Por motivos que los historiadores todavía no alcanzan a comprender, predominan los hombres entre las personas que se presentaron ante la Inquisición por casi todos los cargos, incluida la bigamia. En Galicia, los hombres superaban a las mujeres más de cinco veces. Sin embargo, este estudio se centra sólo en las mujeres acusadas de bigamia por el tribunal gallego. Aunque eran pocas, los juicios contra estas mujeres, que por diversos motivos decidieron volver a casarse, ofrecen nuevas perspectivas sobre la vida matrimonial de las campesinas. Algunas de las relaciones de causas no revelan nada más que el nombre de la mujer, la acusación y la sentencia. SIn embargo, veintitrés casos proporcionan algunos detalles sobre los testimonios y la defensa presentados ante los inquisidores, retazos de información que nos permiten esbozar una imagen de estas bígamas.

Las acusadas guardaban notables semejanzas en muchos sentidos. La mayoría de ellas tenían entre veinte y treinta años y se habían casado muy jóvenes. Nueve de ellas dijeron que las habían casado con su primer marido antes de cumplir los dieciocho años. Ana Rodriguez parece un caso típico: tenía treinta años en el momento de su comparecencia ante los inquisidores y declaró que su primer marido faltaba desde hacía doce años, con lo cual no tenía más de dieciocho años cuando se casó por primera vez. Curiosamente, tan sólo dos de las bígamas dijeron que tenían hijos. Los resúmenes de los casos mencionaban la ocupación de las mujeres con mucha menos frecuencia que la de los hombres; sin embargo, sabemos que una de las acusadas era hija de un sastre, y otras cuatro se consideraban labradoras. Aunque las relaciones no mencionan el nivel de educación de estas mujeres, es muy probable que ninguna de ellas supiera leer ni escribir , ya que otros estudios han demostrado que tan sólo el tres por ciento de las mujeres gallegas estaban alfabetizadas.
Todas estas mujeres comparecieron ante la Inquisición porque existían pruebas de que se habían casado más de una vez. La historia de Margarida López era la más típica. Cuando Margarida compareció ante la Inquisición de Santiago de Compostela en 1594, declaró que a los dieciocho años se había casado legalmente con Sebastián Lopez. Según su propia versión, vivieron juntos los primeros cinco años e hicieron vida matrimonial. No obstante, su matrimonio que aparentemente era normal concluyó del todo cuando, al cabo de esos cincos años, Sebastián abandonó la región para no regresar jamás. Veinte años después, en 1590, Margarida tuvo noticias de que había muerto y decidió volver a casarse. Al igual que Margarida López, once de estas mujeres les contaron a los inquisidores la historia de su vida en la que había un marido que llevaba años, o incluso décadas, sin aparece. El delito de bigamia se producía cuando, al no tener noticias de sus maridos, las mujeres se convencían de que habían muerto y volvían a casarse, por motivos sentimentales o económicos.
La decisión de estas mujeres de volver a casarse no fue impulsiva, de ninguna manera. Según el testimonio de las once mujeres que dicen haber sido abandonadas, su primer marido llevaba sin aparecer una media de quince años, y tres de ellas declararon que por lo menos llevaba veinte años ausente. Sin duda, muchas de estas ausencias prolongadas comenzaron como excursiones temporales que se volvieron permanentes cuando el esposo se instalaba en alguna población distante. Uno de los aspectos más sorprendentes de las historias de estas bígamas en la tremenda distancia que solía separar a los maridos de sus esposas. Tras trece años de abandono, Margarida Feyxoa recibió una carta de origen dudoso procedente de Orán, en el norte de África, que afirmaba que su primer marido estaba vivo. Margarida López supo después que su primer marido había muerto en el monasterio de Valparaíso y el comisario de la Inquisición de Torrejón de Velasco informó de que el marido de Catalina Golpa se encontraba en poder de un morisco en Torrejón. El marido de Dominga González llevaba ausente veinte años cuanto a ella le dijeron que había muerto. Al marido de Ana Martínez le ocurrió algo parecido. Poco después de que Margarida de Gando se casara con Juan Martínez, en 1623, él se marcho a Castilla. Durante cinco o seis años, no volvió a saber de él y después se enteró de que estaba vivo y que vivía en Vallecas, cerca de Madrid donde murió sin volver a verla nunca más. Al final, ella misma tuvo que ir a Madrid para conseguir pruebas de que había muerto, para poder volver a casarse.
Según los historiadores demográficos, los gallegos habitualmente se alejaban bastante de sus casa y sus familias por una desafortunada combinación de factores, como la alta densidad de población en la región, la abundancia de tierras sólo marginales y la práctica tradicional de la herencia. Por lo general Galicia era una zona pobre de pequeños minifundistas que luchaban por mantener a sus familias. No sólo buena parte del territorio era difícil de cultivar, sino que además el hecho de que en la región prevaleciera la división de la herencia hacía que las parcelas fueran cada vez menores a medida que pasaban las generaciones. Además, como la herencia se transmitía a través de la madres, en algunas zonas los hombres a menudo se veían obligados a trabajar tierras que pertenecían a sus parientes políticos. En este contexto, Castilla ofrecía un mundo de nuevas posibilidades económicas, sobre todo para aquellos hombres cuyas familias estaban al borde de la pobreza.