No soñar. Soñamos con adelgazar rápidamente, sin grandes esfuerzos. Pero adelgazar rápidamente es imposible. Lo primero que hay que hacer es “entrar de lleno” en la realidad; olvidarse de algunos principios y admitir ciertas imposibilidades: adelgazar, comiendo de todo, diez kilos en una semana.
Es elemental que, para reducir peso, hay que reducir también las raciones alimenticias. En una palabra: hace falta admitir algunas reglas fundamentales y estar dispuestos a pagar ciertas privaciones indispensables.
No hablar nunca de la perdida de peso. Esta regla está fundada en un principio muy simple: actuar es mejor que hablar.
Es más eficaz y mucho menos aburrido, para uno mismo y para los otros. Llegar a casa de los amigos y declarar: “Estoy haciendo una dieta para perder peso, no bebo ni como”, es atraer toda la atención hacia ti. Aquí comienzan las dificultades.
No faltarán los espíritus bien intencionados que querrán demostrarte que seguir una dieta es idiota, que los placeres de la vida bien valen algunos kilos de más y que, de todas formas ¡tú no estás nada mal así! Llevado por tu deseo, te arriesgas a encontrar esos razonamientos tentadores y hasta convincentes. La mejor forma de evitar esos peligros es tu propia discreción.
Empezar con entusiasmo. Para adelgazar hace falta nutrirse: atiborrarse de alimentos que no engorden. Ciertamente, al principio debes atenerte a rajatabla a esta conducta. Después podrás mezclar los alimentos que no engordan con los que son peligrosos para la línea, buscando tú mismo un sensato equilibrio.
Pero lo importante es procurar organizarse a base de menús con ingredientes sanos. Fisiológicamente, estamos hechos para nutrirnos de esta forma. El alcohol, los pasteles, los helados, los chocolates, no son indispensables para vivir. Ciertamente, alegran nuestra vida y forman parte de la fiesta.
Privarse totalmente sería una herejía; pero los excesos, aun ocasionales, te mantendrán anclado al punto de partida. La conducta es cosa mental. Una vez asimilado esto, hará falta ser leal hacia uno mismo: poner en práctica honestamente lo que se ha decidido. En otras palabras: adoptar las nuevas costumbres alimentarias con entusiasmo. Porque si dices: “¡Oh! es horrible comer pescado a la plancha, huevos y fruta”, puedes estar seguro de que te deprimirás.
Pero, al contrario, si te dices: “Esto va a ser maravilloso porque esta forma de nutrirse es sana y natural. Estoy seguro de que va a proporcionarme un gran bienestar”, entonces estarás en el camino del éxito. Sobre todo, no digas nunca: “Lo he probado todo y nada me ha ido bien.” Es una conducta de fracasos. Un pequeño truco que te permitirá vigilar verdaderamente tu nueva forma de ser: apunta cada día todo lo que te lleves a la boca. Y, por la noche felicítate…
Consejos para perder peso
Sentarse a la mesa con la conciencia tranquila. No pensar en alimentarse es imposible. Es la primera idea que traemos al nacer; no sabemos hacer más que una cosa: mamar. No hay motivo, por tanto, para no seguir disfrutando de este impulso primordial: debes reconciliarte con los placeres de la mesa.
En opinión de muchas personas a la dietética le toca desempeñar un triste papel. Pero esto es a causa de que se la confunde con los regímenes draconianos e insípidos prescritos por ciertos médicos. Es necesario “reaprender a alimentarse” y comprender que dietética y gastronomía pueden ser sinónimos. Grandes cocineros dan fe de ello.
Este nuevo concepto de la gastronomía tiene todas las ventajas: permite nutrirse bien y agradablemente, adelgazar, rejuvenecer y estar sano. No hay que olvidar nunca que las “comilonas” son una de las grandes alegrías de la vida. Cada comida debe ser una fiesta.
Cocinar estupendos platos. Sí. ¡has leído bien! No se trata de comer un huevo duro en un rincón de la mesa, sino de descubrir el sabor de un pescado a la plancha con hinojo, de un conejo a la mostaza . Sería estupendo que tu familia dijera: “es maravilloso lo bien que comemos desde que tú también cocinas”. Una alimentación “tristona” no se soporta durante mucho tiempo.
Al contrario, si lo que tomas es bueno, si estás satisfecho (placer del paladar, placer de la vista) y si sientes que además adelgazas, estando en plena forma, no hay ninguna razón para que desees volver a los viejos y malos hábitos alimenticios.
Hacer obligatoriamente tres comidas al día. Saltarte una comida es un error y puede tener el mismo efecto que una orgía de chocolate o de foiegrás. Se ha demostrado científicamente que una gallina que sólo come una vez al día, engorda; aun cuando absorba la misma cantidad, picoteando en varias veces, engordará mucho menos.
Organizarse de manera práctica. Esto te parecerá tal vez evidente, pero cuántos buenos propósitos fracasan por no tener a mano los ingredientes para alimentarnos convenientemente. Por tanto hay que saber organizar la nevera
No me cansaré de repetirlo: no se trata de “morirse de hambre” sino de comer inteligentemente. Hay que tener siempre a mano alimentos adelgazantes. Por ejemplo: por la noche, deja preparado tu desayuno de la mañana siguiente. Sobre todo no digas:
“Tengo prisa; es igual si no desayuno. No es una buena manera de empezar el día.”
Deja, pues, preparado un termo de té o café caliente y un plato con una fruta, un yogur, jamón o queso blanco. Debes obligarte a desayunar y, sobre todo, no refugiarnos en afirmaciones por el estilo:
“No puedo comer nada al levantarme.”
Si comienzas el día con el estómago vacío, a la hora de almorzar tendrás mucha hambre y tu voluntad se doblegará. Por la noche, frenético, te arrojarás sobre galletas y chocolates (una buena treta es colocar en lugares estratégicos —como pudiera ser, por ejemplo, la puerta de la nevera— fotos de soberbias criaturas delgadas, que nos ayudarán a dejar en su sitio esa ansiada natilla que estábamos a punto de ingerir). En cambio, si tomas un huevo, una macedonia de legumbres, carne fría o una pata de pollo, podrás calmar tu hambre sin poner en peligro tus caderas.
Ser firme al principio y sabio después. Hace falta aprender a “no tentar al diablo”. Y el diablo, como el ángel, está dentro de ti. Si desde los primeros días te permites un “desvío”, luego otro y otro… no insistas: aún no estás preparado para cambiar de forma de alimentación.
En efecto: ya conoces a los malos amigos de tu silueta. Se llaman: féculas, grasas, azúcar, golosinas y alcohol. Para comenzar con posibilidades de éxito debes rechazarlos de plano: tampoco es tan insuperable. Para obtener un resultado espectacular (de esos que levantan la moral) es preferible cortar por lo sano. Para dejar de fumar no funciona lo de diez cigarrillos, luego cinco, después tres… Sé firme: de ello depende el resultado de tu empresa. Y acuérdate del primer mandamiento:
¡NO SOÑAR! Más tarde podrás volver a permitirte estas transgresiones pasajeras y las repartirás sabiamente en tus diversos menús.
Huir de la báscula. La báscula puede llegar a convertirse en un enemigo. Pesarse cada día no sirve para nada. Ya que de un día a otro puede haber variaciones en el peso sin que hayas hecho ninguna “trampita”. Lo que de verdad deseas perder, en tu intento por adelgazar, no son tantos kilos sino la grasa: por eso es preferible fiarse del metro o tomar como patrón una falda o unos pantalones, que notarás cada día un poco más holgados…
En cualquier caso, no tenemos que convertimos en esclavos de la báscula ni del metro. Nada de obsesiones malsanas para la moral. Cierto que hace falta pesarse para verificar nuestros progresos, pero ¡una vez a la semana, es más que suficiente!
Evitar el aburrimiento y los disgustos. Es más fácil decir que hacer. A menudo las personas dicen:
“Me aburro, entonces me da hambre”, “picotear me tranquiliza”, “tengo muchos problemas y al abrir la nevera se me calman los nervios”…
Que sea consciente o inconsciente, este fenómeno de compensación es normal y muy conocido por los nutricionistas.
Es el combate más difícil que debe librar el candidato a la delgadez. En lugar de engullir una tableta de chocolate, un pastel de hojaldre, un camembert o un salchichón entero, que no son más que paliativos, deberías encontrar otro remedio contra tu aburrimiento.
Decide hacer otra cosa, encontrarás una actividad que te llene y te cause placer: leer, hacer gimnasia, coser, planchar… En una palabra: búscate un hobby; suele ser de lo más eficaz. Los grandes disgustos, en cambio, no se resolverán practicando un pasatiempo, pero el hecho de poner en orden tu alimentación, ya significa que te cuidas.
Y cuando hacemos algo por nosotros, nos sentimos más contentos, más dichosos. He aquí un buen punto de partida para afrontar los problemas de modo más creativo.



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