Puede que la era de los museos gratuitos tenga sus días contados en España. Una pena. Rescatamos cinco que lo siguen siendo. Los visitamos pero no por economía, sino por lo que atesoran. La calidad, en cultura, no tiene por qué ser cara.

Pelos cubistas. En 1947 Picasso conoció al peluquero Eugenio Arias en Francia y nunca más dejó que nadie le toqueteara el pelo cano de su cabeza. El inventor del cubismo nunca le pagó con dinero sino con dibujos, cerámicas y todo tipo de piezas convenientemente dedicadas. Cuando Picasso murió en 1973, el barbero había acumulado tal cantidad de obras que las acabó donado a su pueblo natal, Buitrago de Lozoya, junto a la N-I. Hay muchos museos dedicados al malagueño, pero el Museo Picasso Colección Eugenio Arias es uno de los más puros y bellos. Aquí hay Picasso en estado puro, sin marchantes, ni encargos, ni dinero por medio. Imprescindible.
Por el amor a un faro. Al pintor santanderino Eduardo Sanz le chiflan los faros. Desde niño. Durante más de 20 años no sólo los visitó allá donde estuvieran sino que coleccionó todo tipo de memorabilia. Todo. Postales, juguetes, bolsas de alimentos, afiches, lo que fuera con tal de que se insinuara un faro. También los pintó con un trazo claro, casi fotográfico. Lo uno (los cachivaches) y lo otro (los óleos) están recopilados en el museo del Cabo Mayor de Santander (www.puertosantander.es), lugar imprescindible para rendir culto a estos edificios que estrechan lazos entre la tierra y el mar.
Viaje a la infancia. Todos, alguna vez, hemos jugado. Mucho antes de que los juguetes se metieran en el interior de una consola de videojuegos, existió en el Levante una potente industria lúdica que hacía soñar a los niños de media España. El museíto situado en la Universidad Politécnica de Valencia recoge una buena colección de ellos, casi todos retro y ahora convertidos en preciados objetos de coleccionismo. Ojo con los horarios de visita pues son muy restringidos. Consulte: www.museojuguete.upv.es.
Furor vascolatino. Puede sonar a broma pero es cierto. La revolución bolivariana que tantas veces mentó el malogrado Hugo Chávez se fraguó hace siglos en una discreta villa de la Bizkaia profunda, La Puebla de Bolívar, en la que nacieron los antepasados del libertador Simón Bolívar. En 2013 pueden seguirse sus huellas a través de un monumento, la casa de sus ascendientes y un mimado museo en el que se bucea en la Edad Media y los antepasados vascos de Bolívar.
Barco de secano. Qué paradoja que uno de los mejores museos navales de España se encuentre a casi 500 kilómetros del mar. El Naval de Madrid es obligatorio por muchas razones. De entrada porque conserva la atmósfera de los viejos museos, aquellos previos a la invasión de paneles interactivos, pantallones y demás artilugios modernos que dejan de funcionar a los pocos meses de su puesta en marcha. Fiel a la filosofía de los antiguos Gabinetes de Curiosidades, el Naval trata de contar los grandes acontecimientos a través de objetos nimios. ¿Un ejemplo? La maquinilla de afeitar que utilizaba Franco en el Azor.