Escrito por hernancortes el 28 de enero, 2011


Tras La Noche Triste del 30 de junio de 1520 en la que Hernán Cortés perdió más de la mitad de sus hombres teniendo que huir de la ciudad de Tenochtitlán de camino hacia territorio tlaxcalteca (aliados), 14 días más tarde (El 14 de julio de 1520) fueron rodeados por un gran contingente de guerreros mexicas, tepanecas, xochimilcos y otros poblados mesoamericanos en los llanos de Otompan (Otumba).

Cortés y sus conquistadores habían perdido la mayoría de su artillería y no quedaban casi arcabucesni caballos. De hecho se dice que hasta este punto sólo llegaron los hombres que hicieron caso a Cortés durante la huida de la capital, así llevándose consigo el menor equipaje posible y por supuesto las joyas más indespensables. Todos los que pretendieron salir de la ciudad cargados de oro fueron eliminados, y sus corazones sacrificados en las pirámides aztecas, no sin antes contemplar como las cabezas de sus compañeros caían rodando y dando botes desde lo alto de la pirámide de sacrificios.

En inferioridad numérica y cansados y desmotivados hasta la saciedad, Cortés reunió a su grupo más selecto formado por Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Olid, Salamanca y Alonso de Ávila. Les convenció de que la única forma de ganar esta batalla era matando primero a los supuestos líderes aztecas. De hecho, mientras Cortés animaba a sus soldados y les daba instrucciones, vio a lo lejos a Ciuacóatl, el caudillo y portaestandarte de los mexicas, distinguido en la batalla por ser el más alto y adornado de los guerreros aztecas, y sin pensarlo dos veces, los cinco jinetes españoles realizaron la modesta pero importantísima carga de caballería al grito de Santiago!

Fue el mismo Cortés quién tras una gran carga consiguió despojar al caudillo de su estandarte, y mientras caía al suelo fue rematado por Juan de Salamanca, que en seguida le dio un estocazo irreparable capturando a su vez la insignia del general azteca. Los guerreros méxicas, que tomaban la insignia como referencia acerca de si la batalla estaba siendo ganada o no, vieron a su caudillo muerto y su insignia siendo hondeada por los españoles, lo cual hizo que rompieran filas y comenzase un combate completamente desorganizado por parte de los aztecas, que poco a poco fueron cayendo, vista la superioridad tecnológica de los conquistadores, que portaban lo que les quedaba de armadura y las espadas fabricadas mayormente en Toledo.

Tras la victoria española, Cortés y sus hombres puedieron regresar en paz hasta la ciudad aliada de Tlaxcala sin ser perseguidos. Días después los aztecas intentaron una última y desesperada táctica, invitando a los tlaxcaltecas a firmar la paz con la condición de que entregaran a Cortés y sus hombres. Sin embargo los tlaxcaltecas, que desde el principio parecieron y fueron buenos aliados de los españoles, cancelaron el acuerdo y negociaron con los españoles para participar juntos, a buen recaudo, la conquista de Tenochtitlán y el fin del Imperio Azteca.