El cristianismo propugna que Jesús entregó un mensaje a sus Apóstoles, y la Iglesia s sintió en eldeber de conservar ese mensaje en toda su pureza. De esa misión, según la fe cristiana, una vez muertos los Apóstoles quedaron especialmente encargados los obispos. Si alguna herejía surgiera, debía ser el obispo del lugar el que advirtiera a sus fieles que tal enseñanza era herética, es decir, que es extraña respecto al mensaje que los obispos estaban encargados de cusodiar. La labor del obispo acababa en ese punto: sólo debían adertir a su rebaño, y si el fiel quiere escucharle o no, es cosa suya. Este debería haber sido el funcionamiento natural de los mecanismos eclesiásticos.
Al principio no hubo Inquisición. La Iglesia primitiva, la de los primeros siglos, no se apartó de essa pureza. Sin embargo, ya en una fecha tan temprana como el siglo IV comienza a torcerse el recto juicio de algunos obispos que quieren ir más allá. Hidacio e Itacio son los infaustos nombres de los que tienen el triste privilegio de convertirse en los primeros en pedir a un emperador romano que castigue con la muerte a un hereje, Prisciliano. Posteriormente, el papa San León Magno, en una carta a Santo Toribio de Astorga, le dice que el derramamiento de sangre es algo que repugna a la Iglesia, pero después añade, que el castigo corporal puede ser un buen remedio para lo espiritual. De esta época nos quedan testimonios escritos de que obispos y teólogos discutirán como cuestión moral y teológica si los eclesíasticos podían pedir a la autoridad civil que aplicara penas para contener la herejía. Así, disponemos de testimonios de San Juan Crosóstomo. Del XI Concilio de Toledo, del papa Inocencio III, de Alejandro II y de otros. Cada uno manifestará su opinión al respecto sin que los teólogos acaben de proponer un sentencia unánime. La uniformidad de pareceres sobre la cuestión todavía se ha impuesto, pero conforme la sociedad se va haciendo más plenamente cristiana, también las personas que la integran se van decantando hacía posiciones más duras y estrictctas. Para una sociedad en que la pureza de la fe constituye un bien primordial la salvaguarda de la pureza religiosa se presenta como una necesidad vital. Por lo tanto, todo lo que atenta contra esa pureza se aprecia como un atentado contra el bien de la entera sociedad. Debemos de sumergirnos en la sociedad y mentalidad de aquella época, en aquellos siglos, ya fuera un pobre aldeano, un herrero o un aristócrata, todos tenían la firme convicción de que sus creencias eran las de sus padres, las de sus abuelos, las de sus bisabuelos, y nada, absolutamente nada debía quebrantar esa línea ininterrumpida que le había transmitido el cristianismo.
A día de hoy, es muy dificil imaginar lo que suponía para un hombre medieval la mera posibilidad de que su fe fuera deformada. En aquella época teocentrica la fe era un tesoro, un bien tan precioso, tan salvaguardable y tan real como sus terrenos o su ganado. Para nosotros es un mero asunto de ideas, pero para aquellos hombres lo relativo a la fe afectaba a su vida de un modo tan real como la recolección, una sequia o cualquier otro factor del mundo visible. Basta contemplar las moles de las catedrales para comprender que Dios no era un asunto baladí. Podían ser pecadores, pero eran creyentes. Aquellas personas estaban dispuestas a enrolarse en una cruzada, a dejar de comer carne en los tiempos determinados, a recorrer varias leguas con tal de escuchar una buena predicación. Hay que comprender esta mentalidad para entender por qué para las mentes más privilegiadas y cultivadas de Occidente la idea de un poder coercitibo contra la herejía se fue haciendo no solo más y más aceptable, sino incluso necesaria. Nos referimos a mentes cultivadas, porque la masa, siempre estaba dispuesta a tomarse la justicia por su mano, atentar contra la fe era una infamia que había que castigar y vengar sin caer en tantas cautelas no compasiones como la Inquisición.
En siglos posteriores, brujas y judios comproborarían cómo resultaba preferible afrontar un proceso inquisitorial con todas sus garantías jurídicas que enfrentarse a un masa furiosa armada con palos y piedras. Frente a la inquisición cabían recurso, pero ante la turbamulta no hay recurso posible. Estamos hablando de una época en la que practicamente nadie saber leer, no existe un cuerpo de policia, la justicia civil es sumaria y brutal, y las ordalías se practican como un método de conocer la verdad. Esto es lo que había antes de que se instituyera.
