunda se hallaba en Breta\u00f1a, y era su fautor Albino, que tambi\u00e9n aspiraba al imperio. Juzgando peligroso declararse a la vez enemigo de uno y de otro, resolvi\u00f3 enga\u00f1ar al segundo, mientras atacaba al primero. Al efecto, escribi\u00f3 a Albino para decirle que, habiendo sido elegido emperador por el Senado, quer\u00eda repartir con \u00e9l aquella dignidad. Hasta le envi\u00f3 el t\u00edtulo de C\u00e9sar, despu\u00e9s de haber hecho declarar al Senado que Septimio Severo tomaba por asociado a Albino, el cual tuvo por sinceros todos aquellos actos, y les prest\u00f3 su adhesi\u00f3n. Pero, no bien Septimio Severo hubo vencido y muerto a N\u00edger, y regresado a Roma, se quej\u00f3 de Albino en pleno Senado, alegando que aquel colega, poco reconocido a los beneficios que recibiera de \u00e9l, hab\u00eda intentado asesinarle a traici\u00f3n, por lo que se ve\u00eda obligado a ir a castigar su ingratitud. Parti\u00f3, pues, para Francia a su encuentro y le quit\u00f3 el imperio con la vida. Donde se ve que Septimio Severo era a la vez un le\u00f3n feroc\u00edsimo y una zorra muy astuta, que consigui\u00f3 que le temiesen y le respetaran todos, sin que le aborreciesen los soldados. No se extra\u00f1ar\u00e1, por ende, que, aun siendo pr\u00edncipe nuevo, lograse conservar un imperio tan vasto. Su grand\u00edsima reputaci\u00f3n le preserv\u00f3 del odio que hubieran podido tomarle los pueblos, a causa de sus rapi\u00f1as.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Pero su mismo hijo Caracalla, que se hac\u00eda llamar <em>Alejandro<\/em> y <em>Antonio el Grande<\/em>, fue tambi\u00e9n un hombre excelente en el arte de la guerra. Pose\u00eda bell\u00edsimas dotes, que le atra\u00edan la admiraci\u00f3n de los pueblos y el amor de los soldados. Estos le quer\u00edan, por ser un guerrero que sobrellevaba hasta el \u00faltimo l\u00edmite todo g\u00e9nero de fatigas, despreciaba los alimentos delicados, y desechaba las satisfacciones de la molicie. Pero le hicieron extremadamente odioso a todos sus continuas matanzas, pues, en muchas ocasiones, hab\u00eda hecho perecer una gran parte del pueblo de Roma y todo el de Alejandr\u00eda, sobrepujando su ferocidad y su crueldad a cuanto se hab\u00eda visto hasta entonces. El temor que por \u00e9l se sent\u00eda alcanz\u00f3 a los mismos que le rodeaban, y un centuri\u00f3n le mat\u00f3 en presencia de su propio ej\u00e9rcito. Con cuyo motivo conviene notar que semejantes atentados, cuyo golpe parte de un prop\u00f3sito deliberado y tenaz, no puede el pr\u00edncipe evitarlos en modo alguno, porque al que tiene en poco la vida no le asusta dar a otro la muerte. Pero el pr\u00edncipe no debe temer demasiado perecer de este modo, porque tales agresiones son rar\u00edsimas, y \u00fanicamente ha de cuidar de no ofender gravemente a ninguno de los que emplea, y en especial a los que tiene a su lado y a su servicio, como lo hizo Caracalla, que abandon\u00f3 la custodia de su persona a un centuri\u00f3n, a cuyo hermano hab\u00eda mandado matar ignominiosamente, y que a diario amenazaba con vengarse. Temerario hasta ese punto, Caracalla no pod\u00eda menos de ser asesinado, y lo fue.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Vengamos ahora a C\u00f3modo, a quien tan f\u00e1cil le hubiera sido conservar el trono, puesto que lo hab\u00eda adquirido, por herencia, de su padre. Le bastaba seguir las huellas de \u00e9ste para contentar al pueblo y a los soldados. Pero, hombre de genio brutal, de condici\u00f3n perversa y de rapacidad inaudita, ejercit\u00f3 \u00e9sta sin tasa sobre el pueblo, y, para favorecer al ej\u00e9rcito, lo lanz\u00f3 al libertinaje. Todo ello junto le torn\u00f3 odioso al pueblo, y los soldados empezaron a menospreciarle, cuando le vieron rebajarse hasta el extremo de ir a luchar con los gladiadores en los circos, y de hacer otras cosas vil\u00edsimas y poco dignas de la majestad imperial. Aborrecido por una parte y despreciado por otra, se conjuraron contra \u00e9l, y le asesinaron.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Maximino, cuyas cualidades me queda por exponer, fue un hombre muy belicoso. Elevado al imperio por algunos ej\u00e9rcitos disgustados de la molicie de Alejandro Severo, a quien antes alud\u00ed, no lo posey\u00f3 mucho tiempo, porque le hac\u00edan menospreciable y aborrecible dos cosas. Era la primera su bajo origen, pues hab\u00eda guardado reba\u00f1os en Tracia, lo cual nadie ignoraba, y le atra\u00eda general vilipendio. La otra era su reputaci\u00f3n de hombre sanguinario. Durante las dilaciones de que us\u00f3 despu\u00e9s de su elecci\u00f3n al imperio, para trasladarse a Roma, y tomar all\u00ed posesi\u00f3n del trono, orden\u00f3 a sus prefectos que cometiesen todo g\u00e9nero de crueldades en las provincias. Indignado todo el mundo, as\u00ed de la ruindad de su abolengo como del miedo que su ferocidad engendraba, result\u00f3 de esto que el \u00c1frica se sublev\u00f3 contra \u00e9l, y que luego el Senado, el pueblo romano e Italia entera conspiraba contra su persona. Su propio ej\u00e9rcito, que estaba acampado bajo los muros de Aquilea, y que no acababa de tomar esta ciudad, jur\u00f3 igualmente su ruina. Fatigado de su crueldad, y temi\u00e9ndole menos, desde que le ve\u00eda con tantos enemigos, le mat\u00f3 atrozmente.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Evito hablar de Heliog\u00e1balo, de M\u00e1ximo y de Juliano, que, despreciables en un todo, perecieron muy poco despu\u00e9s de elevados a la soberan\u00eda, y vuelvo a las consecuencias de este discurso, arguyendo que los pr\u00edncipes de nuestra era no experimentan ya tanto esa dificultad de contentar a las tropas por medios extraordinarios. A pesar de los miramientos que con ellas est\u00e1n obligados a guardar, aquella dificultad se allana bien pronto, porque ninguno de nuestros pr\u00edncipes tiene ning\u00fan cuerpo de ej\u00e9rcito, que, por su larga residencia en las provincias, se amalgame con las autoridades y con las administraciones de \u00e9stas, como lo hac\u00edan las legiones del imperio romano. Si conven\u00eda entonces contentar m\u00e1s a los soldados que al pueblo, era porque los primeros pod\u00edan m\u00e1s que el segundo. Hoy d\u00eda, los t\u00e9rminos se han invertido, y conviene contentar m\u00e1s al pueblo que a los soldados, porque aqu\u00e9l posee m\u00e1s poder que \u00e9stos. Hago excepci\u00f3n, sin embargo, del sult\u00e1n de Turqu\u00eda y del sold\u00e1n de Egipto. El sult\u00e1n, rodeado continuamente, como prenda de su fuerza y de su seguridad, de doce mil infantes y de quince mil caballos, y que no hace caso alguno del pueblo, se ve obligado a conservar en sus guardias el afecto hacia su persona. Sucede lo mismo con el sold\u00e1n, que tampoco atiende en nada al pueblo, y cuya fuerza est\u00e1 depositada por entero en sus soldados, que ha de procurar no le pierdan cari\u00f1o. Por cierto que el Estado del sold\u00e1n es diferente de todas las soberan\u00edas, y que se asemeja no poco al Pontificado cristiano, que no es principado hereditario, ni nuevo. No heredan la soberan\u00eda los hijos del pr\u00edncipe difunto, sino un particular elegido por hombres que tienen facultad para ello. Sancionado de inmemorial este orden, el principado del sold\u00e1n no puede llamarse nuevo, y no presenta ninguna de las dificultades que existen en las soberan\u00edas nuevas. El pr\u00edncipe es nuevo, pero las constituciones de semejante Estado son antiguas, y est\u00e1n constituidas de modo que le reciban en \u00e9l como si fuera poseedor suyo por derecho hereditario.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Volviendo al asunto, digo que, cualquiera que reflexione sobre lo que dejo expuesto, ver\u00e1 que el odio, o el menosprecio, o ambas cosas juntas, fueron la causa de la ruina de los emperadores que he mencionado. Sabr\u00e1 tambi\u00e9n por qu\u00e9, habiendo obrado parte de ellos de una manera, y otra parte de la manera contraria, s\u00f3lo dos correspondientes cada uno a cada manera, tuvieron un fin dichoso, mientras que los dem\u00e1s tuvieron un fin desastrado. Comprender\u00e1, en fin, por qu\u00e9 Pertinax y Alejandro Severo quisieron imitar a Marco Aurelio, no s\u00f3lo en balde, sino en perjuicio suyo, por no considerar que el \u00faltimo reinaba por derecho hereditario, al paso que ellos eran pr\u00edncipes nuevos. Igualmente les fue adversa a Caracalla, a C\u00f3modo y a M\u00e1ximo su pretensi\u00f3n de imitar a Septimio Severo, por no hallarse dotados del valor suficiente para seguir sus huellas en todo. As\u00ed, un pr\u00edncipe nuevo en una soberan\u00eda nueva no puede, sin peligro, imitar las acciones de Marco Aurelio, y no le es f\u00e1cil, ni indispensable, imitar las de Septimio Severo. Debe, pues, tomar de \u00e9ste cuantos procederes le sean necesarios para fundar y asegurar bien su Estado, y de aqu\u00e9l lo que hubo en su conducta de conveniente y de glorioso, para conservar un Estado ya fundado y asegurado.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap20\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO XX<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">SI LAS FORTALEZAS Y OTRAS MUCHAS COSAS QUE LOS PR\u00cdNCIPES HACEN, SON \u00daTILES O PERJUDICIALES<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Para conservar con seguridad sus Estados unos creyeron necesario desarmar a sus s\u00fabditos, y otros promovieron divisiones en los pa\u00edses que les estaban sometidos. Unos mantuvieron enemistades contra si mismos, y otros se consagraron a ganarse a los hombres que en el comienzo de su reinado les eran sospechosos. Unos construyeron en sus dominios fortalezas, y otros demolieron y arrasaron las que exist\u00edan. Ahora bien, aunque no es posible formular una regla fija sobre todos estos casos, a no ser que quepa, por la consideraci\u00f3n de algunos detalles significativos, decidirse a tomar la determinaci\u00f3n que implique mayor cordura, hablar\u00e9, sin embargo, sobre ello del modo m\u00e1s extenso y m\u00e1s general que la materia misma permita.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Jam\u00e1s hubo pr\u00edncipe alguno nuevo que desarmara a sus s\u00fabditos, y, cuando los hall\u00f3 desarmados, los arm\u00f3 siempre \u00e9l mismo. Obrando as\u00ed, las armas de sus gobernados se convirtieron en las suyas propias; los que eran sospechosos se tornaron fieles; los que eran fieles se mantuvieron en su fidelidad, y los que no eran m\u00e1s que sumisos se transformaron en partidarios de su reinado. Pero como el pr\u00edncipe no puede armar a todos sus s\u00fabditos, aquellos a quienes arma reciben realmente un favor de \u00e9l, y puede entonces obrar m\u00e1s seguramente con respecto a los otros. Por esa distinci\u00f3n, de que se conocen deudores al pr\u00edncipe, los primeros se le apegan y los dem\u00e1s le disculpan, juzgando que es menester, ciertamente, que aquellos tengan m\u00e1s m\u00e9rito que ellos mismos, puesto que el soberano los expone as\u00ed a m\u00e1s peligros, y les hace contraer m\u00e1s obligaciones.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Cuando el pr\u00edncipe desarma a sus s\u00fabditos, empieza ofendi\u00e9ndoles, puesto que manifiesta que desconf\u00eda de ellos, y que les sospecha capaces de cobard\u00eda o de poca fidelidad. Una u otra de ambas opiniones que le supongan contra s\u00ed mismos engendrar\u00e1 el odio hacia \u00e9l en sus almas. Como no puede permanecer desarmado, est\u00e1 obligado a valerse de la tropa mercenaria, cuyos inconvenientes he dado a conocer. Pero, aunque esa tropa fuera buena, no puede serlo bastante para defender al pr\u00edncipe a la vez de los enemigos poderosos que tenga por de fuera, y de aquellos gobernados que le causen sobresalto en lo interior. Por esto, como ya dije, todo pr\u00edncipe nuevo en su soberan\u00eda nueva se form\u00f3 siempre una tropa suya. Nuestras historias presentan innumerables ejemplos de ello.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Pero cuando un soberano adquiere un Estado, nuevo, que se incorpora en calidad de nuevo miembro a su antiguo principado, es preciso que lo desarme inmediatamente, no dejando armados en \u00e9l m\u00e1s que a los hombres que en el acto de la adquisici\u00f3n se declararon abiertamente partidarios suyos, y, aun con respecto a estos mismos, le convendr\u00e1, con el tiempo, y aprovechando las ocasiones propicias, debilitar su genio belicoso, y provocar su afeminamiento progresivo. Debe, en suma, hacer de manera que todas las armas de su nuevo Estado permanezcan en poder de los soldados que le pertenecen a \u00e9l solo, y que, de a\u00f1os atr\u00e1s viven en su antiguo Estado, al lado de su persona. Nuestros mayores, los florentinos, y principalmente los que pasan por sabios, dec\u00edan que para conservar a Pisa, se requer\u00eda tener en ella fortalezas, y que, para retener a Pistoya, conven\u00eda fomentar all\u00ed algunas facciones. Por tal causa, para hacer m\u00e1s f\u00e1cil su dominaci\u00f3n en determinados distritos, manten\u00edan en ellos ciertas contiendas, m\u00e9todo \u00fatil en una \u00e9poca en que exist\u00eda alg\u00fan equilibrio en Italia, pero que no juzgo tan \u00fatil hoy d\u00eda, porque no creo que en una ciudad las divisiones proporcionen ning\u00fan bien. Hasta me parece imposible que, a la llegada de alg\u00fan enemigo, las ciudades as\u00ed divididas no se pierdan al punto, por cuanto de los dos partidos que encierran, el m\u00e1s d\u00e9bil se entiende siempre con las fuerzas que atacan, y el otro no es suficiente para resistir por s\u00ed solo. En mi entender, los venecianos se guiaron por las mismas consideraciones que los florentinos, para fomentar en las ciudades que dominaban las facciones de los g\u00fcelfos y de los gibelinos, aunque no les dejaban propagarse en sus pendencias hasta llegar a la efusi\u00f3n de sangre, y \u00fanicamente alimentaban en su seno el esp\u00edritu de oposici\u00f3n, a fin de que, ocupados en sus rencillas los secuaces de una o de otra, no se sublevaran contra ellos. Pero se vio que esta estratagema no se convirti\u00f3 en beneficio suyo cuando les derrotaron en Vaila, pues una parte de aquellas facciones cobr\u00f3 entonces aliento, y les arrebat\u00f3 sus dominios de tierra firme.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Semejantes recursos dan a conocer que el soberano adolece de alguna debilidad, ya que nunca, en un principado vigoroso, se tomar\u00e1 nadie la libertad de sostener tales divisiones, provechosas solamente en tiempo de paz, en que, por su medio, cabe dirigir m\u00e1s f\u00e1cilmente a los s\u00fabditos, pero flojas y peligrosas, como expediente pol\u00edtico, si sobreviene la guerra. Incontestablemente los pr\u00edncipes son grandes, cuando superan las dificultades y las resistencias que se les oponen. Ahora bien: la fortuna, si quiere elevar a un pr\u00edncipe nuevo, que, m\u00e1s que un pr\u00edncipe hereditario, necesita adquirir fama, le suscita enemigos, y le inclina a varias empresas contra ellos, a fin de hacerle triunfar, y con la escala que ellos mismos le traen, subir m\u00e1s arriba. Por esto, piensan muchos que un pr\u00edncipe sabio debe, siempre que le sea posible, procurarse con arte alg\u00fan enemigo, para que, atac\u00e1ndole y reprimi\u00e9ndole, provoque un aumento de su propia grandeza.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Los pr\u00edncipes, y especialmente los nuevos, hallaron muchas veces m\u00e1s fidelidad y m\u00e1s provecho en los hombres que al principio de su reinado les eran sospechosos, que en aquellos en quienes al empezar pon\u00edan toda su confianza. Pandolfo Petruci, pr\u00edncipe de Siena, se serv\u00eda, en la gobernaci\u00f3n de su Estado, mucho m\u00e1s de los que hab\u00edan sido sospechosos que de los que no lo hab\u00edan sido nunca. Pero no puede darse sobre esto una regla general, porque los casos no son siempre unos mismos. Me limitar\u00e9, pues, a decir que si los hombres que al comienzo de un reinado se mostraron enemigos del pr\u00edncipe no son capaces de mantenerse en su posici\u00f3n sin apoyos, aqu\u00e9l podr\u00e1 ganarlos f\u00e1cilmente, y, despu\u00e9s, tanto m\u00e1s obligados se ver\u00e1n a servirle con fidelidad cuanto m\u00e1s comprendan lo necesario que les es borrar con sus acciones la siniestra opini\u00f3n que el soberano se hab\u00eda formado de ellos. Y sacar\u00e1 mayor provecho de estos tales que de aquellos otros que, sirvi\u00e9ndoles con tranquilidad en inter\u00e9s de s\u00ed mismos, descuidan el del pr\u00edncipe forzosamente.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Puesto que la materia lo exige, no dejar\u00e9 de recordar al pr\u00edncipe que adquiri\u00f3 un Estado con el favor de algunos ciudadanos, que ha de considerar muy bien el motivo que les inclin\u00f3 a favorecerle. Si lo hicieron, no por afecto natural a su persona, sino \u00fanicamente por no estar contentos con el Gobierno que ten\u00edan, no podr\u00e1 conservar su amistad sino muy trabajosa y dificultosamente, porque le resultar\u00e1 casi imposible contentarlos. Discurriendo sobre el particular, se advierte que es m\u00e1s hacedero conseguir la amistad de los hombres que se conformaban con el Gobierno anterior, aunque no gustasen de \u00e9l, que la de aquellos otros que, si\u00e9ndole contrarios, se declararon por este solo motivo adictos al pr\u00edncipe nuevo, y le ayudaron a apoderarse del Estado. Los pr\u00edncipes que quer\u00edan conservar m\u00e1s seguramente el suyo acostumbraron a construir fortalezas que sirvieran de freno a quien concibiera designios contra ellos, y de seguro refugio a s\u00ed mismos en el primer asalto de una rebeli\u00f3n. Aplaudo esta medida, puesto que la practicaron nuestros mayores. Sin embargo, en nuestro tiempo se vio a Nicol\u00e1s Viteli demoler dos fortalezas en la ciudad de Castelo, para conservarla. Guido Ubaldo, duque de Urbino, de regreso en su Estado, del que le hab\u00eda expulsado C\u00e9sar Borgia, arruin\u00f3 hasta sus cimientos todas las fortalezas de la pr\u00f3xima, para retener m\u00e1s f\u00e1cilmente aquel Estado, si alguien quisiera quit\u00e1rselo otra vez. Habiendo de entrar en Bolonia, los Bentivoglio procedieron del mismo modo. Y es que las fortalezas son \u00fatiles o in\u00fatiles, seg\u00fan las circunstancias y los tiempos, y si proporcionan alg\u00fan beneficio al pr\u00edncipe en algunos respectos, le perjudican en otros. La cuesti\u00f3n puede reducirse a breves y claros t\u00e9rminos. El pr\u00edncipe que tema m\u00e1s a sus pueblos que a los extranjeros debe construirse fortalezas. Pero el que tema m\u00e1s a los extranjeros que a sus pueblos, debe pasarse sin la defensa de esos baluartes. El castillo que Francisco Sforcia edific\u00f3 en Mil\u00e1n, atrajo y atraer\u00e1 a sus descendientes m\u00e1s guerras que cualquier otro desorden posible en aquel Estado. La mejor fortaleza con que puede contar un pr\u00edncipe es no ser aborrecido de sus pueblos. Si le aborrecen, no le servir\u00e1n de nada las fortalezas como medio de salvaci\u00f3n, porque se levantar\u00e1n en armas contra \u00e9l y no les faltar\u00e1n extranjeros que acudan en su auxilio. En nuestro tiempo, no hemos comprobado que las fortalezas hayan redundado en provecho de ning\u00fan pr\u00edncipe. Caso \u00fanico de excepci\u00f3n ha sido el de la condesa de Forli, despu\u00e9s de la muerte de su esposo, el conde Jer\u00f3nimo. Su ciudadela le sirvi\u00f3 para evitar el primer asalto de la rebeli\u00f3n del pueblo para esperar sin sobresalto algunos socorros de Mil\u00e1n y para recuperar su Estado. Las circunstancias de entonces no permit\u00edan que los extranjeros fueran a ayudar al pueblo. Pero, m\u00e1s tarde, cuando C\u00e9sar Borgia atac\u00f3 a la condesa, y su pueblo, que era enemigo suyo, se reuni\u00f3 con el extranjero contra ella, las fortalezas le resultaron in\u00fatiles.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">M\u00e1s que poseer estos baluartes expugnables le hubiera servido con el baluarte invencible del amor del pueblo. As\u00ed, bien considerado todo, elogiar\u00e9 tanto al que haga fortalezas como al que no las haga. Pero censurar\u00e9 a los que, fi\u00e1ndose demasiado en ellas, tengan el odio del pueblo por cosa de poca monta.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap21\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO XXI<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">C\u00d3MO DEBE CONDUCIRSE UN PR\u00cdNCIPE PARA ADQUIRIR CONSIDERACI\u00d3N<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Nada granjea m\u00e1s estimaci\u00f3n a un pr\u00edncipe que las grandes empresas y las acciones raras y maravillosas. De ello nos presenta nuestra edad un admirable ejemplo en Fernando V, rey de Arag\u00f3n y actualmente monarca de Espa\u00f1a. Podemos mirarle casi como a un pr\u00edncipe nuevo, porque, de rey d\u00e9bil que era, lleg\u00f3 a ser el primer monarca de la cristiandad, por su fama y por su gloria. Pues bien: si consideramos sus empresas las hallaremos todas sumamente grandes, y aun algunas nos parecer\u00e1n extraordinarias. Al comenzar a reinar, asalt\u00f3 el reino de Granada, y esta empresa sirvi\u00f3 de punto de partida a su grandeza. Por de contado, la hab\u00eda iniciado sin temor a hallar estorbos que se la obstruyesen, por cuanto su primer cuidado hab\u00eda sido tener ocupado en aquella guerra el \u00e1nimo de los nobles de Castilla. Haci\u00e9ndoles pensar incesantemente en ella, les distra\u00eda de cavilar y maquinar innovaciones durante ese tiempo, y por tal arte adquir\u00eda sobre ellos, sin que lo echasen de ver, mucho dominio, y se proporcionaba suma estimaci\u00f3n. Pudo en seguida, con el dinero de la Iglesia y de los pueblos, sostener ej\u00e9rcitos, y formarse, por medio de guerra tan larga, buenas tropas, lo que redund\u00f3 en pro de su celebridad como capit\u00e1n. Adem\u00e1s, alegando siempre el pretexto de la religi\u00f3n, para poder llevar a efecto mayores haza\u00f1as, recurri\u00f3 al expediente de una crueldad devota, y expuls\u00f3 a los moros de su reino, que qued\u00f3 as\u00ed libre de su presencia. No cabe imaginar nada m\u00e1s cruel y a la vez m\u00e1s extraordinario que lo que ejecut\u00f3 en ocasi\u00f3n semejante. Despu\u00e9s, bajo la misma capa de religi\u00f3n, se dirigi\u00f3 contra \u00c1frica, emprendi\u00f3 la conquista de Italia, y acaba de atacar recientemente a Francia. Concert\u00f3 de continuo grandes cosas, que llenaron de admiraci\u00f3n a sus pueblos, y que conservaron su esp\u00edritu preocupado por las consecuencias que pod\u00edan traer. Hasta hizo seguir unas empresas de otras de gran tama\u00f1o, que no dejaron tiempo a sus gobernados ni siquiera para respirar, cuanto menos para urdir trama alguna contra \u00e9l.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Es tambi\u00e9n un expediente muy provechoso para el pr\u00edncipe que imagine, en la gobernaci\u00f3n interior de su Estado, cosas singulares, como las que se cuentan de Barnab\u00f3 Visconti de Mil\u00e1n. Cuando sucede que una persona realiz\u00f3, en el orden civil, una acci\u00f3n poco com\u00fan, ya en bien, ya en mal, es menester encontrar, para premiarla, o para castigarla, un modo notable, que d\u00e9 al p\u00fablico amplio tema de conversaci\u00f3n. El pr\u00edncipe debe, ante todas las cosas, ingeniarse para que cada una: de sus operaciones pol\u00edticas se ordene a procurarle nombrad\u00eda de grande hombre y de soberano de superior ingenio. Y asimismo se hace estimar, cuando es resueltamente amigo o enemigo de los pr\u00edncipes puros, es decir, cuando sin timidez se declara resueltamente en favor del uno o del otro. Esta resoluci\u00f3n es siempre m\u00e1s conveniente que la de permanecer neutral, porque si dos potencias de su vecindad se declaran la guerra entre si, no es posible que ocurra m\u00e1s que uno de estos dos casos: o que, vencedora la una, tenga motivo para temerla despu\u00e9s, o que ninguna de ellas sea propia para infundirle semejante temor. En un caso, como en el otro, le convendr\u00e1 declarar guerra franca a alguna de ellas. En el primero, si no la declara, ser\u00e1 el despojo del vencedor, lo que agradar\u00e1 en gran manera al vencido, y no hallar\u00e1 a ninguno que se compadezca de \u00e9l, ni que vaya a socorrerle, ni siquiera que le ofrezca un asilo. El vencedor no quiere amigos sospechosos, que no le auxilien en la adversidad, y el vencido no acoger\u00e1 al neutral, puesto que se neg\u00f3 a tomar las armas, para correr las contingencias de su fortuna.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Habiendo pasado Ant\u00edoco a Grecia, de donde le llamaban los etolios, para echar de all\u00ed a los romanos, envi\u00f3 un embajador a los acayos, para inducirles a permanecer neutrales, mientras rogaba a los otros que se armasen en favor suyo. Esto fue materia de una deliberaci\u00f3n en los consejos de los acayos. El enviado de Ant\u00edoco insist\u00eda en que se resolviesen a la neutralidad. Pero el diputado de los romanos, que estaba presente, le refut\u00f3 por el siguiente tenor: \u201c<em>Se os dice que el partido m\u00e1s sabio para vosotros, y m\u00e1s \u00fatil para vuestro Estado, es que no interveng\u00e1is en la guerra que hacemos, en lo cual se os enga\u00f1a. No pod\u00e9is tomar resoluci\u00f3n m\u00e1s contraria a vuestros intereses, porque, si no interven\u00eds en nuestra guerra, privados entonces de toda consideraci\u00f3n, e indignos de toda gracia, infaliblemente servir\u00e9is de premio al vencedor.<\/em>\u201d Note bien el pr\u00edncipe que quien le pide la neutralidad no es amigo, y que lo es, por el contrario, quien solicita que se declare en su favor, y que tome las armas en defensa de su causa. Los pr\u00edncipes irresolutos que quieren evitar los peligros del momento retrasan a menudo el rompimiento de su neutralidad, pero tambi\u00e9n a menudo caminan hacia su ruina. Cuando el pr\u00edncipe se declara generosamente en favor de una de las potencias beligerantes, si triunfa aquella a la que se une, aunque ella posea una gran fuerza, y \u00e9l quede a discreci\u00f3n suya, no tiene por qu\u00e9 temerla, pues le debe algunos favores, y le habr\u00e1 cogido afecto. Los hombres, en ocasiones tales, no son lo bastante c\u00ednicos para dar ejemplo de la enorme ingratitud que habr\u00eda en oprimir al que les ayud\u00f3. Por otra parte, los triunfos nunca son tan pr\u00f3speros que dispensen al vencedor de tener alg\u00fan miramiento a la justicia. Si, por el contrario, es derrotado aquel a quien el pr\u00edncipe se une, conservar\u00e1 su consideraci\u00f3n, contar\u00e1 con su socorro en caso posible para \u00e9l, y ser\u00e1 el compa\u00f1ero de su fortuna, que puede mejorar alg\u00fan d\u00eda.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">En el segundo caso, esto es, cuando las potencias que luchan una contra otra son tales que el pr\u00edncipe nada tenga que temer de la que triunfe, cualquiera que sea, habr\u00e1, por su parte, tanta m\u00e1s prudencia en unirse a una de ellas, cuanto por este medio concurra a la ruina de la otra, con ayuda de la misma que, si fuera discreta, debiera salvarla. Siendo imposible que con el socorro del aludido pr\u00edncipe no triunfe, su victoria no puede menos de ponerla a disposici\u00f3n de aqu\u00e9l. Y es necesario notar aqu\u00ed que cuando un pr\u00edncipe quiere atacar a otros, ha de cuidar siempre de no asociarse a un pr\u00edncipe m\u00e1s poderoso que \u00e9l, a menos que la necesidad le obligue a hacerlo, como queda indicado, puesto que si dicho pr\u00edncipe triunfa se convertir\u00e1 en esclavo suyo en alg\u00fan modo. Ahora bien: los pr\u00edncipes deben evitar, cuanto les sea posible, quedar a discreci\u00f3n de los otros pr\u00edncipes. Los venecianos se aliaron con los franceses para luchar contra el duque de Mil\u00e1n, y esta alianza, de la que hubieran podido excusarse, caus\u00f3 su ruina. Pero si no cabe evitar semejantes alianzas, como les sucedi\u00f3 a los florentinos cuando con el Papa fueron, con tres ej\u00e9rcitos reunidos, a atacar la Lombard\u00eda, entonces, a causa de las razones que llevo apuntadas, conviene a un pr\u00edncipe unirse a los otros. Por lo dem\u00e1s, ning\u00fan Estado crea poder nunca, en tal circunstancia, tomar una resoluci\u00f3n segura. Piense, por el contrario, que no puede tomarla sino dudosa, por ser conforme al curso ordinario de las que no trate uno de evitar jam\u00e1s un inconveniente, sin caer en otro. La prudencia estriba en conocer su respectiva calidad, y en tomar el partido menos malo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Ha de manifestarse el pr\u00edncipe amigo generoso de los talentos y honrar a todos aquellos gobernados suyos que sobresalgan en cualquier arte. Por ende, debe estimular a los ciudadanos a ejercer pac\u00edficamente su profesi\u00f3n y oficio, agr\u00edcola, mercantil o de cualquier otro g\u00e9nero, y hacer de modo que, por el temor de verse quitar el fruto de sus tareas, no se abstengan de enriquecer al Estado, y que, por el miedo a los tributos, no se persuadan a dedicarse a negocios diferentes. Debe, adem\u00e1s, preparar algunos premios para quien funde establecimientos \u00fatiles, y para quien trate, en la forma que quiera, de multiplicar los recursos de su ciudad. Finalmente, est\u00e1 obligado a proporcionar fiestas y espect\u00e1culos a sus pueblos, en las fechas anuales que estime oportunas. Como toda ciudad se halla repartida en tribus municipales o en gremios de oficios, le conviene guardar miramientos con estas corporaciones, reunirse a veces con ellas en sus juntas, y dar en \u00e9stas ejemplo de humildad y de munificencia, conservando, empero, inalterablemente la majestad de su clase, y cuidando que, en tales casos de popularidad, no se humille su dignidad regia en manera alguna.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap22\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO XXII<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DE LOS MINISTROS O SECRETARIOS DE LOS PR\u00cdNCIPES<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">No es cosa de poca importancia para los pr\u00edncipes la buena elecci\u00f3n de sus ministros, los cuales buenos o malos, seg\u00fan la prudencia usada en dicha elecci\u00f3n. El primer juicio que formamos sobre un pr\u00edncipe y sobre sus dotes espirituales, no es m\u00e1s que una conjetura, pero lleva siempre por base la reputaci\u00f3n de los hombres de que se rodea. Si manifiestan suficiente capacidad y se muestran fieles al pr\u00edncipe tendremos a \u00e9ste por prudente puesto que supo conocerlos bien, y mantenerlos adictos a su persona. Si, por el contrario, re\u00fanen condiciones opuestas, formaremos sobre \u00e9l un juicio poco favorable, por haber comenzado su reinado con una grave falta, escogi\u00e9ndolos as\u00ed.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">No hubo nadie que, viendo a Venaf\u00edo nombrado consejero de Petruci, pr\u00edncipe de Siena, no estimara que el \u00faltimo fue un hombre prudente en alto grado, por el mero hecho de haber tomado al primero por ministro. Pero es necesario saber que, hay entre los pr\u00edncipes, como entre los dem\u00e1s hombres, tres especies de cerebros. Los primeros piensan y obran por s\u00ed y ante s\u00ed; los segundos, poco aptos para inventar, poseen sagacidad selectiva en atenerse a lo que les proponen otros; los terceros no conciben nada por s\u00ed mismos, ni nada tampoco sacan en limpio de ajenos discursos. Los primeros son ingenios superiores; los segundos son talentos estimables; los terceros son como si no existiesen.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Si Petruci no era de la primera especie, perteneci\u00f3, indudablemente, a la segunda. Cuando un pr\u00edncipe, carente de originalidad creadora, posee inteligencia suficiente para discernir con mesura juiciosa lo que se dice y lo que se hace, conoce las buenas y malas operaciones de sus consejeros, para apoyar las primeras y corregir las segundas, y no pudiendo sus ministros abrigar esperanzas de enga\u00f1arle, se le conservan \u00edntegros, discretos y sumisos. Pero \u00bfc\u00f3mo alcanzar tan sabia prudencia y tan loable discernimiento? He aqu\u00ed un recurso que no induce jam\u00e1s a error. Cuando el pr\u00edncipe vea a sus ministros pensar en ellos m\u00e1s que en \u00e9l, y regirse en todas sus acciones por af\u00e1n de provecho personal, quede persuadido de que tales hombres jam\u00e1s le servir\u00e1n bien. No podr\u00e1 estar seguro de su actuaci\u00f3n ni un momento, porque faltan a la primera de las m\u00e1ximas morales de su condici\u00f3n. Esta m\u00e1xima es que los que manejan los negocios de un Estado no deben nunca pensar en si mismos, sino en el pr\u00edncipe, ni recordarle nunca nada que no se refiera a los intereses de su reinado. Pero tambi\u00e9n, por otra parte, el pr\u00edncipe, a fin de no perder a sus ministros buenos y de generosas disposiciones, debe pensar en ellos, revestirles de honores, enriquecerlos, y atra\u00e9rselos por la gratitud, con las dignidades y los cargos que les confiera. Los honor\u00edficos grados y las ping\u00fces riquezas que les conceda, colman los deseos de su ambici\u00f3n, y los importantes puestos de que les haya provisto les hacen temer que el pr\u00edncipe caiga, o sea suplantado, porque saben perfectamente que s\u00f3lo con \u00e9l los conservar\u00e1n. Si pr\u00edncipe y ministro se conducen as\u00ed rec\u00edprocamente, la confianza ser\u00e1 no menos mutua. Pero, si no se portan de tal modo, uno y otro acabar\u00e1n mal.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap23\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO XXIII<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CUANDO DEBE HUIRSE DE LOS ADULADORES<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">C\u00fampleme no pasar en silencio un punto importante, conviene a saber: la falta de que con dificultad se preservan los pr\u00edncipes (si no son muy prudentes, o si carecen de tacto fino), y que es falta m\u00e1s bien de los aduladores de que todas las cortes est\u00e1n llenas y atestadas. Pero se complacen tanto los pr\u00edncipes en lo que por s\u00ed mismos hacen, y se enga\u00f1an en ello con tan natural propensi\u00f3n, que librarse del contagio de los aduladores les cuesta Dios y ayuda, y aun con frecuencia les sucede que por inhibirse sistem\u00e1ticamente de semejante contagio corren peligro de caer en el menosprecio. Para obviar inconveniente tama\u00f1o b\u00e1stale al pr\u00edncipe dar a comprender a los que le rodean que no le ofenden por decirle la verdad. Pero si todos pueden dec\u00edrsela, se expone a que le falten al respeto. As\u00ed, un pr\u00edncipe advertido y juicioso debe seguir un curso medio, escogiendo en su Estado a algunos sujetos sabios, a los cuales \u00fanicamente otorgue licencia para decirle la verdad, y esto exclusivamente sobre la cosa con cuyo motivo les pregunte, y no sobre ninguna otra. Sin embargo, le conviene preguntarles sobre todas, o\u00edr sus opiniones, deliberar despu\u00e9s por s\u00ed mismo y obrar \u00faltimamente como lo tenga por conveniente a sus fines personales. Es necesario que su conducta con sus consejeros reunidos y con cada uno de ellos en particular se desarrolle en tal forma que todos conozcan que cuanto m\u00e1s sinceramente le hablen tanto m\u00e1s le agradar\u00e1n. Pero, excepto \u00e9stos, ha de negarse a o\u00edr los consejos de cualquier otro, poner inmediatamente en pr\u00e1ctica lo que por s\u00ed mismo haya resuelto y mostrarse tenaz en sus determinaciones. Si obra de diferente manera, la diversidad de pareceres le obligar\u00e1 a variar muy a menudo, de lo cual resultar\u00e1 que har\u00e1n muy corto aprecio de su persona.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Acerca de este punto quiero presentar un ejemplo moderno. El sacerdote Luc, dependiente de Maximiliano, actual emperador, dice de \u00e9l que no toma consejo de nadie, y que, sin embargo, nunca hace nada a su gusto. Ello proviene de que Maximiliano sigue un rumbo opuesto al que he indicado. Es un hombre misterioso, que no solicita el parecer ajeno ni comunica sus designios a persona alguna. Pero cuando los lleva a ejecuci\u00f3n, sus cortesanos empiezan a contradec\u00edrselos, y desiste f\u00e1cilmente de ellos. De aqu\u00ed resulta que las cosas que hace un d\u00eda las deshace al siguiente, que no prev\u00e9 jam\u00e1s sus proyectos ni sus actos y que no es posible contar con sus resoluciones.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Si un pr\u00edncipe debe pedir consejos sobre todos los asuntos, no debe recibirlos cuando a sus consejeros les agrade, y hasta debe quitarles la gana de aconsejarle sobre negocio ninguno, a no ser que \u00e9l lo solicite. Pero debe con frecuencia, y sobre todos los negocios, o\u00edr pacientemente y sin desazonarse la verdad acerca de las preguntas que haya hecho, sin que motivo alguno de respeto sirva de estorbo para que se la digan. Los que piensan que un pr\u00edncipe, si se hace estimar por su prudencia, no la debe a s\u00ed mismo, sino a la sabidur\u00eda de los consejeros que le circundan, se enga\u00f1an en la mitad del justo precio. Para juzgar de esto hay una regla general, que nunca induce al error, y es que un pr\u00edncipe que no es prudente de suyo no puede aconsejarse bien, a menos que por casualidad dispusiera de un hombre excepcional y habil\u00edsimo que le gobernara en todo. Pero en tal caso la buena gobernaci\u00f3n del pr\u00edncipe no durar\u00eda mucho, porque su conductor se encargar\u00eda de quitarle en breve tiempo su Estado. En cuanto al pr\u00edncipe que consulta con muchos y que carece \u00e9l mismo de la prudencia necesaria no recibir\u00e1 jam\u00e1s pareceres que concuerden, no sabr\u00e1 corregirlos por si mismo ni aun echar\u00e1 de ver que cada uno de sus consejeros piensa en sus personales intereses nada m\u00e1s. No existe posibilidad de hallar dispuestos de otra manera a los ministros, porque los hombres son siempre malos, a no ser que se les obligue por la fuerza a ser buenos. De donde concluyo que conviene que los buenos consejos, de cualquier parte que vengan, dimanen, en definitiva, de la prudencia del propio pr\u00edncipe y que no se funden en si mismos como tales.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap24\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO XXIV<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">POR QU\u00c9 MUCHOS PR\u00cdNCIPES DE ITALIA PERDIERON SUS ESTADOS<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">El pr\u00edncipe nuevo que siga con prudencia las reglas que acabo de exponer adquirir\u00e1 la consistencia de uno antiguo y alcanzar\u00e1 en muy poco tiempo m\u00e1s seguridad en su Estado que si llevara un siglo en posesi\u00f3n suya. Siendo un pr\u00edncipe nuevo mucho m\u00e1s cauto en sus acciones que otro hereditario, si las juzgan grandes y magn\u00e1nimas sus s\u00fabditos, se atrae mejor el afecto de \u00e9stos que un soberano de sangre inmemorial esclarecida, porque se ganan los hombres mucho menos con las cosas pasadas que con las presentes. Cuando hallan su provecho en \u00e9stas, a ellas se reducen, sin buscar nada en otra parte. Con mayor motivo abrazan la causa de un nuevo pr\u00edncipe o si \u00e9ste no cae en falta en lo restante de su conducta. As\u00ed obtendr\u00e1 una doble gloria: la de haber originado una soberan\u00eda y la de haberla corroborado y consolidado con buenas armas, buenas leyes, buenos ejemplos y buenos amigos. Obtendr\u00e1, por lo contrario, una doble afrenta el que, habiendo nacido pr\u00edncipe, haya perdido su Estado por su poca prudencia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Si se consideran aquellos pr\u00edncipes de Italia que en nuestros tiempos perdieron sus Estados, como el rey de N\u00e1poles, el duque de Mil\u00e1n y algunos otros, se reconocer\u00e1 desde luego que todos cometieron la misma falta en lo relativo a la preparaci\u00f3n militar, seg\u00fan que ya extensamente lo explan\u00e9. Se notar\u00e1 adem\u00e1s que uno de ellos tuvo por enemigo a su pueblo, o que el que lo tuvo por amigo careci\u00f3 de arte para asegurarse de los nobles. Sin estas faltas no se pierden los Estados que presentan bastantes recursos para poder disponer de ej\u00e9rcitos en campa\u00f1a. Filipo de Macedonia, no el padre de Alejandro, sino el que fue vencido por Tito Quincio, pose\u00eda un Estado harto peque\u00f1o con relaci\u00f3n al de los griegos y al de los romanos, que le atacaron juntos. Sin embargo, sostuvo contra ambos la guerra durante muchos a\u00f1os, por ser belicoso en extremo y porque sab\u00eda contener a su pueblo no menos que asegurarse de los nobles. Si al cabo perdi\u00f3 la soberan\u00eda de algunas ciudades, conserv\u00f3 el resto de su reino.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Aquellos pr\u00edncipes de Italia que despu\u00e9s de haber ocupado mucho tiempo sus Estados los perdieron, acusen de ello a su cobard\u00eda, y no a la fortuna. Como en \u00e9pocas de paz no hab\u00edan imaginado nunca que pudieran cambiar las cosas, porque es un defecto com\u00fan a todos los hombres no inquietarse de las borrascas mientras disfrutan de bonanza, sucedi\u00f3 que al llegar los tiempos adversos no pensaron m\u00e1s que en huir, en vez de defenderse, esperando que, fatigados sus pueblos por la insolencia del vencedor, no dejar\u00edan de llamarlos otra vez. Semejante partido s\u00f3lo es bueno cuando faltan los otros. Pero abandonar \u00e9stos por aqu\u00e9l es cosa mal\u00edsima, pues un pr\u00edncipe no deber\u00eda caer nunca por haber cre\u00eddo contar m\u00e1s tarde con alguien que lo recibiera. Ello no suele ocurrir o si ocurre no dar\u00e1 al pr\u00edncipe ninguna seguridad, por cuanto esa especie de defensa es vil y no depende de \u00e9l. Las \u00fanicas defensas buenas, ciertas y durables son las que dependen del pr\u00edncipe mismo y de su propio valor.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap25\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO XXV<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">DOMINIO QUE EJERCE LA FORTUNA EN LAS COSAS HUMANAS, Y C\u00d3MO RESISTIRLA CUANDO ES ADVERSA<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">No se me oculta que muchos creyeron y creen que la fortuna, o d\u00edgase la Providencia, gobierna de tal modo las cosas del mundo, que a los hombres no les es dable, con su prudencia, dominar lo que tienen de adverso esas cosas, y hasta que no existe remedio alguno que oponerles. Con arreglo a semejante fatalismo, llegan a juzgar que es en balde fatigarse mucho en las ocasiones temerosas, y que vale m\u00e1s dejarse llevar entonces por los caprichos de la suerte. Esta opini\u00f3n goza de cierto cr\u00e9dito en nuestra \u00e9poca a causa de las grandes mudanzas que, fuera de toda conjetura humana, se vieron y se ven cada d\u00eda. Yo mismo, reflexionan do sobre ello, me inclin\u00e9 en alguna manera a la indicada opini\u00f3n. Sin embargo, como nuestro libre albedr\u00edo no queda completamente anonadado, estimo que la fortuna es \u00e1rbitro de la mitad de nuestras acciones, pero tambi\u00e9n que nos deja gobernar la otra mitad, o, a lo menos, una buena parte de ellas. La fortuna me parece comparable a un r\u00edo fatal que cuando se embravece inunda llanuras, echa a tierra \u00e1rboles y edificios, arranca terreno de un paraje para llevarlo a otro. Todos huyen a la vista de \u00e9l y todos ceden a su furia, sin poder resistirle. Y, no obstante, por muy formidable que su pujanza sea, los hombres, cuando el tiempo est\u00e1 en calma, pueden tomar precauciones contra semejante r\u00edo construyendo diques y esclusas, para que al crecer de nuevo se vea forzado a correr por un canal, o por lo menos, para que no resulte su fogosidad tan an\u00e1rquica y tan da\u00f1osa. Pues con la fortuna sucede lo mismo. No ostenta su dominaci\u00f3n m\u00e1s que cuando encuentra un alma y una virtud preparadas, porque cuando las encuentra tales vuelve su violencia hacia la parte en que sabe que no hay muros ni otras defensas capaces de contenerla. Ahora bien: si pensamos en Italia, que es teatro de parecidas revoluciones y el recept\u00e1culo que les da impulso, vemos que es una campi\u00f1a sin diques y sin esclusas de ninguna clase. Si hubiera estado preservada por virtudes militares y c\u00edvicas, como lo est\u00e1n Alemania, Francia y Espa\u00f1a, la inundaci\u00f3n de tropas extranjeras que sufri\u00f3 no hubiese ocasionado las grandes mudanzas que ha experimentado, y ni siquiera la inundaci\u00f3n hubiera venido. Y basta esta reflexi\u00f3n para lo concerniente a la necesidad de oponerse a la fortuna en general.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Refiri\u00e9ndome ahora a casos m\u00e1s concretos, digo que cierto pr\u00edncipe que prosperaba ayer se encuentra ca\u00eddo hoy, sin que por ello haya cambiado de car\u00e1cter ni de cualidades. Esto dimana, a mi entender, de las causas que antes explan\u00e9 con extensi\u00f3n al insinuar que el pr\u00edncipe que no se apoya m\u00e1s que en la fortuna cae seg\u00fan que ella varia. Creo tambi\u00e9n que es dichoso aquel cuyo modo de proceder se halla en armon\u00eda con la \u00edndole de las circunstancias, y que no puede menos de ser desgraciado aquel cuya conducta est\u00e1 en discordancia con los tiempos. Se ve, en efecto, que los hombres, en las acciones que los conducen al fin que cada uno se propone, proceden diversamente; uno con circunspecci\u00f3n, otro con impetuosidad; uno con ma\u00f1a, otro con violencia; uno con paciente astucia, otro con contraria disposici\u00f3n; y cada uno, sin embargo, puede conseguir el mismo fin por medios tan diferentes. Se ve tambi\u00e9n que, de dos hombres moderados, uno logra su fin, otro no; y que dos hombres, uno ecu\u00e1nime, otro aturdido, logran igual acierto con dos expedientes distintos, pero an\u00e1logos a la diversidad de sus respectivos genios. Lo cual no proviene de otra cosa m\u00e1s que de la calidad de las circunstancias y de los tiempos, que concuerdan o no con su modo de obrar. De donde resulta que, procediendo diferentemente, dos hombres logran id\u00e9ntico efecto, y procediendo del mismo modo, uno consigue su fin y otro no. De esto depende asimismo la variaci\u00f3n de su felicidad, porque si para el que se conduce con ponderaci\u00f3n y con calma las circunstancias y los tiempos se tornan de arte que su gobierno sea bueno, prospera, mientras que si cambia sobreviene su ruina, por no haber mudado de modo de obrar. Pero no hay hombre alguno, por muy dotado de prudencia que est\u00e9, que sepa concordar bien sus procederes con las circunstancias y con los tiempos, ya por no serle posible desviarse de la propensi\u00f3n a que su naturaleza le inclina, ya por el hecho de que, habi\u00e9ndole procurado \u00e9xito el caminar siempre por una senda, no se persuade con facilidad de que obrar\u00e1 bien con desviarse de ella. Cuando ha llegado para el hombre de temperamento fr\u00edamente tardo la ocasi\u00f3n de obrar con calurosa celeridad, no sabe hacerlo y provoca su propia ruina. Si supiese cambiar de naturaleza con las circunstancias y con los tiempos no se le mostrar\u00eda tornadiza la fortuna.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">El papa Julio II procedi\u00f3 con verdadero arrebato en todas sus acciones, y hall\u00f3 las circunstancias y los tiempos tan conformes con su modo de obrar, que logr\u00f3 acertar siempre. Consid\u00e9rese la primera empresa que dirigi\u00f3 contra Bolonia, en vida todav\u00eda de Bentivoglio. Los venecianos la ve\u00edan con disgusto, y los monarcas de Francia y Espa\u00f1a estaban deliberando a\u00fan sobre lo que har\u00edan en el trance aqu\u00e9l, cuando Julio II, con valerosa rapidez, se puso \u00e9l mismo a la cabeza de la expedici\u00f3n Semejante paso dej\u00f3 suspensos e inm\u00f3viles a los venecianos y a los monarcas de Francia y de Espa\u00f1a, a los primeros por miedo y a los segundos por su af\u00e1n de recuperar el reino de N\u00e1poles. Pero consigui\u00f3 atraer a su partido al monarca franc\u00e9s, que habi\u00e9ndole visto en movimiento, y deseando que se le uniese para abatir a los venecianos juzg\u00f3 que no pod\u00eda negarle sus tropas sin hacerle una ofensa formal. As\u00ed, Julio II, con su alarde impetuoso, llev\u00f3 a cumplida cima una empresa que un Pont\u00edfice m\u00e1s prudente no hubiera sabido dirigir nunca. Si al partir de Roma hubiera gastado tiempo en madurar su determinaci\u00f3n y en proveerse de lo preciso, como cualquier otro Papa hubiera hecho, habr\u00eda fracasado, a no dudarlo, pues el monarca franc\u00e9s le hubiese alegado mil disculpas y los otros le hubiesen infundido mil nuevos temores. Me abstengo de examinar las dem\u00e1s acciones suyas, las cuales fueron todas de esa misma especie y se vieron coronadas por el triunfo. La brevedad de su Pontificado no le dej\u00f3 lugar para experimentar lo contrario, que seguramente le hubiera acaecido, porque, de hab\u00e9rsele presentado alg\u00fan caso en que le conviniese usar de tranquilidad circunspecta, no se habr\u00eda apartado de aquella atropellada conducta a que su genio le inclinaba y hubiera provocado su propia ruina.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Concluyo, pues, que si la fortuna var\u00eda y los, pr\u00edncipes contin\u00faan obstinados en su natural modo de obrar, ser\u00e1n felices, ciertamente, mientras semejante conducta vaya acorde con la fortuna misma. Pero ser\u00e1n desgraciados, en cambio, no bien su habitual proceder se ponga en discordancia con ella. Sin embargo, pens\u00e1ndolo bien todo, me parece que juzgar\u00e9 serenamente si declaro que vale m\u00e1s ser violento que ponderado, porque la fortuna es mujer y por ello conviene, para conservarla sumisa, zaherirla y zurrarla. En calidad de tal se deja vencer m\u00e1s de los que la tratan con aspereza que de los que la tratan con blandura. Por otra parte, como hembra, es siempre amiga de los j\u00f3venes porque son menos circunspectos, m\u00e1s irascibles y se le imponen con m\u00e1s audacia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><a name=\"cap26\"><\/a><\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">CAP\u00cdTULO XXVI<\/p>\n<p class=\"Titular1\" style=\"text-align: justify\">EXHORTACI\u00d3N PARA LIBRAR A ITALIA DE LOS B\u00c1RBAROS<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Despu\u00e9s de haber meditado sobre cuantas cosas acaban de exponerse, me he preguntado a m\u00ed mismo si existen ahora en Italia circunstancias tales que un pr\u00edncipe nuevo pueda adquirir en ella m\u00e1s gloria y si se halla en la naci\u00f3n cuanto es necesario para proporcionar a aquel a quien la naturaleza hubiera dotado de un gran valor y de una prudencia poco com\u00fan la ocasi\u00f3n de introducir aqu\u00ed una nueva manera de gobernar por la que, honr\u00e1ndose a s\u00ed mismo, hiciera la felicidad de los italianos. La conclusi\u00f3n de mis reflexiones en la materia es que tantas cosas parecen concurrir en Italia al beneficio de un pr\u00edncipe nuevo, que no s\u00e9 si se presentar\u00e1 nunca coyuntura m\u00e1s propicia para semejante empresa. Porque si, como ya dije, fue necesario que el pueblo de Israel estuviera esclavo en Egipto para que pudiese apreciar el valor y los raros talentos de Mois\u00e9s, que los persas gimiesen bajo el duro dominio de los medos para que conociesen la grandeza y la magnanimidad de Ciro, que los atenienses experimentasen los inconvenientes de la vida errante y vagabunda para que comprendiesen vivamente la magnitud de los beneficios de Teseo, as\u00ed tambi\u00e9n, para apreciar el m\u00e9rito de un libertador de Italia, ha sido preciso que \u00e9sta se haya visto tra\u00edda al miserable estado en que est\u00e1 ahora. Sus habitantes, en efecto, se han encontrado m\u00e1s ferozmente vejados que el pueblo de Israel, m\u00e1s cruelmente maltratados que los persas, m\u00e1s extensamente dispersados que los atenienses. Sin jefes y sin estatutos, han sufrido de los extranjeros todo g\u00e9nero de robos, despojos, desgarramientos, vejaciones, desolaciones y ruinas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Aunque en los tiempos corridos hasta hoy se haya notado en este o en aquel hombre alg\u00fan indicio de inspiraci\u00f3n que pod\u00eda hacerle creer destinado por Dios para la redenci\u00f3n de Italia, no tard\u00f3 en advertirse que la fortuna no le acompa\u00f1aba en sus m\u00e1s sublimes acciones, antes le reprobaba de una manera tal que, continuando la naci\u00f3n ex\u00e1nime, aguarda todav\u00eda un salvador que la cure de sus heridas y que ponga fin a los destrozos y a los saqueos de la Lombard\u00eda no menos que a los pillajes y a las matanzas del reino de N\u00e1poles. La vemos rogando a Dios que le env\u00ede a alguno que la redima de las crueldades y de los ultrajes que los b\u00e1rbaros le infirieron. Por abatida que est\u00e9, la encontramos en disposici\u00f3n de seguir una bandera si hay quien la despliegue y enarbole. Pero en el d\u00eda no encontramos en qu\u00e9 elemento prestigioso podr\u00eda poner sus esperanzas si no es en la ilustre casa a que pertenec\u00e9is. Vuestra familia, elevada por el valor y por la suerte a los favores de Dios y de la Iglesia, a la que ha dado un pr\u00edncipe en la persona del insigne Le\u00f3n X, es la \u00fanica capaz de emprender nuestra redenci\u00f3n. Ello no os ser\u00e1 dif\u00edcil si ten\u00e9is presentes en el \u00e1nimo las acciones y los ejemplos de los eminentes pr\u00edncipes que he nombrado. Aunque los varones de su temple hayan sido raros y maravillosos, no por eso fueron menos hombres, y ninguno de ellos tuvo tan propicia ocasi\u00f3n como la del tiempo presente. Sus empresas no fueron m\u00e1s justas ni m\u00e1s f\u00e1ciles que la que os indico, y Dios no les fue m\u00e1s favorable de lo que es a vuestra causa. Nunca sobrevino justicia tan sobresaliente, porque una guerra es leg\u00edtima por el mero hecho de ser necesaria, y es un acto de humanidad cuando no queda esperanza m\u00e1s que en ella. Ni cabe facilidad mayor siendo grand\u00edsimas las disposiciones de los pueblos y con tal que \u00e9stas abarquen algunas de las instituciones que por modelo os propuse.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Fuera de estos socorros, sucesos extraordinarios y sin ejemplo parecen dirigidos patentemente por Dios mismo. El mar se abri\u00f3, la nube os mostr\u00f3 el camino, la pe\u00f1a abasteci\u00f3 de agua, el man\u00e1 cay\u00f3 del cielo. Todo concurre al acrecentamiento de vuestra grandeza, y lo dem\u00e1s debe ser obra propia vuestra. Dios no quiere hacerlo todo, para no privarnos de nuestro libre albedr\u00edo ni quitarnos una parte de la obra que en nuestro bien redundar\u00e1. No es sorprendente que hasta la hora de ahora ninguno de cuantos italianos he citado haya sido capaz de llevar a cumplido t\u00e9rmino lo que cabe esperar de vuestra esclarecida estirpe. Si en las numerosas revoluciones de nuestro pa\u00eds y en tantas maniobras guerreras pareci\u00f3 siempre que se hab\u00eda extinguido la antigua virtud militar de los italianos, proven\u00eda esto de que no eran buenas sus instituciones y de no haber nadie que supiera inventar otras nuevas. Nada honra tanto a un hombre reci\u00e9n elevado al dominio pol\u00edtico como las nuevas instituciones por \u00e9l ideadas, las cuales, si se basan en buenos fundamentos y llevan algo grande en s\u00ed mismas, le hacen digno de respeto y de admiraci\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Actualmente no carece Italia de cuanto es preciso para introducir en ella formas militares legales y pol\u00edticas de toda especie. Lo sobra valor, que, aun falt\u00e1ndole a los jefes, permanec\u00eda con eminencia en los soldados. En los desaf\u00edos y en los combates de un corto n\u00famero de contendientes, los italianos se muestran superiores en fuerza, destreza e ingenio a sus enemigos. Si no se manifiestan as\u00ed en los ej\u00e9rcitos, la \u00fanica causa estriba en la debilidad de sus capitanes, pues los que la conocen no quieren obedecer, y cada cual cree conocerla. Hasta nuestros d\u00edas no hubo, en efecto, var\u00f3n alguno de bastante prestancia por su valor y por su fortuna para que los otros se le sometiesen de modo incondicional. De aqu\u00ed proviene el que durante tan largo transcurso de tiempo y en tan crecida abundancia de guerras hechas durante los veinte \u00faltimos a\u00f1os, siempre que se dispuso de un ej\u00e9rcito exclusivamente italiano, se desgraci\u00f3 sin remisi\u00f3n, como se vio primero en Faro y sucesivamente en Alejandr\u00eda, Capua, G\u00e9nova, Vaila, Bolonia y Mestri. Si, pues, vuestra ilustre casa quiere imitar a los per\u00ednclitos varones que libertaron sus provincias, ante todas cosas ser\u00e1 bien que os prove\u00e1is de ej\u00e9rcitos \u00fanicamente vuestros, ya que no hay soldados m\u00e1s fieles que los propios, y, si cada uno en particular es bueno, todos juntos ser\u00e1n mejores desde que se vean asistidos, mandados y honrados por su pr\u00edncipe. Conviene en tal concepto proporcionarse ej\u00e9rcitos de esa \u00edndole, a fin de poder defenderse de los extranjeros con una bizarr\u00eda genuinamente italiana.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Aunque las infanter\u00edas suiza y espa\u00f1ola tienen fama de terribles, adolecen una y otra de un defecto capital, a causa del cual un tercer g\u00e9nero de tropas no solamente las resistir\u00eda, sino que lograr\u00eda vencerlas. Los suizos temen a la infanter\u00eda contraria cuando se encuentran con una que pelea con tanta obstinaci\u00f3n como ellos, y los espa\u00f1oles resisten con suma dificultad los asaltos de la caballer\u00eda. Por ello se ha visto a la infanter\u00eda suiza abrumada por la espa\u00f1ola, y a \u00e9sta realizar esfuerzos incre\u00edbles, casi sobrehumanos, para sostenerse contra los ataques de la caballer\u00eda francesa. Por m\u00e1s que no poseamos todav\u00eda la prueba \u00edntegramente experimental del hecho, algo de eso se vio en la batalla de Ravena, cuando los infantes espa\u00f1oles llegaron a las manos con las tropas alemanas, que observaban el mismo m\u00e9todo que las suizas. Los espa\u00f1oles, \u00e1giles de cuerpo y escudados por sus brazaletes, penetraron por entre las picas de los alemanes, sin dejarles medio alguno posible de defensa, y a no haberles embestido la caballer\u00eda los hubieran acuchillado a todos. As\u00ed, una vez reconocido el inconveniente de ambas infanter\u00edas, cabe imaginar una nueva que resista bien a la caballer\u00eda y a la que no amedrenten las fuerzas de la misma arma, lo que se conseguir\u00e1 no de esta o de aquella naci\u00f3n de combatientes, sino cambiando el modo de guerrear. Se trata de invenciones que, tanto por novedad como por sus beneficios, dar\u00e1n reputaci\u00f3n y procurar\u00e1n gloria a un pr\u00edncipe nuevo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Despu\u00e9s de tantos a\u00f1os de expectaci\u00f3n inquietante, Italia espera que aparezca, al fin, su redentor en el tiempo presente. No puedo expresar con cu\u00e1nta fe, con cu\u00e1nto amor, con cu\u00e1nta piedad, con cu\u00e1ntas l\u00e1grimas de alegr\u00eda ser\u00e1 recibido en todas las provincias que han sufrido los desmanes de los extranjeros. \u00bfQu\u00e9 puertas estar\u00edan cerradas para \u00e9l? \u00bfQu\u00e9 pueblos le negar\u00edan la obediencia? \u00bfQu\u00e9 italiano no le seguir\u00eda? Todos se hallan cansados de la dominaci\u00f3n b\u00e1rbara. Acepte, pues, vuestra ilustre casa este proyecto de restauraci\u00f3n nacional con la audacia y con la confianza qne infunden las empresas leg\u00edtimas, a fin de que la patria se re\u00fana bajo vuestras banderas y de que bajo vuestros auspicios se cumpla la predicci\u00f3n del Petrarca: <em>El valor pelear \u00e1 con furia, y el combate ser\u00e1 corto, porque el denuedo antiguo a\u00fan no ha muerto en los corazones de los italianos<\/em>.<\/p>\n<hr size=\"4\" noshade=\"noshade\" \/>\n<p class=\"Subtitulo\" style=\"text-align: justify\">NOTAS:<\/p>\n<p class=\"Nota\" style=\"text-align: justify\">[1] )- Este es el famoso pasaje que dio lugar a la posterior interpretaci\u00f3n resumida en el apotegma de \u201c<em>el fin justifica los medios<\/em>\u201d. Leyendo con atenci\u00f3n se comprende, sin embargo, que es el logro de los fines \u2013 es decir: el \u00e9xito (y no los fines en si mismos) \u2013 lo que permite al pr\u00edncipe justificar los medios empleados.<\/p>\n<p class=\"Nota\" style=\"text-align: justify\">[2] )- La alusi\u00f3n es a Fernando el Cat\u00f3lico, un monarca destacado por su perfidia y su mala fe.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>INDICE Dedicatoria Cap\u00edtulo I \u2013 De las varias clases de principados y del modo de adquirirlos Cap\u00edtulo II \u2013 De los principados hereditarios Cap\u00edtulo III \u2013 De los principados mixtos Cap\u00edtulo IV \u2013 Por qu\u00e9, ocupado el reino de Dar\u00edo por Alejandro, no se rebel\u00f3 contra sus sucesores despu\u00e9s de su muerte Cap\u00edtulo V \u2013 [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1149,"featured_media":0,"parent":0,"menu_order":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","template":"","meta":{"footnotes":""},"class_list":["post-73","page","type-page","status-publish","hentry"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/blogs.ua.es\/maquiavelo\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/73","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/blogs.ua.es\/maquiavelo\/wp-json\/wp\/v2\/pages"}],"about":[{"href":"https:\/\/blogs.ua.es\/maquiavelo\/wp-json\/wp\/v2\/types\/page"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.ua.es\/maquiavelo\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1149"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.ua.es\/maquiavelo\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=73"}],"version-history":[{"count":17,"href":"https:\/\/blogs.ua.es\/maquiavelo\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/73\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":203,"href":"https:\/\/blogs.ua.es\/maquiavelo\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/73\/revisions\/203"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/blogs.ua.es\/maquiavelo\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=73"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}