Llegó por la noche. Era 1 de marzo y corría un viento frío con olor a hojas mojadas. Se bajó del carruaje en la Plaza de la Infanta Isabel para alojarse en la Fonda de Londres. Había cumplido con la intención de su viaje por Europa después de un año de ensayos, éxitos, fracasos, nervios y genialidades: visitar la ciudad en la que se desarrolla la obra que había inspirado su ópera La forza del destino.
Verdi, del que este año se cumple su bicentenario, visitó Sevilla el 1 de marzo de 1863 -por cierto hace 150 años, por seguir con cifras redondas para las efemérides- después de haber asistido al estreno de La forza del destino en el Teatro Real de Madrid.
Verdi llegó a Sevilla acompañado por su esposa, la soprano Giuseppina Strepponi. Venían cansados de los ensayos y del estreno en Madrid sólo unos días antes, el 21 de febrero. Nada más salir de la capital habían visitado El Escorial que sorprendió al compositor de tal forma que le inspiraría años más tarde el drama Don Carlo. Sobre el edificio escribiría: «Es severo, terrible, como el feroz gobernante que lo construyó». Quizás adivinó la sombra de tiniebla de Felipe II entre las estancias de mármol.
Sin embargo, se puede decir que el viaje español de Verdi fue sobre todo un paseo andaluz. No hay que olvidar que el compositor se inspiró en románticos andaluces como ocurrió con el gaditano de Chiclana Antonio García Gutiérrez, autor de los dramas El trovador y Simón Bocanegra, y el cordobés Ángel de Saavedra, duque de Rivas, que escribió Don Álvaro o la fuerza del sino en la que se basa La forza del destino.
Verdi y su esposa recorrieron Cádiz, Málaga, Córdoba, Granada -allí visitó a su buen amigo el cantante Ronconi- y Jerez donde visitó sus bodegas y se llevó un barril de vino para su residencia de Santa Agatha en Piacenza.
La estancia de Verdi en Sevilla es fugaz, brevísima pero intensa. Llegan el 1 de marzo por la noche y salen el día 3 por la mañana. En esas horas se sabe que visitan los Alcázares, la Catedral, la fábrica de lozas de la Cartuja y algunas casas palaciegas. Verdi se queda muy impresionado en su recorrido por el Museo de Bellas Artes guiado por el pintor Manuel Bejarano, entonces director de la pinacoteca. Le fascina Murillo…
El historiador y melómano Ramón María Serrera ha recordado esa visita sevillana en alguna ocasión, esperando que la ciudad celebre este Año Verdi como merece. Y destaca dos curiosidades: no hubo ninguna recepción ofical por parte del entonces alcalde García de Vinuesa y el hecho de que la Sociedad Filarmónica Hispalense intentara organizar una velada musical en su honor pero que al final se quedó en nada.
Habría entonces que imaginar qué sentiría el músico en aquella jornada sevillana. Fabular con que seguramente pidió que le llevaran al lugar que él mismo había indicado en la acotación del primer acto de La forza del destino: la Plaza del Altozano. Allí se puede ver una placa colocada no hace mucho. También existe otro mínimo recuerdo que pasa casi desapercibida entre las urgencias de los viajeros en el Hotel Inglaterra, la antigua Fonda de Londres donde Verdi y su esposa durmieron esas dos únicas noches sevillanas.
Esa Sevilla suspendida, intentando colarse en una partitura del maestro, silenciosa para no estorbar sus pensamientos es también la que Jean Laurent inmortaliza en el secreto de sus emulsiones fotográficas. El mismo fotógrafo al que Verdi acude para retratarse en sus días madrileños unos días antes. Un Laurent que quizás le confiesa a Verdi detalles de la ciudad a la que viajará en unas semanas y cuya luz conoce tan bien. Sólo queda saber cómo suena.