Billar americano

BILLAR AMERICANO

billar americano modelo profesional 2

Hay una serie de juegos, que por su precisión y elegancia en la ejecución, nos llevan invariablemente a una serie de imágenes que tenemos guardadas en el fondo de nuestro imaginario colectivo. En el billar americano la acción nos transporta a Eddie «Relámpago» Felson y al Gordo de Minesota, los dos grandes billaristas de «El buscavidas» (Robert Rossen, 1961).
Un juego que se puede, y debe en muchos casos, practicar en solitario. Un juego de elegante plasticidad y matemática aplicada al ocio. El billar americano, aquel en el que en todas sus variantes hay que terminar por introducir en último lugar la bola 8 en la tronera que corresponda. Esa bola negra que tantos quebraderos de cabeza otorga a quien la empuja en el momento inadecuado, pero que tantas satisfacciones da cuando lo es en el momento oportuno.

Los billares, como aquellos lugares de encuentro de amigos, donde se acude en soledad para entrenar el golpeo de salida porque ese amigo siempre te ganaba. Pocos momentos con menos estrés tenemos en el día a día que alrededor de una mesa de billar americano y unos amigos con los que jugar.

El suave tacto de un tapete en cualquiera de sus versiones cromaticas, las troneras y su mecanismo, o no, que conduce cada bola con el sosiego requerido al punto de reunión, una mesa de billar supone un valor añadido por la mística y la estética, un motivo de personalidad de un hogar donde se sabrá que quien lo habita gusta del viejo juego de sonoridad seca y efectiva.

En casa o en los billares jugar a este deporte, que fue olímpico en 2004 pero no llego a practicarse, aleja cualquier preocupación. Rayadas, lisas y la bola negra como última parada, esa es la cuestión durante unas horas de liberación del día a día.

 

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