Luis Gómez Canseco es de Don Benito. Y desde el XVI se sabe, según testimonios de quienes acudían a las almadrabas del Duque de Medina Sidonia, que los de allí son los peores. Experto en literatura del Siglo de Oro, es el padre filológico del Guzmán de Alfarache de la Real Academia Española y correspondiente de la de Buenas Letras. Una eminencia sin hinchazón. Exterior día.
Pregunta.- ¿Causa disgustos decir lo que se piensa?
Respuesta.- No he sufrido persecuciones pero sí eso de ‘vamos a tocarle las pelotas que dice lo que no debe’. Me pasó cuando tenía un contrato a tiempo parcial. Ahora, gracias a Dios y a los errores humanos, soy catedrático.
P.- La gente suele decir más lo que conviene.
R.- Si se dijera todo lo que se piensa no podríamos vivir. Mis mayores disgustos institucionales han sido cursos. Uno sobre la historia de la mierda y otro que se llamaba: ‘Las mujeres malas: códigos tradicionales de la misoginia’. El título lo dice todo. Me denunciaron por políticamente incorrecto. Disfruté haciéndolos. Y con el cabreo, más.
P.- ¿Cómo llegaste a Sevilla?
R.- Vine a hacer COU y me quedé a estudiar la carrera engañando a mi padre, al que juré que me había matriculado en Derecho.
P.- ¿No está la ciudad presa de su estampa?
R.- Posiblemente, pero eso la salva de ser devorada. Las ciudades que olvidan el pasado pierden el sentido de lo que son.
P.- Sevilla en tiempos de Mateo Alemán.
R.- Oligarquías, hidalguías de nobleza que forman grupos pequeños y que a Mateo Alemán no le dejan entrar. Estudió en la universidad, estuvo en la Semana Santa, pero jamás logró penetrar en ese núcleo. Lope de Vega, que viene a beneficiarse a Micaela Luján, sí es aceptado. Alemán ni siquiera cuando da el pelotazo con su libro. No sabemos si era de familia judía, pero se sabía al margen. Otros conversos sí entran. Su visión de la ciudad es inmoral. Sevilla como una casa de putas.
P.- ¿Era un desengañado?
R.- Se pasa la vida intentando entrar y largarse. Imita a los eruditos -traduce a Horacio- y lo rechazan; cuando tiene éxito lo envidian. Al final se va a México sin su mujer. Una de sus hijas termina siendo monja y escritora. El gen de la literatura.
P.- ¿Padeció esa pandemia tan sevillana que consiste en emular a la aristocracia?
R.- En sus libros pone un escudo con un águila bicéfala. Todo mentira.
P.- El ‘Guzmán’ rompe la retórica clásica.
R.- Inventa un lenguaje en el que se mezcla la calle con la tradición. Alemán era un tío cuyo objetivo era buscar dinero para comer. No tenía sueldo. Su universo no es metafísico, sino un mundo de canallas, mudos y gente que pasa hambre. El personaje sale de Sevilla y se va educando a medida que anda. Cervantes leyó el libro y dice que no le gustó, pero aprendió de él.
P.- El Renacimiento en Sevilla es efímero.
R.- Hubo un núcleo de gente atenta a lo que pasaba en Europa, más por la vía espiritual que estética. Tras lo de San Isidoro del Campo la gente aprieta el culo. Muchos se van. Arias Montano logra que haya un flujo de información desde Sevilla hacia fuera y al contrario. Se publican libros en Amberes. Todo es muy efímero. Después llega la Inquisición. Se acabó. El Renacimiento no es más que un movimiento de élite cuyo impacto sólo se ve a finales del XVII. El 70% de la gente vivía en la Edad Media.
P.- Sevilla es capital de la Contrarreforma.
R.- Siempre hubo gente que decía otras cosas, pero la inercia de los tiempos arrasa con todo. Oponerse a las inercias es complicado: te juegas el cuello y la honra.
P.- ¿Cuál es el gran mito de Sevilla?
R.- Hércules. El Plus Ultra. Alemán, que pasa por troglodita, creía que su mundo era mejor que el antiguo y cita a Hércules, que se cagó de miedo y no quiso ir más allá. Sevilla vive igual, pensando si debe ir más allá.
P.- Los grandes de la literatura sevillana…
R.- Cervantes. Su concepción de la literatura está muy ligada a la ciudad. Y Chaves Nogales, que es impresionante.
P.- Los costumbristas, cero.
R.- El costumbrismo empobrece. Los dos Machados reflejan ese mundo, pero lo proyectan fuera. Algunos costumbristas son estilísticamente valiosos pero terminan siendo víctimas de una introspección colectiva. Son escritores menores. En Murcia no saben quiénes son.
P.- ¿Cómo se le ocurrió hacer un libro sobre la tradición literaria de la mierda?
R.- ¡Qué triste! La mayor gloria de mi vida es ese libro. Quería que mis alumnos vieran que la cultura permite comprendernos mejor. No se es mejor persona por leer, pero la literatura te ayuda a entenderte.
P.- Ahora se lee poco y mal.
R.- Los de letras nos la cogemos con papel de fumar. El mundo es hostil a las humanidades y la gente tiende a la melancolía. Tenemos que hacer un esfuerzo y trasladar lo que tenemos, que es importante para la sociedad y para la vida. La literatura evita que nos convirtamos en tontos y pasivos, que es lo que pretenden que seamos. Tocqueville, en la Democracia en América, dice tras elogiarla que la democracia sólo tiene un inconveniente: quiere que sigamos siendo niños. Ésa es la tragedia.
P.- ¿Debemos dar las gracias a Avellaneda?
R.- Para Cervantes, aunque no lo parezca, fue una suerte la putada de copiarle El Quijote. Si no hubiera existido Avellaneda probablemente no hubiera terminado la segunda parte del libro que, más que la primera, es donde realmente está la novela moderna. Y es la hostia.
P.- ¿La cultura es universal?
R.- Siempre ha sido minoritaria. Es una persona la que toma la decisión de leer. La cultura no es un acto colectivo, sino individual. Leer es una decisión que a lo largo de la historia toma poca gente. Y sin embargo el mundo cambia gracias a ellos.
P.- Hablemos de la hinchazón literaria.
R.- Está por todos sitios. Los retóricos griegos la usaban de manera cómica. Cervantes en el Viaje del Parnaso se ríe de la nube hinchada y de las calabazas huecas que flotan en el mar. La vacuidad es hablar y no decir nada.
P.- ¿Y la hinchazón social?
R.- El otro día vi entrar en un restaurante a un noble sevillano y la gente casi se postra ante él. Robertson Davis, un escritor canadiense, lo cuenta de forma divertida: dice que él es un hombre democrático para el que la sangre no cuenta y, en una determinada situación, hace lo que cualquiera habría hecho: ponerse de rodillas. A la hora de pagar, el noble y sus acompañantes pidieron cuentas separadas.