Relatos sobre Sostenibilidad – 1 –

Le acompañé muchas mañanas de los sábados y domingos a su puesto en el mercadillo de la Plaza Mayor, allí le ayudaba a montar su tenderete y a llevar sus viejas bolsas y sus maletas. Algunas veces, ejercía de vigilante, él aprovechaba esos momentos para contarme historias y para darme consejos sobre la vida que, la verdad, sólo he valorado cuando he ido siendo más mayor.

Mi yayo era coleccionista, yo no he heredado esa afición. Acumulaba en su habitación, con el permanente disgusto de mi madre, multitud de “viejas porquerías” de tres tipos: Sellos, billetes y monedas, tanto nacionales como extranjeros, Libros muy antiguos provenientes de lance e intercambios, algunos de ellos en miniatura, con un papel finísimo y ediciones muy cuidadas y, sobre todo, multitud de otros objetos curiosos, tales como anillos y relojes, broches, instrumentos de navegación, catalejos, sextantes, brújulas, algunos de latón que él pulía delicadamente.

En realidad, más que coleccionista lo que más le gustaba era comerciar con esos objetos que decía que tenían alma, aunque nunca conseguí entender muy bien a lo que se refería, pero cada vez que compraba, vendía o simplemente intercambiaba alguno de ellos se le iluminaban sus ojos y su sonrisa.

Pero es que el propio proceso de venta era digno de ser escuchado. Relacionado con cada objeto mi abuelo Antonio, era capaz de contar interesantísimas historias fantásticas, no sé si inventadas, en la que se describía con todo lujo de detalles, el origen misterioso del mismo o como lo consiguió con dificultades casi insalvables o si tenían alguna leyenda asociada que lo hacían deseable a más no poder, porque los clientes quedaban del todo fascinados.

Imagínate oírle decir que si este anillo había pertenecido al tesoro del Rey Salomón, que si fue encontrado junto a una carta de amor escrita por un príncipe árabe a una cristiana, que si tuvo que entregarlo un rey para pagar el rescate de su hijo en poder de unos invasores…o que esa cajita de latón con piedras preciosas (bueno, de cristal) había contenido las pastillas con las que se suicidó un famoso escritor romántico hace 160 años en una locura de amor o que si fue comprada por un mariscal alemán para regalárselo a su amante española, o que esa brújula acompañó al marino Juan Estremera cuando hace casi dos siglos dio la vuelta al mundo en un velero, sólo acompañado de dos cabras que eran su sustento.

En cuanto a los libros no eran únicamente libros de lance, se trataba de libros que tenían vida propia algunos con dedicatorias y muchas veces con exlibris que eran muy curiosos. Mi abuelo parecía haberlos leído todos lo que yo creo que no era posible, porque nunca lo vi leer en casa.

Por las conversaciones que mantenía con los otros vendedores, como él, de productos antiguos percibía que le tenían verdadero afecto, porque mi abuelo era sobre todo una persona buena que había desarrollado esta afición con una pasión extraordinaria.

El triste final de su vida se desencadenó cuando un cliente adinerado que le había comprado ya algunos objetos durante varios fines de semana seguidos vino con una oferta que mi abuelo pensó que no podía rechazar, quizá también influido por la presión de mi madre diciéndole que a sus 70 años ya no tenía edad de estar intercambiando cromos, que tenía que estar en casa, que no quería acumular trastos.

Pues bien, este cliente por unos cuantos miles de euros le compró absolutamente todo su inventario, se quedó con todo: Sellos, monedas, billetes, broches, libros, brújulas, relojes…pero al mismo tiempo también se quedó con su alegría de vivir.

A partir del día que se hizo la venta, su carácter pasó a ser taciturno y callado, incluso se negó a ir al mercado a visitar a sus amigos. A la tercera semana su melancolía era tal que incluso pensamos que estaba enfermo, mis padres pensaron en llevarlo al médico, pero no les dio tiempo, falleció enseguida.

Un poco antes de morir, estando postrado en la cama me llamó y me explicó que había cometido el error más grande de su vida al haber vendido lo que le mantenía feliz, hablar con los clientes, comprar, vender, intercambiar experiencias y que había perdido la ilusión por vivir y la tristeza se adueñó de él. Ese día me dio su última lección, me aseguró que no pensar en plazos largos y dejarse deslumbrar por un beneficio a cortísimo plazo es un error que atenta contra la lógica y en este caso contra su vida.

Nunca lo olvidaré.

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