Magnífica recreación histórica realizada por James Clavell en 1970, ambientada en la Guerra de los 30 años (contienda librada en la Europa Central -principalmente Alemania- entre  1618 y 1648, en la que intervinieron la mayoría de las grandes potencias europeas del momento).

A pesar de que no relata un suceso ocurrido específicamente en la península, es interesante incluirla pues reconstruye de un modo muy ilustrativo un aspecto generalizado de esta guerra: por medio de mercenarios, se produjo la total devastación de regiones enteras (esquilmadas por ejércitos en búsqueda de suministros).

Asimismo, la contienda  que sirve de escenario a la historia surgió, inicialmente, de un conflicto religioso entre estados partidarios de la Reforma y de la Contrarreforma dentro del propio Sacro Imperio Romano Germánico. Sin embargo, la intervención paulatina de las distintas potencias europeas (entre las que el Imperio español representará un papel protagónico) convertirá gradualmente la disputa en una guerra general por toda Europa. Los motivos que sostuvieron su curso se fueron alejando del inicial pretexto religioso, siendo la búsqueda de una situación de equilibrio político, el enfrentamiento con una potencia rival (como ocurriría entre España y Francia) o la pretensión de alcanzar la hegemonía en el escenario europeo, las efectivas motivaciones del conflicto.

La película refleja las miserias y calamidades  derivadas de esta guerra a través de las circunstancias ocurridas en un pequeño pueblo que permanece, al menos momentáneamente, ajeno a la contienda. El lugar, ubicado en un recóndito valle, es atacado por un grupo de hostiles mercenarios. Su objetivo es arrasar la población. Sin embargo, el jefe de los mercenarios (impresionante Michael Caine en un papel difícil y complejo) será convencido por otro recién llegado -llamado Vogel (Omar Shariff)- de lo inconveniente que resulta su decisión. Antes de encontrarse con el capitán, Vogel trata de huir del asedio mercenario. Sin embargo, la perspectiva de muerte y desolación que circunda el valle le obligará a retornar al poblado (impactantes las escenas que recrean los estragos de la peste y muy interesante el modo en que las imágenes se tornan cálidas y luminosas cuando Vogel vuelve al abrigo seguro del valle).

El invierno está cerca, la peste lo está arrasando todo y los alimentos escasean. El capitán escucha los consejos de Vogel, que le persuade de refugiarse durante el invierno en el aislado y aprovisionado lugar. Los mercenarios que se muestran contrarios al cambio de planes son eliminados implacablemente por su jefe.

El capitán acuerda una serie de normas con las autoridades del poblado, de modo que vecinos y extraños puedan convivir lo más adecuadamente posible. Violaciones y saqueos serán duramente castigados. Sin embargo, el líder exige un número determinado de mujeres, destinadas a saciar las necesidades sexuales de sus hombres. Reclama al sacerdote de la villa que bendiga a las escogidas y que les proporcione indulgencias mediante las cuales les sean exonerados sus pecados pasados y futuros. A cambio, el ejército del capitán proporcionará seguridad al poblado ante la posibilidad de ataque por parte de otros grupos mercenarios.

La vida sigue transcurriendo en el poblado mientras comienzan a surgir los primeros conflictos entre los dos grupos residentes. La religión y la lucha por el poder son los detonantes de estos enfrentamientos, en los que siempre acaba interviniendo, de un modo u otro, el fanático sacerdote.

Tras el invierno, la villa recibe noticias del exterior, donde el Ejército Imperial está tomando posiciones debiendo el bando protestante hacerle frente. El capitán decide interrumpir su eventual postura neutral, posicionándose del lado de Bernardo de Sajonia-Weimar (Príncipe alemán que en 1635 había pasado a servir a Francia, que aun siendo católica, rivalizaba con el Sacro Imperio Romano Germánico y España -por lo que intervino en la guerra del lado del bando protestante-). En esta batalla, ocurrida en 1638, las fuerzas protestantes debían tomar el puente que hay en Rheinfelden para hacerse con el control del Rin. Bernardo de Sajonia, finalmente, consigue derrotar a los imperiales tomando posteriormente Breisach (operación con la que logra interrumpir las rutas españolas entre el norte de Italia y los Países Bajos, abriendo el camino hacia el interior de Alemania).

En el combate, el capitán resulta herido de muerte y su unidad aniquilada. Con los pocos hombres que le quedan, regresa al poblado a morir en paz. Pero el alcalde, que ha vuelto a hacerse con el poder, le tiene preparada una encerrona en el bosque. Vogel, por su parte, trata de huir de la villa, pues su estancia en la misma comienza a resultar peligrosa. Pero, al enterarse de los planes de Gruber, acude al lugar para avisar al capitán. En esta escena final, el capitán da muestras del sinsentido que representa la guerra (¿Ganó la batalle el príncipe Bernardo?, le preguntará Vogel al encontrarse con él. Él ganó, Vogel, pero nosotros perdimos. Le responderá, ya moribundo, el capitán).

Sorprendente película, llena de matices, que plasma fielmente diferentes aspectos del ambiente tardomedieval del momento: el amplio y voluble espectro religioso; la influencia y poder despótico de la Iglesia sobre el pueblo analfabeto; la caza de brujas (verdadero genocidio contra las mujeres); la utilización de niños soldado; el caos e involución reinantes promovidos por una burguesía e Iglesia que únicamente pretenden mantener su statu quo…

Clavell logra llevar a cabo un retrato complejo de la identidad de cada uno de los personajes.

El capitán es un ser escéptico que ha perdido todo idealismo. Ejecuta a quien se entromete en su camino y, aun así, no resulta cruel al espectador. Actúa de este modo por puro instinto de supervivencia. El valle, sin embargo, hará aflorar la humanidad adormecida que en él habita.

Vogel representa al intelectual de la época, un profesor universitario, inteligente y reflexivo. Ha sufrido en carne propia los horrores de una guerra que le ha arrebatado a toda su familia y, empero, sigue defendiendo unos valores humanistas y racionales.

Gruber, el alcalde, personifica al burgués. Se somete a los soldados mientras éstos le son útiles, adaptándose a las situaciones en función de lo ventajoso que pueda resultar para su propia persona.

Sin duda, uno de los personajes más impresionantes de la película es el sacerdote (magnífico Per Oscarsson), que representa espectacularmente el fanatismo religioso. Se considera en posesión absoluta de la verdad no concediendo en ningún momento una fisura para el diálogo racional.

No hay personajes buenos o malos, sino una acertada galería de individuos que luchan, cada uno con sus medios, por sobrevivir. La óptica que el director confiere al film, exenta de sentimentalismos superfluos, facilita al espectador la comprensión de las acciones de unos y otros, independientemente de que comparta o no sus decisiones o posturas.

Creo que es evidente que la película me ha parecido magnífica. Aun así, y como siempre, convido al interesado a juzgar por sí mismo -aunque en esta ocasión tengo la certeza de que no saldrá decepcionado-.

Os dejo una escena que resume, creo que adecuadamente, las motivaciones reales de la guerra y las diversas posturas que la secundan. Que la disfrutéis.

Tras la conquista del Imperio Inca por España, los indios inventaron la leyenda de EL DORADO, una tierra de oro localizada en los barrizales del Amazonas. Una gran expedición de aventureros encabezada por Pizarro tomó rumbo a las colinas peruanas a finales del año 1560. El único testimonio que sobrevivió a esta extraviada expedición fue el diario de Fray Gaspar de Carvajal.

Con esta introducción informativa da inicio la película Aguirre, la cólera de Dios, dirigida en 1972 por el cineasta alemán Werner Herzog y con el inclasificable Klaus Kinski interpretando al polémico explorador castellano. La obra fue producida íntegramente con capital alemán, bajo la productora del propio director, la Werner Herzog Film Produktion. Sin embargo, el elenco de actores estuvo compuesto (además de por alemanes) por hispanos, brasileños e indios de la Cooperativa Lauramarca, contratados con el objeto de reproducir, lo más fidedignamente posible, los sucesos que tiempo atrás vivieron sus propios antepasados.

Las primeras escenas de la cinta muestran a una expedición que avanza de manera penosa por diferentes parajes. Recorren un escarpado y estrecho sendero, por el que descienden lentamente una montaña a través de la bruma, y una selva frondosa y agreste, prácticamente intransitable, hasta llegar a una zona en la que les sale al paso el Amazonas, momento en que deciden parar y replantearse su situación.

Gonzalo Pizarro, viendo la escasez de provisiones y fuerzas y ante la peligrosa alternativa de avance que la selva les presenta, decide separar al grupo expedicionario enviando una avanzadilla río abajo. Su misión será encontrar alimentos, detectar grupos indígenas hostiles y ubicar las fronteras de El Dorado, que, según piensa, no deben encontrarse demasiado lejos. Les concede una semana para regresar con alguna respuesta; de no ser así, el grupo base retornará sobre sus pasos buscando alguna región habitada por cristianos y abandonando al destacamento en la selva. El explorador castellano nombra a D. Pedro de Ursúa comandante de la expedición, siendo el segundo al mando D. Lope de Aguirre. Irán con ellos Fray Gaspar de Carvajal y D. Fernando de Guzmán, representando a Iglesia y Corona respectivamente, y Dña. Inés de Atienza (prometida de Ursúa) y Elvira (hija mestiza de Aguirre a la que en la película llaman Flores).

Se construyen unas balsas y el grupo se aventura río abajo, dando inicio a una odisea fatal. Muy rápidamente, Aguirre arrebata subrepticiamente el mando a Ursúa y aunque éste sigue siendo el jefe, las órdenes las decide D. Lope. Su esbirro Perucho será la mano ejecutora que llevará a cabo los asesinatos encubiertos de aquellos que suponen un lastre o se oponen al criterio de Aguirre.

Una vez que se oficializa la destitución de Ursúa, Aguirre, astutamente, dispone la situación de tal modo que Gaspar de Carvajal acaba juzgando al comandante cesado, encadenándolo y preparándolo para la muerte. Acto seguido, corona Emperador de las Indias al noble Guzmán, un pobre infeliz cegado por la ilusión del oro prometido que no será más que una marioneta en manos de Aguirre.

El grupo sigue avanzando río abajo, en un camino lento e inexorable que les conducirá a la muerte. La puesta en escena -austera, prácticamente sin diálogos- contribuye a crear una atmósfera densa y angustiosa que atrapa al espectador. La demencia de Aguirre y la muerte, que  es representada a través de las flechas de unos indígenas que no llegan a verse nunca -aun siendo muy evidente su presencia-, acabarán por envolverlo todo.

Finalmente, sobre una balsa infestada de monos, únicamente quedará el terrible Aguirre. Su locura ahora se desata, elevando un monólogo enajenado en el que anuncia la fundación de una nueva dinastía –la más pura sobre la tierra-, que habrá de nacer de él y su propia hija (que yace muerta a consecuencia de un disparo de flecha) y con la que gobernará sobre todo el continente. “Resistiremos. Yo soy la cólera de Dios. ¿Quién está conmigo?” sentenciará dando paso a la escena final, en la que la cámara gira y gira sobre la balsa al son de la perturbadora música de Popol Vuh.

La película está considerada como una de las joyas del cine alemán y fue incluida en una lista elaborada por la revista “Time” que recogía las mejores cien películas de la historia del cine. Con estos antecedentes, supongo que debo dar por oficializado mi pésimo gusto fílmico, porque, en efecto, la cinta no me ha gustado nada. Aún así y siendo que cada vez estoy más segura de mi dudable criterio, animo a todos los interesados a visionarla y juzgar por sí mismos.

El Aguirre tullido, deformado y desconcertante de Kinski me parece insufrible, insoportable, sobreactuado y ridículo -y paro de adjetivar porque no acabaría-. No me parece que inspire el temor que se le supone a Aguirre; es más, cada vez que lo veo, me acuerdo del feo de los Hermanos Calatrava. Los brevísimos diálogos que se realizan a lo largo de la cinta contienen alguna que otra frase lapidaria que ha motivado mi asombro, pues no acierto a ubicarlas en la situación en la que se pronuncian.

Aquí unos ejemplos:

He escrito un mapa en la arena. Cada meandro me llevará más o menos un día. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve… diez…

 

Las flechas largas se han puesto de moda.

 

¿En qué estaba pensando exactamente el guionista cuando decidió poner lo anterior “negro sobre blanco”?, ¿qué pintan aquí estos “chascarrillos” en boca de personas que están siendo asesinadas violentamente?

A nivel histórico, hay que aclarar que el diario de Fray Gaspar de Carvajal no pertenece a esta expedición, sino a la que realizó con Francisco de Orellana, unos veinte años antes. La película incluye personajes y situaciones que no pertenecen a los sucesos vividos por Aguirre, sino a los que acontecieron en aquella primera aventura.

Ines de Atienza, la prometida de Ursúa, desolada por la pérdida de su amante, muere en la película al internarse en la selva buscando la muerte segura que le proporcionarán los hostiles indígenas. En realidad, la bella mestiza murió apuñalada por el propio Aguirre. También su hija Elvira fue ejecutada por él, y no por una flecha asesina, tal y como aparece representado en la película.

En general, destacaría de la obra de Herzog el clima de terror y tensión que logra recrear. La naturaleza -exuberante, hermosa y atrayente en otras películas que tratan la temática de los descubrimientos y colonizaciones- aquí es infernal, desquiciante y letal. Probablemente, así debió ser.

También humor

Con Gerard Depardieu en el papel de Colón y de la mano de Ridley Scott, se nos presenta de nuevo la misma gesta, en esta ocasión con motivo de la celebración del 5º Centenario del Descubrimiento, ocurrido en 1992. El aniversario alumbró dos nuevas superproducciones: 1492: La conquista del Paraíso y Cristóbal Colón: el descubrimiento (de John Glenn), estrenándose esta última con anterioridad y recibiendo pésimas críticas (lo que probablemente redujo el interés del público por la versión de Scott). A pesar de tratarse de una cinta que ha acabado por caer en el olvido y que no obtuvo demasiado éxito, ni de público ni de crítica, he de confesar que a mí me ha resultado entretenida y en ocasiones muy emocionante (impresionantes paisajes, sugerente puesta en escena y espectacular banda sonora a cargo de Vangelis, son aspectos que considero reseñables de esta propuesta). El Colón de Depardieu me parece totalmente creíble, tanto física, como psicológicamente. Cierto es que en mi retina todavía parpadea la silueta del Colón de Antonio Vilar -visión que ha podido distorsionar mi criterio-, pero, no siendo el francés santo de mi devoción, creo que en esta interpretación está más que notable.

La historia arranca años después de la llegada de Colón a Castilla desde el Reino de Portugal. En las primeras escenas, el navegante visita el Monasterio de la Rábida con su hijo Fernando (fruto de su relación con Beatriz de Arana), donde reside su otro hijo, Diego, nacido de una unión anterior del navegante con Felipa Moniz de Perestrello. Allí se encontrará con Fray Antonio de Marchena (Fernando Rey), protector de Colón, además de buen astrólogo y entendido en navegación, quien le anunciará que le ha conseguido audiencia con la Junta de Expertos nombrada por los Reyes Católicos (a celebrar en el plazo de una semana en la Universidad de Salamanca).

Esta primera parte de la cinta se centra en las negociaciones, entrevistas y preparativos previos que Colón lleva a cabo antes de conseguir el permiso para realizar su ansiado viaje. Finalmente, Colón logrará partir del Puerto de Palos con tres naves, cedidas por Martín Alonso Pinzón (quien acompañará a Colón en su travesía). Tras un duro periplo en el que también se representa el intento de rebelión por parte de los marineros, el 12 de Octubre de 1492 arriban a tierras americanas, concretamente a San Salvador. Aquí aparece un curioso gazapo, concretamente en la traducción del título escrito en inglés que advierte de la simbólica fecha de llegada y que reza así: GUANAHANI ISLAND – 12TH OCTOBER 1492; la transcripción al español, sin embargo, insinúa que los españoles tardaron un par de días más, sobreimprimiéndose: ISLA GUANAHANI 14 DE OCTUBRE DE 1492.

A partir de este momento se inicia la segunda parte del film, que relata la colonización del nuevo continente y dando cuenta de los diversos viajes llevados a cabo por Colón (3 según la película, 4 en realidad) y mostrando los primeros avatares de la administración de las colonias.

Durante la primera expedición, Colón explora diversas islas, fondeando el 5 de diciembre de 1492 en la Española (la isla que actualmente contiene Haití y República Dominicana). Aquí se edificará la primera construcción occidental en América: el fuerte Navidad, erigido con los restos de la Santa María, inservible tras haber encallado en unas rocas. En la película, sin embargo, se aprecian tres naves retornando a Barcelona, cuando en realidad sólo pudieron volver dos, habida cuenta del reciclaje de la mayor.

La cinta hace especial hincapié en la humana relación, quizá demasiado, que el navegante entabla con los indígenas (“Si hay que convertir a los nativos a nuestra religión, será por la persuasión y no por la fuerza”, “Venimos en son de paz y con honor. Ellos no son salvajes y tampoco lo seremos nosotros”), a diferencia de su antagonista en estas lides, D. Adrian de Mújica, noble castellano, tirano y sanguinario, que provocará el final de las buenas relaciones iniciales entre castellanos y nativos.

Al final del segundo viaje, y sin haber podido encontrar todavía “el continente”, Colón recibe la descorazonadora noticia de manos de D. Francisco de Bobadilla, de que otro italiano, Americo Vespucio, ha conseguido encontrar tierra firme, arrebatándole el privilegio derivado de esta hazaña. De vuelta en Castilla, Colón suplicará a la Reina que le permita hacer un último viaje para explorar el continente descubierto por Vespucio, a lo cual la Reina accederá por el respeto que el navegante le merece. Durante su estancia en Castilla, el marinero habrá de presenciar cómo los consejeros reales dan cuenta de las hazañas de su compatriota al monarca, haciéndole sabedor de la existencia de un Nuevo Mundo descubierto por Américo y despojando a Colón del  reconocimiento y gloria merecidos. En realidad, Cristóbal Colón murió creyendo que había llegado a las Indias; jamás llegó a saber, tal y como se muestra en el film, que aquellas islas pertenecían a un nuevo continente.

Sintetizando, creo que la cinta se mantiene bastante fiel a los hechos ocurridos, todo lo fiel que se puede ser al intentar condensar en un par de horas una numerosa y complicada sucesión de acontecimientos, muchos de los cuales, a día de hoy, siguen sin estar del todo claros.

Película filmada en 1951 -dirigida por Juan de Orduña- que narra la gesta de Cristobal Colón (Antonio Vilar) desde su estancia en el Monasterio franciscano de la Rábida, pasando por su encuentro y negociación con los Reyes Católicos, hasta llegar al gran desenlace en el que conseguirá llevar a cabo la hazaña de cruzar el Atlántico persiguiendo una ruta alternativa hacia Cipango, Catay y la India. Como ya sabemos, Colón finalmente arribará a otras tierras, las de América, aunque morirá sin llegar a ser consciente de este hecho. En cualquier caso, su proeza abrirá un nuevo capítulo en la Historia de la Humanidad.

Las primeras escenas del film sitúan al almirante en alta mar, pocos días antes de que se produjera el descubrimiento de América. Se trata de un momento muy tenso pues la tripulación está a punto de amotinarse. Desconfían del navegante “extranjero” y comienzan a tener serias dudas de poder resolver con éxito su empresa. Afortunadamente entra en acción Martín Alonso Pinzón, quien, tras conseguir aplacar las iras de los marineros, narrará en un larguísimo flashback de 2 horas (que parecen 4) las aventuras y desventuras de Colón desde 1485 hasta su embarque en el Puerto de Palos, camino del Nuevo Mundo.

Básicamente, esta es la historia “oficial” que narra la película, aunque encubiertamente -y de modo paralelo- la cinta tiene otro objetivo de hondo calado propagandístico.

Hay que tener en cuenta que este proyecto fílmico nace para dar respuesta al “agravio” que para el Régimen Franquista supuso el estreno de la producción británica Christopher Columbus en 1949. Por lo visto, esta versión ofrecía una ofensiva interpretación de los hechos llena de “inexactitudes”. Un Colón ambicioso que debe enfrentarse a las intrigas de la Corte española para llevar a cabo su idea; unos Reyes Católicos grotescos (especialmente el Rey Fernando); y, en definitiva, una imagen que redundaba en la manida “leyenda negra”, aquella que hace referencia al papel tiránico y sangriento que los españoles representarían en las Indias.

La protesta no se haría esperar y de la mano de CIFESA (gran super-productora paraestatal, portavoz propagandística del Régimen Franquista), con el patrocinio del Instituto de Cultura Hispánica y la supervisión del guión realizada nada más y nada menos que por el Almirante Carrero Blanco, se alumbrará el carísimo proyecto que presentará la versión hispánica de los acontecimientos y que se centrará en la misión civilizadora y evangelizadora de la Conquista.

Con estos antecedentes, a nadie extrañará que lo del “rigor histórico” sea en este film secundario. De hecho, en una entrevista que Juan de Orduña concedió en los años ’70, el director aseguraba que “Había algo de fantasía, pero es que yo siempre he opinado que las películas históricas, para ser verdaderamente soportables, deben tener un veinte o un treinta por ciento de rigor histórico y del setenta al ochenta por ciento de apuntalamiento de fantasía”. Parece ser que en este caso la receta le falló, porque la película no obtuvo el éxito esperado.

El tono grandilocuente, mesiánico y ampuloso hasta la saciedad (sobre todo en la exposición de Antonio Vilar, que interpreta a un Colón romántico, visionario, soñador incomprendido que habrá de llevar la luz del Evangelio a un nuevo mundo, siempre mirando al infinito -como en trance hipnótico-, siempre pronunciando frases cargadas de simbolismo y sentimiento empalagoso) hacen que la cinta sea harto difícil de digerir. La utilización política que se hace de este acontecimiento histórico por parte del aparato estatal del momento, persigue legitimar, a base de una narrativa plagada de paralelismos, al propio Régimen Franquista. En palabras del Dr. Santiago Juan Navarro, “mediante películas como ‘Alba de América’, los espectadores de un país arruinado, en el que todavía existían los cupones de alimentos, podían asistir al espectáculo de su propia grandeza”.

Hay un obvio interés por ensalzar el seno católico que acogió el alumbramiento de tan magno evento. Tanto música como imágenes -y sobre todo diálogos- reforzarán continuamente este aspecto religioso. Del mismo modo se perseguirá a lo largo de toda la película ensalzar ideas tales como las de unidad (la referencia a los Reyes Católicos como autores de la unidad territorial, política y religiosa de “España”, sería una constante durante todo el periodo franquista), orden, disciplina o servicio. Valores todos ellos a rescatar y proteger del caos de la España republicana.

Tanto Colón como Pinzón o los propios Reyes Católicos, son caricaturizados en la película con una serie de rasgos que les son conferidos con el objetivo propagandístico y pedagógico que se viene comentando.

Así pues, Colón es el visionario, el loco genial dispuesto a arriesgarlo todo por un sueño. Aunque tiene un pequeño defecto: es extranjero. Pero este mínimo problema será sorteado hábilmente a lo largo del metraje (“No se es de donde se nace, sino de donde se nace al destino”, responderá en una ocasión al ser recriminado debido a su origen foráneo).

Pinzón es su gran aliado (ni una sola mención a las múltiples desavenencias que se produjeron entre ambos) y caudillo efectivo de la tripulación, subrayando así la presencia española en la empresa. En él se condensa el presunto carácter igualitario de Castilla y Aragón, “tanto monta, monta tanto…” según la equívoca interpretación transmitida, al conferírsele un protagonismo parejo al de Colón, al menos en lo referente a liderazgo.

Los Reyes, como se ha mencionado, representan la unidad territorial, política y religiosa de los Reinos, aspecto más que cuestionable. Como sabemos, la historiografía actual reconoce que Isabel y Fernando ejercieron, básicamente, su poder en los reinos de los que eran titulares. Sí es cierto que se produjo una unión dinástica, pero Aragón y Castilla siguieron manteniendo sus fronteras, sus leyes, sus respectivas instituciones y sus particularidades. Respecto al asunto religioso, resulta peculiar que los máximos representantes de la catolicidad para el Régimen Franquista hubiesen sido excomulgados por la Iglesia por su desobediencia al unirse en matrimonio cuando se les denegó la dispensa debido a su parentesco (después el Papa Borgia les levantó el castigo). La pareja no sólo desatendió esta norma, sino que falsificó una solicitud real al Papa primero y una bula papal después, ahí es nada.

En resumen, y con la perspectiva tranquilizadora que confiere la distancia temporal, se puede decir que, a pesar de los anteriores juicios emitidos, la cinta es curiosa y hasta graciosa de ver. Eso sí, insisto, desde la distancia. Si analizas detenidamente el mensaje, el objetivo o, por poner un ejemplo final, la imagen sumisa, dócil, maternal y virginal que se pretende transmitir de Isabel -para aleccionamiento teórico de todas las féminas de la época-, la verdad es que se te acaba por congelar un poco la sonrisa.

Si os interesa el tema, os animo a que leáis el artículo del Dr. Santiago Juan-Navarro, De los orígenes del Estado español al Nuevo Estado: La construcción de la ideología franquista en Alba de América, de Juan de Orduña, un análisis profundo y muy interesante, que me ha resultado de gran utilidad para comprender el mensaje subliminal de la cinta.