La justificación por la fe

El principio fundamental de la doctrina reformista en un sentido genérico es la idea de la justificación por la fe. Este concepto no puede entenderse sin conocer el miedo que muchos cristianos sentían en la baja edad media: el temor a no conseguir la salvación eterna tras la muerte. Según la interpretación oficial escolástica, el creyente debía demostrar a lo largo de su vida que era merecedor de la salvación mediante sus obras. Sólo aquellos que hubieran realizado más obras buenas que malas podrían superar el juicio de Dios y evitar la condenación perpetua del infierno. Sin embargo, el código de conducta cristiana era tan estricto que la inmensa mayoría de los fieles se veían incapaces de comportarse de forma adecuada para lograr su tranquilidad personal. La invención del purgatorio (cuya existencia Lutero negaría) como lugar donde las almas rendían cuentas de sus pecados durante siglos para luego pasar al paraíso, respondía a este pavor pero el posible alivio que pudo inspirar en los creyentes fue insuficiente. El propio Lutero sentía este pánico en su día a día. La creencia en la presencia constante del Diablo, que con sus ardides y tentaciones le exhortaba a incurrir en el pecado, era una consecuencia de ello. La justificación por la fe fue el remedio que ideó para sustituir este miedo del cristiano por la confianza plena en la indulgencia de Dios.

Pese a que el futuro reformador llevaba madurando su idea desde hacía años, según su propio testimonio fue en 1515 y 1516 cuando concretó su descubrimiento. En uno de los cursos impartidos en la Universidad de Wittenberg, Lutero interpretó la Epístola de los Romanos de san Pablo en un sentido revolucionario. Esta obra supuso, según Atkinson, la “Constitución de la Reforma”, la obra básica de la futura teología de Lutero. En la afirmación “el justo vivirá por la fe”, contenido en el capítulo 1, versículo 17, Lutero creyó sinceramente vislumbrar un significado nuevo que le permitía interpretar todas las Sagradas Escrituras bajo una nueva mirada. Si antes Dios se le presentaba al joven profesor como un ser todopoderoso, ominoso y severo en sus juicios, propio del Antiguo Testamento, a partir de ahora su imagen se acercará más a la ofrecida por el Nuevo Testamento: un Dios bondadoso, indulgente y misericordioso, que prefiere el perdón al castigo y que ama tanto a los hombres que les entregó a su único hijo para redimir sus pecados.

Lutero defendía que las obras buenas eran innecesarias para conseguir la salvación porque la naturaleza pecadora del hombre, que arrastraba la dura carga del pecado original, le hacía incapaz de producir cualquier bien o de colaborar positivamente en la obra de Dios. El ser humano ni era bueno por naturaleza, ni podía serlo por su esfuerzo y voluntad, por lo que no podía llevar a cabo esas obras que, en teoría, el cristiano debía realizar para salvarse. Para tal fin, el creyente no podía hacer nada por sí mismo. Tan solo aquel que se tragara su soberbia y que reconociera horrorizado su condición pecadora y su incapacidad de existir sin Dios podría residir en el cielo. Sólo aquel que se entregara plenamente y sin condiciones al Creador podría salvarse y ello requería necesariamente el tener una fe completa. Sólo abandonándose a la voluntad de Dios y renegando de sus supuestas virtudes era capaz el fiel de ser “re-creado” por Cristo para obtener la tranquilidad en el presente. Según Atkinson, cuando la voluntad del fiel se quiebra por la certidumbre terrorífica de la realidad de Dios como juez y por la experiencia de su ira, su alma grita a Dios implorando su auxilio. En este momento, el fiel es verdaderamente un creyente porque se ha abandonado plenamente al arbitrio de Dios. El hombre sólo puede ser justificado por la gracia de dios (“sola gratia” diría el reformador). Dicha gracia sólo puede ser obtenida mediante la fe (“sola fide”), por la confianza en la Palabra de Cristo y en la misericordia de Dios. Y, para acceder a ella, era preciso que el creyente accediera individualmente a las Escrituras para poder así leer directa, libre y personalmente la Palabra de Dios, evitando todo tipo de intermediarios provistos por la Iglesia católica romana (“sola scriptura”). Este abandono era fruto de la auténtica humildad que sentía el creyente. La humildad del fiel que reconoce todas sus imperfecciones, que sabe que no puede evitar incurrir en el pecado y que confía ciegamente en la gracia de Dios. Era la espera pasiva del Señor, el desprendimiento de la justicia propia y la captación de la pobreza de su miseria y de la justicia de Dios.

Como bien indica Febvre, la fe no era la acción del cristiano de creer en la existencia de Dios sino el reconocimiento del pecador de la justicia de Dios, de su incapacidad para presentarse como justo ante el Señor en base a sus acciones. Esa fue precisamente la gran labor que realizó Cristo respecto a todos los cristianos: murió para redimir todos los pecados, pasados y futuros, de unos fieles que eran incapaces de evitar al pecado. Ahí radica la importancia de la figura de Cristo en la teología luterana. Para que Dios contemple como justo a un cristiano, éste debe examinarse a sí mismo de forma severa para acabar siendo consciente de su miseria, detestando su naturaleza humana débil y maligna, para así poder refugiarse plenamente en la misericordia divina. Debe sentir en su interior, de forma constante, el mal activo pero también a Dios. Sólo siendo consciente de que Cristo vive en nosotros podremos ser justificados por nuestra fe. Este era el gran remedio que Lutero daba con el problema del temor a la condenación. Y para que esta solución fuera definitiva, Lutero la presentaba no como una interpretación personal, sino como una revelación porque sólo así sería infalible y la verdad sería percibida como universal, porque su origen no era humano sino sagrado. De este modo, según Febvre, Lutero experimentó el orgullo tan humano de participar de la majestad, la omnisciencia y la infalibilidad de Dios.

Imagen: Retrato de Lutero. Página Palabra nueva: http://www.palabranueva.net/contens/05/000305.htm

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