Oasis en el desierto del teatro infantil

De la revolución educativa que se produjo en los 80, con la efervescencia por practicar teatro y desarrollar las artes plásticas, introduciéndolas en colegios de forma más destacada, surgió el embrión de La Tramoia y La Carreta. Entonces Juan Alberti y Paco Pérez aún no sabían que acabarían montando estas dos salas y que seguirían funcionando en la actualidad.

Alberti empezó la Asociación de Teatro Escolar porque, como maestro, era un aficionado al género. Fue en 1981 cuando se apuntó a uno de los cursos que organizaba la compañía La Carátula para los profesionales de la educación. «A partir de ellos nos organizamos y participamos en el festival de teatro escolar, del que se formó esta asociación». En sus inicios, no tenían local propio, trabajaban en el Gran Teatre o en las propias escuelas, La Tramoia no llegaría hasta mediados los 90.

La vocación inicial de Pérez no apuntaba, en cambio, al trabajo con niños. «En los primeros cursos de teatro que hacíamos no pensábamos en ello, pero Juan Sáez, un compañero, se preguntó ¿por qué no hacemos títeres?». Aquel reto planteado en 1985, puesto que nadie del grupo había trabajado con marionetas, acabaría convirtiéndose en su estilo de vida. «El primer espectáculo nos atrapó, y nos enamoramos como consecuencia de ello del teatro infantil», recuerda.

Trece años de trabajo después surgió su sala La Carreta, «fue una idea que desde el inicio, para tener un espacio en el que pudiéramos ofertar otras posibilidades técnicas que la calle u otros espacios que no están preparados no lo posibilitan». En 1996, dos años antes, había aparecido La Tramoia, que había montado Alberti tras su paso por el Arniches de Alicante, «era otra sala con un carácter diferente pero no nos costó nada definirnos porque nuestra apuesta seguía siendo el teatro de títeres, aunque de forma puntual se podía hacer otra cosa», comenta Pérez.

De esa forma una ciudad como Elche, de 230.000 habitantes, se convertía en pionera en el sector al mantener activos dos espacios dedicados únicamente a la programación dirigida a los más pequeños. «Mucha gente nos ha planteado lo milagroso que es, un oasis en el desierto del teatro infantil», reconoce Pérez.

Ahora, con la crisis, la situación también es complicada para ellos. Alberti confiesa que «aguantamos haciendo menos funciones, cuando solíamos hacer entre 60 y 80 al año». Su local divide la oferta entre las funciones programadas para escuelas y el público familiar. «Consideramos que la familiar hay que mantenerla porque no se puede dejar toda la parte formativa para la escuela porque los padres tienen que llevar a los hijos a exposiciones y teatros».

Pérez salvó La Carreta gracias a la diversificación, «la compañía nos mantenemos más o menos decentemente porque ya hace años dimos el salto nacional, no cerrándonos al mercado de la Comunidad Valenciana o la provincia». Como sala, en cambio, la situación de la pasada temporada les afectó de lleno, «los recortes hechos en la educación, llevaron al profesorado a protestar dejando de sacar a los niños a todas las actividades escolares». «Eso hizo que nuestro volumen pasara de cien a cero», reconoce. Este año ha mejorado gracias a que «les dijimos que ese no era el camino y gran parte entendió eso». Con lo que han recuperado un 50% de la programación de otros años, unos cinco mil espectadores anuales.

Ambos coinciden en señalar que los espectáculos que triunfan entre los padres, del estilo de los cantajuegos, son una moda que no tiene que ver con lo que ellos programan. «Buscan la participación con gritos y eso no me interesa», indica Alberti, que añade «el estereotipo de que solo han de ser cosas divertidas y de reírse, pues no, el teatro tiene que formar, enseñar y educar».