No tiene mayor complicación: coger una mochila aceptable, un calzado aceptable, hacer una selección de ropa cómoda y acorde con las circunstancias y andar. Andar un poco. El Camino de Santiago es eso multiplicado por 30 días. Como las vacaciones de Semana Santa no duran tanto, tomamos un microtramo de cinco etapas y nos echamos al campo. Elegimos Burgos como punto de partida porque la ciudad lleva diez siglos perfectamente comunicada y en 2013, pues sigue igual. No hay nada más sencillo que llegar a ella, bien en tren (renfe), coche o autobús. ¿Dormir? Muchos albergues que cierran en invierno abren sus puertas en estas fechas por lo que encontrar cama no debería ser un problema, máxime recorriendo una zona en la que los alojamientos afloran cada muy pocos kilómetros.
Entre Burgos y Sahagún hay unos 120 kilómetros, fácilmente asumibles a pie en cinco jornadas por la ausencia de grandes desniveles y la benevolencia del clima primaveral. Otra cosa sería atravesar la Tierra de Campos palentina en agosto, cuando se mendiga la sombra de un mísero árbol y el agobio térmico a partir del mediodía roza lo sahariano. En primavera, no. Las temperaturas son más humanas (deberían serlo, claro) y los paisajes exhiben su cara más amable, cuando los brotes verdes de cereal humanizan y domestican el secarral que es una barbaridad. Si se opta por la bicicleta, habrá que sumar unos cuantos kilómetros más al trayecto desde Burgos, redondearíamos en 150 y llegaríamos hasta León (www.leon.es), mejor comunicada que Sahagún para emprender la vuelta a casa (o al punto de partida) en transporte público. Aunque este picoteo caminero pasa por tres provincias, Burgos, Palencia, León, la belleza del paisaje es monolítica, nada que ver con la variedad Navarra o la voluptuosidad gallega. Lo que prima en este corredor castellano es la llanada, la soledad, pequeñas extensiones de girasoles y los cultivos propios de lo que una vez se consideró el granero de Europa. Es pura meseta, ese nombre que mil veces se oye en la escuela y cuyo significado sólo se comprende cuando uno se planta frente a ella. Una debilidad personal es el trecho que separa Rabé de las Calzadas (en el km 12, partiendo desde Burgos) y Castrojériz, repleto de paisajes intensos, una sucesión de suaves subeybajas, páramos pelados y alguna hileras de chopos que chupan lo que pueden del riachuelo vecino. Pero la gracieta no acaba ahí.
A lo largo de los ciento y pico kilómetros emociona pasar por debajo de los arcos del siniestro y desvencijado monasterio de San Antón; beber agua fresca de la fuente de Hontanas; ascender patéticamente al alto de Mostelares para, una vez arriba, compensar el ascenso con las panorámicas; acompañar durante unos metros al Canal de Castilla que, como ahora los aeropuertos fantasmas, costó una pasta en el siglo XVIII y no sirvió para casi nada; buscar escenas retorcidas en los capiteles románicos de la iglesia de San Martín de Frómista; arramplar con el lechazo del mesón Los Templarios de Villalcázar de Sirga; o llegar a Calzadilla de Cueza tras atravesar la quincena de kilómetros del tortuoso andadero a campo abierto. Si el tapeo jacobeo gusta, pues se repite, esta vez con mantel, dos platos, postre, café, copa y Compostelana.