Recuerdo hace años, cuando escuché por la radio a un periodista especializado en tecnología decir que, a pesar de que EE.UU. hubiera inventado Internet, la gran revolución se produciría con los teléfonos móviles, y ahí, Europa tenía ganada la batalla con empresas como Nokia o Motorola a la cabeza.
En la segunda parte de la predicción fracasó estrepitosamente, pero en la primera acertó del todo. El teléfono móvil forma hoy parte de nuestras vidas hasta un punto que solo resultaría comprensible si de repente nos quedáramos sin él.
Hace unas semanas tuve que hacer un regalo a mi hermana, que vive en Sheffield, en Inglaterra. Mi hermana no tiene hijos, pero adora a sus sobrinos (mis dos hijos). Me puse a pensar en cuál sería el mejor regalo y, buscando por la red, di con algo tan sencillo que me pareció emocionante: una funda personalizada para iPhone 5. Parece una tontería pero no lo es en absoluto. Ahí precisamente reside uno de los grandes éxitos del smartphone, en la posibilidad de convertir la tecnología en un elemento emotivo, familiar, algo que va más allá de lo puramente práctico.
Aclaro, para quien no lo sepa, que una funda personalizada es una carcasa que se pone al teléfono con la imagen fotográfica que se quiera. En mi caso, era un retrato de mis dos hijos jugando en el parque. Contacté con una tienda online especializada en este tipo de regalos, subí la fotografía, y en 48 horas tenía la carcasa personalizada en casa.
Ni que decir tiene que mi hermana muestra orgullosa a todos sus vecinos y compañeros de trabajo la foto de sus sobrinos en el iPhone. Ni siquiera tiene que encender el teléfono y buscar en el carrete. Solo con darle la vuelta los tiene ahí, pegados a la palma de su mano. Muy cerca de ella.

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