Testimonios

Testimonio de Antonio González  (breve síntesis de la educación durante el franquismo)

Originario del pueblo de Almoradí (Alicante), nacido durante los años 50.

Estudió en una escuela pública, donde antes de comenzar las clases se ponían todos los alumnos y profesores en el patio de la escuela a cantar el “Cara al Sol”. Las escuelas estaban completamente gobernadas por la Iglesia, por lo tanto la asignatura de religión era de obligatorio cumplimiento. Cuenta que era normal encontrar aulas con 60 o 70 alumnos. Los castigos corporales estaban a la orden del día y, según cuenta Antonio, eran completamente normales los capones, golpear con la regla en la mano, arrodillarse en forma de cruz durante toda la clase… y lo peor de todo es que al llegar a tu casa y contarle lo sucedido a tus padres, también te aporrearían.

Entre las asignaturas que cursaban había una dedicada única y exclusivamente a enseñar el espíritu franquista. Las clases estaban divididas por sexo

Era completamente necesario tener una perfecta caligrafía.

 

Vivió su infancia en una época muy dura donde predominaba una gran pobreza extrema y en el colegio les proporcionaba a los alumnos por las mañanas leche en polvo y queso por las tardes, que formaban parte de las ayudas alimenticias.

 

Más tarde, en el año 59, se inscribió en un colegio religioso de jesuitas, donde vivió en una gran burbuja la barbarie que le rodeaba. Las iglesias eran el sustento de la población más pobre (incluyendo la sanidad) y las encargadas de dar lujos a las familias más adineradas.

Una anécdota que nos cuenta relacionada con las festividades religiosas actuales, y más concretamente con la “Semana Santa” era el gran duelo que realizaba toda la población; lo que actualmente son “vacaciones por la festividad de la Semana Santa”, en aquella época era días de duelo por la Semana Santa.

Ya en estos años se comenzaba a notar un progresivo debilitamiento del régimen.

Al llegar a la universidad, donde la juventud menos conformista organizaba huelgas y recibían el azote de la dictadura fue donde se dio cuenta de la gran manipulación de la enseñanza (por si acaso no se lo habían dejado claro con la enseñanza recibida en las escuelas). Nos cuenta que gran cantidad de agentes de la policía se infiltraban en las aulas para asegurarse de que la educación impartida fuese acorde con el régimen.

Compartió clase durante su carrera de historia con el actual catedrático de la universidad de Alicante, el profesor Uroz.

Hace referencia a las huelgas organizadas por los estudiantes de la universidad, donde resalta el hecho de que no eran simples manifestaciones de salir a la calle a protestar por sus derechos, sino que muchas de esas personas perdía el derecho de realizar los exámenes finales (se la jugaban mucho al reivindicar sus derechos).

Al terminar la carrera, y tras realizar la “Mili” en Aragón como sargento, fue destinado a un colegio de Santa Pola en el año 65, donde estuvo impartiendo clases durante varios años.

Posteriormente impartió clases en la universidad de Alicante y actualmente trabaja en un instituto de una pedanía de Elche.

 

 

Testimonio de Carmen Soler Pérez

Nació en La Marina (Elche) dentro de una familia pobre que constaba de 11 hermanos, padre y madre. Aunque fuesen una familia pobre, señala que nunca pasaron hambre (exceptuando un par de veces, cuando venía la policía y se llevaban la carne).

Vivían en una casa de campo típica de la época y la zona, con un patio interior y corral. Era normal encontrar un horno de leña en todas las casas, y entre el techo y el tejado (no supera el metro), una pequeña despensa e incluso dormitorios.

Era normal que la policía se pasara por allí para llevarse alimentos, pero nada de verduras, solo carne y huevos (jamón, chorizos, salchichones, pollos…). Pero dentro de la casa tenían un escondrijo (debajo de dos grandes bidones donde guardaban frutos secos) bajo el suelo, donde metían toda la carne en cuanto llegaba la policía, ya que ésta no iba por las buenas, sino que si no encontraban lo que querían les desbalijaban la casa.

Cuenta como anécdota una vez que no les dio tiempo a esconder la carne, tuvieron que salir de la casa todos los hermanos con la carne a cuestas y la colgaron de un olivo cercano (a unos 20 metros de la casa) y volver corriendo, antes de que los policías pasaran lista. Al volver hacia el árbol, había una vecina que estaba contemplando el árbol de donde colgaban jamones, chorizos, salchichones, pollos, bolsas con huevos… la mujer se había quedado completamente anonadada, y cuando vio correr a los hermanos para recoger la comida se echó a reír.

En cuanto a la educación, no tenían un recinto donde se daban las clases de todas las edades, sino que cada aula estaba en un sitio distinto del pueblo. Las clases estaban separadas obligatoriamente por sexo y en algunas podías encontrar alumnos de todas las edades.

No recuerda demasiado bien cómo era la educación, posiblemente por el hecho de haber pasado muy pocos años en la escuela, de hecho, ni siquiera en la actualidad escribe demasiado bien, y no refiriéndome a la caligrafía, sino al hecho de escribir las palabras con todas las letras.

Otra anécdota que contaba era que hubo un par de días en los que se escaqueaban de ir a clase para ir a una especie de sala de recreativos que había justo al lado y, al darse cuenta la profesora, les estaba esperando en la entrada de la sala. Después tuvieron el consecuente castigo por parte de la profesora y de sus respectivos padres (ambos recurriendo a la violencia).

Lo que menos recuerda es la sanidad (quizás porque fuese nula), aunque señala que habían algunas familias que tenían a los bebes en sus propias casas (como es su caso) y otras que se iban a Elche, al hospital.

Cuenta que había un burro en el pueblo que era como una especie de taxi, que cuando ocurría algo, llamaban al burro para que los llevara a Elche.

Una curiosidad es que cuando una madre no podía dar de amamantar a su bebé, tenían que recurrir a otras madres que les dieran el pecho, ya que no había tantos avances como los hay en la actualidad de leche materna artificial.

Todos los niños, sin excepción debían de ser bautizados, comulgados y confirmados. La asistencia a misa los domingos era obligatoria, incluso los sábados por la tarde.

Cuenta como anécdota que por aquel entonces las familias eran muy numerosas y que a la hora de comulgar o bautizar, se pasaban los trajes entre primos, hermanos, vecinos…

Desde pequeña su madre les enseñó a ella y a sus hermanas las labores del hogar y del campo, ya que poseían varias parcelas donde cultivaban.

Como en el resto del país, toda su vida se dedicó a las labores del hogar, las labores del campo  y a cuidar de sus hijos.

No recuerda exactamente la edad con la que se casó, aunque afirma que era muy joven. Se casó con Antonio Navarro, con el que pasó muchos años (alrededor de 25 años), ya que éste murió a los 56 años. Fue madre de seis hijos y vivió en la misma casa donde nació.

 

El hecho de que no se acuerde de muchas cosas de gran relevancia dentro de su vida es porque actualmente padece alzhéimer.

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