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Del asalto nocturno al repetidor de ACPV en el Puerto de la Carrasqueta

La maldita guerra de TV3

por Emilio Soler


E l domingo por la noche, tras sufrir silenciosamente (es un decir, suelo mentar a todo bicho viviente) la apurada y triste victoria de mi Barça frente al antaño SuperDepor, apagué la tele y me dispuse a bien cenar. Una sopa Campbell de espárragos, que cada día me sale mejor, me esperaba. Hice caso omiso de las advertencias de mi distinguida sobre el glutamato y todas esas cosas y la trasegué en menos que canta un gallo, no fuera a ser qué. Tras un rato de amena charla, lectura. La aparición de la novela de Pérez Reverte sobre el Dos de Mayo, de la que todo el mundo habla y no acaba, me han decidido a retomar un libro abandonado por otras necesidades espirituales más imperiosas. Se trata de «La maldita guerra de España», de Ronald Fraser, interesante narración de la contienda que, entre 1808 y 1814, enfrentó a españoles, ingleses y portugueses, de un lado, contra los franceses de Napoleón, el ejército más poderoso de aquellos tiempos. El título del libro recuerda una famosa frase del corso Bonaparte, ya en el exilio forzado de la isla de Santa Elena, cuando se lamentaba haber comenzado aquella maldita guerra de España que le había llevado a su perdición política.

Napoleón, por lo que cuenta Fraser y por lo que uno ha leído, fue un soldado admirado por su extraordinaria capacidad de trabajo, por un admirable sentido de la estrategia militar y, también, como un personaje oportunista que no tuvo ningún problema en convertirse en dictador y, por lo tanto, en tirano. Curiosamente, el conocido como «Pequeño cabo» por sus admiradores y como el «Ogro de Ajaccio» por sus detractores, resultaría ser un hombre huraño y taciturno que sentía una profunda aversión por los franceses, a quienes acusaba de ser los opresores de su Córcega natal. Siguiendo con las curiosidades sobre el personaje, para poder ingresar en la Academia Militar de Brienne-le-Château Bonaparte tuvo que aprender, ya de mayorcito, el francés de Montaigne y Robespierre, idioma que siempre hablaría con marcado acento italiano.

Bueno, dejemos, por el momento, al Emperador. Después del último párrafo de un capítulo que me pareció haber leído varias veces, señal de que el sueño me perseguía, cerré el volumen de Fraser, lavé mis dientes, me puse el pijama y, antes de acostarme, enchufé el televisor para ver las últimas noticias del 3/24, canal de noticias de la tele catalana que es (era) una de mis más seguras fuentes de información sobre lo que sucede en este mundo cruel. Tardó en aparecer la señal y temí lo peor. Cuando, tras enchufar y desenchufar el TDT varias veces, tal y como me había indicado el instalador, la imagen seguía sin salir, lo entendí todo. Los totalitarios que nos gobiernan en este País Valenciano (ellos le llaman Comunidad, tal vez porque se creen sus propietarios) habían cortado la emisión con la nocturnidad que caracteriza a estos individuos y con la alevosía de la que presumen ostentosamente.

Las instrucciones del Consell, gobernado por el Partido Popular de Rajoy y presidido por Camps, habían sido llevadas a cabo. El repetidor de Aitana, dicen que ilegal, aunque nadie tacha de ilegal la información deformada y partidista que llevan a cabo los gerifaltes peperos en una televisión pública autonómica que pagamos todos los contribuyentes, había sido silenciado. Muchos alicantinos y valencianos han (hemos) sido condenados a no escuchar las noticias en nuestra lengua salvo que prefiramos, sin otra opción posible, sintonizar ese bodrio inaguantable y propagandístico para las excelencias de la valencianía popular, (popular sí es) conocido por Canal Nou. Una televisión que se muere merced a la política de marginación llevada a cabo por sus dirigentes contra los excelentes profesionales de esa casa y a la manipulación política que ejercen sobre ella. Ya sabemos que, a partir de ahora, y entre otros, la vicepresidenta Fernández de la Vega no existirá, televisivamente y valencianamente hablando, excepto para difundir las consignas goebbelianas dictadas contra ella desde el Palacio de la calle Caballeros. Como aquella, copiada de ¡Ho-Chi-Minh!, créanselo, y voceada por miembros del Consell que a la vice, candidata al Congreso por Valencia, le van a disparar desde todas las palmeras de nuestra Comunidad. Y en eso están.

Con el cierre, la desinformación acaba de instalarse para los catalano-parlantes a pesar de que son (somos) muchos los defensores de la libertad de expresión, que, una vez más, ha sido negada por un gobierno incompetente en Educación (barracones), Sanidad (privatización del sistema público para acabar con él) o, por no ir más lejos, Empleo (nuestra provincia se sitúa en la cola inversionista del País Valenciá). Camps, dicen que de carácter huraño y taciturno, al igual que el pequeño cabo, ha enseñado su lado más agresivo mostrando su aversión al valenciano que hablan nuestros vecinos del norte, idioma que él asegura conocer y hablar, aunque sea en privado. La desfachatez del Partido Popular (imagínense lo que podría pasar en un hipotético triunfo electoral de esta gente en las próximas elecciones generales) ha dado una vuelta más de tuerca a los medios de comunicación que escapan a su férreo control partidista.

Tras el enfado, gordo, la reflexión: no hay mal que cien años dure (a pesar de las no sé cuántas mayorías absolutas del PP en Alicante, Valencia y Castellón) y si Napoleón acabó recluido para siempre jamás en el islote africano de Santa Elena, la agresión totalitaria contra el repetidor de Aitana debería ser el Waterloo de Camps y Rajoy.

Emilio Soler es profesor de Historia Moderna de la UA.