Archive for noviembre, 2010

«Sinapia», una auténtica utopía hispánica

Mapa de SinapiaLa Sinapia está considerada la única utopía hispana propiamente dicha (Omnibona, del siglo XVI, no goza de tanta fama, a falta de edición), la única que sigue el esquema establecido por Moro. Si bien es similar la utopía de los Ayparcontes, publicada en «El Censor» como profunda crítica del clero, Sinapia es más radical y revolucionaria, y también más completa. Descripción de la Sinapia, península en la tierra austral, obra anónima, es un texto que Jorge Cejudo, bibliotecario de la Fundación Universitaria Española, encontró en 1975 entre los documentos de Pedro Rodríguez de Campomanes. Es una antiutopía de su España contemporánea, la del último tercio del siglo XVIII (aunque su primer editor, Stelio Cro, la fechó hacia 1682), todavía dentro de la Edad Moderna. Es casi una sátira especular de esa sociedad (el nombre es una variación de “Hispania”; antes se llamaba Bireia, variación de “Iberia”), que muestra la oposición entre una realidad rechazable, alejada del pensamiento ilustrado, y un ideal del que el autor intenta convencer. Los obstáculos para alcanzar ese ideal son «la propiedad, la novedad de usos, la dominación, la moneda, la estimación de las riquezas y el ocio, la vanidad de la sangre».

La República de Sinapia es, en su geografía, un espejo de la Península Ibérica, situado en una hipotética península de Nueva Zelanda visitada por Abel Tasman. La obra trabaja con una serie de paralelismos y diferencias con la verdadera España. Mientras que en esta «nos habemos criado con lo mío y lo tuyo», en Sinapia se vive en comunidad. En España campan «redomadas políticas», al contrario de lo que sucede en la península inventada, en la que la virtud cristiana es la base de su virtud social. Allí se practica además una perfecta igualdad, frente a unos españoles «hechos a la suma desigualdad de nobles y plebeyos», «corrompidos con el abuso de la superficialidad». El fin último en Sinapia es «la dicha prometida con la venida gloriosa de nuestro gran Dios»; para conseguir esto, el medio es «vivir templada, devota y justamente», así como «la igualdad, la moderación y el trabajo». Todo esto queda muy lejos de los verdaderos gobiernos de España, que han despreciado esos medios y tienen por único objetivo «satisfacer nuestra pasión o redimir nuestra vejación». A ese punto ha llevado el irracionalismo, opuesto a la organización racional que mueve Sinapia.

Organización jerárquica

¿Y cómo es la organización de esta Sinapia imaginaria? Aparece como un país que unificó la cultura de los chinos (que representa la grecolatina) y la de los persas (que sería el cristianismo). La Iglesia está sometida al Estado en todo lo que no pertenece a la conciencia y la moral. Todo se basa en un libro, que todos conocen y leen, a partir del que se reglamenta y organiza racionalmente. La sociedad se fundamenta en la familia, una por casa, presidida por el padre; se asciende por una pirámide jerárquica de “padres” que cada vez abarcan más, hasta llegar al Príncipe. La distribución de los espacios es simétrica y racionalizada, como las formas artísticas, muy al gusto neoclásico. La paz no se mantiene por un cuerpo policial, sino por las mismas leyes; un ejército mantiene a raya a los extranjeros. Plano de una típica ciudad de SinapiaEl núcleo económico está en el trabajo de la familia, basado en relaciones de obediencia. Todos trabajan y no se realizan labores inútiles o superfluas; no existe prácticamente la especialización, alternándose el trabajo entre la ciudad y el campo en turnos de 6 horas bien aprovechados, como en Moro. Las festividades son muy importantes y son narradas extensamente; su fin es que los ciudadanos se unan en amistad. No hay propiedad ni moneda, lo que evita muchos pleitos. Sólo hay juicios sumarios que castigan o premian (a propuesta de los ciudadanos) a quien lo merece. Como en Moro, las leyes son pocas y claras; aquí están, además, redactadas en verso para facilitar su memorización. La educación tiene dos pilares: la formación de opiniones, tarea de los padres de familia, y el aprendizaje de habilidades, en las escuelas. Los que destacan pasan a seminarios militares, eclesiásticos o científicos. Los mejores forman un colegio de sabios, que hacen avanzar las ciencias y las artes (idea ilustrada del progreso). La esclavitud aparece como castigo, con esclavos comprados de otros países o prisioneros de guerra. Su estatuto es casi el mismo que el de los ciudadanos, sólo que sin derechos políticos. Sinapia es, por último, autosuficiente. Sólo se importan medicinas, algunos materiales, nuevas invenciones de artes y ciencias, buenos libros, prototipos tecnológicos que allí no existen y mapas y cartas de navegación de todas partes.

Ciencias y artes en SinapiaLas utopías siempre han nacido en los momentos de crisis generalizada de las instituciones tradicionales (la cristiandad medieval, en Moro), y el contexto en el que surge la Sinapia no es una excepción. Critica la excesiva terminología científica y, sobre todo, una desigualdad social insoportable, dentro de un rebrote humanístico que, tras el empacho de ideología barroca, busca una nueva vía para plantear cuestiones políticas acuciantes. En esta obra hay una fuerte influencia de la filosofía cartesiana, pero sobre todo de la Ilustración, como se ve en la simplicidad patriarcal o en el cuestionamiento del sometimiento de la Iglesia al Estado. El cristianismo es muy importante en Sinapia (entroncando con la tradicional corriente interpretativa de la Historia de España que no puede concebir su esencia sin él), pero no dirige la sociedad, es un estímulo puro para la virtud moral y humana; es “jansenista”, en el sentido de la España de la época. La política y la moral se unen por un mismo fin, la felicidad, y el medio para llegar allí es la comunidad de bienes. La obra se muestra en última instancia como pedagógica, ya que la organización comunitaria de Sinapia aparece como constante lección: enseña al hombre a «asegurar la conciencia de su función en la familia, en el trabajo, en la ciudad y en la nación».

La influencia de Tomás Moro en los utopistas españoles

Ya desde las primeras ediciones (la primera se publicó en 1516), la Utopía de Tomás Moro circuló por todo el viejo continente. Por la relativa lejanía de la política inglesa, y porque casi toda su obra estaba escrita en latín cuando las lenguas vernáculas ya eran dominantes en Europa, los escritos de Moro sólo estaban al alcance de lectores con formación humanística. La primera traducción al castellano no se publicó hasta 1637, en Córdoba; su autor, animado por Quevedo, fue el gobernador Jerónimo Antonio de Medinilla. Este creyó, por alguna razón, que sería un texto útil para los habitantes de Sierra Morena en tiempos de Felipe IV. Eliminó el Libro I y vertió al español el Libro II con sus mejores intenciones, «siguiendo más el espíritu del autor que sus palabras».

Primera traducción al castellano

Sin embargo, algunos españoles se acercaron al libro ya desde sus primeros tiempos. No fueron pocos los representantes de la Iglesia que se la llevaron a América, junto con la Ciudad de Dios de San Agustín. Algunos de estos lectores vieron en la obra de Moro algo más que el entretenimiento que parece que, en buena parte, fue para el autor y sus amigos, y lo tomaron, como dice Francisco López Estrada en Tomás Moro y España, como un «programa “político” de aplicación práctica en una circunstancia concreta», en el que «cabía inspirarse para organizar las nuevas sociedades que podían implantarse en un país que consideraban sin historia». El principal ejemplo de esta aplicación práctica se encuentra en los pueblos-hospitales de Vasco de Quiroga, quien admite en su Información en derecho (1535) la influencia decisiva del humanista inglés. En la historia del Nuevo Mundo contada por los españoles hay, además, leyendas sobre ciudades o lugares paradisíacos, muy probablemente inspiradas por la obra más famosa de Moro.

La sombra de la Utopía se revela en obras de otros autores españoles del siglo XVI, cuyo pensamiento, o al menos una parte de él, puede ser considerado como utópico. Juan Maldonado publica Somnium en 1541. Inspirado en el «Somnium Scipionis» de Cicerón, cuenta cómo, tras una noche de fantasías oníricas, el autor despierta y se va a América desde la Luna. Allí se encuentra con un pueblo de indígenas que se cristianizaron gracias a unos españoles que estuvieron con ellos tres meses. La nueva fe se mezcla con sus costumbres ancestrales, y el resultado es una versión reducida del contenido de la Utopía de Moro. El episodio del villano del Danubio (que se puede empezar a leer aquí y que sigue y termina aquí), contenido en el Libro áureo del emperador Marco Aurelio (1528) de Antonio de Guevara, confronta la cultura bárbara y la romana, en paralelo al choque entre la indígena y la de los conquistadores españoles. La organización social narrada por el bárbaro se inspira en la de la Utopía de Moro. Francisco López destaca el contraste entre «su vida colectiva virtuosa y la realidad de la conquista y opresión, que el villano que parece monstruo denuncia». Ya en el siglo XVII, otra muestra utópica interesante es la de los Comentarios reales de los Incas (1609) del Inca Garcilaso, ya que su descripción del antiguo Perú oscila entre la realidad histórica y el utopismo idealista de Moro (incluida su crítica contemporánea implícita). Por otro lado, el jurista Juan de Solórzano Pereira cita, en su Política indiana (1648), pasajes de Moro que se pueden relacionar con la situación del trabajo en las Indias (sobre los turnos laborales, la jornada de seis horas, etc.). Solórzano sabe que la Utopía es una obra de imaginación, pero considera a Moro una autoridad en organización económica y ve pertinentes algunas partes, y aun realistas y aplicables. En este pequeño recorrido falta señalar que la influencia más directa sucede sobre la Sinapia, la más pura utopía española moderna.

Por último, se puede contar que el libro de Moro era muy popular y trabajado por los estudiantes a lo largo de toda la Edad Moderna, y estos aplicaban algunas de sus ideas donde mejor les convenía. Por ejemplo, el licenciado Andrés de Poza hablaba en un libro de historia sobre «la peculiar manera de vestir de las jóvenes vizcaínas, que van “en cuerpo” y con faldas tan cortas que descubren la garganta del pie». Si bien era poco decente según las costumbres de su época, lo aceptaba porque se podía justificar citando el pasaje de la Utopía en el que se cuenta cómo, para elegir cónyuge, ambos jóvenes debían verse desnudos. Esto ilustra cómo la obra era ya valorada a la altura de los textos políticos de Platón y unos pocos otros clásicos. Francisco López comenta que «fue leída siempre con calor, y los lectores dejaron señal de la conmoción que les producía la lectura, con rasgos de pluma y notas en los márgenes».


Ejemplar de Quevedo