La utopía político-religiosa de los franciscanos

Ya hemos visto la ideología religiosa de los franciscanos, así como la imagen que tenían de los indios de América. Pero ¿cómo conjugaron ambas cosas en una visión utópica? Para empezar: con el apoyo de la monarquía. Y éste, por supuesto, no era simplemente por mera devoción religiosa… al final se entenderá por qué. Además, la Orden Franciscana estaba ya a un paso de la modernidad, y se movía cómodamente en una época en la que el pensamiento estaba impregnado tanto de medievalismo como de renacentismo. En una compleja sociedad aún regida por el honor, también había sitio para una utopía religiosa de tintes ascéticos y aspiraciones igualitarias.

Escudo de la Orden Franciscana

El misionero Jerónimo de Mendieta es la cabeza más visibile de la actuación franciscana en el Nuevo Mundo. No se documenta otro con un valor tal como para pedir abiertamente a los obispos que se dejen de lujos, entreguen sus bienes y descubran que el ascetismo y la humildad son la verdadera religiosidad. Pero no hay que creer que el contenido de este pensamiento franciscano era simplemente religioso, sino que era decisivamente político, tanto en sí mismo como por la unión entre ambos campos que se llevaba a cabo en la Conquista del Nuevo Mundo. La religión es sólo el fin principal de las sociedades que allí se organizan, pero para llegar a ella hay que trabajar con medios terrenales. El elemento práctico clave es la separación de indios y de españoles, para que los primeros no se contaminen de los segundos. No en el sentido literal (aunque ya sabemos que la propagación de enfermedades fue la causa primera de la aniquilación de los indígenas), sino cultural. Había que salvaguardar a toda costa la pureza de los indios, porque era necesaria para conseguir los objetivos. Se habla, incluso, de un propósito oculto: expulsar a los españoles no eclesiásticos para que la utopía pudiera seguir sin problemas su curso. En todo caso, las comunidades de indios que se separan quedan bajo gobierno franciscano, una actividad paternalista ejercida más mediante la dirección que la coacción. Pide el padre Mendieta que el rey se sirva «de nosotros para que Dios nuestro Señor se sirva, haciéndonos padres de esta mísera nación y encomendándonoslos como a hijos y niños chiquitos para que como a tales (que lo son) los criemos y adoctrinemos y amparemos y corrijamos, y los conservemos y aprovechemos en la fe y policía cristiana». Este gobierno paternal, si logra el funcionamento pleno (la realización de la utopía), apenas necesita fuerza armada, más allá de algunas torres con soldados para salvaguardar la autoridad monástica y, con ella, la del rey. A pesar de esto, algún cronista entregado llegaba a decir que ya simplemente los conventos instalados eran más seguros y protectores que cualquier castillo.

Para ejercitar este gobierno, los franciscanos necesitan la plena autoridad, «que si con ellos no se tiene toda autoridad, no se tiene ninguna y si no los tiene muy debajo de la mano y sujetos, no hay mano para con ellos». ¿Cuál es el fundamento de esa autoridad que reclaman? El derecho natural, por supuesto, que es el mismo que el divino y que el humano. Siguiendo a las utopías inspiradas por el humanismo, se aspira a una magistratura basada en la equidad, cuya justicia emergería por sí sola al ser quien ejerce el gobierno un hombre bueno y recto, «que tenga más de prudencia y buen juicio que no de ciencia de Digestos y Código, los cuales les han hecho más daño que provecho». Los letrados están prohibidos en su territorio, son un ejemplo andante, peligroso y contagioso de la corrupción europea. El juez se conducirá guiado por la moral que ha trabajado en su interior, de forma que «corte absolutamente por donde según Dios y buena razón le pareciere». Queda así rota toda autoridad del Derecho humano.

Llegamos al análisis del poder, que es lo que casi siempre está detrás de todo. No hay que olvidar que los franciscanos actúan, en general, con el beneplácito de la monarquía. Dado que el origen de ésta es divino, los virreyes, que son sus delegados, pueden hacer cualquier cosa que responda a mandatos divinos, sin necesidad de contar con la ley. Es una apología en toda regla del poder absoluto. En última instancia, la autoridad del virrey no es originaria, sino que es subordinada de la soberanía real. Mendieta, tan beligerante en tantas cosas, no tiene nada que objetar a las decisiones del rey, «por depender todo lo espiritual y temporal destas partes de sólo V.M.». Era un aliado directo del propio Felipe II. Así, más allá de su indudable sentido religioso, la utopía político-religiosa de los franciscanos tuvo como función justificar el poder absoluto de la monarquía. Motolinía, sin embargo, es más astuto (y tal vez ambicioso) en este sentido y retuerce estas argumentaciones para concluir, subrepticiamente, de manera velada, que las colonias americanas necesitan la independencia para funcionar como deben.

Los franciscanos tenían la evangelización como fin, pero ésta era consecuencia de una buena organización social. Pese a que hay quien ha interpretado estas sociedades como «escuelas monásticas», el propio Mendieta advierte que los resultados esperados sólo llegarán «en un lugar donde no se dará ni la pereza ni la indigencia». Además de cantar alabanzas a Dios, se realizaba un trabajo productivo que mantenía en pie la utopía.

Las posibilidades utópicas del indio

IndiosLa imagen que del indio tenían ciertos religiosos europeos (como la Orden Franciscana o Bartolomé de las Casas), y que preformó el mito del buen salvaje, fue lo que encendió la mecha definitiva para animar a la praxis utópica en el Nuevo Mundo. Los franciscanos observaron la gran «plasticidad» de los nativos, eran la mejor materia con la que llevar a cabo sus organizaciones sociales ideales, orientadas a un primitivismo cristiano como fin. Pese a sus grandes diferencias, no dudaban de la igualdad de las almas al ser todos descendencia común de Adán y Eva. Aunque no pocos negaban a los indios capacidades intelectuales, y aun su misma humanidad, estos religiosos decían conocer bien su «capacidad de recepción». Y ésta no de cualquier tipo, sino de una pureza y sencillez de perfecto encaje con sus aspiraciones misioneras, es decir, las de restaurar un cristianismo genuino, lo más próximo posible al deseado por Dios para el hombre. Porque los más auténticos son también los más cercanos a la creación divina, los que menos se han desviado del camino trazado. Su humildad y pobreza son ejemplares y, pese a las dificultades de hacerles aceptar las formalidades religiosas (Roma se vio obligada a flexibilizar los rituales tras una larga polémica), las más cercanas a las prédicas cristianas.

Pero lo mejor para entender lo que pensaban es leer una descripción de Motolinía, misionero franciscano paradigmático:

Estos Indios cuasi ni tienen estorbo que les impida para ganar el cielo, de los muchos que los españoles tenemos y nos tienen sumidos, porque su vida se contenta con muy poco, y tan poco que apenas tienen con qué se vestir y alimentar. Su comida es muy paupérrima, y lo mismo es el vestido: para dormir, la mayor parte de ellos aún no calza una estera sana. No se desvelan en adquirir ni guardar riquezas, ni se matan por alcanzar estados ni dignidades. Con su pobre manta se acuestan, y en despertando están aparejados para servir a Dios, y si se quieren disciplinar, no tienen estorbo ni embarazo de vestirse ni desnudarse. Son pacientes, sufridos sobremanera, mansos como ovejas; nunca me acuerdo haber visto guardar injuria: humildes, a todos obedientes, ya de necesidad, ya de voluntad, no saben sino servir y trabajar. Todos saben labrar una pared, y hacer una casa, torcer un cordel, y todos los oficios que no requieren mucho arte. Es mucha la paciencia y sufrimiento que en las enfermedades tienen: sus colchones es la dura tierra, sin ropa ninguna; cuando mucho tienen una estera rota, y por cabecera una piedra, o un pedazo de madero; y muchos ninguna cabecera sino la tierra desnuda. Sus casas son muy pequeñas, algunas cubiertas de un solo terrado muy bajo, algunas de paja, otras como la celda de aquel santo abad Hilarión, que más parecen sepultura que no casa. Las riquezas que en tales casas pueden caber, dan testimonio de sus tesoros. Están estos Indios y moran en sus casillas, padres, hijos y nietos; comen y beben sin mucho ruido ni voces. Sin rencillas ni enemistades pasan su tiempo y vida, y salen a buscar el mantenimiento a la vida humana necesario, y no más. Si a alguno le duele la cabeza o cae enfermo, si algún médico entre ellos fácilmente se puede haber, sin mucho ruido ni costa, vanlo a ver, y si no, más paciencia tiene que Job.

[De Historia de los Indios]

La perfecta carne de cañón para la utopía social, política y religiosa que los franciscanos desarrollarían en el Nuevo Mundo.

Los franciscanos y el savonarolismo

Durante los siglos XV y XVI, corrientes reformistas espiritualistas recorren Europa, con un marcado hálito utópico. Los franciscanos, imbuidos de esa idea de la reformatio interioris hominis, tienen la posibilidad de pasar a la acción en las Indias, para crear una sociedad nueva más allá de la decadente Europa. Allí se encuentran con unas personas primitivas, pero sin embargo personas, a partir de las que pueden construir su ideal. En un sentido poco metafórico, los consideran niños, y los misioneros son los padres que los guiarán hacia el buen camino: el de la fe y la buena vida religiosa. El Viejo Mundo ya apoyaba la tendencia ideológica hacia el cristianismo primitivo, a la que se suma el desagrado extendido hacia los poderosos, en este caso dirigido contra los obispos. Los franciscanos supieron aprovechar este clima favorable para sus aspiraciones a la restauración (y mejora) de ese cristianismo primitivo.

La personalidad de la Orden empatiza con la religiosidad subversiva del savonarolismo (controlando el exceso teocrático), adquiriendo así un fuste mayor, que además se puede verter con facilidad en las comunidades indias de América. Además de lo visto en el anterior párrafo, los franciscanos tienen en común con la doctrina de Savonarola la religiosidad interior, anteponiendo la virtud y la fe a las formas externas de expresividad religiosa; así, no importa si los indios no saben o no quieren seguir los rituales formales eclesiásticos. La exaltación de la pobreza y de la humildad son otra característica básica, ¿quién las ejemplifica mejor que los indios, buenos salvajes que viven la vida sencilla? El ascetismo monacal no es tan diferente de las condiciones en las que aquellos habitan sus cabañas. Fray Jerónimo de Mendieta sabe, a diferencia de Motolinía, que no es suficiente con compartir el mismo espíritu para obtener resultados. Por eso, decide constituir una Cofradía que obligue al cumplimiento de estas reglas, voluntariamente aceptadas. Su universalismo religioso no establece diferencias entre escalones de la jerarquía eclesiástica, ni entre culturas ni orígenes geográficos, sino sólo por virtud personal. Este es el germen ideológico de la organización social y política, de finalidad eclesiástica, que los franciscanos establecerán en territorios americanos. El sueño de una utopía religiosa puesta en práctica. Un utopismo distinto al de Moro, e incluso incompatible con él.

Estatua de Savonarola en Ferrara