El 11 de mayo de 2011, el suelo sobre el que se asienta la murciana Lorca tembló. Mucho. Todo tiritó, los edificios barrocos, el castillo medieval, el áspero cauce del río Guadalentín, las lánguidas huertas que salpican el valle. Todo. Dos años después del terremoto, la ciudad es una dentadura en proceso de reconstrucción. La mayoría de los dientes están en perfecto estado, algunos han desaparecido dejando un solar vacío, otros están cariados, con grietas visibles y algunos lucen una prótesis que evita que los muros se fragmenten aún más. La ciudad ha pasado página, qué remedio, pero las huellas del terremoto permanecen y los monumentos, con muletas, con andamiajes, dibujan la geografía de un desastre superado.

La Lorca de 2013 es prácticamente la misma que la de 2011 pero con algunas cicatrices abiertas, grúas y un lento proceso de reconstrucción. Visitarla en estos momentos es una experiencia turística y humanamente poderosa: aquí hay historia española del siglo XV, huellas moras del XII pero también unas cuantas heridas sin cicatrizar de anteayer. ¿Ejemplos? El más básico, el del Antiguo Convento de la Merced, sede de la oficina de turismo, que luce un aparatoso corsé, a la espera de una restauración definitiva. ¿Otro? El más mediático, el convento de la Virgen de las Huertas, cuyo torreón (una parte de él) se desgajó, en directo, durante una retransmisión televisiva.
El edificio sabe un poco de sufrimiento: ha vivido inundaciones, desamortizaciones, saqueos y su torre ha sufrido los efectos de dos terremotos, el de 2011 y uno de 1907. Tiene muy interiorizado lo que es pasarlo mal. El castillo también, en parte porque nació para ello, para recibir más golpes que un tonto. Hasta hace prácticamente nada (diez años) estaba en estado de semiabandono pero una ardua restauración ha permitido recuperar una de las fortalezas más esbeltas y mejor conservadas de España: todo luce flamante en el interior del recinto amurallado, hasta la torre del Espolón que ahora cuenta con una extensa cicatriz en su cara norte, por cortesía del seísmo.
Cuando el movimiento de placas quebró la paz de Lorca, en lo alto del cerro, junto al castillo, se estaban finalizando las obras del nuevo Parador. Allá arriba también hubo daños pero trece meses después, el nuevo establecimiento abría sus puertas. El edificio es completamente nuevo, tiene aires de fortaleza mora, no aprovecha ninguna antigua infraestructura, sino que navega sobre ellas: en apenas 25 metros a la redonda se concentran los restos de una antigua judería, una sinagoga medieval única en Europa, una ermita del siglo XV y el propio castillo lorquiano. Es difícil dormir sobre una escombrera histórica más valiosa. En unos días, Lorca da carpetazo a obras y restauraciones. Lo hace para celebrar una de las Semanas Santas más intensas del país. La Pasión de Lorca está profundamente marcada por la rivalidad entre los dos grandes pasos de la localidad, el Azul y el Blanco. Ambas cofradías no dirimen sus diferencias a guantazos, sino con procesiones de resonancias benhurianas y la creación de unos mantos bordados tan alucinantes que parecen pintados al óleo. Visiten los museos de una y otra (o los del Paso Encarnado o el Paso Morado), juzguen las obras de cada uno y luego elijan bando.