Las mujeres gallegas y el Santo Oficio: El segundo matrimonio

En la mayoría de los casos de bigamia, la ausencia temporal del marido a menudo acababa por convertirse en un abandono permanente. Envalentonados por su nuevo trabajo y con abundantes oportunidades para encontrar nuevas relaciones en la casa o el taller donde trabajaban, muchos hombres comenzaron una nueva vida y una nueva familia al cabo de un tiempo. De hecho, la mayoría de los hombres acusados de bigamia se dedicaba a profesiones como la milicia, que exigía la movilidad, y otras, como los oficios artesanales, que la facilitaban. Sin embargo, así como la migración favoreció el  alto porcentaje de hombres bígamos, otros factores sociales contribuyeron a reducir el número de mujeres bígamas. Mientras los hombres comenzaban una nueva vida en otro lugar, la mayoría de las mujeres abandonadas se quedaban en su pueblo, bajo la mirada atenta de amigos y familiares, incapaces de iniciar una relación nueva sin su consentimiento. Para volver a casarse, a un mujer abandonada le quedaban tres recursos: tras una ausencia prolongada podía decidir volver a casarse aunque no tuviera pruebas de la muerte de su marido y esperar que su suposición fuera correcta; podía decidir volver a casarse aunque no tuviera pruebas de la muerte de su marido y esperar que su suposición fuera correcta; podía mentir o conseguir documentación falsa para convencer el provisor diocesano de que la autorizara a volver a casarse, o podía seguir la vía legal y conseguir pruebas fehacientes de la muerte o el enterramiento del marido ausente.

Algunas mujeres abandonadas jamás investigaron la supuesta muerte de su esposo. Aunque la relación no ofrece detalles, Ysabel, la esposa de Jerome López de Feans, volvió a casarse sin estar segura de la muerte de su primer marido. Ana Rodríguez conoció a su primer marido, Julián Díaz Rancano, de Lugo, en Ciudad Rodrigo. Él se comprometió a casarse con ella y firmaron un contrato de dote. No obstante, cuando ella enfermó gravemente, Julián, que ya había cambiado de opinión, se marchó aunque prometió regresar para casarse con ella si se recuperaba. Ana se restableció y envió a un hermano suyo a Galicia a buscar a su prometido. El hermano regresó con las manos vacías, y Ana esperó en vano durante diez años a que Julián regresara, hasta que al final la pobreza la impulsó a casarse con Alonso López. Resultó que Julián había cambiado de idea, le había mentido al provisor diocesano y se había casado con otra. Al final, los dos fueron acusados de bigamia.

No cabe duda de que la impaciencia o la ingenuidad impulsaron a algunas mujeres hacía la bigamia, aunque otras lo hicieron por puro engaño. Cuando María Martinez tenía treinta años, se casó con Sebastián de San Paño, un bracero compostelano. Él testificó que seis o siete años antes los había casado un sacerdote y adjunto, pero que no habían recibido la bendición nupcial porque María era viuda. No habían tenido hijos, pero los testigos no coincidían sobre el tiempo que vivieron juntos, si cuatro o seis años. De pronto, María se marchó. Sus viajes la condujeron hacía el este, a Castilla, donde a finales del verano de 1599 conoció a su futuro segundo marido, un tal Gregorio Castaño, de San Antón de Arribajos. Aunque ya estaba casada, María le dijo al provisor de Zamora que era soltera, y poco después el párroco la casó con Gregorio, delante de numerosos testigos. Vivieron juntos hasta la Pascua siguiente, cuando fueron a Galicia . Mientras ella esperaba en la ciudad de Orense, Gregorio fue a Santiago, donde descubrió que su esposa seguía casada con Sebastián de San Paño. Por miedo y por vergüenza, Gregorio no quiso volver a ver a María y acudió de inmediato a confesarlo todo al Santo Oficio. Al mismo tiempo, es posible que María viese los escritos en los muros, porque voluntariamente regresó a vivir con Sebastián.

María Gómez, cuando compareció delante de la Inquisición en 1604, confesó que estaba casada con su primer marido, Juan de Rubians. Pero eran tan pobres que durante el primer año no pudieron ni vivir juntos ni recibir la bendición nupcial. Cinco años después de su partida, María decidió casarse otra vez. Para facilitar las cosas, ella y su futuro segundo esposo, Marcos Gómez, falsificaron los documentos que daban fe de la muerte de su primer marido. Aunque al principio participó con interés, el nuevo galán de María enseguida perdió el entusiasmo. Cuando Marcos se enteró de que Juan regresaba a su casa de Bayona, huyó.

Asimismo, Catalina Fernández, una coruñesa de veinticuatro años, convenció al notario Juan Fernández Vidal que presentara documentos falsos al provisor diocesano para demostrar que su primer matrimonio no era legítimo. Hubo testigos que declararon que el notario, Catalina y su amante, Juan de Soto, que era soldado, habían conspirado para redactar los documentos falsos. Toda la intriga se desmoronó cuando Catalina no pagó a los testigos los sobornos que les había prometido. Ella declaró en defensa propia que llevaba dos años casada con el soldado y que tenía un hijo. Cuando le preguntaron acerca del primer matrimonio, respondió que la habían prometido a Domingo de Casanova pero que nunca habían tenido vida “maridable”, y que no habían tenido relaciones sexuales porque su primer matrimonio fue forzado por su padre cuando ella sólo tenía diez años. Además, testificó que se había escapado durante quince días, en lugar de casarse con Domingo. Cuando regresó, su familia le obligo a casarse con Domingo. A pesar de la evidencia  de que la historia de Catalina incluía todas las circunstancias típicas de un matrimonio forzado, el hecho de que hubiera falsificado la documentación y hubiera sobornado a los testigos restó credibilidad a su historia anterior y por lo tanto recibió todo el castigo que se aplicaba a las bígamas. En otro caso, Maria de Castro, vecina de Verín, fue absuelta por la Inquisición de los cargos de bigamia que pesaban en su contra, aunque los inquisidores señalaron que sospechaban que parte de la información que había presentado era falsa. En consecuencia ordenaron que Marina no viviera con ninguno de sus esposos hasta que un jurado eclesiástico decidiera cuál de sus matrimonio era legítimo.

Pero, ¿por qué volver a casarse? Puede que el matrimonio les brindará cierta categoría que  a las gallegas les parecía deseable, aunque no necesaria. Algunas pensaban, equivocadamente, que la legitimación cristiana de su nueva vida y su nuevo amor compensaba las cuestiones de herejía y pecado que tanto preocupaban a la Iglesia. Para otras, el matrimonio ofrecía la forma más deseable de integrar sus nuevas familias en el mundo social y religioso de la parroquia. Por último, es probable que los beneficios económicos y emocionales derivados de contar con un marido parecieran más atractivos para unas mujeres que habían estado solas durante tantos años.


Posted

in

by

Tags: