Guadalajara

El nombre de Arriaca identifica el emplazamiento de la población ibérica con Guadalajara pues ambos nombres vienen a significar lo mismo, toda vez que Arria en vasco quiere decir piedra; el nominativo arábigo del que es simple corrupción el actual significa río de las piedras y el arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada denominaba a Guadalajara Fluvius lápidum en su crónica escrita en latín.

Arriaca procede del vasco según Menéndez Pidal y Layna Serrano; del íbero-vasco, para Gómez Moreno y del íbero como propone Criado de Val. Pero independientemente del idioma prerromano del que proceda, todos los investigadores lo hacen derivar del término Arria, que posee un significado relacionado con <<piedra>>.

Arriaca estaba comprendida dentro de la Carpetania, en la provincia Tarraconense.

Pérez Villamil, según Pavón da como segura la existencia en el suelo de Guadalajara de la antigua Arriaca, estación intermedia entre Complutum y Segontia, dentro del Itinerario de Antonino. Según plantea Layna Serrano (1993: 22):

<<Pero Arriaca ¿estuvo siempre donde ahora la capital alcarreña? Entiendo que no: cerca de Marchamalo en dirección a Usanos y a pocos kilómetros de Guadalajara existió un pueblo desde luengos años desaparecido llamado San Martín del Campo, donde al cavar hoyos para plantaciones de olivos han solido encontrarse sepulturas ibéricas con las consabidas urnas u ollas cinerarias, como aparecieron también algunas lápidas romanas e incluso hace poco ciertas estatuas vendidas a charmarileros, indicio todo de existir una agrupación urbana en tiempos remotos.

Las más recientes hipótesis, entre las que se encuentran Blázquez y Sánchez Albornoz creen que Arriaca dista según el Itinerario 22 millas romanas (32,50) de Complutum, distancia que no coincide con la existente; por eso se sitúa Arriaca en el triángulo: Usanos, Marchamalo y Fontanar. Incluso Abascal va más lejos al dar el emplazamiento exacto de Arriaca, en el despoblado de Varrecas, próximo al Burgo, al norte de la actual Guadalajara.

Para Pavón Maldonado si realmente existió Arriaca en Guadalajara, su emplazamiento sería cerca del río, en la estrecha franja de terreno comprendida entre el castillo o las inmediaciones de la plaza del Palacio del Infantado y el puente, teniendo como flancos los barrancos de San Antonio o de la Merced y del Alamín. O estaría situada según él entre Marchamalo, Usanos, Galápagos-Alcolea del Torote, donde se siguen apreciando vestigios romanos cerámicos importantes.

Fita situa a Arriaca en el término judicial de Marchamalo, en el despoblado de San Pedro o el Tesoro, donde salieron inscripciones latinas y otros vestigios romanos.

Según Miguel Ángel Cuadrado Prieto, María Luz Crespo Cano y Jesús Alberto Esteban el origen de la ciudad habrá de buscarse en la construcción de una torre cuya función sería el control de la población hispano-visigoda que permanecía en los restos de las villas romanas de las márgenes del Henares, en el momento de la conquista por las tropas de Tariq. Incluso podría deberse al control de un posible vado en el río, en el lugar actualmente se levanta el puente árabe, por donde cruzaría la vía romana, cuyo trazado aún no está suficientemente aclarado.

Si existió una torre, hisn o bury, destinada al control del territorio como primer asentamiento en el lugar por el que hoy se extiende la ciudad, deberemos tener en cuenta que estas construcciones llevan asociado un recinto amurallado para la acampada de las tropas, el albacar, que servía también para el refugio de la población rural circundante en caso de peligro. Este fue posiblemente el origen de la ciudad: el asentamiento estable de la población en el albacar, lo que luego se denominó barrio de la Alcallería o Cacharrerías, y los comerciantes que debían proporcionar suministros a la población civil y militar.

No conocemos la ubicación de esta primera torre, pero podría estar dentro del espacio del actual Alcázar, quedando englobada en su interior en la ampliación del recinto.

Considerando el origen del núcleo urbano consecuencia del desarrollo de un primitivo enclave estrictamente militar, cabe pensar que el albacar iría poblándose y se contruirían los primeros edificios al amparo de la protección que proporcionaba la cerca; se formaría así el núcleo originario, desde el cual se iniciaría la expansión de la ciudad.

Desconocemos de qué modo se distribuían los edificios en el primitivo asentamiento islámico enclaustrado en el albacar que con el tiempo se convertiría en el arrabal de la Alcallería; el recorrido rectilíneo de las calles que actualmente se observa es el resultado de las reformas posteriores, condicionadas por la necesidad de ampliar el acceso a la ciudad desde el puente, único camino desde Madrid hasta la construcción de la Autovía Madrid-Barcelona. Por tanto este trazado no tendría ninguna relación con la distribución de las calles en las urbes musulmanas. Los recorridos zigzagueantes, los adarves y el caserío apiñado dejando apenas callejones angostos son las características de estas ciudades. Quizá slgún resto de esta concepción urbanística se pueda seguir en las callejas estrechas del casco antiguo de la ciudad.

No contamos con restos arqueológicos estructurales pertenecientes a estos momentos en los que el antiguo emplazamiento militar comienza a adquirir las funciones propias de un núcleo urbano, con los que poder determinar su fisionomía y la distribución de sus edificios públicos. No obstante el recorrido de sus calles principales estaría condicionado por la función militar que propició su creación.

Pocos autores conjeturan sobre la disposición de este primer asentamiento; por ejemplo Pradillo descirbe así este núcleo originario: <<Dentro de la muralla, que abría sus puertas al exterior, una cerca del río y otra junto al Alcázar (…) localizando en su centro la mezquita principal, luego iglesia de San Julián, y el Alcázar, coronando el recinto con un amplio recinto propio>>.

La disposición más lógica, atendiendo a los ejemplos de otras ciudades islámicas, es agrupar los espacios fundamentales de la ciudad, mezquita y zocos, alrededor del centro de decisiones ya fuera el Alcázar o una torre o castillo de cierta importancia, todo ello incluido en el recinto del antiguo albacar.

La medina en época califal se extendería por la cresta de la calle Mayor, hasta la actual plaza del Jardinillo aproximadamente. En torno al lugar ocupado hoy por la Plaza de los Caídos y el Palacio del Infantado debió desarrollarse el núcleo administrativo, religioso y comercial alrededor del cual debía moverse toda la vida de la ciudad.

Es muy posible que en la primera supuesta expansión hacia el sureste, el desarrollo no fuera tan importante como para dispersar el espacio público de modo que quedaran alejados Alcázar y mezquita. Es más fácil pensar que la primera mezquita de este núcleo se instalara en el lugar donde hasta el siglo pasado se levantaba la iglesia de Santiago. No hay restos arqueológicos que confirmen esta afirmación, ya que no se han realizado excavaciones en esa plaza; sin embargo, la importancia que llegó a tener esta espacio, ñas edificaciones conocidas en el entorno y la iglesia misma, que llegó a ser una de las más ricas de Guadalajara, permiten pensar que pudo ser construida sobre el lugar que ocupó la mezquita mayor, consagrada al culto cristiano bajo la advocación de Santiago.

Otro templo cuyo nombre puede ser orientativo para conocer la distribución de la ciudad durante el califato es la iglesia de San Miguel del Monte, de la que hoy sólo queda la capilla antes anexa de Luis de Lucena. Es precisamente este apelativo <<del Monte>> el que hace pensar que dicho templo se encontraría extramuros, es decir en el monte o la ladera que bajaba de la ciudad al barranco del Alamín y por tanto debería ser la iglesia del arrabal mozárabe.

Se señala como una ciudad meramente militar. Pavón Maldonado, basándose en el “Muqtabas” de Ibn Hayyan, dice que, debido a las sucesivas infiltraciones cristianas y continuas insurreciones de gobernadores y visires, se intuye una Guadalajara yerma, despoblada e insegura. Sin embargo, Emilio Cuenca Ruiz y Margarita Del Olmo Ruiz creen que esta descripción no se ajusta, ni se acerca siquiera, a la realidad de una ciudad como Wad-Al-Hayara. Desde sus comienzos, en ella se prodigan afamados intelectuales que se suceden sin interrupción, lo que nos indica unas condiciones de vida muy favorables a este proceso, que no pueden ser la inseguridad y la miseria. De otra parte, la gran producción cerámica que correspondería a los diversos alfares musulmanes descubiertos en la ciudad confirman, a juicio de los arqueólogos Miguel Ángel Cuadrado y María Luz Crespo: “Una actividad que se correspondía con el papel que Guadalajara debió tener por su condición de ciudad importante dentro de la Marca Media”.

Candil de piquera. Cerámica a torno. Edad Media. Época Islámica (s. X-XI). Procedencia: Terreras del Henares (Guadalajara).

Ataifor. Cuerda seca. Cerámica a torno vidriada en melado, blanco, verde y manganeso. Edad Media. Época islámica (s. X). Procedencia: Túnel de Aguas Vivas, Guadalajara (Guadalajara).

Su lugar geográfico privilegiado y la lejanía del poder central, ejercido por el Califato de Córdoba, la eximió de corrientes fanáticas que, procedentes del norte de África, predicaban el radicalismo y la intolerancia. Los datos históricos y arqueológicos relativos a la ciudad son muy escasos.

Para fundar la ciudad de Wad-Al-Hayara los árabes eligieron un lugar junto a la calzada romana protegido por defensas naturales: el río, al que llamaron Wad-al-Hayara, protegía el frente Norte; el lado Este estaba protegido por lo que hoy conocemos como Barranco del Alamín, que llega hasta las inmediaciones del río; otro barranco, al que llamamos de San Antonio, protegía el lado Oeste, desde la que fue Puerta de Santo Domingo (hoy Plaza de Santo Domingo) hasta el río. Así, la ciudad estaba bien comunicada; y bien abastecida de agua, al estar edificada junto al río. Las grandes paredes de tierra sobre el río y cercanas a la ciudad, que hoy conocemos como Terreras del Henares, proporcionaban el material indispensable, abundante, cercano y de fácil extracción, para edificar con tapial de tierra apisonada (técnica constructiva que dominaban los árabes).

Durante los siglos VIII al XI fue Wad-Al-Hayara cabeza del territorio más oriental de la Marca Media de Al-Andalus, constituida por el Henares y sus afluentes1.

Guadalajara administrativamente se inscribía en la cora de Ax-Xerrat, en la Marca Media, a la cabeza de uno de los cinco distritos en que esta se subdividía (junto con Toledo, Zorita, Medinaceli y Santaver -Santa Bariyya-), y englobando un gran número de fortalezas y poblaciones menores como pudieran ser Atienza, Sigüenza, Álcala y Madrid, todas controladas por el clan de los Banu Salim. Wad-Al-Hayara alcanzó la categoría de cabeza de uno de los dieciocho distritos o kuras que marcaban la división territorial del califato cordobés, según el escritor árabe Al-Muqaddasi, quien así lo refiere en su obra “Ahsan at Taqasim fimarifat al- Aqalim”, escrita en el año 985.

Para conocer Guadalajara y su tierra en la dominación árabe invocaremos a al-Razi, historiador y geógrafo andalusí quien dice en su obra Crónica del moro Rasis. Descripción geográfica de al-Andalus: “…del término de Guadalajara, que llaman Guadal Hemar; en su término hay castillos y villas de los cuales el uno es Mongerido -Madrid- y al otro llaman Antixa -Atienza- que es el más fuerte castillo que existe en todo el término y cuando los moros tuvieron a España desde este castillo hicieron atalaya contra los cristianos que fuera de España cuando de ellos hicieron miedo”.

Mapa de ciudades existentes en Al-Andalus

La frontera Media de Al-Andalus (según E. Manzano, 1991).

El nombre de Wad-Al-Hayara es utilizado por Yehudah-ha Leví. En las crónicas de Al-Razí, Leví Provenzal, Ibn Al-Jatib, y otras, se menciona a la ciudad con los nombres de Wad- Al-Hiyara y bury Wadi-l-Hiyara. No son pocas las interpretaciones que el nombre de Wad-Al-Hayara ha sugerido: río de piedras, valle de las piedras, castillo del valle de las piedras, valle de las peñas fortificadas, valle de los castillos.

Tarij llegó con su ejército hasta Guadilhigiara, pasó este río y, siguiendo por el monte, atravesó un valle, al que llamó Feg Taríq, de su propio nombre. Según informan las fuentes escritas como Muqtabis V o al-Udri los valles del Guadiana y del Tajo fue poblado ya desde fechas muy tempranas por grupos beréberes, en general muy vinculados a zonas de frontera.

Al Sharif Al-Edris, en su obra “Descripción de Al-Andalus” nos ofrece la noticia de ser el fundador de Wad-Al-Hayara el caudillo Abul Fergi, y fue por el nombre de Medina Fergi, según este cronista árabe, con el que se la conoció durante mucho tiempo.

Tras la conquista musulmana, desde Wad-Al-Hayara se va a dirigir la defensa de la tierra alcarreña. Generales y arquitectos viajan desde esta ciudad, donde tenían su residencia habitual, para elegir los lugares estratégicos y construir fortalezas y torres vigías.

Llegan hasta Sigüenza, donde en el año 759 moría, víctima de una conspiración, el caudillo Samail.

La población estaba compuesta por árabes, establecidos sobre todo en la ciudad; por bereberes y por autóctonos, a los que hay que añadir los esclavos importados. Los autóctonos eran evidentemente los que componían la mayoría de la población, no distinguiéndose entre ellos los visigodos o suevos, conquistadores del siglo V, de los ibero-romanos, con los que aquéllos se habían fundido. Una gran parte se convirtió con rapidez: son los que entonces serán conocidos como <<muwallad>>, nacidos a menudo de matrimonios mixtos, y que en el siglo X ya no se distinguían de los musulmanes de origen árabe puro.

La fe cristiana se fue relajando ante el esplendor material e intelectual de la nueva y brillante civilización islámica. No faltaron, aunque al parecer fueron escasas, conversiones de judíos al Islam.

En el primer tercio del siglo IX se llamó Medina Al-Faray, nombre utilizado a consecuencia del dominio que sobre la ciudad ejerció Al-Faray, célebre personaje bereber la tribu de los Masmuda, hijo de Maysara, gobernador de Jaén. La tribu de los Masmuda estaban establecidos en la cuenca del río Guadiana, a la que se cree instalada en Ocilis -Medinaceli-.

Vallvé indica que el nombre de Madinat al-Alfaray o la <<Ciudad de la Bellavista>>, sería la titulación oficial que adquirió la ciudad de Guadalajara después de la pacificación de las ciudades rebeldes de Toledo (932) y Zaragoza (937) por Abd al-Rahman III, cuyos ejércitos estuvieron acampados en Guadalajara durante algún tiempo, en 934, de paso hacia la última.

Este <<bautismo>> oficial explicaría la repetición de las dos denominaciones, Wadi l-Hiyara y Madinat al-Faray, que pueden encontrarse en algunos casos en las crónicas o descripciones árabes. Es de suponer que en un principio un núcleo de escasa entidad pero en expansión, como el asentamiento originario de Guadalajara, no tuviera sino el nombre genérico del río o del territorio, esto es Wadi l-Hiyara, identificándose ambos al ir adquiriendo importancia respecto al resto de las poblaciones circundantes.

Intelectualmente, fue favorecida por la llegada de alfaquíes y rabinos que huyendo del poder ejercido por emires intransigentes se alejaron de la ciudad de Córdoba para afincarse en ciudades del reino de Toledo.

Alonso Núñez de Castro, en su Historia Eclesiástica y Seglar de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Guadalaxara, siguiendo antiguos cronicones narra las vicisitudes de algunos de los trece obispos que guiaron a los cristianos de Guadalajara durante la dominación árabe: “…cesaron los Obispos de Guadalaxara, hasta el año ochocientos cincuenta y nueve, aunque no por esto faltó Cristiandad en ella, ni el uso de los santos Sacramentos. En este año fue elegido Venerio segundo Obispo, en la cautividad de los moros, de quien haze mención san Eulogio, que le visitó en Guadalaxara, y fue su huesped cinco dias: florecio Venerio el año ochocientos y cincuenta y nueve: Geroncio fue Obispo deesta ciudad el año de mil y veinte, que fue el duodecimo Prelado deella: el decimo tercio, y ultimo Obispo de Guadalaxara, dice Julian Perez en sus Adversarios, que vivia el año de mil y cincuénta, y porque repreeendía a los Moros sus vicios, y depravadas costumbres, le desterraron, derribando la Iglesia Catedral…”

Los cristianos sometidos eran respetados en sus usos, costumbres y religión, poseyendo para el culto las iglesias de Santo Tomé y San Miguel del Monte (desaparecida).

Desaparecida Iglesia de San Miguel
(Guadalajara). Grabado. Genaro, Pérez Villaamil, 1842. España artística y monumental. Vistas y descripciones de los sitios y monumentos más notables de España. París.

El ábside de la iglesia de Santo Tomé (hoy Nuestra Señora de la Antigua), único elemento original de lo que fue el primer edificio, corresponde a un templo mozárabe, que José María Cuadrado y Vicente de la Fuente sitúan a comienzos del siglo VIII concretamente en el 714, año admitido también por Francisco Layna como fecha de su construcción.

Estos cristianos se arabizaron pronto lingüistica y culturalmente, o bien eran bilingües, biculturales.

En el siglo X se expandiría la ciudad hacia el sur con la construcción de un nuevo recinto murado, se ampliaría y fortificaría la alcazaba y se erigiría una gran mezquita -aljama- en lugar preeminente. Los límites de la muralla se alzaban desde la fortificación militar hasta las actuales plazas del Jardinillo, San Esteban y la Cotilla. En las inmediaciones de la Cotilla, se abriría una puerta de acceso a la nueva medina desde el camino de Zaragoza, de aquí, subiendo por la actual calle de San Esteban, hasta el Jardinillo donde se abriría otra puerta a la que desembocaba el camino de Cuenca, para descender, por la calle de Cervantes, hasta las proximidades de la alcazaba, abriéndose otra puerta cerca de la actual de Alvar Fáñez, que abría el recinto hacia la almuzara. Hemos de suponer que parte de aquella primitiva muralla coincida con el muro de contención del jardín del Palacio del Infantado.

De esta manera, el arrabal mozárabe, hasta entonces independiente, quedaría absorvido por la nueva urbanización, sirviendo su estructura nuclear para organizar el nuevo espacio con un despliege de calles radiales que unen el centro con la periferia. Sistema urbano complementado por dos vías principales, una que enlazaría el Alcázar con la puerta de la Cotilla y, otra, a aquel con la de Cuenca.

Frente a la alcazaba, a una distancia media entre esta y el antiguo arrabal mozárabe, se construyó una aljama lo suficientemente amplia para poder reunir a toda la población en la oración del viernes. En torno a esta aljama, como era habitual, se construyeron edificios de uso público, como mercados, tiendas, baños, escuelas y otros destinados a albergar funciones administrativas. Como constancia de ello, podemos señalar la presencia documentada de unos baños cerca de la Puerta de Alvar Fáñez que, tras la Reconquista, fueron donados por Alfonso VIII a don Cerebruno, arzobispo de Toledo. La puerta de Alvar Fáñez existía ya en 1174.

También los Historiadores del siglo XVII, escriben con asombro dos fabulosas edificaciones, el Peso de la Harina y la Artillería, obra de romanos, levantadas entre el Alcázar y la parroquial de Santiago, sin duda edificios públicos de la Guadalajara califal.

Esta configuración de un nuevo centro dentro de un recinto amurrallado de mayor superficie, provocó una redistribución espacial periférica que tenía por eje aquella amplia medina de reciente construcción, además del consiguiente desplazamiento de la minoría cristiana a otras zonas marginales, y a abrir sus centros de culto a extramuros de la nueva medina.

Así bajo su órbita se desarrollaron varios arrabales, como el primitivo recinto urbano, ya transmutado en el de la Alcallería; quizás el independiente Castill de los Judíos; el amurallado de Budierca que irá surgiendo a ambos lados del camino que llegaba hasta la puerta de la Cotilla, en cuyas inmediaciones, y casi sobre un antiguo cementerio, se levantará su propia mezquita -luego reedificada como Iglesia de Santa María-, muy próxima al templo mozárabe de San Miguel; el del Alamín, frente al de Budierca, al otro lado del barranco; y al occidente otro, quizás de alfareros, en las inmediaciones de Santo Tomé. La Wad al-Hayara califal alcanzaría entonces una extensión máxima próxima a las 40 hectáreas, superficie por tanto equiparable a otras medinas de tamaño medio, con una población por encima de los 13000 habitantes.

El ceutí Al-Edrisi, gran geógrafo árabe, en su obra “Recreo de quien desea recorrer el mundo” concluida en enero de 1154 dice de Guadalajara que “…era una bonita población bien fortificada y abundante de producciones y recursos de toda especie. Está rodeada de fuertes murallas y tiene aguas vivas. Al Occidente de la villa corre un pequeño río que riega los jardines, los huertos, los viñedos y los campos donde se cultiva mucho azafrán, destinado a la exportación…”

Río Henares a su paso por Guadalajara. 14 de julio de 2011, Cristina Gonzalo Herreros.

Río Henares. 3 de junio de 2013, Cristina Gonzalo Herreros.

Al-Hakam I (770-822) se vio obligado a llevar a cabo una expedición para remediar el hostigamiento a que venía siendo sometida Guadalajara, dejando en esta ciudad botín, fondos y jornaleros para su reconstrucción.

El año 850 falleció Casim Ben Hilel el Caisi, hombre muy docto, cadí de Wad-Al-Hayara, su patria. Este mismo año la ciudad se beneficiaba de las disposiciones que Abderramán II ordenaba desde Córdoba: para ocupar y mantener a los pobres, se edificarán mezquitas y alcázares, fuentes y baños de mármol para comodidad de los vecinos, y ordena se socorriera a los imposibilitados hasta las aldeas más pequeñas y apartadas.

Sería entonces cuando en Wad-Al-Hayara se realizarían numerosas edificaciones públicas, incluido el amurallado, que situaba dentro del recinto la alcazaba y el caserío.

En este reinado de Abderramán II, y bajo la dirección del famoso músico Ziriad, se impone una verdadera dictadura de las costumbres. Según sus normas, el vestido había de ser blanco en el verano; de seda vaporosa y de colores vivos en primavera, y de pellizas enguatadas y abrigos de piel, en el invierno.

Guadalajara en el siglo X

En la luna de Safar del año 238 (852 d.C.) moría el rey Abderramán II, cuarto rey omeya en España, sucediéndole su hijo Muhamad Abú Abdala, que hizo reanudar la guerra santa para la propagación del Islam. Pasaron las fronteras, talaron tierras y tomaron ganados y cautivos, aunque la fortuna no acompañó al walí de Toledo, Lobia ben Muza, ni a su padre, Muza ben Zeyad, que fueron vencidos en la frontera de Galicia, por lo que fueron depuestos. Padre e hijo, en venganza al rey Muhamad, hicieron treguas con los cristianos de Galicia y sublevaron las provincias de Toledo y Zaragoza. Entre los sublevados se encontraba el walí de Wad-Al-Hayara.

 El primer alcalde del alcázar del que se tiene noticia es Izraq ibn Muntil, en el siglo IX, quién sufrió un asalto a la ciudad por Muza ibn Muza; una agresión derivada de las hostilidades surgidas entre los Banu Salim y los Banu Qasi que se habían confererado con el rey cristiano Alfonso III.

Fragmento de cerámica decorada con "mano de Fátima"

Fragmento de cerámica decorada con “mano de Fátima”. Cerámica a torno. Técnica a la cuerda seca. Medieval islámico, (s. IX-X). Alcázar Real, Guadalajara (Guadalajara). 25 de marzo de 2010, Cristina Gonzalo Herreros. Museo Arqueológico de Guadalajara.

Situación convulsiva que habría de variar tras la ascensión al emirato de Abd al-Rahman III, quien protagonizó una política centralista, de pacificación y control de todo el Al-Andalus que quedo cristalizada en su proclamación como califa.

Durante estos años Guadalajara seguirá ocupando una posición predominante en la estrategia militar de la Marca Media, que va a provocar, a la postre, un crecimiento de su población y la consecuente expansión territorial, configurándose como una medina de cierta entidad.

Prueba de ello son las contínuas estancias de Abd al-Rahman III en esta ciudad como centro de descanso y preparatorio de sus operaciones militares. Así, durante la campaña de Muez (920), fue la primera expedición que realizó el califa en persona contra los cristianos de Castilla <<…tras la demora de los preparativos oportunos, el sábado 13 de muharram (4-VI-920), y sentado sus reales en Madinat al-Faray, llamada Guadalajara, de la que hizo cadí a Muhammad b. Maysur, entrándose desde allí con los contingentes musulmanes en el país de los enemigos infieles…>>. Desde Guadalajara partió para atacar a los monarcas Ordoño II que se había aliado con Sancho Garcés I de Pamplona para ayudarle a conquistar La Rioja (Nájera, Viguera y Calahorra, en el año 920) pero serían derrotados por Abderrahmán III en Valdejunquera o Muez también en el año 920.

El año 921 vuelve a Wad-Al-Hayara, al ser llamado por su gobernador. En el año 929 nombra gobernador a Arzaq b. Maysaray; en 933, a Sa´id b. Warit, y en 935, a Utman b. Ubayelallah. También en los años 938 y 941 cambia los gobernadores de Guadalajara.

Posteriormente, durante la campaña de Zaragoza, permaneció en Guadalajara, asegurando su bienestar y tranquilizándola, reparando las fortalezas, torres y atalayas con excelente construcción y permitiendo almacenar abundantes provisiones y pertrechos. Se completó así ese amplio plan de nuevas infraestructuras que abarcaba los territorios de las marcas Superior y Media, durante los años 937-938. También durante la campaña de Alhandega (entre Riaza y Atienza), tras su fuerte derrota, el califa pudo escapar con un grupo de soldados y regresó a Guadalajara para descansar antes de partir hacia Córdoba durante la primera quincena del mes de agosto del año 939.

No cabe duda de que la consolidación del Califato Cordobés -en los años del reinado de Al-Hakam II- como potencia económica, política y cultural en el concierto del mundo mediterráneo, va a suponer una regeneración interna de todo su territorio, correspondiéndole un auge urbano hasta entonces desconocido. Es así que durante todo el siglo X, la ciudad adquirirá una nueva dimensión, tanto por la calidad de sus nuevas edificaciones, como por la expansión urbana que llega a alcanzar. Incluso naturales de Wad al-Hayara destacan en las esferas culturales del califato, es el caso de Wahad ben Massarra y su nieto Abú Zacaría at-Teminí, pero sobre todo de Mohammad ben Yusuf al-Warrak que formó parte de los intelectuales de la corte cordobesa de Al-Hakam II. También los eruditos Ahmed ben Chalaf ben Muhamad ben Fortun el Madyunni y Admed ben Muza ben Yanqi, que después de haber estudiado en Wad-Al-Hayara con el famoso Wahib ben Masera pasaron a oriente y estuvieron en Egipto y en La Meca, enviados por el rey Al-Hakam II. Estos sabios, alcarreños, realizaron, junto con el granadino Aben Isá el Gasani, una geografía y descripción de las comarcas de Elbira, finalizando este importante trabajo en el año 974.

Al rey Al-Hakam II le sucedió su hijo Hixem, hombre ambicioso que marcó una política de trágicas consecuencias, consolidándose en su reinado las bases para la imparable desmenbración del Califato.

El año 987 pasaba Muza por Wad-Al-Hayara camino de la frontera castellana. Almanzor corrió la Marca Media y quemó y destruyó Osma. Volviendo por Atienza, derrotó sus muros.

Ataifor. Arcilla blanco (melado en el exterior. Blanco, melado y manganeso en interior). Época Islámica 901=1000. Túnel de Aguas Vivas, Guadalajara (Guadalajara).

Ataifor. Arcilla blanco (melado en el exterior. Blanco, melado y manganeso en el interior). Época Islámica 901=1000. Túnel de Aguas Vivas, Guadalajara (Guadalajara).

Tras la caída del califato (1008), Guadalajara quedará dentro de la taifa toledana de los Banu dil-Nun desde 1009, permaneciendo como cabeza de distrito hasta su conquista por Alfonso VI en 1085.

El año 1013, el walí de Wad-Al-Hayara se confederaba con los de Calatrava, Medinaceli y Zaragoza a la llamada de Suleimán, que se veía desplazado en la corte del rey Hixem por Wadha. Suleimán a cambio de su ayuda contra los que tiranizaban a Córdoba y otras ciudades les ofrecía por juro de heredad sus gobiernos y sus alcaldías.

En la corte de Hixem también se encontraba una representación alcarreña. Allí se habían distinguido en un certamen poético los ilustres de Wad-Al-Hayara: Ahmed ben Clalaf y Ahmed ben Muza

Abdallah ben Omar ben Walid, de Wad-Al-Hayara, se revela como un prestigioso pragmático y jurisconsulto. Se le atribuyen obras sobre instituciones jurídicas, grámatica y un tratado de bebidas. Murió en el año 1061 (451 de la hégira).

Jarra decorada con tres goterones simbolizando el nombre de Alá y cerámica a torno bañada en pintura roja.

Jarra decorada con tres goterones simbolizando el nombre de Alá. Cerámica a torno, pintada de rojo. Época Islámica (s. X-XI). Procedencia: Palacio de los Guzmán, Guadalajara (Guadalajara). Cerámica a torno bañada en pintura roja. Época Islámica (s. XI). Procedencia: Túnel de Aguas Vivas, Guadalajara (Guadalajara). 25 de marzo de 2010, Cristina Gonzalo Herreros. Museo Arqueológico de Guadalajara.

 

Francisco de Torres, alcaide y regidor perpetuo de la ciudad y capitán de la Infantería de Su Majestad en su obra Historia de la Muy Noble Ciudad de Guadalajara narra el modo en que Minaya Alvar Fáñez -primo hermano y lugarteniente del Cid, y a la sazón alcaide de Toledo en el año de la conquista de esta ciudad (1085)- entró y puso sitio a Guadalajara. Torres dice que el Cid mandó a Alvar que se dirigiera a Guadalajara, en efecto, menciona el Poema del Cid.

Torreón de Alvar Fáñez de Minaya. 13 de octubre de 2012, Cristina Gonzalo Herreros.

La ciudad de Guadalajara fue entregada a las tropas de Alfonso VI en las últimas semanas de la primavera del año 1085 en virtud de lo acordado entre Al-Qadir, el último rey taifa toledano, y el monarca castellano leonés en el pacto de rendición del reino de Toledo. La entrega de las principales plazas fuertes del reino se hizo sin luchas, mediante órdenes y por personas de la confianza de Al-Qadir.

Los continuos ataques almorávides de las primeras décadas del siglo XII retrasaron y condicionaron la acción repobladora castellana, pues lo prioritario era de defensa militar del nuevo territorio, que fue incorporado a la corona castellano leonesa siguiendo el modelo tradicional de Comunidades de Villa y Tierra.

Alfonso VII para favorecer el desarrollo de la ciudad y su tierra le concedió fuero a Guadalajara en 1133. Del análisis de su texto se desprende que la medida buscaba atraer nuevos pobladores a la comarca, asegurar casas y heredades a los que ya eran pobladores, disposiciones referidas a la exención del pago de determinados impuestos como el portazgo y el montazgo, fomento del comercio y condiciones favorables para los mozárabes, mudéjares y judíos. En este fuero Alfonso VII reconoció la inmunidad concedida a los clérigos de Guadalajara por su abuelo Alfonso VI.

La península Ibérica en el siglo XIII

Estas medidas pronto dieron sus frutos y Guadalajara se fue convirtiendo a lo largo de la segunda mitad del siglo XII en una de las principales ciudades del reino. Su caserío aparece organizado en casi una docena de barrios o “collaciones”: Santa María, San Julián, Santiago, San Andrés, San Miguel, San Ginés, San Esteban, San Nicolás, San Gil o Santo Tomé.

Guadalajara no se vió libre de los árabes de las dinastías almorávide y almohade. Dice Ibn Idharí que Mazdali en 1113 corrió las tierras de Alcalá y Guadalajara devastando sus alrededores y obteniendo de ella rico botín; y durante la ocupación almohade, dice al-Qirtas, el emperador Ya´qub al-Mansur en su expedición a al-Andalus del año 1196, después de recorrer sin éxito la zona de Toledo, atacó Guadalajara, que encontró bien defendida.

El rey Fernando III tuvo que conceder un nuevo fuero en 1219, bastante más extenso que el primitivo.

En 1252, el infante don Felipe, hijo de Fernando III -entonces señor de Guadalajara-, llegó a un acuerdo con su hermano el infante don Sancho, arzobispo de Toledo, para que los pleitos que tuvieran los vecinos de Guadalajara con los vasallos del arzobispado de Toledo se celebrasen en Guadalajara según su fuero.

Alfonso X al comenzar su reinado le concedió en 1253 el privilegio de celebrar una feria anual durante quince días desde la Pascua de Quincuagésima. En 1260 el rey amplió el privilegio de manera que se pudiera celebrar otra feria más, en este caso con una duración de dieciséis días, ocho días antes y ocho después de San Lucas, con lo que la villa pasaba a tener dos ferias, una en primavera y otra en el otoño. Como quiera que el 25 de agosto de 1262, el rey al otorgar su nuevo Fuero Real incluyó amplias exenciones tributarias a los Caballeros.

Las restantes fuentes de la época confirman que Guadalajara siguió obteniento una atención prioritaria tanto de los sucesivos monarcas, como de las dos mujeres de la familia real que recibieron el señorío de la ciudad durante algunos períodos de estas décadas de finales del siglo XIII y principios del XIV.

Doña Berenguela fundó, posiblemente en 1284, el convento de Santa Clara. Comunidad que, tras tener su primer asentamiento en una casa donada por dicha infanta en la cuesta de San Miguel, terminó instalándose definitivamente entre 1300 y 1307 por impulso de la infanta doña Isabel y su aya María Fernández Coronel, en unas casas donadas por ambas en plena judería, en la manzana que hoy ocupan la actual parroquia de Santiago y la sede central de Ibercaja.

Interior de la antigua Iglesia del convento de Santa Clara. Hoy Iglesia de Santiago Apóstol. 18 de abril de 2010, Cristina Gonzalo Herreros.

La misma infanta impulsó también el traslado del convento de monjas bernardas desde su emplazamiento original al otro lado del Henares, tras un incendió en 1295, hasta su asentamiento definitivo al otro lado del barranco del Alamín. Asociado al desarrollo de este convento estuvo la construcción del llamado “puente de las Infantas” que unía el nuevo recinto religioso con la villa, cuya construcción fue promovida por doña Isabel y su hermana doña Beatriz de quienes tomaría su nombre popular.

Torreón del Alamín y puente de las Infantas

Torreón del Alamín y puente de las Infantas (Guadalajara). 9 de abril de 2012, Cristina Gonzalo Herreros.

 

Dibujo del torreón del Alamín. 1890, Juan Diges Antón.

Otros dos conventos más promovió aquella infanta. En 1300 doña Isabel donó a los frailes de la Merced una casa y una huerta que poseía cerca del río e inmediata a la ermita de San Antolín, que sirvió de base para el desarrollo posterior del convento. Como quiera que doña Isabel se ausentó de la ciudad en 1310 al casarse con el Duque de Bretaña, Plácido Ballesteros San José asocia a la fundación del convento de mercedarios a una noble de la ciudad, doña Elvira Martínez, esposa de Fernán Rodríguez Pecha, camarero mayor del rey Alfonso XI. También en las afueras del núcleo urbano se instaló el convento de San Francisco, éste a partir de 1330.

Práctica frecuente de los monarcas a lo largo de toda la plena Edad Media fue disponer de bienes de realengo para pagar servicios a los miembros de la nobleza o al alto clero. En bastantes ocasiones lo entregado eran aldeas enteras con sus correspondientes términos, que eran separadas de la jurisdicción de ciudades y villas, E, incluso, algunas veces los monarcas llegaron a donar en señorío a villas importantes con todo su alfoz.

Ante esta tendencia, Guadalajara y otras ciudades del reino, reaccionaron pidiendo al rey que parase en esa política de apartar aldeas de sus jurisdicciones.

En el caso de Guadalajara tenemos dos informaciones muy ilustrativas. En 1242 Fernando III otorga carta al Concejo por la que se devuelven a la villa sus aldeas. En noviembre de 1250, el monarca convocó a Cortes a los procuradores de varias localidades, entre ellas Guadalajara. En ellas los concejos pidieron al rey el respeto de sus fueros y privilegios, tras lo que el rey dispuso dejar la situación como estaba cuando murió su padre Alfonso VIII.

Aunque no se conocen nuevos desmembramientos de su término en los años siguientes, Guadalajara debió mostrar cierta preocupación inicial ante el hecho de que el nuevo rey, Alfonso X, la entregara en su señorío a su hija la infanta doña Berenguela. Ante la reacción del Concejo, el monarca se comprometió en 1277 que no daría la villa ni su tierra a ningún señor particular.

No existen fuentes documentales que nos permitan saber con certeza el porcentaje de población musulmana que decidió quedarse en Guadalajara y su territorio tras la conquista cristiana en 1085.

Lo más probable es que ocurriera como en Toledo capital, donde los especialistas están de acuerdo en que una parte importante de sus habitantes abandonaron la ciudad y se retiraron a los territorios gobernados por sus hermanos de religión; a pesar de que en los acuerdos de capitulación se pactó que los musulmanes podrían quedarse a salvo y libres, conservando sus casas y haciendas.

Por testimonios posteriores conservados sobre la aljama mudéjar de Guadalajara, una de las más numerosas del reino en el siglo XIII, se sabe que la ocupación de la mayoría de sus miembros estaba relacionada con la agricultura y con diversas labores artesanas como la albañilería, la carpintería y la alfarería. Incluso algún documento se hace eco de sus actividades comerciales, como el privilegio de Sancho IV fechado en 1293 en el que el monarca dispuso que los judíos y “moros” de Guadalajara no pudiesen cobrar más del tres por ciento de interés en los préstamos que realizasen.

Los historiadores locales primitivos sitúan la ubicación de la aljama musulmana en el denominado “Almajil”, situado en la actual calles Ingeniero Mariño, indicando que la mezquita estuvo cerca de donde se edificó más tarde el Convento de Carmelitas de San José. Más recientemente, el doctor Layna Serrano en su monumental Historia de Guadalajara extendió el asentamiento a otras zonas contiguas: el arrabal de la Alcallería Vieja o de San Julián, la Alcallería Nueva o de La Merced y la Calderería, también próximas al Alcázar Real.

Parece ser que la población mudéjar de Guadalajara tuvo la misma evolución durante la baja Edad Media que la del conjunto del reino de Castilla, de manera que desde la segunda mitad del siglo XIV entró en una progresiva decadencia, disminuyendo considerablemente su número. No obstante, a finales del siglo XV la aljama de Guadalajara aún conservaba su importancia en el conjunto de las morerías del reino.

Detalles de la decoración múdejar de la capilla de los Orozco de San Gil. Guadalajara.Hacia 1490.

Yeserías múdejares de la capilla de los Orozco de San Gil. Guadalajara. 1 de agosto de 2009, Cristina Gonzalo Herreros.

La única referencia documental sobre los judíos en Guadalajara nos liga ya con el comienzo del control castellano. En 1095, con ocasión de la visita que realizó a Guadalajara, don Yosef ibn Ferrusel, apodado como “Cidello”, consejero y médico del monarca Alfonso VI, el alabado poeta Yehuda ha-Leví escribió una breve composición lírica, ensalzando la majestad del citado judío durante su estancia en Guadalajara. Esta afirmación del esplendor de la comunidad judía de Guadalajara sólo diez años más tarde de su conquista, nos hace suponer que la presencia e importancia de la población judía en la ciudad se remonta bastante tiempo atrás.

La tradición local señala que los judíos habitaban extramuros de la ciudad con anterioridad a la conquista cristiana de Guadalajara. Concretamente al otro lado del barranco de San Antonio, sobre el actual cementerio, en el paraje denominado “castil de judíos”. De ser cierta esta creencia, esta judería primitiva fue abandonada pronto tras la entrada de los cristianos en la ciudad, pues los testimonios conservados del siglo XIII documentan a numerosas familias viviendo en el entorno donde se construiría a finales de esa centuria el convento de Santa Clara. Es decir, en el barrio delimitado por las actuales calles Miguel Fluiters, Teniente Figueroa, Benito Hernando e Ingeniero Mariño, de manera que la judería estuvo cerca de la aljama musulmana. En esta zona, una de sus travesías aún conserva el nombre de calles de la Sinagoga.

Luis González de Sepúlveda, juez pesquisidor, realizaba un deslinde de los bienes públicos de Guadalajara en 1461, determinando que los frailes de San Antolín devuelvan al concejo un tramo de camino real que se habían apropiado “…enfrente del Castil de judíos…”, que se había convertido ya en un descampado. De acuerdo a esta descripción podemos afirmar que el primitivo emplazamiento de la judería pudo ubicarse en un principio en el entorno de la Puerta de Alvar Fáñez, según indicara ya don Francisco Layna.

De la obra de los profesores Cantera Burgos y Carrete Parrondo sobre las juderías medievales de la provincia de Guadalajara, así como de los padrones fiscales de la baja Edad Media en los que se recogen los encabezamientos de las aljamas judías de todo el reino, se desprende que la de Guadalajara fue una de las más importantes de Castilla, llegando a contar con cuatro sinagogas: la Mayor, la de los Matutes, la del Midras y la de los Toledanos.

Tanto Francisco Cantera Burgos y Carlos Carrete Parrondo, como José Luis Lacave Riaño consideran que la primitiva judería de Guadalajara se mantuvo en el emplazamiento del “Castillo de los judíos” hasta 1412.

Se documentan que poseían inmuebles urbanos de valor considerable, también se recogen abundantes fincas agrícolas.

El nombre de sinagoga de los Toledanos desvela la procedencia de muchos de los judíos que ocupaban esa zona del barrio; la ubicamos gracias a un documento del 10 de junio de 1499. En él, el monasterio de San Antolín, de la orden de Santa María de la Merced, da a don Antonio de Mendoza, hijo del duque del Infantado, don Hurtado de Mendoza, a cambio de los bienes, “…unas casas en la Iglesia de San Andrés, que se llama la Piedad, e se solía llamar al tiempo de los judíos estaban en la dicha ciudad e era entonces sinoga, la Sinoga de los Toledanos…”

También hay que mencionar la gran notoriedad conseguida por algunos de sus miembros en diversas facetas de la cultura. Se ha destacar en primer lugar al filósofo Moseh ben Sem Tob. Aunque no hay acuerdo entre los especialistas sobre su lugar de nacimiento (León o Guadalajara, en 1240), de lo que no hay duda es que fue vecino de Guadalajara durante largos años. De la importancia de la vida intelectual del núcleo judío de Guadalajara da prueba el hecho de que dicho personaje adquiriera, a lo largo de las décadas que vivió en la ciudad, una profunda formación mística que le permitió escribir la obra cumbre de la cabalística judía, el “Libro del Esplendor”.

Otros cabalistas guadalajareños de cierta relevancia fueron Isaac ben Mosé ibn Sahula, quién en 1281 escribió la obra titulada “Parábola del anciano”, conjunto de sermones morales y místicos; y Yuçaf Çamanon, quien además de escritor, fue médico personal de la infanta doña Isabel, señora de la ciudad. Médico famoso fue también Çag Aboaçar que estuvo al servicio de Diego Hurtado de Mendoza, primer duque del Infantado.

Entre todos ellos no podemos dejar de realzar también a Moisés Arragel, autor de la Biblia de Alba, que realizó entre 1422 y 1433 por encargo del maestre de la Orden de Calatrava Luis de Guzmán.

Posiblemente debido al prestigio alcanzado por sus miembros más destacados y a la influencia que pudieron ejercer sobre los reyes y los miembros de la familia Mendoza que controlaba la vida política de la ciudad, la aljama judía de Guadalajara no tuvo que hacer frente a dificultades extremas en los momentos más complicados que siguieron a los sucesivos estallidos del sentimiento antisemita que se produjeron con cierta frecuencia en Castilla a lo largo de la baja Edad Media. Pero, aunque no se conocen ningún asalto ni persecución general, el Concejo hubo de cumplir las órdenes generales sobre la obligación de que la población judía llevara marcas visibles de su condición en su indumentaria y la prohibición de que vivieran fuera de las juderías. Dichas disposiciones se fueron haciendo más frecuentes según avanzaban las últimas décadas medievales.

Por último, indicar que el hecho de que sean frecuentes los casos de judaizantes documentados en los expedientes inquisitoriales referidos a vecinos de Guadalajara durante las primeras décadas del siglo XVI parece indicar que el número de judíos que optó por convertirse y permanecer en Guadalajara y su tierra después del Decreto de expulsión de los Reyes Católicos en 1492 hubo de ser bastante significativo.

En esta Guadalajara de la primera mitad del siglo XIV, en la que se habían entroncado los Pecha y los Orozco, se documenta también la llegada de los Mendoza. Gonzalo Yañez de Mendoza, miembro de la pequeña nobleza alavesa, que ocupaba un puesto secundario al servicio del rey como montero, se casó con Juana de Orozco, hermana de Iñigo López de Orozco.

Su hijo, Pedro González de Mendoza, a través de diversos sucesos vitales, buena parte de ellos fruto del puro azar -bien de carácter familiar, bien de naturaleza bélica-, terminaría convertido en el jefe de un clan familiar en el que confluirían las posesiones más importantes de los poderosos Pecha y Orozco.

Casado en primeras nupcias con María Fernández Pecha se haría con el control de casi todo el patrimonio de la familia de su mujer. Pedro González de Mendoza tuvo muy fácil acaparar toda la influencia de la familia y, en una práctica frecuente de la sociedad feudal, pactar condiciones muy ventajosas en el reparto de las herencias familiares con las hermanas de su mujer.

Muerta María Fernández Pecha sin haber dejado descendencia que pudiera reclamar en el futuro derechos exclusivos sobre los bienes procedentes de los Pecha, contrajo Pedro González nuevo matrimonio con su prima Teresa López de Orozco, incorporándose así como miembro activo al partido de Pedro I en el que militaba su influyente tío y suegro a la vez, que era consejero y hombre de confianza del monarca. Pero la situación dio un cambió radical a partir de 1366 cuando el clan alcarreño se pasó al bando del hermanastro del rey, Enrique de Trastámara. Hechos prisioneros ambos al año siguiente en la batalla de Nájera, el rey no perdonó la traición de su antiguo consejero y le dio muerte, mientras que Pedro González de Mendoza gracias a la intervención del Príncipe de Gales quedó libre tras el pago del correspondiente rescate.

Como quiera que en los meses siguientes Pedro González continuó como miembro muy activo del bando trastamarista, al finalizar la guerra el nuevo rey Enrique II, además de confirmarle sus señoríos de Hita y Buitrajo, recompensó bien sus servicios nombrándole ayo mayor del nuevo heredero al trono: el infante Juan.

Muertas por entonces también su suegra María de Meneses y su segunda esposa Teresa López de Orozco, y dado que dos de sus cuñadas y primas se habían establecido por sus respectivos matrimonios fuera de Guadalajara, en el consiguiente reparto de bienes familiares Pedro González de Mendoza terminó por hacerse con la mayor parte de los bienes alcarreños de los Orozco.

Además su situación en la Corte se afianzó aún más cuando su tercera esposa, Aldonza de Ayala, hija del merino mayor Fernán Pérez de Ayala y hermana del futuro Canciller Pedro López de Ayala, fue nombrada camarera de la reina Juana, mujer de Enrique II.

Con todo ello, el primer Mendoza nacido en Guadalajara entró a formar parte del círculo nobiliario más alto del reino, incrementándose su protagonismo en la Corte al acceder al trono el nuevo rey, Juan I, formando parte de su Consejo hasta su muerte legendaria en la batalla de Aljubarrota en 1385.

A lo largo de las últimas décadas del siglo XIV y las primeras del XV los pecheros, los no privilegiados, fueron capaces de forzar su participación en el gobierno local aprovechando los sucesivos ajustes que se produjeron en la vida pública de la villa; como consecuencia de la alteración de la correlación de fuerzas entre los distintos grupos sociales urbanos que trajo consigo el asentamiento y afianzamiento de los Mendoza en la comarca.

Guadalajara en el siglo XV

El hijo del héroe de Aljubarrota, Diego Hurtado de Mendoza, consiguió un incremento de las rentas concedidas a la ciudad y su tierra, fue nombrado Almirante de Castilla. En su época sitúa la tradición el momento en que el Concejo de Guadalajara perdió totalmente su autonomía, al pasar a ser designados por él directamente los distintos cargos concejiles, según los viejos cronistas a petición de los propios vecinos.

Pero su temprana muerte en 1404 dejando a un niño de corta edad como heredero del mayorazgo produjo ciertos problemas en el liderazgo de la familia, agravados por las disputas por la herencia entre los descendientes de sus dos matrimonios. Parece que estas circunstancias fueron aprovechadas por los caballeros y escuderos de Guadalajara para controlar en su provecho exclusivo el gobierno de la villa, provocando el descontento de los pecheros.

El 28 de octubre de 1406 el Común, los hombres pecheros, los “cuatros” y los sexmeros de Guadalajara y su tierra, reunidos en la parroquia de San Gil, aprobaron un “Cuaderno de condiciones” sobre diversas cuestiones referidas al gobierno de la villa, exigiendo su cumplimiento a los caballeros y escuderos.

Lo primero que pidieron fue el reparto entre ambos estados del nombramiento de los ocho regidores que formaban el Concejo: seis serían designados por los nobles y dos por los pecheros. Como quiera que además se recogía en el acuerdo que los restantes oficiales del Ayuntamiento como los alcaldes, los jurados, los andadores y los alcaldes de cañadas para ocupar sus cargos debían realizar el juramento anual ante los regidores y los “Cuatros” (representantes del Común que defendían el interés de los pecheros), el control de todo el gobierno municipal quedaba prácticamente repartido a partes iguales entre ambas partes. El mismo procedimiento fue establecido para la fiscalización de la hacienda del municipio: los regidores y los “cuatros” controlarían conjuntamente las cuestas de los mayordomos del Concejo.

En 1427 se confirmó y amplió entre las partes el acuerdo sobre el funcionamiento del Concejo. Además de aclarar todas las dudas surgidas sobre el funcionamiento de la administración municipal -reparto preciso de competencias entre los regidores, los alcaldes y los jurados; que el Concejo se reuniera tres veces por semana; y que sus cuentas se asentaran en el libro correspondiente- los pecheros pidieron que se controlase bien quién era y quién no, en verdad, “caballero de alarde”.

En Guadalajara existían antiguos privilegios que eximían del pago de tributos a aquellos que tuviesen caballo de guerra y armas. Eran los llamados caballeros de alarde, llamados así porque debían confirmar su condición de tal acudiendo a las exhibiciones anuales.

La medida, al parecer respaldada por los Mendoza, al mismo tiempo que favorecía a las capas no privilegiadas de la población, en tanto en cuanto aumentaba el número entre quienes se repartían los impuestos a pagar, cortaba casi todas las posibilidades de promoción a la pequeña nobleza, cerrando su acceso a la oligarquía urbana.

Era ya la época de Iñigo López de Mendoza, heredero del Almirante y futuro marqués de Santillana, quien, una vez superadas las dificultades familiares iniciales y recuperaba la posición destacada que su familia tenía entre la élite de la Corte, se incorporó activamente a las luchas políticas que los distintos clanes nobiliarios protagonizaron a lo largo de todo el reinado de Juan II.

En aquel contexto de guerra civil latente, caracterizado por lo cambiante de las alianzas entre los diferentes grupos nobiliarios respecto a la figura del valido real, el condestable don Álvaro de Luna por una parte, y los parientes del rey -los llamados Infantes de Aragón- del lado contrario, el Mendoza siempre tuvo la ventaja de contar con una solidísima base en sus señoríos alcarreños, lo que le permitió mantener una actitud política ambigua con cambios de bando en función de sus intereses.

Así, tras militar inicialmente en el bando de los infantes de Aragón, cuando se declaró la lucha abierta, volvió a la obediencia del rey en 1429 del que consiguió tras el enfrentamiento bélico en Araviana una importante merced: el 18 de agosto de 1430 Juan II le asignó 300 vasallos en la tierra de Guadalajara y el señorío sobre una larga lista de lugares. Aliado después con el conde de Haro, enemigo de don Alvaro de Luna, logró escapar y refugiarse en su villa de Hita cuando el favorito del rey consiguió en 1432 encarcelar a gran parte de sus enemigos.

Pero la actitud de Íñigo López de Mendoza siguió siendo cambiante, pues aunque en 1436 las fuentes nos lo presentan como muy cercano a don Álvaro, en 1441 la Crónica recoge con mucho detalle la maniobra del Condestable para dividir a sus enemigos, entre los que nuevamente estaba el Mendoza, en la que Guadalajara jugó un papel fundamental. El privado del rey convenció al monarca para que donara la villa al príncipe heredero don Enrique, entonces también en el bando de los infantes de Aragón. Como era de esperar, don Íñigo no sólo utilizó la influencia que tenía en Guadalajara para no entregar la plaza, sino que contestó apoderándose del castillo de Alcalá la Vieja, que era del arzobispo de Toledo, hermano de don Álvaro. La Crónica del reinado continúa refiriendo como tras la reconquista de dicha fortaleza por los partidarios del Condestable, don Íñigo López de Mendoza sufrió graves heridas en la batalla del río Torote, refugiándose con sus tropas en Guadalajara, prueba palpable del control absoluto que tenía sobre nuestra población.

Finalmente, el prócer alcarreño tras dejarse querer por los dos bandos estuvo en el bando vencedor en la definitiva batalla de Olmeda. El pago esta vez fue elevado: los títulos de Conde del Real de Manzanares y del Marqués de Santillana. Este último suponía además del acceso a la grandeza, la definitiva confirmación de la posesión de aquellos valles cantábricos por los que los Mendoza llevaban luchando y litigando varias décadas.

En el ámbito político gran parte del reinado de Enrique IV fue una mera continuación de los conflictos entre bandos nobiliarios enfrentados, en los que unos y otros cambiaban de alianzas a conveniencia y la monarquía muchas veces era poco más que un sujeto pasivo. Lo único que cambió con respecto al periodo anterior fueron los protagonistas, entre ellos junto a los principales líderes nobiliarios del momento como Juan Pacheco y Beltrán de la Cueva, varios hijos del viejo marqués de Santillana.

Muerto el Marqués en 1458, los vaivenes políticos volvieron a poner a Guadalajara en el centro de la intriga. Dentro de los movimientos de uno y otro bando en la Corte, en la que residían permanentemente dos de los nuevos Mendoza (Pedro González de Mendoza, entonces ya obispo de Calahorra, y Lorenzo Suárez de Figueroa), y sin que se pueda precisar con exactitud la causa concreta que motivó la decisión del rey, Enrique IV decidió que había llegado el momento de apoderarse de la población en la que el clan alcarreño tenía sus Casas principales.

El suceso lo conocemos con exactitud por el amplio eco que tuvo en las Crónicas del reinado. En otoño de 1459 el rey mandó por sorpresa tropas al frente de uno de sus servidores el comendador Juan Fernández Galindo con una carta para el alcaide del alcázar de Guadalajara en la que le ordenaba que entregase la población.

Tras ser admitidas las tropas reales en el alcázar, el cronista Alonso de Palencia da cuenta cómo los partidarios del rey echaron mano de algunos caballeros vecinos de Guadalajara para que les ayudasen a expulsar al segundo marqués de Santillana, Diego Hurtado de Mendoza, de la población. Tras esta maniobra el rey se acercó con más tropas sin que lo supiera el Marqués, quien al descubrir la conjura no se atrevió a esperar y huyó de Guadalajara, refugiándose en la cercana fortaleza de Hita.

Después de apoderarse de la población, el monarca puso en marcha toda una serie de medidas destinadas tanto a controlar militar y políticamente la villa y su alcázar como a afianzar el papel de Guadalajara y potenciar su futuro en una comarca controlada por los Mendoza.

Para lo primero Enrique IV se desplazó en persona a la propia villa a los pocos meses y durante una larga estancia en ella tomó varias disposiciones muy significativas.

El 13 de marzo de 1460 ordenó a Fernando de Gaona, que seguía siendo alcaide de la fortaleza por el marqués de Santillana al que como sabemos había traicionado, que entregara el alcázar real a Rodrigo de Medina, vasallo del rey. El 24 del mismo mes ordenó, a petición de los miembros del Concejo de Guadalajara a los que la presencia real les infundió valor para denunciar abusos antiguos, que se realizara información sobre la ocupación de tierras dentro de la villa y su tierra que venían haciendo desde hacía tiempo algunos caballeros y “personas poderosas”. Al día siguiente, nombró regidor por el estado de los pecheros a uno de sus servidores, el boticario Fernando López de Aguilar.

Con posterioridad, el 10 de septiembre, estando en Segovia el rey culminó el control político del Concejo al nombrar a su vasallo y maestresala Fernando de Rojas como asistente en Guadalajara, con facultades propias de un corregidor, representante del rey en todos los cabildos y ayuntamientos.

En los años siguientes la vigilancia del monarca sobre Guadalajara continuó de forma directa a través de sus colaboradores locales. El 31 de marzo de 1461 Enrique IV ordenó a Pedro y Juan de Lasarte y a Fernando y Rodrigo de Gaona, cuatro de los caballeros vecinos de la población que habían participado en la expulsión del marqués de Santillana y los suyos, que comparecieran ante él en la Corte ya que quería ser informado por ellos de algunas cosas que cumplían a su servicio.

Junto al control político, el rey trató de promover el desarrollo de su “nueva” villa con dos disposiciones de un significado extraordinario.

El 24 de marzo de 1460, estando en la población, Enrique IV dictó una provisión real por la que, atendiendo a la despoblación que la comarca había sufrido por las pasadas guerras, eximió del pago de tributos reales y concejiles durante 12 años a todos aquellos que se trasladasen a vivir a Guadalajara, siempre que no fuesen vecinos de Segovia y Madrid o sus tierras.

Al día siguiente, el 25 de marzo de 1460, la posición de Guadalajara con respecto a todo su entorno fue afianzada aún más al concederle el rey el título de ciudad con todas las honras, mercedes, franquezas, libertades, preeminencias, dignidades, prerrogativas, exenciones, inmunidades y privilegios que dicha distinción conllevaba.

Estas medidas suponían convertir a la nueva ciudad en un verdadero polo de atracción para todos los habitantes de la amplia región alcarreña entonces controlada mayoritariamente por los Mendoza a través de sus señoríos circundantes”.

Los Mendoza constituían por sí mismos un poderoso y sólido bloque nobiliario formado por la suma de las Casas de los diez hijos del primer marqués de Santillana reforzados con sus respectivas alianzas matrimoniales, que con el paso del tiempo terminarían ostentando varios de los títulos más significativos de la nobleza castellana.

Además el liderazgo militar de esta nueva generación del linaje, ejercido por el primogénito Diego Hurtado de Mendoza, titular del mayorazgo, fue hábilmente complementado por la capacidad politica del quinto de los hermanos, Pedro González de Mendoza, quién al compás de una brillante carrera eclesiástica alcanzaría el puesto más importante de la Corte tras los reyes. Por ello no es de extrañar que a los pocos meses de su expulsión de Guadalajara, ya hubiera nobles que aconsejaran al rey un pacto con los Mendoza. El acuerdo fructificó a los dos años.

Pero esto era poco. De manera que, entre las diversas medidas favorables a la familia que en los meses siguientes fueron consiguiendo los Mendoza, el 15 de julio de 1464, Enrique IV concedió al segundo marqués de Santillana el privilegio de ser él quien nombrara las alcaldías, alguacilazgos y escribanías de padrones de la ciudad de Guadalajara.

Desde esa fecha numerosos testimonios demuestran que los hijos del primer marqués de Santillana terminaron por ejercer un control absoluto sobre toda la vida pública de la ciudad.

El Concejo de Guadalajara en esos momentos era tan consciente del poder de la familia Mendoza sobre la ciudad, que los propios regidores acudieron en 1466 y 1468 al segundo Marqués para solicitarle que fuera él el garante de las normas que regulaban el funcionamiento político. En el primer caso le pidieron que hiciera cumplir la costumbre que prohibía a los caballeros ocupar un cargo de alcaldía, aguacilazgo y otros oficios hasta que no pasaran cuatro años desde la última vez que lo hubiesen desempeñado; así como que nadie pudiera tener ninguno de aquellos oficios si no hubiese hecho el alarde el día de San Miguel según la costumbre antigua de la ciudad.

En 1468, a petición del Concejo, Diego Hurtado de Mendoza, sus hermanos y sus hijos se comprometieron a impedir que se acrecentaran los oficios de regidores y jurados de la ciudad.

Todo el reino tenía tan claro la situación de Guadalajara en esos momentos; tanto que, al año siguiente -el 5 de abril de 1469-, Enrique IV se comprometió por una real célula a que sí en el término de sesenta y cinco días no donaba al segundo marqués de Santillana las villas del Infantado podría éste tomar posesión de la ciudad. El compromiso real fue tal que se llegó a redactar sin fecha concreta, y tan sólo a falta de la validación final, el documento de donación de Guadalajara a favor de Diego Hurtado de Mendoza.

A la muerte de Enrique IV los Mendoza se convirtieron en los principales aliados de los príncipes Isabel y Fernando, siendo clave su intervención para que la guerra se deciera definitivamente a favor de los Reyes Católicos, lo que supuso para la familia no sólo la confirmación de su posición sino la concesión de nuevas mercedes, entre las que destaca el título de duque del Infantado para el mayorazgo y el capelo cardenalicio para don Pedro González de Mendoza, ademas del cargo de Canciller mayor.

 

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