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Tomás Moro y su «Utopía»

[Una puntualización previa: el nombre de Tomás Moro es Thomas More, pero mantengo la castellanización del nombre para que todos nos entendamos, ya que es uno de los pocos casos todavía vigentes hoy día. Pese a esto, considero que traducir los nombres propios es incorrecto y, sobre todo, puede llevar a confusión sobre el origen del autor.]

Tomás Moro (1478-1535), inglés, fue escritor, teólogo y pensador de muchos temas dentro del ámbito del humanismo, como su gran amigo Erasmo de Rotterdam. Se dedicó a la abogacía, para la que mostró gran talento, y también fue nombrado diputado con Enrique VII. Tuvo mucha relación con su sucesor, Enrique VIII, lo que le permitió ir ascendiendo en la jerarquía política. Su negativa a suscribir el Acta de Supremacía (1534), que convertía al rey en jefe de la iglesia en Inglaterra para poder deshacer su matrimonio, le llevó a prisión y, finalmente, a la muerte por decapitación (martirio en defensa del catolicismo por el que llegaría a ser canonizado cuatro siglos después). Como no es necesario extenderse en su biografía, mejor recomendar Un hombre para la eternidad (A man for all seasons, Fred Zinnemann, 1966), que retrata sus últimos tiempos de forma apasionante y bastante rigurosa, mostrando bien al hombre creyente, de gran trato, brillante y absolutamente íntegro que fue. Un pequeño diálogo (en español) de la película, para abrir boca:

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Lo que aquí nos interesa es su obra capital, Utopía (publicada en 1516), que nombra este tipo de pensamiento y lo establece en unos parámetros que se convertirán en recurrentes. El libro cuenta, a modo de carta a su amigo Pedro Egidio, un diálogo imaginario (la confusión entre realidad y ficción es aquí un signo de temprana modernidad) entre Moro y un tal Rafael Hytlodeo, marinero que no por casualidad ha viajado a las Américas y se ha impregnado de la nueva sensibilidad. El libro consta de dos partes. La primera funciona como una introducción, en la que sitúa el contexto de la acción y, sobre todo, hace un recorrido por algunos problemas de su tiempo. El tono es casi ensayístico, ya que el autor se posiciona y argumenta con profusión. Se tratan los Consejos de los reyes, el robo y su castigo con la pena de muerte (castigo que critica con valentía, defendiendo la lucha por la reinserción del preso), la desigual e injusta distribución de la riqueza (reflexionando sobre una situación con muchos paralelismos con la actual crisis económica), la relación entre filosofía y política, o una crítica insobornable a la propiedad privada («dondequiera que exista la propiedad privada, […] apenas se podrá conseguir nunca que el Estado se rija equitativa y prósperamente»). Esta relación de problemas enlaza con soluciones y propuestas en la segunda parte con la descripción de Utopía, una isla, convertida voluntariamente en tal, que ha desarrollado lo que parece ser el sistema perfecto, en el que no existen la propiedad privada ni el dinero y el lujo es ridiculizado. Para el autor, todo son ventajas: una lengua única, una fácil defensa por la geografía, igualdad absoluta en las “posesiones” (que no lo son porque van rotando), etc. La organización espacial se basa en 54 ciudades prácticamente idénticas, entre las que Amaurota funciona como capital por su equidistancia, en un cuasifederalismo que permite mantener a raya las hipotéticas aspiraciones al poder. Algo que se antoja imposible, ya que es una república democrática que educa en el rechazo a estos comportamientos. Los cargos son electivos y los trabajos rotativos, con una jornada laboral de 6 horas que deja mucho tiempo libre para básicamente dos cosas: convivir y cultivar el intelecto, aunque muchos optan por trabajar más, de forma voluntaria. Estos trabajos son principalmente agrícolas, para conseguir la autosuficiencia; la comida es buena y se consume en abundancia en comedores públicos. La sanidad pública y de calidad es una realidad, así como una temprana defensa del derecho a la eutanasia. Llama la atención la presencia de esclavos, cuya función es conservar la igualdad de los ciudadanos haciendo trabajos desagradecidos y sirviendo de ejemplo de castigo. Es curioso también que, siendo Moro un importante jurista, considera que esta sociedad puede funcionar con unas pocas leyes básicas de “sentido común”, ya que el exceso legislativo aleja la justicia de la realidad y desvirtúa su aplicación en beneficio de complicadas interpretaciones interesadas. Utopía es un Estado cuya ciudadanía está permanentemente militarizada, pese a que intenta evitar por todos los medios (algunos muy ingeniosos, aunque de discutible moralidad) entrar en combate. La guerra sólo sucedería si tuvieran que defenderse o si otro Estado amigo estuviera amenazado. Por último, el interlocutor de Moro describe, en una de las partes más modernas (y sorprendentes, teniendo en cuenta la profunda religiosidad del autor) una sociedad con libertad religiosa; aunque no del todo herética, ya que las distintas creencias tienen unas bases monoteístas comunes, que pueden celebrarse en un mismo templo respetuoso con la heterogeneidad.

«Utopía» escrita en un edificio

[La imagen corresponde al edificio de la Eastern Electricity de Norwich, sobre el cual el artista Rory Macbeth escribió el texto completo de Utopía en inglés]

Moro despliega en su concepción del Estado ideal un derroche de imaginación, dominio retórico y complejidad perfectamente armonizada. El nivel de detalle explicativo es alto, por lo que aquí sólo se han podido citar por encima algunos de sus elementos básicos. Es mejor recomendar su lectura para hacerse una idea de su alcance y de la variedad de interpretaciones, ya que la obra es breve, amena y provocadora. Su influencia es decisiva en el pensamiento sociopolítico posterior; incluso se intentaron aplicaciones prácticas de algunas ideas de Utopía en América, sobre todo por Vasco de Quiroga. Para una síntesis más extensa de autor y obra, puede acudirse aquí. Una traducción online del libro, separada en capítulos para mayor comodidad, puede leerse aquí; aunque existen ediciones buenas y baratas, como la de Espasa-Calpe publicada en Austral, por no hablar de su omnipresencia en el mundo de la segunda mano.

¿Qué es la utopía?

Más o menos todos tenemos en mente una idea de lo que es la utopía, idea que Northrop Frye condensa en una definición:

Una utopía es un Estado ideal o sin tacha, no sólo lógicamente consecuente en su estructura, sino capaz de permitir a sus habitantes toda la libertad y la felicidad posibles en la vida humana. Considerada como un ideal social final o definitivo, la utopía es una sociedad estática; y la mayor parte de las utopías han incorporado salvaguardas contra una alteración radical de su estructura. [Frye, 1982: 62]

Pero esta definición, como casi todas, es insuficiente, por lo que hay que intentar matizarla y comprender un poco más a fondo, en este escueto espacio, lo que supone la utopía y el pensamiento utópico.

El término «utopía» nace con la obra del mismo nombre de Tomás Moro, publicada en 1516. Topos significa, en griego, lugar o país, mientras que la «u» inicial genera dos acepciones: ou-topía, en ningún lugar, y eu-topía, el país donde todo está bien, el Estado Perfecto. Moro consideraba ambas, para hacer notar tanto la irrealidad como la perfección de su propuesta. Como señala Beatriz Fernández Herrero [1992: 14-15], la primera se refiere al espacio, inexistente o al menos desconocido, y tiene que ver con la dimensión mítica y ahistórica de la utopía; la segunda indica la temporalidad de la utopía, relacionada con el deseo de que se haga efectiva en la realidad, algo posible porque la sociedad se puede transformar dentro del tiempo histórico, normalmente proyectado hacia el futuro. Así, se puede decir que se conforma tanto de pensamiento mítico como de pensamiento racional. José Luis Abellán sintetiza así esta contradicción aparente: «Es la consecuencia del deseo de realización del mito, que trata de plasmarlo dentro del pensamiento racionalista, adaptándose a la estructura mental del hombre moderno» [citado en Fernández Herrero, 1992: 15]. Es decir, aúna elementos antropológicos con elementos históricos.

Su gran ambigüedad y variedad, tanto en intenciones como en formas de expresión (desde la puramente literaria al ensayo filosófico más estricto), complica el camino. Una utopía puede ser lúdica, de realización, crítica, deseada, esperable, etc. Esta diversidad tipológica ha llevado a menudo al intento de dividirla polarizando en extremos, cuyo máximo ejemplo sería el de la distinción entre utopía y distopía o contrautopía, es decir, una utopía con resultados negativos. Pero eso es simplificar demasiado. Sería mejor -aunque menos práctico, más ajustado a la realidad- estudiar el concepto de utopía a lo largo de la historia, pegado a sus expresiones de cada momento, algo que haré en otra entrada.

Sin embargo, sí se pueden distinguir algunos elementos comunes que distinguen a la utopía de la fábula, del mito, de la filosofía en general o de otras formas de pensamiento. José Antonio Maravall realiza un recorrido por ellos en el capítulo «El pensamiento utópico y el dinamismo de la historia europea», en su libro Utopía y reformismo en la España de los Austrias, recorrido que caracteriza mejor el concepto, con más concreción pero sin perder amplitud ni ambigüedad. La utopía es, en primer lugar, una construcción paradigmática, la proyección mental de una imagen político-social bien definida.  Tiene una tendencia hacia el dirigismo, la intervención humana es en origen lo que la hace posible. Sin embargo, el sistema “cobra vida” una vez completado, de ahí que la crítica más frecuente a la utopía es que es contraria a la libertad; pero, como contraargumento, en el fondo el proyecto se lleva a cabo para alcanzar la libertad más fundamental, la plena realización de la persona. Su objetivo final es la liberación del ser humano, el desarrollo máximo de la capacidad del individuo de ser dueño de sí mismo. No hay que olvidar que la utopía moderna nace unida al humanismo, por lo que comparte los ideales renacentistas. Entre ellos, el más importante es su carácter racional, mediante el que aspira a reflejar el orden de la naturaleza. Es un proceso de racionalización del ser humano y del mundo, para llegar a comprenderlos en su último sentido y poder actuar así sobre ellos, con la intención de hacer cumplir, con nuestra voluntad y medios, el mejor de los mundos posibles (esta idea de Leibniz no surgió de la nada, sino que en parte es consecuencia de la tradición de siglo y medio de pensamiento utópico). La utopía, por tanto, es más reformadora que creadora, y puede ser hasta revolucionaria según el grado en el que aspire a suprimir el presente, pero siempre parte de él y siempre como proceso, no como advenimiento. Así, aunque pudiera parecer lo contrario, utopía siempre está relacionada con su contexto histórico-social. Maravall considera que el pensamiento utópico es por definición burgués, y que sólo se explica a partir de la mentalidad anti-mística/anti-milenarista y racional que va unida a esta clase social. Es cierto que la utopía es casi siempre la negación del sentido social burgués, sobre todo por la habitual supresión de la propiedad privada y del dinero; pero no es menos cierto, sin necesidad de llegar al pensamiento marxista, que es con la burguesía como llega el cambio social real, la capacidad del ser humano de actuar y cambiar la historia, y hasta la propia concepción del individuo. La contradicción es asimilable. Crane Brinton lo explica de otro modo [1982: 83]: distingue entre «el pensamiento utópico que es claramente elitista en sus fines y generalmente, por tanto, en sus medios para alcanzar esos fines, y el pensamiento utópico que es elitista sólo en cuanto a sus medios para alcanzar un fin que puede llamarse anárquico, igualitario o democrático» [1982: 83]. Como conclusión se puede señalar que, para Maravall, en la utopía se da un carácter de historicidad (otros la consideran inevitablemente antihistórica): proyecta un paradigma que impulsa y acelera la marcha de una sociedad en la historia pero, al mismo tiempo, no se sale de esta ni la anula. En el blog veremos todo esto en ejemplos teóricos y prácticos extraídos de la Historia Moderna hispánica.