¿Recuerdas lo que eran la televisión y telefonía de los años ochenta? Si no viviste aquella época, hazte una idea: televisión mamotrética (de un volumen y peso más que impresionante, en ocasiones) en blanco y negro, con dos canales –con más calidad que muchos de ahora, por cierto– y cierre de emisión al caer la medianoche (sí, se dejaba de emitir, y te ponían una imagen de colores con un relojito en una esquina). Punto.
Y en cuanto a la telefonía, tres cuartos de lo mismo: el teléfono fijo de toda la vida, con su disco giratorio en vez de botones para los números, y su tarifa por minutos hablados –¿Tarifa plana? ¿De qué me estás hablando? –. Eso era todo.
Hoy en día, parece mentira lo que han evolucionado estas tecnologías en apenas treinta años: televisores de pantalla ultrafina (casi lo mismo que aquellos de tubo… con los que necesitabas medio metro para que no chocasen con la pared tras de sí), alta definición, colores ricos y luminosos, bajo consumo… y pronto las 3D como un elemento más a popularizar. Qué decir de la telefonía… antes un “móvil” era casi exclusivo de ciertos colectivos muy concretos (policía, bomberos…), con tamaños imposibles, y ahora todos tenemos uno en nuestros bolsillos, comodísimos de llevar y con todo tipo de funcionalidades, como las que puede brindar un iPhone.
Y esta evolución no se detiene, y se ramifica constantemente en novedosos aparatos, como los iPad (básicamente un ordenador en forma de tableta) o los proyectores que aquí tratamos, que permiten incluso trasladar la experiencia del cine a los hogares (home cinema), con tamaños de imagen fuera del alcance de cualquier televisor.
Así, en pocos años hemos asistido a una fulgurante carrera donde una tecnología, cada vez de forma más rápida, sustituía a la anterior, dejándola obsoleta en tiempos sorprendentes: del Plasma al LCD, del LCD al LED, y del LED al 3D, y pronto… ¿Quién sabe?
De forma paralela, los teléfonos tipo iPhone van convirtiéndose progresivamente en aparatos multifunción, más parecidos a ordenadores de mano que a cualquier otra cosa. No sólo nos sirven ya para hacer y recibir llamadas; ahora también se valora la calidad de su cámara de fotos integrada, conexión a internet, aplicaciones disponibles… todo un salto increíble hasta no hace mucho. Incluso hacen desaparecer poco a poco tradiciones como las tarjetas de visita o los correos ordinarios.
Tal vez nuestro mayor reto no sea ya hasta dónde pueden llegar en sus prestaciones todas estas tecnologías multimedia, sino hasta dónde puede llegar nuestra capacidad personal de adaptación a las mismas.
Puede que incluso empecemos a entender a nuestros mayores y su extrañeza ante las nuevas tecnologías mejor que nunca, cuando nosotros sintamos lo mismo ante semejante llegada incesante de aparatos, a cual mejor.


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