Todas las mujeres a las que la Inquisición juzgó culpables de bigamia se vieron obligadas a abjurar de su herejía, y la mayoría recibió alguna combinación de azote público, multa y exilio. En ocasiones, la Inquisición reducía la severidad de la sentencia si la mujer regresaba voluntariamente con su primer marido. De este modo, le demostraba a la Inquisición reducía la severidad de la sentencia si la mujer regresaba voluntariamente con su primer marido. De este modo, le demostraba a la Inquisición que su delito no implicaba una noción herética sobre el sacramento del matrimonio. Sólo dos mujeres adoptaron esta decisión. Cuando Inés Pérez, de veintinueve años, confesó que se había casado dos veces, arregló sus asuntos y regresó con su primer marido, recibió una sentencia más leve como consecuencia de su contrición espontánea. Con respecto a las mujeres que no regresaban voluntariamente con su primer marido, sus casos eran remetidos a un ordinario tribunal eclesiástico, que tenía que decidir cual de los matrimonios era legítimo.
La mitad de las mujeres que se declararon culpables fueron azotadas en público, lo cual demuestra que la Inquisición no veía ninguna necesidad de relajar la severidad del castigo físico para las mujeres, lo típico era que tanto hombres como mujeres recibieran cien o doscientos latigazos. Sin duda, la vergüenza pública peor para las mujeres que para los hombres, porque se solía desnudara al penitente de cintura para arriba.
El castigo más grave que sufrieron las bígamas fue el exilio temporal, por lo general tanto de Santiago de Compostela como de su parroquia natal y, cuando correspondía, de la parroquia donde se había celebrado el segundo matrimonio. El exilio debió de ser una experiencia dolorosa para estas mujeres; el destierro variaba de res a cinco años, y la penitente debía guardar entre tres y cinco lenguas de distancia de los lugares indicados. Cuesta imaginar cómo podían sobrevivir estas mujeres, separadas de sus maridos y de familiares y amigos. Es posible que estos las ayudaran. De todos modos, la vergüenza las seguía a todas partes. Después de acabar el exilio, estas mujeres sufrían el estigma social permanente de haber sido procesadas por la Inquisición.
El aspecto más notable de estos juicios es que, a diferencia de sus equivalentes masculinos, muchas más mujeres acusadas de bigamia regresaron con su segundo marido y reanudaron su vía matrimonial. El ochenta y cinco por ciento de los bígamos de sexo masculino fueron sentenciados a las galeras, y hubo más que, aunque culpables, no fueron enviados a las galeras por su edad, su condición social o por otros motivos. Es posible que a las mujeres las juzgaran culpables con menos frecuencia porque los inquisidores o bien se compadecían de sus dificultades o bien perdonaban su conducta, partiendo de los tradicionales conceptos eclesiásticos de la inferioridad e la mujer. EN n1567, a Catalina Hernández se le impuso una multa y avergonzada públicamente, pero el inquisidor no llegó a condenarla a los latigazos. Sin embargo, a diferencia de los casos de fornicación simple, en los cuales los inquisidores solían excusar tanto a hombres como a mujeres por considerarlos mayores, rústicos o ignorantes, tan sólo la embustera María Gómez recibió una sentencia menor por ser una mujer rústica. Los documentos de los juicios, no obstante, señalan una diferencia fundamental en la forma en que las mujeres emprendían su segundo matrimonio y presentaban su caso. Casi la mitad de las mujeres dijeron que habían conseguido o tratado de conseguir un autorización para volver a casarse. A pesar de no saber leer ni escribir, estas mujeres demostraron una notable capacidad tanto para captar la importancia que tenía una prueba escrita para la jerarquía eclesiástica como para superas los canales necesarios a fin de obtener esta documentación. Además, sus juicios pusieron de manifiesto, con toda claridad, sus esfuerzos por obtener una dispensa, mientas que la mayoría de los hombres no presentó ninguna defensa o contó a los inquisidores unas historias falsas muy complejas.
Para contrastar, analizado los casos de sesenta y cinco hombres den los cuales las relaciones de causas ofrecían una información bastante similar. Sólo nueve testificaron que habían tratado de conseguir documentos legales para poner fin a su primer matrimonio, y a todos menos unos los declararon culpables. Además, la Inquisición no se mostraba dispuesta a aceptar la documentación que le presentaban los hombres, lo cual no sólo los haría responsables de su promiscuidad sino que ayudaba al Santo Oficio a cumplir su obligación con las galeras reales. Por el contrario, aunque algunas mujeres basaran su petición en información falsa o por lo menos no fidedigna, es evidente que su esfuerzo por recurrir a pruebas escritas influyó en el resultado de sus casos. Por ejemplo, cuando se presentó ante los inquisidores la hija de un sastre de Orense, demostró que ha había conseguido que el provisor diocesano anulara su primer matrimonio con Juan Precado, antes de casarse con Antón Precado. Ya había presentado pruebas al provisor diocesano de que tanto ella como Juan eran menores de edad en el momento del matrimonio. Los inquisidores la absolvieron de todos los cargos.
Tratar de usar recursos legales antes de volver a casarse era, evidentemente, el factor decisivo para resolver con éxito el juicio, en el caso de las mujeres. Después de presentar a los inquisidores la documentación necesaria para demostrar que había confirmado el lugar de enterramiento de su esposo antes de volver a casarse, Margarida López quedó libre. Los casos de Caterina de Villaloa e Ysabel González son ejemplos reveladores de la importancia de la documentación para determinar un veredicto. Cuando fue secuestrada de niña, Caterina acudió enseguida al provisor diocesano para conseguir la anulación de su matrimonio forzoso, y como consecuencia de esto fue absuelta de todos los cargos en su contra, mientras que a Ysabel González, de veintiséis años, no le fue tan bien en circunstancia similares. Como no obtuvo la dispensa para volver a casarse, la Inquisición no se compadeció de su situación cuando dijo que su primer matrimonio no era legítimo porque era demasiado joven y sus padres la habían obligado. Si hubiera buscado la intervención episcopal antes de volver a casarse, es posible que no la hubiesen castigado por bigamia.
Los documentos escritos desempeñaron un papel tan importante que no por lo general las mujeres que cometieron bigamia y al mismo tiempo falsificaron documentación fueron las que recibieron los castigos más severos. Catalina Fernández fue una de las mujeres que presentaron a la Inquisición papeles falsos y pagaron un alto precio por su engaño; la sentenciaron al humillante castigo de un centenar de latigazos, la pasearon por las calles de Santiago y la expulsaron de Santiago, La Coruña y su parroquia natal durante cuatro años.
No es fácil averiguar por qué las mujeres solían buscar la documentación necesaria para volver a casarse, mientras que los hombres no. SI la respetabilidad era el motivo principal que impulsaba a las mujeres que decidían casarse por segunda vez, es posible que esperaran que la dispensa adecuada las ayudara a disipar los sentimientos de la comunidad que fueran contrarios a esta decisión. Desde un punto de vista teológico, la Iglesia Católica reformada seguía poniendo freno al matrimonio de las viudas y, a nivel personal, una unión mal celebrada podía traer como consecuencia manifestaciones de desaprobación por parte de la comunidad como los charivaris. Además, marginadas por el sistema político y judicial, es posible que las mujeres se sintieran más presionadas que los hombres para cumplir los requisitos de la burocracia eclesiástica.
Abandonadas por sus maridos y acusadas de herejía, estas bígamas podrían despertar fácilmente nuestra piedad. No obstantes, su legado es mucho más rico. A través de sus testimonios, nos han trasmitido una fuente valiosa para acceder a las historia de las mujeres y el matrimonio en la España de comienzos de la edad moderna. Desde las sombrea s de la historia, las campesinas españolas adoptan un papel activo en las decisiones que conciernen a sus vidas y a sus afectos. Incluso cuando se enfrentan a una institución aparentemente tan represiva y aterradora como la Inquisición, no parecen intimidarse . Estos casos demuestran cómo una serie de mujeres analfabetas, con escasos medios económicos, consiguió resolver con éxito su encuentro con el Santo Oficio. Pobres, analfabetas e inexpertas, se presentaron con valor ante la Inquisición, expusieron su defensa y esperaron la sentencia. Así, después de hacer frente a sus acusadores, mujeres como Margarida López y Caterina de Villaloa regresaron a su casa.
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One response to “Las mujeres gallegas y el Santo Oficio: La sentencia”
Es muy buen artículo, muy cercano. Me gustaría que entrase en más detalles en algunos procesos particulares que le hayan interesado porque parece usted estar bien preparada para acercarnos estos temas de inquisción y mujeres.