El ideal de Carlos V y su época

La reforma y el nacionalismo alemán


Miércoles, enero 26th, 2011

La reforma y el nacionalismo alemán

El problema del protestantismo fue el que acabó arruinando la política de Carlos V

El Imperio alemán, la organización política que coronaba el sistema de los príncipes alemanes, era originariamente el Imperio romano-cristiano, pero al final de la Edad Media se había ido relativizando a medida que el sentimiento particular de los pueblos y de los reyes había crecido, y en todas partes era llamado, de ordinario, el Imperio de Alemania. Frente a éste se encontraba el Imperio originario, en cierta forma el verdadero, el Imperio como forma política en que se traduce la unidad de la Cristiandad.  Por tanto, se podían diferenciar dos planos: Imperio alemán, Imperio cristiano, que entrarán en conflicto.

La coronación de Carlos V en Aquisgrán, era el reconocimiento oficial de su deber frente a Dios y a los hombres de enfrentarse a la amenaza que sobre la iglesia de Roma estaba desencadenando Lutero.  Para ello convocó en abril de 1521 la Dieta imperial de Worms. Pocas citas históricas tienen tanta trascendencia. Lutero, que pretendía la ruptura con el pasado, se enfrentaba a Carlos V, en su pugna por mantener sin escisiones la Universitas Cristiana. Ante la Dieta, el emperador afirmó, con sus propias palabras que pondría todo lo que tenía en defensa de la Cristiandad: reinos, dinero, amigos, cuerpo y alma.

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Lutero en la Dieta de Worms (1521)

Pero, ¿qué era lo que hacía tan fuerte y amenazadora la disidencia religiosa que acaudillaba Lutero? ¿Por qué parte de Alemania sintonizó tan pronto con Lutero? Entraban en ello motivos nacionalistas y espirituales: el incipiente nacionalismo alemán, que vería en Lutero a la personificación del pueblo teutón enfrentado con Roma; y la auténtica necesidad de una vida religiosa más sincera, en contraste con la corrupción de la curia romana. Todo esto se vio agravado por  la fuerte extracción fiscal, que incrementaba este sentimiento de hostilidad hacia Roma, pues desde Alemania salían grandes sumas de dinero para la capital de la Cristiandad. Además existía una crisis cultural, política y social: un humanismo laico enfrentado con una cultura clerical cada vez más oxidada; las ambiciones de los Príncipes contra el Imperio y el malestar de una clase social en peligro de extinción: los caballeros.

En realidad todo esto no fue lo que llevó a Lutero a su personal rebelión, sino una crisis íntima abierta en su conciencia, pero, al estallar, se enlazó con todo este malestar incubado en gran parte de Alemania, que pronto haría suya la causa luterana. Y todo cuando media Cristiandad anhelaba un contacto más directo con Dios, que Lutero acabaría plasmando en su tesis del sacerdocio universal.

El pueblo alemán apreció muy pronto el heroísmo que había en la marcha de Lutero a Worms, y salía al paso de Lutero para aclamarle. Para Lutero aquel clamor fue decisivo. Era el signo de que Dios le apoyaba.

Los conflictos en España (Comunidades y Germanías) y las dos primeras guerras con Francia impidieron a Carlos V dedicar toda su atención a la cuestión protestante. En la Dieta de Spira de 1529 ratificó la postura de Worms contra el luteranismo. Esta decisión provocó las protestas de los príncipes luteranos, que empezaron a mejorar su organización política. Mientras se ocupaba en resolver este problema político-religioso alemán, no advirtió el proceso de nacionalización que se estaba produciendo en Alemania y, a la vez, el proceso de estatalización del poder de los príncipes. Y esto no estaba ocurriendo sólo en Alemania.

La Reforma acentuó el proceso de nacionalización de Alemania, superando el mundo de la Edad Media. Frente a estas tendencias nacionales, Carlos proclama más que nunca una idea medieval del Imperio, lo que hizo que todos aquellos que eran contrarios a esa concepción imperial se vieran empujados al campo de la Reforma. De este modo, Carlos V consiguió que lo importante de Lutero no fueran sus novedades dogmáticas ni sus reformas disciplinarias, sino lo que había en él de espíritu alemán, nacional. Contra estas nuevas tendencias se estrellaba una y otra  la política del Emperador que al final de cada asamblea, de cada Dieta, de cada una de las entrevistas con los Papas, tuvo que registrar un resultado negativo.

Finalmente el Emperador fue derrotado por las armas en Innsbruck (1552), lo que supuso el principio del fin de su idea imperial. Tuvo que concertar un tratado de paz en Augsburgo (1555) que sancionaba de hecho la división del imperio entre principados católicos y protestantes.

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