«Omnibona»: el Reino de la Verdad

Aunque desde hace 35 años parece considerarse a la Sinapia como la única utopía hispánica pura, en el siglo XVI otra obra anónima, nunca publicada, parece encajar en el género, como explica Miguel Avilés en «Otros cuatro relatos utópicos en la España moderna». Omnibona (capital del Reino de la Verdad, con el Rey Prudenciano por monarca), también conocida como Regimiento de príncipes, es un relato dedicado a un Príncipe, probablemente el que será Felipe III. A lo largo de 293 capítulos, se presenta una sociedad extraña descrita por un viajero, el Caminante Curioso, como sociedad ideal de la que el futuro monarca puede extraer sabios consejos:

Yo confío en Nuestro Señor que, viendo Vuestra Alteza toda la obra, tendrá animo para cosas muy grandes y a nuestro Señor muy agradables y saldrá con ellas, favoresciéndole Dios, con mucha gracia y gloria, con poco trabajo, teniendo confianza y cuidado.

San Luis, en una imagen que podría ser la del Rey PrudencianoEl Caminante Curioso, acompañado por un muchacho llamado Amor-de-dos-grados (a Dios y al prójimo), describe esta sociedad a lo largo de doce libros, en conversación directa con el Rey Prudenciano, hacia el que no ahorra elogios. Aprovechando su entrada en el Reino de la Verdad, habla de caminos y ventas, lo que enlaza con los criterios para poner precios a todo lo que se compra y vende, siguiendo un sistema económico claramente mercantilista, lejos de todo liberalismo. En uno de los últimos capítulos, sin embargo, esto entra en contradicción al proponer la prohibición de los monopolios y de los estancos. A los pobres no les falta de nada, ya que los beneficios eclesiásticos están gravados con un quinto de sus rentas que se dedican a los desfavorecidos, así como a pagar los centros de estudios. La enseñanza es explicada con absoluto detalle, en todas las edades; en paralelo, todo ciudadano debe conocer un oficio, para no caer en la mendicidad. En la «casa de Minerva» (la universidad) hay varios colegios, tanto seglares como religiosos, cerca de los cuales no puede haber «mujeres públicas, ni enamoradas, ni amancebadas». La moral es cuidada en todo el Reino, con medidas para evitar que se blasfeme, para cuidar a los pobres y extranjeros (aunque advierte del peligro de los gitanos) y, en definitiva, para vivir con «alegría, afabilidad y gravedad». El Rey Prudenciano se inclina, en caso de duda, hacia doctrinas tucioristas. La Justicia y su administración sigue el modelo de la Utopía de Moro: simplificar al máximo tanto las leyes como los procedimientos. Se cuida, en todo caso, de que los condenados tengan todo lo necesario durante su estancia en prisión. El ejército, por su parte, está conformado por decenas de miles de «soldados virtuosos e buenos cristianos, y muy diestros en las armas, que valía más uno que diez para la guerra». La obra describe en extenso la vida militar, por ejemplo los comportamientos exigidos (la seguridad en la lucha se garantiza por un sistema de «socorros mutuos»).

En los últimos libros, el autor también dedica espacio e ideas para mejorar situaciones verdaderas de su sociedad contemporánea, siempre disfrazadas dentro del marco ficticio del Reino de la Verdad. Propone una reforma de las órdenes militares, por ejemplo permitiendo el acceso sólo a aquellos con cualidades destacadas exigidas por el Rey. Es importante el libro nono, en el que da cuenta de lo que deben hacer «los reys cristianos, cuando descubrieren algunas tierras de ínsulas o las ganaren». Esto se refiere a la conducta deseada en relación a las Indias: lo fundamental es «convertillos y hacellos buenos cristianos», aunque se enseña cómo «remediar los daños pasados para no irse al infierno» y a no repetirlos. Los grandes tesoros de oro y plata, conseguidos por los conquistadores, deberían ser restituidos a sus legítimos dueños para remediar los males que se han provocado; siempre hablan en términos sobrenaturalistas de redención. David García López ha realizado un estudio sobre la defensa de los indios que se lleva a cabo en esta obra, y la valiente crítica que hace de los conquistadores, que aparecen como ladrones y asesinos. En los dos últimos libros, el Rey Prudenciano cuenta cómo consiguió que sus obispos cumplieran lo que en la realidad no se logró mediante el Concilio de Trento. Su receta: que residan en sus diócesis y se ocupen de las tareas religiosas, dejando los cargos de gobierno y las cortes a los civiles. Para terminar, propone una reforma del Tribunal de la Inquisición, al que echaba en cara que conociese la justicia pero no la practicase.

El Caminante Curioso rehace el camino para volver a Castilla, y Amor-de-dos-grados se despide de él:

Dad gracias a Dios, que habéis hallado lo que buscábades. Platicadlo donde quiera que viéredes que haga fruto, porque aproveche a muchos para la gloria de Dios y salvación de las ánimas. Y Dios quede con vos, que yo voy adelante.


3 Responses to “«Omnibona»: el Reino de la Verdad