Las Casas y la sociedad indígena

Como hemos visto, Bartolomé de las Casas creyó descubrir la utopía en las sociedades indígenas del Nuevo Mundo. Aquella entrada se cerraba con una pregunta: «Los indios vivían en una utopía en funcionamiento. Pero ¿qué hacer para preservarla? ¿Y para… mejorarla?»

En 1516, le presenta sus propuestas al cardenal Cisneros, regente en España. Le muestra un dossier con dos partes: una de atrocidades y otra de remedios. En el segundo se incluye su plan de gobierno para las Indias, con las siguientes directrices (siguiendo a Fernández Herrero, 1992: 221):

1. Terminar con el régimen de la encomienda, para finalizar las relaciones estatales formales (de inevitable desequilibrio) con los indios.

2. Seguiría una reforma moral, dirigida por la introducción de la Inquisición en América. Además, los encomenderos podrían todavía salvar sus almas, pagando para obtener el perdón. Estos recibirían una compensación, obteniendo bajo su cargo a los indios naborías (la casta más baja entre los taínos), que todavía tenían que demostrar su capacidad para vivir por sí mismos.

3. Una ordenación del régimen de vida de los indios bajo administración española. Cada comunidad tendría que tener una ciudad española y un grupo de pueblos de indios, quienes no estarían al servicio de los españoles. Los beneficios quedarían repartidos comunitariamente en esta utopía colectivista.

4. Una reglamentación del trabajo de la que Moro habría estado orgulloso: reducción de horarios, disminución o desaparición de los trabajos más duros, y en general ordenación de aspectos aledaños como el alimento, el ocio, la higiene o la seguridad laboral.

5. La creación de asociaciones hispanoindias de labradores, para que campesinos españoles venidos expresamente del Viejo Mundo enseñaran mejoras agrícolas, educando al indio sin explotarlo. Según Las Casas, se constituiría con esto la república más pacífica y cristiana del mundo, basada en la fusión por el mestizaje de ambos pueblos.

Las Casas

La reforma fue rechazada. En mayo de 1517 presenta un plan similar ante Carlos I en Valladolid, con algunas novedades. Lo primero era lo primero: había que reconocer la libertad de los indios. Libres pero patrimonio regio, por supuesto. Lo segundo era favorecer el matrimonio mixto. Lo tercero, la selección de familias españolas para ser enviadas con facilidades, quedando allí en proporción de una cada seis familias indígenas. En 1518, el emperador acepta este proyecto de colonización pacífica para Cumaná (Venezuela), hacia donde se dirige Las Casas con 60 labradores. Mientras él pacifica, los labradores españoles huyen. El resto de su periplo americano puede leerse aquí, con distintas idas y venidas, éxitos y fracasos.

Las Casas y su descubrimiento de la utopía india

Bartolomé de las Casas ha pasado a la historia, entre otros motivos, por ser el principal valedor de los derechos de los indios. Sus posiciones sobre esto derivarían, en el futuro, en el concepto de los Derechos Humanos, y aun del mismo Estado de derecho. Unió su concepto de libertad con la imagen de pureza y bondad que le transmitían los indios, en un pensamiento de clara raíz e intención utópica. Si Moro pretende que los habitantes de Utopía sirvan de modelo a los europeos, Las Casas quiere que los indios no cambien, que sigan siendo como son, o como el civilizado español ha imaginado que son.

Las Casas

No hacía falta crear una utopía. Ya estaba hecha: eran las sociedades indígenas. Sólo había que luchar por valorizarla y conservarla. Para él, el principio de libertad pertenece a la esfera de la voluntad, y su derivación social es política: un buen gobierno es aquel aceptado y conservado libremente. Todo un demócrata del siglo XVI. El orden de las sociedades de los indios es perfecto y armónico, porque son sociedades conformadas y mantenidas libremente. Esto va mucho más allá del debate sobre su humanidad: no sólo son seres humanos, sino que en cierto sentido lo son más que nosotros, y por tanto deben ser respetados y hasta admirados. Las Casas es consciente de que, según esto, si los indios no quisieran ser evangelizados, tendría que aceptarlo. Pero también piensa que la religión cristiana es la mejor elección racional, por lo que bastaría con explicarla bien para que su libre albedrío escogiera la opción razonable. ¡Cuánta fe en el ser humano! ¡En el poder de la información y de la inteligencia! ¿Es el padre Las Casas un ilustrado con dos siglos de antelación? ¡Así da gusto!

La estabilidad y el desarrollo total de la vida humana sólo puede suceder en la ciudad, siguiendo el pensamiento aristotélico. La organización urbana permite la autosuficiencia de una sociedad, idea que Las Casas intenta encajar con la realidad indígena. A lo largo de su Apologética Historia, enuncia los distintos estamentos que la componen: labradores, artífices, hombres de guerra, ricos hombres (para comerciar), sacerdotes y jueces. Va probando que se da en las sociedades indias, incluso mejor que en el Viejo Mundo. De esto concluye que en estas sociedades existe, como dice Maravall, la potencialidad para dar «adecuadamente el paso de la prudencia doméstica a la prudencia política». Las casas que ahora conoce pueden pasar a barrios,y esos barrios a ciudades, manteniendo una economía agraria familiar basada en la adecuada distribución de las labores, que incluye «un complemento artesanal, una limitada utilización del dinero y una práctica de conmutaciones que les libraba, sin embargo, por su forma y medida, de los peligros del comercio codicioso».

Este naturalismo moral, de herencia todavía medieval, entronca con la eternamente estable y redonda armonía social deseada por la utopía. Las Indias derrochan, citando a Maravall [1982: 169] «fertilidad, sanidad y suavidad [ … ]; una perfecta armonía reina entre la dulzura del medio natural, la perfección corporal, la capacidad intelectiva y la disposición moral». Una sociedad perfecta derivará en una salud social y moral perfecta y, al final, en la religiosidad ideal. Los indios vivían en una utopía en funcionamiento. Pero ¿qué hacer para preservarla? ¿Y para… mejorarla?

El legado de Vasco de Quiroga

Vasco de Quiroga realizó una auténtica utopía socio-religiosa en el estado de Michoacán, especialmente con el Hospital-pueblo de Santa Fe de La Laguna. En aquellos lugares, llega hasta hoy la leyenda de “Tata Vasco”, ¡hasta tiene una ópera dedicada!

Para aligerar un poco de denso texto, esta vez nos acercaremos al tema mediante unos vídeos. Pertenecen a la Ruta Quetzal, aquel proyecto del inefable Miguel de la Quadra-Salcedo, que aún sobrevive (él y el proyecto). Entremezclada con folklorismos diversos, está la historia de Vasco de Quiroga:

[la chicha que nos interesa empieza a partir del minuto 5]

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Para quien necesite algo más sesudo y profundo, una pequeña selección de artículos sobre Vasco de Quiroga disponibles en internet:

Para empezar, una panorámica breve: «El modelo Vasco de Quiroga», por Gabriel Zaid.

Sobre su modelo educativo: «Don Vasco de Quiroga, promotor de la educación indígena», por Fernando Campo del Pozo.

Vasco de Quiroga a la luz de la situación indígena actual: «Don Vasco de Quiroga ante su V centenario: la persistencia del problema indígena», por Juan-Vicente Palerm Viqueira.

Estrictamente sobre su labor de colono: «Vasco de Quiroga, fundador de pueblos», por Antonio Arriaga.

Y profundizando en la perspectiva puramente utópica que interesa a este blog: «Experimentación social en los albores coloniales de la modernidad: el deseo utópico-reformista de Vasco de Quiroga (1470-1565)», por Fernando Gómez.

La utopía político-religiosa de los franciscanos

Ya hemos visto la ideología religiosa de los franciscanos, así como la imagen que tenían de los indios de América. Pero ¿cómo conjugaron ambas cosas en una visión utópica? Para empezar: con el apoyo de la monarquía. Y éste, por supuesto, no era simplemente por mera devoción religiosa… al final se entenderá por qué. Además, la Orden Franciscana estaba ya a un paso de la modernidad, y se movía cómodamente en una época en la que el pensamiento estaba impregnado tanto de medievalismo como de renacentismo. En una compleja sociedad aún regida por el honor, también había sitio para una utopía religiosa de tintes ascéticos y aspiraciones igualitarias.

Escudo de la Orden Franciscana

El misionero Jerónimo de Mendieta es la cabeza más visibile de la actuación franciscana en el Nuevo Mundo. No se documenta otro con un valor tal como para pedir abiertamente a los obispos que se dejen de lujos, entreguen sus bienes y descubran que el ascetismo y la humildad son la verdadera religiosidad. Pero no hay que creer que el contenido de este pensamiento franciscano era simplemente religioso, sino que era decisivamente político, tanto en sí mismo como por la unión entre ambos campos que se llevaba a cabo en la Conquista del Nuevo Mundo. La religión es sólo el fin principal de las sociedades que allí se organizan, pero para llegar a ella hay que trabajar con medios terrenales. El elemento práctico clave es la separación de indios y de españoles, para que los primeros no se contaminen de los segundos. No en el sentido literal (aunque ya sabemos que la propagación de enfermedades fue la causa primera de la aniquilación de los indígenas), sino cultural. Había que salvaguardar a toda costa la pureza de los indios, porque era necesaria para conseguir los objetivos. Se habla, incluso, de un propósito oculto: expulsar a los españoles no eclesiásticos para que la utopía pudiera seguir sin problemas su curso. En todo caso, las comunidades de indios que se separan quedan bajo gobierno franciscano, una actividad paternalista ejercida más mediante la dirección que la coacción. Pide el padre Mendieta que el rey se sirva «de nosotros para que Dios nuestro Señor se sirva, haciéndonos padres de esta mísera nación y encomendándonoslos como a hijos y niños chiquitos para que como a tales (que lo son) los criemos y adoctrinemos y amparemos y corrijamos, y los conservemos y aprovechemos en la fe y policía cristiana». Este gobierno paternal, si logra el funcionamento pleno (la realización de la utopía), apenas necesita fuerza armada, más allá de algunas torres con soldados para salvaguardar la autoridad monástica y, con ella, la del rey. A pesar de esto, algún cronista entregado llegaba a decir que ya simplemente los conventos instalados eran más seguros y protectores que cualquier castillo.

Para ejercitar este gobierno, los franciscanos necesitan la plena autoridad, «que si con ellos no se tiene toda autoridad, no se tiene ninguna y si no los tiene muy debajo de la mano y sujetos, no hay mano para con ellos». ¿Cuál es el fundamento de esa autoridad que reclaman? El derecho natural, por supuesto, que es el mismo que el divino y que el humano. Siguiendo a las utopías inspiradas por el humanismo, se aspira a una magistratura basada en la equidad, cuya justicia emergería por sí sola al ser quien ejerce el gobierno un hombre bueno y recto, «que tenga más de prudencia y buen juicio que no de ciencia de Digestos y Código, los cuales les han hecho más daño que provecho». Los letrados están prohibidos en su territorio, son un ejemplo andante, peligroso y contagioso de la corrupción europea. El juez se conducirá guiado por la moral que ha trabajado en su interior, de forma que «corte absolutamente por donde según Dios y buena razón le pareciere». Queda así rota toda autoridad del Derecho humano.

Llegamos al análisis del poder, que es lo que casi siempre está detrás de todo. No hay que olvidar que los franciscanos actúan, en general, con el beneplácito de la monarquía. Dado que el origen de ésta es divino, los virreyes, que son sus delegados, pueden hacer cualquier cosa que responda a mandatos divinos, sin necesidad de contar con la ley. Es una apología en toda regla del poder absoluto. En última instancia, la autoridad del virrey no es originaria, sino que es subordinada de la soberanía real. Mendieta, tan beligerante en tantas cosas, no tiene nada que objetar a las decisiones del rey, «por depender todo lo espiritual y temporal destas partes de sólo V.M.». Era un aliado directo del propio Felipe II. Así, más allá de su indudable sentido religioso, la utopía político-religiosa de los franciscanos tuvo como función justificar el poder absoluto de la monarquía. Motolinía, sin embargo, es más astuto (y tal vez ambicioso) en este sentido y retuerce estas argumentaciones para concluir, subrepticiamente, de manera velada, que las colonias americanas necesitan la independencia para funcionar como deben.

Los franciscanos tenían la evangelización como fin, pero ésta era consecuencia de una buena organización social. Pese a que hay quien ha interpretado estas sociedades como «escuelas monásticas», el propio Mendieta advierte que los resultados esperados sólo llegarán «en un lugar donde no se dará ni la pereza ni la indigencia». Además de cantar alabanzas a Dios, se realizaba un trabajo productivo que mantenía en pie la utopía.

Las posibilidades utópicas del indio

IndiosLa imagen que del indio tenían ciertos religiosos europeos (como la Orden Franciscana o Bartolomé de las Casas), y que preformó el mito del buen salvaje, fue lo que encendió la mecha definitiva para animar a la praxis utópica en el Nuevo Mundo. Los franciscanos observaron la gran «plasticidad» de los nativos, eran la mejor materia con la que llevar a cabo sus organizaciones sociales ideales, orientadas a un primitivismo cristiano como fin. Pese a sus grandes diferencias, no dudaban de la igualdad de las almas al ser todos descendencia común de Adán y Eva. Aunque no pocos negaban a los indios capacidades intelectuales, y aun su misma humanidad, estos religiosos decían conocer bien su «capacidad de recepción». Y ésta no de cualquier tipo, sino de una pureza y sencillez de perfecto encaje con sus aspiraciones misioneras, es decir, las de restaurar un cristianismo genuino, lo más próximo posible al deseado por Dios para el hombre. Porque los más auténticos son también los más cercanos a la creación divina, los que menos se han desviado del camino trazado. Su humildad y pobreza son ejemplares y, pese a las dificultades de hacerles aceptar las formalidades religiosas (Roma se vio obligada a flexibilizar los rituales tras una larga polémica), las más cercanas a las prédicas cristianas.

Pero lo mejor para entender lo que pensaban es leer una descripción de Motolinía, misionero franciscano paradigmático:

Estos Indios cuasi ni tienen estorbo que les impida para ganar el cielo, de los muchos que los españoles tenemos y nos tienen sumidos, porque su vida se contenta con muy poco, y tan poco que apenas tienen con qué se vestir y alimentar. Su comida es muy paupérrima, y lo mismo es el vestido: para dormir, la mayor parte de ellos aún no calza una estera sana. No se desvelan en adquirir ni guardar riquezas, ni se matan por alcanzar estados ni dignidades. Con su pobre manta se acuestan, y en despertando están aparejados para servir a Dios, y si se quieren disciplinar, no tienen estorbo ni embarazo de vestirse ni desnudarse. Son pacientes, sufridos sobremanera, mansos como ovejas; nunca me acuerdo haber visto guardar injuria: humildes, a todos obedientes, ya de necesidad, ya de voluntad, no saben sino servir y trabajar. Todos saben labrar una pared, y hacer una casa, torcer un cordel, y todos los oficios que no requieren mucho arte. Es mucha la paciencia y sufrimiento que en las enfermedades tienen: sus colchones es la dura tierra, sin ropa ninguna; cuando mucho tienen una estera rota, y por cabecera una piedra, o un pedazo de madero; y muchos ninguna cabecera sino la tierra desnuda. Sus casas son muy pequeñas, algunas cubiertas de un solo terrado muy bajo, algunas de paja, otras como la celda de aquel santo abad Hilarión, que más parecen sepultura que no casa. Las riquezas que en tales casas pueden caber, dan testimonio de sus tesoros. Están estos Indios y moran en sus casillas, padres, hijos y nietos; comen y beben sin mucho ruido ni voces. Sin rencillas ni enemistades pasan su tiempo y vida, y salen a buscar el mantenimiento a la vida humana necesario, y no más. Si a alguno le duele la cabeza o cae enfermo, si algún médico entre ellos fácilmente se puede haber, sin mucho ruido ni costa, vanlo a ver, y si no, más paciencia tiene que Job.

[De Historia de los Indios]

La perfecta carne de cañón para la utopía social, política y religiosa que los franciscanos desarrollarían en el Nuevo Mundo.

Los franciscanos y el savonarolismo

Durante los siglos XV y XVI, corrientes reformistas espiritualistas recorren Europa, con un marcado hálito utópico. Los franciscanos, imbuidos de esa idea de la reformatio interioris hominis, tienen la posibilidad de pasar a la acción en las Indias, para crear una sociedad nueva más allá de la decadente Europa. Allí se encuentran con unas personas primitivas, pero sin embargo personas, a partir de las que pueden construir su ideal. En un sentido poco metafórico, los consideran niños, y los misioneros son los padres que los guiarán hacia el buen camino: el de la fe y la buena vida religiosa. El Viejo Mundo ya apoyaba la tendencia ideológica hacia el cristianismo primitivo, a la que se suma el desagrado extendido hacia los poderosos, en este caso dirigido contra los obispos. Los franciscanos supieron aprovechar este clima favorable para sus aspiraciones a la restauración (y mejora) de ese cristianismo primitivo.

La personalidad de la Orden empatiza con la religiosidad subversiva del savonarolismo (controlando el exceso teocrático), adquiriendo así un fuste mayor, que además se puede verter con facilidad en las comunidades indias de América. Además de lo visto en el anterior párrafo, los franciscanos tienen en común con la doctrina de Savonarola la religiosidad interior, anteponiendo la virtud y la fe a las formas externas de expresividad religiosa; así, no importa si los indios no saben o no quieren seguir los rituales formales eclesiásticos. La exaltación de la pobreza y de la humildad son otra característica básica, ¿quién las ejemplifica mejor que los indios, buenos salvajes que viven la vida sencilla? El ascetismo monacal no es tan diferente de las condiciones en las que aquellos habitan sus cabañas. Fray Jerónimo de Mendieta sabe, a diferencia de Motolinía, que no es suficiente con compartir el mismo espíritu para obtener resultados. Por eso, decide constituir una Cofradía que obligue al cumplimiento de estas reglas, voluntariamente aceptadas. Su universalismo religioso no establece diferencias entre escalones de la jerarquía eclesiástica, ni entre culturas ni orígenes geográficos, sino sólo por virtud personal. Este es el germen ideológico de la organización social y política, de finalidad eclesiástica, que los franciscanos establecerán en territorios americanos. El sueño de una utopía religiosa puesta en práctica. Un utopismo distinto al de Moro, e incluso incompatible con él.

Estatua de Savonarola en Ferrara

«Omnibona»: el Reino de la Verdad

Aunque desde hace 35 años parece considerarse a la Sinapia como la única utopía hispánica pura, en el siglo XVI otra obra anónima, nunca publicada, parece encajar en el género, como explica Miguel Avilés en «Otros cuatro relatos utópicos en la España moderna». Omnibona (capital del Reino de la Verdad, con el Rey Prudenciano por monarca), también conocida como Regimiento de príncipes, es un relato dedicado a un Príncipe, probablemente el que será Felipe III. A lo largo de 293 capítulos, se presenta una sociedad extraña descrita por un viajero, el Caminante Curioso, como sociedad ideal de la que el futuro monarca puede extraer sabios consejos:

Yo confío en Nuestro Señor que, viendo Vuestra Alteza toda la obra, tendrá animo para cosas muy grandes y a nuestro Señor muy agradables y saldrá con ellas, favoresciéndole Dios, con mucha gracia y gloria, con poco trabajo, teniendo confianza y cuidado.

San Luis, en una imagen que podría ser la del Rey PrudencianoEl Caminante Curioso, acompañado por un muchacho llamado Amor-de-dos-grados (a Dios y al prójimo), describe esta sociedad a lo largo de doce libros, en conversación directa con el Rey Prudenciano, hacia el que no ahorra elogios. Aprovechando su entrada en el Reino de la Verdad, habla de caminos y ventas, lo que enlaza con los criterios para poner precios a todo lo que se compra y vende, siguiendo un sistema económico claramente mercantilista, lejos de todo liberalismo. En uno de los últimos capítulos, sin embargo, esto entra en contradicción al proponer la prohibición de los monopolios y de los estancos. A los pobres no les falta de nada, ya que los beneficios eclesiásticos están gravados con un quinto de sus rentas que se dedican a los desfavorecidos, así como a pagar los centros de estudios. La enseñanza es explicada con absoluto detalle, en todas las edades; en paralelo, todo ciudadano debe conocer un oficio, para no caer en la mendicidad. En la «casa de Minerva» (la universidad) hay varios colegios, tanto seglares como religiosos, cerca de los cuales no puede haber «mujeres públicas, ni enamoradas, ni amancebadas». La moral es cuidada en todo el Reino, con medidas para evitar que se blasfeme, para cuidar a los pobres y extranjeros (aunque advierte del peligro de los gitanos) y, en definitiva, para vivir con «alegría, afabilidad y gravedad». El Rey Prudenciano se inclina, en caso de duda, hacia doctrinas tucioristas. La Justicia y su administración sigue el modelo de la Utopía de Moro: simplificar al máximo tanto las leyes como los procedimientos. Se cuida, en todo caso, de que los condenados tengan todo lo necesario durante su estancia en prisión. El ejército, por su parte, está conformado por decenas de miles de «soldados virtuosos e buenos cristianos, y muy diestros en las armas, que valía más uno que diez para la guerra». La obra describe en extenso la vida militar, por ejemplo los comportamientos exigidos (la seguridad en la lucha se garantiza por un sistema de «socorros mutuos»).

En los últimos libros, el autor también dedica espacio e ideas para mejorar situaciones verdaderas de su sociedad contemporánea, siempre disfrazadas dentro del marco ficticio del Reino de la Verdad. Propone una reforma de las órdenes militares, por ejemplo permitiendo el acceso sólo a aquellos con cualidades destacadas exigidas por el Rey. Es importante el libro nono, en el que da cuenta de lo que deben hacer «los reys cristianos, cuando descubrieren algunas tierras de ínsulas o las ganaren». Esto se refiere a la conducta deseada en relación a las Indias: lo fundamental es «convertillos y hacellos buenos cristianos», aunque se enseña cómo «remediar los daños pasados para no irse al infierno» y a no repetirlos. Los grandes tesoros de oro y plata, conseguidos por los conquistadores, deberían ser restituidos a sus legítimos dueños para remediar los males que se han provocado; siempre hablan en términos sobrenaturalistas de redención. David García López ha realizado un estudio sobre la defensa de los indios que se lleva a cabo en esta obra, y la valiente crítica que hace de los conquistadores, que aparecen como ladrones y asesinos. En los dos últimos libros, el Rey Prudenciano cuenta cómo consiguió que sus obispos cumplieran lo que en la realidad no se logró mediante el Concilio de Trento. Su receta: que residan en sus diócesis y se ocupen de las tareas religiosas, dejando los cargos de gobierno y las cortes a los civiles. Para terminar, propone una reforma del Tribunal de la Inquisición, al que echaba en cara que conociese la justicia pero no la practicase.

El Caminante Curioso rehace el camino para volver a Castilla, y Amor-de-dos-grados se despide de él:

Dad gracias a Dios, que habéis hallado lo que buscábades. Platicadlo donde quiera que viéredes que haga fruto, porque aproveche a muchos para la gloria de Dios y salvación de las ánimas. Y Dios quede con vos, que yo voy adelante.

Tomás Moro y su «Utopía»

[Una puntualización previa: el nombre de Tomás Moro es Thomas More, pero mantengo la castellanización del nombre para que todos nos entendamos, ya que es uno de los pocos casos todavía vigentes hoy día. Pese a esto, considero que traducir los nombres propios es incorrecto y, sobre todo, puede llevar a confusión sobre el origen del autor.]

Tomás Moro (1478-1535), inglés, fue escritor, teólogo y pensador de muchos temas dentro del ámbito del humanismo, como su gran amigo Erasmo de Rotterdam. Se dedicó a la abogacía, para la que mostró gran talento, y también fue nombrado diputado con Enrique VII. Tuvo mucha relación con su sucesor, Enrique VIII, lo que le permitió ir ascendiendo en la jerarquía política. Su negativa a suscribir el Acta de Supremacía (1534), que convertía al rey en jefe de la iglesia en Inglaterra para poder deshacer su matrimonio, le llevó a prisión y, finalmente, a la muerte por decapitación (martirio en defensa del catolicismo por el que llegaría a ser canonizado cuatro siglos después). Como no es necesario extenderse en su biografía, mejor recomendar Un hombre para la eternidad (A man for all seasons, Fred Zinnemann, 1966), que retrata sus últimos tiempos de forma apasionante y bastante rigurosa, mostrando bien al hombre creyente, de gran trato, brillante y absolutamente íntegro que fue. Un pequeño diálogo (en español) de la película, para abrir boca:

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Lo que aquí nos interesa es su obra capital, Utopía (publicada en 1516), que nombra este tipo de pensamiento y lo establece en unos parámetros que se convertirán en recurrentes. El libro cuenta, a modo de carta a su amigo Pedro Egidio, un diálogo imaginario (la confusión entre realidad y ficción es aquí un signo de temprana modernidad) entre Moro y un tal Rafael Hytlodeo, marinero que no por casualidad ha viajado a las Américas y se ha impregnado de la nueva sensibilidad. El libro consta de dos partes. La primera funciona como una introducción, en la que sitúa el contexto de la acción y, sobre todo, hace un recorrido por algunos problemas de su tiempo. El tono es casi ensayístico, ya que el autor se posiciona y argumenta con profusión. Se tratan los Consejos de los reyes, el robo y su castigo con la pena de muerte (castigo que critica con valentía, defendiendo la lucha por la reinserción del preso), la desigual e injusta distribución de la riqueza (reflexionando sobre una situación con muchos paralelismos con la actual crisis económica), la relación entre filosofía y política, o una crítica insobornable a la propiedad privada («dondequiera que exista la propiedad privada, […] apenas se podrá conseguir nunca que el Estado se rija equitativa y prósperamente»). Esta relación de problemas enlaza con soluciones y propuestas en la segunda parte con la descripción de Utopía, una isla, convertida voluntariamente en tal, que ha desarrollado lo que parece ser el sistema perfecto, en el que no existen la propiedad privada ni el dinero y el lujo es ridiculizado. Para el autor, todo son ventajas: una lengua única, una fácil defensa por la geografía, igualdad absoluta en las “posesiones” (que no lo son porque van rotando), etc. La organización espacial se basa en 54 ciudades prácticamente idénticas, entre las que Amaurota funciona como capital por su equidistancia, en un cuasifederalismo que permite mantener a raya las hipotéticas aspiraciones al poder. Algo que se antoja imposible, ya que es una república democrática que educa en el rechazo a estos comportamientos. Los cargos son electivos y los trabajos rotativos, con una jornada laboral de 6 horas que deja mucho tiempo libre para básicamente dos cosas: convivir y cultivar el intelecto, aunque muchos optan por trabajar más, de forma voluntaria. Estos trabajos son principalmente agrícolas, para conseguir la autosuficiencia; la comida es buena y se consume en abundancia en comedores públicos. La sanidad pública y de calidad es una realidad, así como una temprana defensa del derecho a la eutanasia. Llama la atención la presencia de esclavos, cuya función es conservar la igualdad de los ciudadanos haciendo trabajos desagradecidos y sirviendo de ejemplo de castigo. Es curioso también que, siendo Moro un importante jurista, considera que esta sociedad puede funcionar con unas pocas leyes básicas de “sentido común”, ya que el exceso legislativo aleja la justicia de la realidad y desvirtúa su aplicación en beneficio de complicadas interpretaciones interesadas. Utopía es un Estado cuya ciudadanía está permanentemente militarizada, pese a que intenta evitar por todos los medios (algunos muy ingeniosos, aunque de discutible moralidad) entrar en combate. La guerra sólo sucedería si tuvieran que defenderse o si otro Estado amigo estuviera amenazado. Por último, el interlocutor de Moro describe, en una de las partes más modernas (y sorprendentes, teniendo en cuenta la profunda religiosidad del autor) una sociedad con libertad religiosa; aunque no del todo herética, ya que las distintas creencias tienen unas bases monoteístas comunes, que pueden celebrarse en un mismo templo respetuoso con la heterogeneidad.

«Utopía» escrita en un edificio

[La imagen corresponde al edificio de la Eastern Electricity de Norwich, sobre el cual el artista Rory Macbeth escribió el texto completo de Utopía en inglés]

Moro despliega en su concepción del Estado ideal un derroche de imaginación, dominio retórico y complejidad perfectamente armonizada. El nivel de detalle explicativo es alto, por lo que aquí sólo se han podido citar por encima algunos de sus elementos básicos. Es mejor recomendar su lectura para hacerse una idea de su alcance y de la variedad de interpretaciones, ya que la obra es breve, amena y provocadora. Su influencia es decisiva en el pensamiento sociopolítico posterior; incluso se intentaron aplicaciones prácticas de algunas ideas de Utopía en América, sobre todo por Vasco de Quiroga. Para una síntesis más extensa de autor y obra, puede acudirse aquí. Una traducción online del libro, separada en capítulos para mayor comodidad, puede leerse aquí; aunque existen ediciones buenas y baratas, como la de Espasa-Calpe publicada en Austral, por no hablar de su omnipresencia en el mundo de la segunda mano.