El matrimonio de Fernando II de Aragón (1452 – 1516) con Isabel I de Castilla (1451 – 1504) tuvo lugar en el año 1469 y según los historiadores este hecho es el que marca el auténtico nacimiento del Estado Moderno y de España como nación.

Como gobernadores conjuntos de ambos reinos, el primer objetivo de Fernando e Isabel fue la consolidación de la autoridad real, muy debilitada por sus antecesores. Una de las primeras medidas en este sentido fue la creación de la Santa Hermandad, un cuerpo de policía de ámbito local controlado por la Corona y destinado a eliminar el bandolerismo. Además los Reyes Católicos hicieron frente a una parte de la nobleza especialmente exaltada quitándoles privilegios e importancia ya que estaban empezando a tener bastante peso entre la población.

Mayor trascendencia tuvo la reforma administrativa de los reinos. Destacamos en primer lugar a Castilla ya que una vez superada la guerra civil, Fernando e Isabel impusieron una progresiva centralización. Las Cortes reunidas en Toledo en 1480 reorganizaron el Consejo de Castilla restando poder a los votos de la nobleza y creando la figura de los secretarios reales que eran ministros al frente de todo el organismo burocrático. En el terreno local podemos señalar que la Corona se aseguró el gobierno de las ciudades mediante el nombramiento de corregidores, que eran los representantes del poder central en los municipios.

Por su parte en la Corona de Aragón las Cortes de los diferentes territorios siguieron disfrutando de una amplia capacidad legislativa y del control de la actuación de los monarcas. Este aspecto contrasta fuertemente con la política centralista y casi autoritaria de la Corona de Castilla.

Debemos de señalar uno de los mayores apoyos que tuvo la Monarquía como fue la Santa Inquisición que ya existía en Aragón y que se introdujo en Castilla durante este período. Cuando en 1478 el Papa Sixto IV autorizó a los reyes a nombrar inquisidores, este tribunal eclesiástico pasó a convertirse en un instrumento de la Corona para eliminar disidentes políticos, manejar la población con el uso del miedo al tribunal inquisitorial y suprimir las minorías religiosas (musulmanes y judíos).

Junto a la reorganización administrativa los Reyes Católicos protagonizaron una activa política exterior orientada a la unificación peninsular, la creación de un Imperio colonial ultramarino, la contención de la expansión francesa en el Mediterráneo occidental y el estrechamiento de relaciones con los países del Mar del Norte, socios naturales del importante comercio lanero castellano.